The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 31 #4
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Capítulo 31 #4

¿Por qué parece tan nervioso?

Lo saqué de mi boca, dejando que la saliva se acumulara en la punta y la utilicé para lubricar el resto del miembro. Al examinarlo, noté algo extraño. Supe que él se había dado cuenta en ese mismo momento, pues se tensó físicamente.

A lo largo de la parte inferior de su pene, cerca de la base, pude ver un patrón. Parecían tres formas de «V» apiladas unas sobre otras, cada una de aproximadamente un centímetro y medio de largo.

Al igual que sus colmillos, la base del pene tenía una serie de espinas plegadas.

A simple vista, eran casi idénticas a su piel, a excepción del color negro degradado en la punta, similar a las pequeñas púas de un puercoespín.

Se plegaban a ras de la piel de tal forma que ni siquiera podía advertirlas al tacto.

—¿Qué es esto? —pregunté pasando el dedo por encima.

—No iba a hacerlo. —Se estremeció de nuevo.

—¿Qué son?

—No las uso —desvió la mirada—. No quería que pensaras que las usaría…

—¿Para qué son? —pregunté una vez más—. No me hagas repetirlo otra vez. —Entrecerré los ojos al mirarlo.

—Son para… —murmuró algo que no pude oír.

—No te entendí bien.

—Para aparearse. —Apartó la mirada. Era la primera vez que lo veía sonrojarse.

—¿Me estás diciendo que tienes espinas? —Una sonrisa maliciosa apareció en mi rostro—. ¿Como un gato?

—No lo sé. —Me miró con ira—. Siempre han estado ahí.

A decir verdad, esta nueva característica me hacía preguntarme qué más hacía su cuerpo durante el apareamiento.

Es común que algunos mamíferos posean espinas como estas para asegurarse de que sus parejas no escapen al engancharse en sus carnes.

Ahora, sentía curiosidad por saber qué adaptaciones habrían desarrollado las hembras de su especie para tolerar esa clase de crueldad.

Apareamiento . La palabra sumió mi mente en lo más profundo de mis instintos primitivos.

Volví a mi posición inicial, cubriendo toda su longitud con mi boca.

Jadeó. Tomó un puñado de mi cabello, pero esta vez me separó la cabeza a la fuerza.

—¿Por qué no te molesta? —preguntó mientras sus rasgos afilados se retorcían con preocupación. Su respiración se había acelerado; su pecho se movía con rapidez.

—Eres fascinante —dije con una sonrisa, deslizando su miembro de vuelta en mi boca.

Aflojó su agarre en mi cabello mientras dejaba escapar otro suave gemido, gozando cada sensación. Incluso con la punta en la parte posterior de mi garganta, se encontraba solo a medio camino.

Intenté ir más profundo, moviendo la cabeza de arriba abajo.

Usé mi lengua para explorar la superficie suave y salada. Alcé la vista hacia él, pero no me estaba mirando; había cerrado los ojos al tiempo que dejaba caer la cabeza. Sus caderas seguían el ritmo de mis movimientos al tragar.

Nuestro ritmo se aceleró; sus embestidas en mi boca se volvieron más bruscas, más urgentes. Su pene golpeó mi paladar antes de deslizarse por mi garganta.

Solté un grito ahogado en cuanto él aceleró el ritmo, recogiendo mi cabello para ver todo lo que hacía. De pronto, una oleada cálida inundó mi boca. Me atraganté.

Él me soltó de inmediato.

—Lo siento, lo siento. —Entró en pánico, incorporándose deprisa.

Escupí al suelo y tosí un poco más. Bajé la mirada hacia su pene.

Ahora las espinas estaban erectas. Se curvaban como púas, posiblemente para quedarse fijas en lo que se hubieran enterrado al momento de la liberación.

Temblaban al flexionarse, como si estuvieran molestas por no poder engancharse a nada, su único propósito.

También alcancé a ver que algo goteaba de las espinas: un líquido ámbar mezclado con el semen.

—¿También tienen veneno?

—Es para el dolor. Las espinas inyectan algo para el dolor, o eso creo —se apuró a decir, intuyendo las preguntas que se agolpaban en mi mente—. No sé los detalles. Solo sé que son similares a las de mis colmillos —admitió.

—Qué considerado. —Me arrastré hasta él para mirarlo a los ojos—. ¿Qué más puedes hacer?

Me miró molesto.

—Nada que te incumba.

—¿Y si tuviéramos relaciones? ¿Eso… —hice un gesto hacia abajo— no es eso algo que tendría que saber?

—Ya te lo dije. Nunca las he usado. —Me miró con furia—. Por muy cruel que creas que soy, nunca le haría eso a un humano.

—¿Pero se lo harías a otra cosa? —sugerí.

—Oh, no. Tan solo lo estoy reservando para alguien especial —dijo con tono burlón, subiéndose los pantalones antes de abrocharlos nuevo.

Suspiré. Recargué la cabeza en su hombro, mirando el fuego que se consumía en la chimenea.

Nos quedamos sentados mientras las yemas de sus dedos recorrían mi espalda.

Ahí estaba de nuevo, esa sensación de calidez.

No era normal sentir eso por alguien capaz de matarme.

Quizás era el peligro lo que hacía que fuera tan intenso.

Posiblemente se debía a alguna especie de química inusual, pero nunca había conocido a un hombre tan interesante.

Tenía sentido que ni siquiera fuera humano: rara vez me había sentido tan satisfecha o entretenida.

—¿Qué edad tienes?

—Hubiera creído que las mujeres, de entre todas las personas, sabrían que no se debe hacer esa pregunta. —Silas se rio, pasando los dedos por mi cabello. Apoyé mi espalda sobre su pecho, entre sus piernas, disfrutando el agua tibia.

—No creo que las reglas se apliquen para quienes tienen cientos de años de edad. O al menos, eso deduje en cuanto empezaste a hablar de la peste negra. —Lo miré por encima del hombro y le soplé un puñado de espuma al rostro.

Él puso los ojos en blanco. Tomando mi cabello entre sus manos, empezó a trenzarlo con lentitud.

—¿Sabes hacer trenzas?

—Claro que sí. Tengo hermanas.

Mis ojos se abrieron por completo.

—¿Hay más como tú?

—No se parecen en nada a mí, pero tengo algunos recuerdos de cuando era más chico. Ellas me enseñaron. Y después, yo le enseñé a una de las más jóvenes.

—Eso es… muy dulce, en realidad. —Sonreí con aire burlón—. No te imagino como hermano mayor.

—Soy el mayor de los hijos de mi padre.

—¿Sigues en contacto con ellas?

—Solo con una. Las demás se han dispersado por el mundo. Hace tiempo que no sé nada de ellas.

—¿Podré conocerla?

—¿Por qué le hablas a la tumba de tu padre? Pensé que no creías en lo sobrenatural —cambió de tema.

—Tampoco pensé que fuera posible que tú existieras, pero aquí estás —respondí, frotando distraídamente la piel sobre mi clavícula—. Antes dijiste que eras un purasangre, ¿no es cierto?

—Sí —dijo con lentitud, curioso por saber adónde quería llegar con mi pregunta.

—Las espinas —comencé—. ¿Tienen algún papel? No me explicaste el proceso de reproducción.

—No creí que fuera necesario. —Sonrió, colocando la trenza sobre mi hombro antes de rodearme la cintura con los brazos—. Las espinas sirven para mantenerte en tu sitio —me dijo al oído.

—En teoría, si lo hiciéramos…

—No. Los vípera no pueden reproducirse con los humanos.

—Ah —murmuré, recargándome sobre él mientras observaba sus manos.

—Pero —comenzó—, si te convirtieras, sería diferente. Eso solo porque eres una anfitriona.

—Ya veo. —Acaricié sus antebrazos con los dedos.

Silas me dejó asimilar esa nueva información. Acarició mi espalda, masajeando mis músculos tensos. Al descender hasta la parte baja de la espalda, hizo presión.

Solté un grito. Giré la cabeza hacia él.

—¿Qué demonios? —gruñí.

Me miró sorprendido y levantó las manos.

—¡No he hecho nada! —Frunció el ceño. Volvió a colocar las manos con delicadeza sobre el mismo lugar. La piel se me erizó al sentir su tacto—. ¿Tienes alguna herida que no pueda ver?

—No lo sé. Me duele desde hace unas semanas.

Empujó mi torso hacia adelante para inspeccionarlo mejor. Su cuerpo se tensó al pasar las manos por mi columna vertebral.

—¿Qué? —pregunté mirando por encima del hombro.

Inclinándose sobre el borde de la tina, tomó un pequeño espejo de mano de la mesita. Lo apuntó hacia esa zona de mi espalda para que pudiera verla.

Dos pinchazos verticales se alineaban con mi columna en las vértebras inferiores. Todavía estaban irritados, como si solo hubieran pasado unos días desde que fueron hechos.

Se me heló la sangre. Le lancé una mirada acusadora, pero Silas parecía igual de enojado, con la mirada fija en los pinchazos.

Esto no era obra suya.

—Te vas mañana. Puedo acompañarte a casa de la señorita Aston —dejó el espejo sobre la mesita antes de salir de la tina—.

Vas a tomar ese tren con ella lo antes posible.

Les compraré dos boletos para un tren que salga más temprano.

—Se envolvió la cintura con una toalla, dejándome aún más confundida que antes.