Capítulo 34
CAPÍTULO
La Envenenadora
E l aire fresco de la mañana bastó para despertar mis sentidos.
Una fina capa de niebla se posaba sobre el estanque, extendiéndose hasta la línea de árboles que rodeaba el campo y esperando ser evaporada por el sol.
El cielo había cobrado un suave resplandor azul y púrpura, y las aves cruzaban a toda prisa el lienzo que se extendía ante nosotras.
Podía escucharse cómo los mirlos despertaban al resto de las criaturas del bosque.
Todo era perfecto: este lugar era el paraíso.
—Después, deberíamos ir al pueblo a comprar algo dulce. Conozco una pequeña panadería que es perfecta. —Apretándome el brazo, Phoebe parloteaba casi tanto como los mirlos.
—No diré que no a los dulces. —Tomé una profunda bocanada de aire fresco mientras me dejaba empapar por los olores del otoño que se avecinaba.
—¿Qué tal la pasaste anoche? Vi que te llevaste un pequeño capricho al sofá de dos plazas. —Sonrió con aire burlón, al parecer encantada de que hubiera hecho algo más que enfurruñarme sola en el rincón.
Mi corazón volvió a dar un salto en mi garganta de esa forma tan extraña. Intenté olvidar. Necesitaba olvidar a ambos hombres antes de poder racionalizar los sentimientos que tuviera por cualquiera de ellos.
—Preferiría no hablar del tema, si no te importa.
—Espera, ¿qué sucedió? ¿Lo he interpretado mal? —balbuceó—. Pensé que tú…
—Me besó. Le dije que no estaba interesada.
—¡Es justo tu tipo! ¿Por qué le dijiste que no? —exclamó—. Estudia Medicina. Le interesan todas esas cosas raras de la ciencia. ¡Lo conocí en la fiesta en el jardín! ¡Se le veía tan dulce buscándote! ¡Tu propio príncipe azul!
—¿Qué? —pregunté entrecerrando los ojos.
—Que él estaba buscándote…
—No, lo otro.
—¿Que lo conocí en la fiesta en el jardín?
—Pensé que lo conocías de antes. ¿No fuiste tú quien lo invitó?
Me miró con preocupación. Entonces dijo:
—No, supuse que era alguien que tú conocías, ya que sabía tu nombre y dijo que había acordado verse ahí contigo.
—Phoebe, lo conocí el mismo día que tú. —Fruncí el ceño.
—Quizás solo sea un admirador de tu trabajo.
—Supongo que es posible. Dijo que había leído mis artículos. —Suspiré—. Lo siento, Phoebe. No quiero asustarte. Debo de estar teniendo algún tipo de ataque de paranoia. —Me reí nerviosamente mientras caminábamos juntas hacia la glorieta.
Las flores que rodeaban el estanque se habían marchitado. Me detuve un momento para mirarlas, antes de distinguir un líquido negro como la tinta en el agua cristalina.
Adentrando la mirada en la maleza, descubrí dos ojos pálidos que me miraban fijamente. El sonido que dejé salir debió de ser por completo desconocido, pues más tarde no lograba recordarlo. Mi primer instinto fue tomar a Phoebe del rostro. Cubrí sus ojos, alejándola de la orilla del agua.
—No mires, no mires —mi voz temblaba mientras ella intentaba quitarme la mano de los ojos.
Había una cabeza en el estanque.
La cabeza de Boris.
Conforme la gente despertaba de su letargo alcohólico, el descubrimiento hizo que la mañana se tornara incómoda.
Una vez que se difundió la noticia, los asistentes intercambiaron miradas de sospecha.
El peso de lo sucedido flotaba en el aire como la niebla que cubría el exterior.
Phoebe había desaparecido en sus aposentos.
Supuse que aquello había sido demasiado duro para ella.
Ojalá hubiera podido cubrir sus ojos más deprisa para ahorrarle aquella imagen.
¿De qué servía yo si no era capaz de protegerla de los horrores que me perseguían?
Solo había una persona lo suficientemente atrevida como para hacer eso; en ese instante, estaba enojada con él, sobre todo por ese tan poco sutil descubrimiento de que seguía vigilándome.
¿Debía tomarlo como una advertencia? ¿Había visto lo que ocurrió con Viktor?
Si aún tenía la esperanza de que no hubiera sido así, era porque el cuerpo de Viktor no se encontraba en el estanque.
Retirándome a mi habitación, me tranquilicé con respiraciones calmadas, paseándome de un extremo al otro. Me agobiaba un intenso calor, a pesar de que mi vestido era de una fina seda sin mucho peso. Me recogí el cabello en un chongo para que no aumentara el bochorno.
En el espejo, un reflejo triste me devolvió la mirada.
El frío azul de sus ojos era pálido; esa mujer parecía haber visto demasiadas cosas en su corto paso sobre la tierra.
Ya no me reconocía a mí misma. Habían pasado tantas cosas desde mi regreso.
Me preguntaba si habría sido mejor quedarme en el campo.
Quizá fue egoísta de mi parte volver a la civilización.
Era un peligro para todos los que me rodeaban.
Para cuando avanzó la noche, mi tensión no había disminuido en lo más mínimo.
Lentamente, mi depresión se había transformado en algo nuevo: rabia.
Ya le había dejado claro que debía dejarme en paz, por mi propio bienestar mental.
Era como si se empeñara en asegurarse de que nunca conciliara el sueño.
Parte de esa ira iba dirigida hacia mí misma.
Me sentía fatal por haber cedido a los avances de Viktor, por haberlo besado.
Sin embargo, me preguntaba si las cosas habrían funcionado entre nosotros si Silas nunca me hubiera puesto las manos encima.
Un romance típico, aburrido y sano. Algo que podría florecer con dulzura.
Una vida estable. Al mismo tiempo, si alguna vez sentaba cabeza, corría el riesgo de deprimirme; sobre todo ahora que sabía lo emocionante que era estar con Silas.
Por más obsesivo o aterrador que pudiera ser, él había encendido algo en lo más profundo de mi ser que ahora me era imposible ignorar.
O quizá solo fuera adicta a la adrenalina.
Mi cena se enfrió. Por mucho que quisiera comer, había perdido el apetito.
Tan pronto me excusé de la mesa abarrotada, mi frustración se manifestó en forma de lágrimas.
Era responsable de demasiadas muertes inocentes.
En ese punto, me pregunté si la cifra alguna vez se acercaría al número de almas culpables que había tomado.
Contuve mis emociones hasta que me encontré a salvo tras la puerta de mi habitación. Tras cerrarla de golpe, dejé caer la frente contra la madera. Un sollozo de frustración brotó de mi garganta mientras luchaba por recomponerme, dando suaves golpes con la frente sobre la puerta.
—Te ves absolutamente radiante cuando te enojas —me susurró Silas al oído.
Algo más se apoderó de mí; era como si una tensión insoportable hubiera reventado el arco de un violín. Al darme vuelta, le di una fuerte bofetada en el rostro. Debía de desconocer los alcances de mi fuerza, pues el golpe lo hizo trastabillar.
—¡Eres el peor siguiendo instrucciones! ¡He conocido a niños con un mejor control de sus impulsos que tú! —espeté.
—Puedo explicarlo…
—¿Qué necesitas explicar? ¡No puedes matar a cualquiera que me insulte! ¡Si asesinaras a todos los hombres que dicen cosas semejantes a Boris, la mitad de los hombres que he conocido estarían en el Támesis a estas alturas!
—No permitiré que nadie te hable de esa forma. —Entrecerró los ojos—. ¿No crees que se lo merecía?
—Soy perfectamente capaz de ocuparme de ello sola.
Si quisiera verlo muerto, lo hubiera hecho yo misma.
—Me froté las sienes como para evitar una migraña—.
¿Acaso olvidas quién soy? Me pones en peligro cuando intentas manejar las cosas por mí.
¿Hace cuánto decidiste que soy incapaz de valerme por mí misma?
Se acercó a mí.
—¿Dices que puedes valerte por ti misma?
¿Estás segura de ello? Porque, si no me falla la memoria, me parece que últimamente te has metido en bastantes problemas.
—Se cernió sobre mí. El aire entre nosotros se tornó denso—.
No podía soportar lo patética que te veías llorando en esos escalones, suplicándome que te salvara del monstruo de tu cocina.
Me quedé boquiabierta, incapaz de encontrar las palabras para responder. Solo sentía desprecio.
Suspiró, negando con la cabeza.
— No , no, eso no es lo que quise decir.
—Creo que has dicho suficiente —susurré—. Vete.
—No.
—Silas, voy a gritar.
—No lo harás.
Respiré hondo y se apuró a cubrir mi boca con la mano, sofocando el chillido que formé con cada gota de ira que había en mi interior.
—¡Por el amor de Dios, Alina! —Me apartó de la puerta, empujándome sobre la cama con tanta fuerza que golpeé la cabecera con un estruendo.
—¡Aléjate de mí! —le grité, incorporándome hasta que mi espalda quedó contra la cabecera. Sostuve la parte posterior de mi cabeza que latía con fuerza en un intento por aliviar el dolor. Tragándome las lágrimas, intenté no mostrar que me dolía o que el golpe me había asustado.
—¿Ya terminaste? —preguntó cansado.
—¿Y tú?
—Depende. ¿Sigues enojada?
—Obviamente.
—Entonces no; aún no he terminado. —Se arrastró a gatas sobre la cama hacia mí.
Extendí el pie para darle una patada. Entonces me tomó del tobillo, obligándome a bajarlo. Su cuerpo se alzó encima del mío.
Normalmente, intentaba salir del conflicto dándome caricias, besos o lamiendo alguna parte de mi cuerpo hasta lograr que me calmara. Esta vez no fue así. Esta vez, se dejó caer antes de atraerme hacia él en el abrazo más cálido que hubiera sentido jamás.
Se me cortó la respiración tan pronto me rodeó con sus brazos. Colocó una mano en mi espalda y con la otra, sostuvo mi rostro contra su cuello. Un temblor se apoderó de mi cuerpo mientras intentaba convencerme de no llorar.
No te derrumbes. No te derrumbes frente a él.
Aunque el silencio me enfurecía aún más, no pude evitar rendirme.
Era embriagador; mi peor adicción. Hundí la cabeza en su cuello, rodeada por sus fuertes brazos.
Una mano me acarició la cabeza, alisando mi cabello hacia atrás.
Su barbilla descansaba sobre mi cabeza. Así debía de sentirse una mosca atrapada en una planta carnívora, disolviéndose lentamente hasta que no le quedaba nada que ofrecer.
—No soporto verte llorar —dijo en voz baja—. El olor me quema el interior de la nariz.
El comentario me hizo esbozar una breve sonrisa. Sin embargo, no pude contenerme más. Las lágrimas brotaron tan rápido como estaban cambiando mis sentimientos.
Se apartó para mirarme. Con el pulgar, me secó las lágrimas del rostro.
—Adoro tus ojos, incluso cuando están rojos por las lágrimas.
—Me acarició la mejilla con la mano—. Nunca había visto que alguien mirara con asombro a un ser tan miserable como yo —susurró mientras apoyaba su frente contra la mía—.
Por eso, tus ojos siempre serán preciados para mí, sea como sea que se encuentren.
Lo único que deseo es meterme dentro de tu cabeza. Ver el mundo como tú lo ves.
Me llevó un rato procesar sus palabras. Me abrumaban de maneras a las que no sabía cómo reaccionar.
—Silas…
—No sabía lo que era el miedo hasta que te conocí, Alina —me interrumpió—. ¿Sabes lo horrible que fue verte en esas escaleras, preguntándome qué podría haberte asustado tanto como para gritar mi nombre?
El dolor en su voz era desesperado; me suplicaba que lo entendiera.
—Me di cuenta de que no eras tú la que me asustaba —susurró al fin contra mis labios, mirándome a través de sus pestañas—. Lo que me asustaba era lo que me pasaría si te perdía.
¿Lo decía en serio?
Solía contemplar el mundo con asombro y romanticismo infinitos; sin embargo, nunca creí que alguien más pudiera mirarme de la misma manera: ser el horizonte desconocido de otra persona, un sitio que suplicaba ser explorado.
Nunca creí que alguien pudiera deleitarse en reconstruir mi ser.
Sentí que las lágrimas brotaban nuevamente de mis ojos. Todo esto era demasiado.
—Quiero irme a casa —mi voz se quebró en un sollozo, a pesar de mis esfuerzos por mantenerla firme—. Por favor, llévame a casa, Silas.
—Shh. —Me abrazó con más fuerza, como si fuera a escaparme si me soltaba—. Solo tienes que quedarte aquí un poco más, solo mientras soluciono esto. ¿De acuerdo? Luego te llevaré a donde me pidas —dijo en voz baja. Tiró de las mantas para cubrirnos, abrazándome con fuerza.
Estaba envuelta en un capullo. Su aroma ahumado dejó de ser una advertencia para convertirse en un consuelo.
Esas notas de moras y laurel pesaban sobre mis sentidos a medida que los calmaban.
Su abrazo había dejado de ser predatorio, aunque la parte lógica de mi cerebro me decía que debería seguirlo siendo.
Esto debería aterrorizarme. Debería causarme ganas de matarlo, pero el impulso se desvanecía con el abrazo.
Nadie había matado nunca por mí. Cada vez me resultaba más difícil seguir enojada por ese gesto.
Sin importar lo que eso dijera de mi ética, lo encontraba romántico.
Sin embargo, no me gustaba que él se ocupara de las cosas por mí. Prefería hacer mi propio trabajo sucio.
No supe si esa noche Silas durmió en lo absoluto. Lo único que supe fue que no se separó de mi lado en ningún momento.
Eso era lo único que importaba.