The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 33
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Capítulo 33

CAPÍTULO

La Envenenadora

-¿ E sto es nuevo? —Mis ojos recorrieron la gran casa de campo de ladrillo.

—Relativamente. Mi padre la compró hace un año. Dijo que quería cambiar de aires —Phoebe hizo una pausa—. No está muy lejos de la casa de campo de tu familia, ¿verdad? —preguntó antes de morderse el labio al comprender que no debía haber tocado un tema delicado.

—Sí, no está lejos. Quizá unos treinta minutos.

Había pasado un año en aquel sitio tan formidable. Era el único hogar al que podía ir para escapar del mundo que no dejaba de observarme. Estaba consciente de lo cerca que estábamos de él.

—Vamos adentro para que te instales. —Con una sonrisa, le hizo un gesto a sus lacayos para que trajeran nuestros baúles y me tomó del brazo.

La mansión Caldor era sin duda fascinante.

Las enormes ventanas con canceles de trama cruzada se extendían desde el suelo hasta el techo, como en una catedral.

Era un edificio antiguo: su belleza guardaba muchas historias acerca de su creación.

En una antigua casa inglesa como esa, la arquitectura estaba repleta de detalles históricos.

Al caminar por los amplios salones, resultaba difícil no sentirse como un miembro de la realeza.

En la parte trasera había un invernadero con un salón de cristal que daba a una gran sala circular con una cúpula de vidrieras verdes.

La sala estaba decorada con cómodos muebles que la convertían en el lugar perfecto para pasar el día, sin importar la estación.

La tapicería era de un tono salvia a juego con el de las vidrieras.

Había macetas con plantas repartidas por toda la sala.

Si Phoebe me lo permitiera, podría quedarme ahí para siempre.

—¿Está todo en orden? Sabes que puedes contármelo si no te encuentras bien —la voz de Phoebe me arrancó de mis pensamientos.

—Sí, todo en orden. ¿Por qué no iba a estarlo? —La miré con cansancio.

—Aunque te he visto trabajar duro en el pasado, nunca te había visto tan agotada. —Arrugó sus delicadas cejas—. ¿Es por Silas? ¿Te está molestando?

—¡No! No pasa nada. He tenido un poco de parálisis del sueño. Creo que solo estoy un poco enferma —le aseguré.

Nos tomamos nuestro tiempo en el almuerzo y después, dimos un paseo por los jardines.

Había un precioso mirador en una península rodeada por un estanque artificial.

La zona estaba rodeada de sauces y altas flores de estanque.

Solo hacían falta dos cisnes blancos nadando por ahí para completar la imagen.

Los amigos de Phoebe llegaron cerca del mediodía.

Con el avance de la tarde, nos reunimos en el acogedor invernadero.

Reconocí algunos rostros, aunque no demasiados.

Me quedé en el sofá, limitándome a observar por el momento.

El ruido de fondo —los sonidos animados del ambiente— era perfecto para que mi mente divagara, sumergiéndome en una profunda disociación.

En el rincón, Phoebe había clavado sus garras en una pobre alma, así que parecía tener la noche para mí sola.

—Para ser alguien que las odia, te veo en muchas fiestas. —Un acento encantador se abrió paso entre las voces que me rodeaban.

Viktor se acercó con un par de amigos suyos. Él se dejó caer a mi lado en el sofá de dos plazas. Sus compañeros se sentaron en las dos sillas frente a nosotros.

—No sabía que ibas a venir. —Sonreí con cansancio—. ¿Qué tal el viaje?

—Oh, solo decidí unirme. Estos son mis amigos, Nikolai y Boris. —Señaló a sus compañeros.

Incliné mi copa hacia ellos en un gesto de bienvenida.

—Encantada de conocerlos. ¿Estudian con Viktor?

Nikolai le dio una breve mirada a Viktor antes de volver a posar los ojos sobre mí.

—Sí, lo conocemos desde hace mucho tiempo. Lo suficiente como para saber que no es alguien que estudie en lo absoluto —bromeó. Al parecer, los dos hombres tenían un acento similar al de Viktor.

—¿Qué ocurre con tu rostro? —preguntó Boris de repente, recostándose en su silla con una sonrisa burlona.

—Boris… —Viktor le dirigió una severa mirada de advertencia. Enseguida dijo unas palabras en ruso.

Apreté los dientes.

—No le ocurre nada. Es poliosis. Afecta el pigmento del cabello y la piel —dije con naturalidad mientras daba un lento sorbo a mi bebida.

Viktor volvió a decir algo en ruso. Boris se rio, soltando algún comentario que no pude entender antes de inclinar nuevamente la cabeza hacia mí.

—¿Es contagioso?

—Hubiera pensado que un estudiante de Medicina como tú no sería tan descerebrado. —Apreté la mandíbula—. ¿Estás seguro de que es Viktor el que no estudia?

Yo volteé hacia Nikolai. Intentando contener la risa que se me escapaba, hizo un movimiento de la cabeza hacia su compañero, como si le preguntara: ¿De verdad vas a tolerar que una chica te trate así?

Al mirar a Viktor, noté que algo había cambiado en su rostro. Parecía increíblemente estoico, como si Boris caminara sobre un hielo fino que se agrietaba con rapidez.

Boris se puso de pie, sin molestarse en continuar la conversación.

—Será mejor que corra a consolarlo mientras se cura las heridas con bourbon —Nikolai suspiró—. Ha sido un placer conocerte. —Me dedicó una cálida sonrisa antes de hacerle a Viktor un cortés gesto de la cabeza.

—Lo siento mucho. Ya sabes cómo pueden ser algunos hombres —me tranquilizó Viktor, dejando caer el brazo en el respaldo del sofá a mis espaldas—. ¿Qué te trae por aquí?

—Solo quería alejarme del ruido, eso es todo. —Me encogí de hombros e inspeccioné el líquido de mi copa al tiempo que la inclinaba—. Es agradable ver un rostro conocido.

—Me alegro de ser una luz en el camino. —Se inclinó hacia mí mientras observábamos a la gente.

Un fonógrafo tarareaba una melodía al tiempo que los murmullos daban vida a la noche. El aire estaba lleno con el sonido de risas y copas tintineando.

Con cada momento que pasaba, el techo se volvía más interesante.

Incluso con las vidrieras de por medio, era fácil ver las estrellas debido a la ausencia de contaminación lumínica.

Era hermoso; me recordaba a mis épocas de soledad.

Sentía un nudo en el pecho al tiempo que mi corazón se tornaba apesadumbrado, hundido por el peso de la nostalgia.

Había pasado tantas noches mirando al cielo, hablándole al abismo para pasar el tiempo.

Todos los ojos estaban puestos en mí.

Viktor me había estado observando fijamente a través de sus pestañas entornadas. Se acercó y con el tacto más tierno, me dio un beso.

Me derretí en sus brazos sin pensarlo, saboreando la suave caricia.

Se apartó un instante, recorriendo mis pestañas con el pulgar al tiempo que me acariciaba el rostro.

—Eres tan hermosa cuando miras al universo. Me pregunto cómo se sentiría ser visto con tanta adoración como la que tienes por lo desconocido —susurró contra mis labios.

—Viktor, yo… —Mi corazón se rompió al escuchar sus palabras, sabiendo que eso nunca sería posible. ¿Por qué sentí que estaba traicionando a Silas tan solo por escucharlo?—. No puedo —susurré.

Aunque sus ojos ámbar parecían llenos de dolor, asintió como si entendiera mis razones.

—Lo sé. —Se apartó—. Pero me hubiera castigado cada instante que pasara sin decírtelo. —Suspiró, poniéndose de pie—. Espero que disfrutes la velada. Volveré a la ciudad dentro de unos días. ¿Te veré por aquí?

—Aquí estaré. —Mi rostro se sonrojó ante su triste sonrisa—. Todavía nos quedan algunas cosas por terminar en el laboratorio.

Se llevó mi mano a los labios para despedirse. Se detuvo por un momento, como si quisiera retener incluso el más mínimo contacto.

—Entonces te veré pronto.

Me dejó en ese sofá para que mis pensamientos se siguieran fermentando en mi cabeza, de por sí exhausta.

La culpa, la nostalgia y las ansias me rodearon como fantasmas que se aferraban a mi alma.

Un dolor espectral. ¿Y si estaba dejando que Silas arruinara algo que estaba destinado a ser?

Mis sentimientos por ambos eran completamente diferentes, pero no podía evitar el vacío en mi pecho.

Lo único que era capaz de hacer era llenarlo con otra cosa; de preferencia, con el dulce entumecimiento del whisky.