Capítulo 31 #3
Aparté las manos de la cabeza. Lo miré fijamente, levantando una ceja para pedirle que se explicara mejor. Aunque estaba actuando de manera detestable, mi estado actual no me permitía el lujo de ser exigente con los remedios.
Me tocó la barbilla y la levantó, dejando sus labios suspendidos sobre los míos.
Mi cuerpo se estremeció con su tacto. Sin importar nuestra historia juntos, nunca podía anticipar si sería brusco o gentil conmigo.
Era como un viento cambiante, impredecible.
Aunque tal vez no me mataría, no descartaba que me hiciera daño si lo hacía enojar lo suficiente.
Cuanto más aprendía sobre lo que era capaz de hacer, más le temía.
A medida que el miedo se intensificaba, también lo hacía mi deseo de llevarlo al límite.
Debo admitir que no fue el más sensato de mis instintos; si quería manipular la situación a mi favor, primero tenía que averiguar cuáles eran sus intenciones.
Su lengua se deslizó fuera de su boca e instintivamente me aparté. Me tomó el rostro con más fuerza.
—Te duele la cabeza, ¿verdad? Déjame intentar algo. —Sonrió con aire burlón, moviendo deprisa las dos puntas de la lengua.
Considerar su oferta no sería lo más descabellado que había hecho hasta ahora.
En todo caso, no perdía nada con intentarlo, aunque ceder a su petición supondría un pequeño golpe para mi ego.
No era tan loco pensar que, si él había sido capaz de impedir que me envenenara, también podría curar una migraña fantasmal. A regañadientes, me incliné hacia él.
—Abre la boca para mí. —Usó el pulgar para jalar mi labio hacia abajo.
Yo cedí vacilante.
Unió sus labios a los míos. Su mano se desplazó a la nuca para sostener mi cabeza. Recorrió mis labios con su lengua húmeda, pidiendo entrar.
Hice una mueca de desagrado por la humedad antes de quitármela de encima.
—Succiónala. —Inclinó la cabeza hacia mí.
—¿Disculpa?
—Mi lengua, succiónala. —Me dio una sonrisa amplia—. ¿Recuerdas cuando me mordiste?
—Oh, lo recuerdo perfectamente. —Lo miré con ira.
—Bueno, ¿de qué otra forma vas a sentir alivio? También podría escupirte en…
—No es necesario. Acabemos de una vez.
Era un método extraño. Hubiera preferido que escupiera en un vaso.
Se inclinó sobre mí, dejando salir su larga lengua por la boca, con las dos puntas divididas curvadas en la parte inferior colgando sobre mis labios.
Al abrir la boca, un rubor de vergüenza inundó mi rostro.
Cuando me puse de puntillas para meter su lengua en mi boca, él la retiró con brusquedad, fuera de mi alcance.
—Eres una rata, ¿acaso estás jugando conmigo? —Le di un golpe en el pecho.
—No, solo quería verte así un poco más. —Una atractiva sonrisa se posó sobre su rostro. Volvió a ofrecerme su lengua.
Alargando el cuello a regañadientes, metí la punta en mi boca. La succioné con suavidad, lo cual le arrancó un sonido a Silas.
¿Acaba de gemir?
A través de las pestañas, estudié su reacción, su atención dedicada solo a mí.
Me sostuvo más de cerca y se inclinó, permitiéndome tomar un poco más.
Nuestras lenguas se entrelazaron sin descanso. Volví a succionarla, dándole un mordisco cuando se acercaba demasiado a la parte posterior de mi garganta.
Él parecía nervioso por mis movimientos.
Odiaba que tuviera razón al decir que su saliva era la cura milagrosa para las migrañas. Podía sentir las palpitaciones atenuarse con el paso de los minutos. A medida que mi mente se aclaraba, me pregunté más sobre la vulnerabilidad en su reacción.
¿Podría ser que las bocas de su especie fueran más sensibles, dado que era el único lugar que contenía el antídoto contra su propio veneno? Este descubrimiento despertaba en mí una curiosidad bastante lasciva.
Cuando me aparté, su lengua se deslizó fuera de mi boca, volviendo al lugar de donde había salido.
—Ven. Quiero averiguar algo. —Lo jalé del brazo.
Luego de guiarlo hasta el acogedor brillo de la sala, me detuve frente a la repisa de la chimenea. El fuego crepitaba, iluminando nuestras figuras en la noche.
—Abajo —le ordené, señalando el suelo.
—No lo creo —respondió con obstinación.
Me incliné, jugando con el borde de su camisa.
—¿Esperas que me suba encima de ti? Ponte de rodillas, Silas.
Sus ojos se agrandaron ante mi petición mientras me obedecía con lentitud. La expresión de su rostro estaba llena de intriga. Me gustaba verlo así. Se sentó de rodillas enfrente de mí, a mi disposición.
Pasé el pulgar por su labio inferior antes de tomar la comisura. Acerqué mi rostro, inclinándome sobre él.
—Abre —susurré.
Alargó el cuello para besarme, acariciando mi mano sobre su mejilla. No hacía falta ser un intérprete profesional para darse cuenta de lo mucho que lo deseaba, de lo mucho que se estaba conteniendo cuando nuestros labios se encontraron.
Presioné mi lengua contra su paladar. Su lengua acarició la mía, pidiendo más, sintiendo más, saboreando más.
A medida que nuestro beso se intensificaba, rodeé su cuello con mis brazos. Me dejé caer sobre su regazo mientras él se sentaba sobre los talones.
Era evidente su lucha entre el placer y la moderación que con tanta obediencia practicaba. Me llenaba de alegría lograr que una criatura como él gimiera por mí, que me suplicara sin decir una palabra.
Volvió a separar nuestros labios para mirarme. Supe que quería decir algo, pero le costaba dar con las palabras. Cuando quiso continuar el beso, le di un empujón en el pecho.
—Hay otra cosa que quiero.
—Lo que sea —susurró, deslizando las manos por mi espalda.
—Quiero ver más.
Me miró con interés.
—¿Eso significa que podemos probar otra cosa? Ya que esta noche estás tan interesada en la observación. —Para ese momento, él me había quitado la parte superior del vestido.
Teniendo en cuenta sus palabras, no estaba segura de qué otra cosa podría querer probar. No creía haber visto nada más allá de sus antebrazos. Imaginarlo sin ropa me hacía sentir excitada. No me molestaría ver un poco más. Por motivos estrictamente educativos , por supuesto.
Incluso cuando recordaba lo duro que había sido conmigo en el pasado, me preguntaba cómo se sentiría si utilizara esa agresividad de una forma más agradable.
Cuando se humedeció los labios, comprendí que probablemente se había percatado de mi excitación. Me acarició el rostro con una mano que enseguida llevó hasta mi nuca, jalándome hacia el frente hasta que quedé sobre él. Sus labios estaban prendidos a los míos y los mordían con voracidad.
Jadeé, frotando mis caderas contra las suyas. Podía sentir que se había puesto duro. A juzgar por el bulto, mi cuerpo no conocería el dolor hasta que él decidiera usar eso conmigo.
Mis manos se deslizaron hasta su camisa, desabrochando los botones.
Él levantó la vista hacia mí al tiempo que dejaba marcas en mi cuello, a lo largo de mi garganta y entre mis pechos.
Al parecer, dejar marcas era habitual para él.
La camisa pronto se deslizó de su cuerpo.
Recorrí su torso con mis manos: leí sus músculos definidos como si fuera braille, explorando aquel territorio desconocido.
Dejó salir un chasquido grave, profundo.
En aquel momento, no estaba segura de si esa comunicación no verbal era una muestra de cariño o de depredación.
Quizás solo era la prueba de que un estímulo había llamado su atención, como cuando algunas especies de gatos utilizan la comunicación prusten para resoplar entre sí o como cuando los murciélagos chasquean los dientes por la noche.
Me agaché entre sus piernas en el suelo. Cuando empecé a desabrochar sus pantalones, me agarró la mano. En lugar de dejarme seguir, se limitó a mirarme fijamente. ¿Por qué parecía tan preocupado?
—Me has rechazado en cada oportunidad. ¿Estás segura de que ahora quieres hacerlo? —Observó mi expresión, analizándola con cuidado.
—Tengo curiosidad —susurré—. ¿De qué tienes miedo?
Respiró con dificultad. Me acarició la frente con un dedo antes de tomar mi rostro entre las manos.
—Tengo miedo de que no podré detenerme.
No supe si lo decía con sinceridad, pero aprecié que al menos se mostrara un tanto vulnerable. La idea de que alguien fuera incapaz de contener su deseo carnal por mí hizo que se me encogiera el corazón.
Lo ignoré, inclinándome para quitarle los pantalones y enseguida, la ropa interior.
Cuando saqué el pene, este prácticamente se precipitó hacia mí. Pude ver por qué estaba tan nervioso.
La vacilación no se debía al tamaño ni al grosor.
En esos aspectos, superaba todo lo que podía haber imaginado.
Era realmente extraordinario. Me daba miedo ponerle un número porque, sinceramente, nunca había visto nada tan…
grande . Lo único lógico era que no fuera humano.
Esa era la única explicación posible para lo que tenía ante mí.
Me mordí el labio y levanté la vista hacia él.
Él seguía mirándome. Esperando una reacción de mi parte, lo que fuera. ¿Era posible que le importara lo que pensaba?
Volví a centrar mi atención en su longitud, dejando unos roces prolongados con las puntas de mis dedos. Era de una estatura inhumana. Estaba impresionada, por decir lo menos, aunque pensé que colocar eso siquiera cerca de una vagina sería una tortura.
Al inclinarme, presioné los labios contra la punta, aplastando mi lengua a lo largo de la hendidura. Él se estremeció y pude ver cómo salía de su trance.
Mi mano se deslizó por su longitud aterciopelada mientras pasaba mi lengua por el costado. La humedad empezó a gotear desde la punta hasta caer en mis papilas gustativas. El sabor se mezcló en mi lengua mientras lamía, hasta que finalmente introduje la punta en mi boca.
Con un gruñido, dejó caer la cabeza hacia un lado, observándome trabajar bajo la cálida luz. Los sonidos que emitía me bastaron para sentir ese nudo en el estómago. Empujó más profundamente al interior de mi boca, tocando la parte posterior de mi garganta, lo que casi me provoca una arcada.
Se estremeció al oír el sonido antes de relajarse de nuevo.