The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 32
67%

Capítulo 32

CAPÍTULO

La Criatura

N o tenía una sola duda de quién se había estado alimentando de Alina. Solo había un vípera que prefería nutrirse de líquido cefalorraquídeo. Habría supuesto que, por lo menos, tendría cosas más importantes que hacer que molestar a mi sombra.

Un hombre llamado Luka Novikov: el Reparador.

Esa era su firma; si se hizo conocida, era solo porque tenía la costumbre de darle una probada a los objetivos de las situaciones que se le pagaba generosamente por solucionar. Su nombre era frecuente en la nómina de mi padre.

No era solo que sus métodos fueran de una naturaleza despiadada, sino que tener el nombre en su lista significaba que la muerte estaba cerca.

Y no sería rápida. No sabía que mi padre lo hubiera contratado para encontrar a la Envenenadora; sin embargo, esa parecía la única explicación para que hubiera puesto sus ojos en Alina.

Él lo sabía. Y su fecha de entrega estaba cerca.

Eso explicaría por qué su hedor se había impregnado en ella. Llevaba días, tal vez incluso semanas, alimentándose de Alina mientras dormía.

Luka era un desquiciado. Había sido parcialmente responsable de muchas atrocidades a lo largo de la historia.

Siempre estaba susurrando al oído de los humanos depravados que ostentaban el poder.

Había utilizado su locura para alimentarse durante décadas.

Muchos vípera más viejos lo habían hecho su protegido, dándole libertad para desatar el caos en contra de quien quiera que les resultara desagradable; al final, se volvía en contra ellos o hallaba un nuevo amo.

Una vez fuera de su jaula, era difícil saber qué se le estaba pagando para reparar y, peor aún, qué otra clase de caos iba a desatar en el proceso.

Incluso había escuchado que no se molestaba en usar el veneno con sus víctimas: un acto de violencia brutal, sin sentido.

¿Cómo pude permitir que esto sucediera? Por eso era mejor que me mantuviera en contacto cercano con mi pequeño proyecto.

Aunque iba a odiarme por ello, ella no podría ni imaginarse la mitad de lo que ese hombre le haría antes de entregarla a mi padre.

Incluso si era accidental, el envenenamiento de los miembros del nido no sería tomado a la ligera.

Mi talentosa Alina, si tan solo supieras lo buena que realmente eres en tu trabajo.

La ansiedad se amplificaba con cada tic-tac de mi reloj. El tren llegó a la estación. Pude ver a mi obsesión de pie en el andén, con su cabello negro como los cuervos.

No era difícil distinguir a alguien que parecía estar siempre de luto, especialmente con un rostro tan singular.

Siempre me pregunté por qué Alina hacía eso.

Por inquietante o desagradable que fuera, también me resultaba entrañable.

Mi sombra favorita, siempre escondiéndose del mundo en los rincones más interesantes.

Aquellos que nadie se molestaba en mirar.

Era como un cometa que solo aparecía cada cien años: feroz, brillante y devastador para todo lo que se interpusiera en su camino.

Hubiera querido esconderla del resto del mundo: llevarla a algún sitio donde pudiera alimentar su curiosidad sin juicios ni interrupciones.

Solo quería que la luz volviera a esos ojos implacables.

Llevaba un traje azul oscuro con ribetes de piel negra en las mangas y el cuello, así como un sombrero a juego, también con ribetes de piel negra.

Parecía que hoy también había decidido ponerse esmeraldas en las orejas.

En ese momento, la veía conversar con Phoebe, mi campana de iglesia menos predilecta.

Phoebe traía puesto algo rosa. No me molesté en observar con más detenimiento. No podía dejar de devorar a Alina con mis ojos, siguiéndola con la mirada mientras entraba en el vagón del tren.

Entré por la parte trasera del vagón para mantener la distancia. Aunque prometí que la dejaría en paz, no pensaba perderla de vista. Nunca.

Se sentaron una frente a la otra junto a la ventana, en una de las mesas con asientos individuales.

Aunque me quedé a la vuelta de la esquina, me senté al final de la fila. Así al menos podía observarlas desde la distancia. Alina se encontraba de espaldas a mí, hablando con su locuaz acompañante.

Los ojos de Phoebe se encontraron con los míos mientras la miraba con fijeza.

Le hice un gesto descarado con la mano y enseguida, volvió a centrar su atención en Alina.

No iba a decirle que me encontraba ahí. Sabía lo que le convenía.

Su actitud defensiva me resultaba entretenida.

Parecía un hecho del destino que compartiéramos nuestra adoración por la misma curiosa criatura.