The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

En el fondo de mi mente, una corazonada me alertó del peligro.

Examiné las jeringas y los cuchillos del cajón.

Tomé con fuerza el mango del cuchillo largo para trinchar carne.

Quizá Silas había decidido que prefería no seguir esperando, que iba a acabar conmigo esa misma noche.

Todo mi cuerpo me exigía que ignorara la presencia amenazante en la esquina.

Algo no estaba bien. Nada de esto estaba bien.

Me rodeó un hedor dulzón, nauseabundo, semejante al de la primera vez que olí el líquido de embalsamar en un laboratorio. Se me erizaron los vellos. Si mi corazón seguía latiendo a ese ritmo, se me iba a salir del pecho. Giré la cabeza para echar un vistazo con el rabillo del ojo.

Dos puntos de luz azul me observaban desde la esquina. Sin embargo, no se trataba de mi espectro habitual.

Si salía corriendo, ¿iba a perseguirme?

Mi primer pensamiento fue correr hacia la otra criatura peligrosa que había en la casa. Sin duda, por eso creyó haber olido a alguien más en mí, porque de hecho había alguien más aquí , conmigo. La pregunta era: ¿desde cuándo?

Cerré el cajón con lentitud al tiempo que tomaba un cuchillo y una jeringa.

Trataba de pasar desapercibida, de que la cosa que había en mi cocina no se percatara de que la había visto.

Era extremadamente difícil caminar mientras me convencía a mí misma de actuar con discreción, de moverme a un paso calmado.

Entre los latidos de mi cabeza y los de mis oídos, no lograba concentrarme.

Veía estrellas. Sentía ganas de vomitar.

Estaba atrapada entre ser asesinada por la cosa que se había aparecido en mi casa o por el depredador que me esperaba arriba.

Una situación imposible: era como tener que elegir entre dos carniceros.

Solo era cuestión de saber cuál tenía los cuchillos más afilados.

Mis pasos por las escaleras eran cautos.

¿Cuál era el ritmo normal? ¿Iba demasiado lento?

¿Quizás demasiado rápido? La sombra se movió por el rabillo de mi ojo, asomándose en la entrada de la cocina.

Mientras subía, la figura de Silas apareció en lo alto del segundo tramo de escaleras. Me detuve en mi sitio.

—Pensé que habías huido. Resulta que has decidido volverte perezosa. ¿Dónde está ese brío que tenías cuando nos conocimos? Seguro que la mancha roja de las escaleras te inspiraba a acelerar el paso —bromeó, mirándome con ansias.

—N-no lo recuerdo —repuse temblorosa. La ansiedad me impedía respirar—. Debes estar pensando en otra persona .

Parecía ofendido por mis palabras.

—¿Me estás diciendo que conoces de memoria la nomenclatura binomial de todas las plantas, pero no recuerdas nuestra primera noche juntos? Serías una pésima romántica, Alina —dijo con crueldad.

¿Cómo se lo hacía saber sin decir nada? No tenía intenciones de ser masacrada por ninguno de ellos, pero de entre los dos, él era mi mejor esperanza.

Le di una sonrisa trémula.

—Silas, amor mío , por favor, ¿podemos descansar esta noche? Estoy muy cansada. Tú también debes de estarlo. —Intenté respirar hondo, pero solo conseguí tragar con dureza. Bajo el peso del pánico, cada palabra me arrebataba el aire de los pulmones

Las alarmas debían de estar sonando en su cabeza; su actitud gélida se volvió aprensiva.

De todas las adaptaciones evolutivas posibles, me hubiera gustado que tuviera algún tipo de telepatía.

—Los dos hemos tenido un día muy largo. Quizá deberíamos pasar un rato juntos. Solo nosotros dos. —Rompí el contacto visual solo para desviar la mirada hacia la cocina. Luego volví a mirarlo.

Un ruido estrepitoso resonó en la cocina.

Los ojos de Silas se movieron hacia el sonido antes de regresar lentamente hacia mí. No había manera de saber qué era, pero no podía ser nada agradable.

La cocina estaba vacía cuando entramos, con los restos de una copa de vino esparcidos por el suelo. No hablamos, ni siquiera nos dimos una mirada.

El silencio era doloroso. No se dijo ni una palabra en toda la noche.

Silas no se iba. Desde aquella noche, se quedó adherido a mi costado con firmeza, como una sanguijuela. No tenía un solo momento para mí sola.

¿Qué era peor: no poder dormir por el miedo a lo desconocido o que cada uno de mis movimientos fueran abiertamente vigilados?

Por el amor de Dios, ni siquiera me dejaba bañarme sin vigilar sentado en la esquina.

De no ser por mis protestas, se hubiera quedando mirándome dormir desde la cama.

Era como un niño al que no se podía dejar solo.

Era exasperante y solo conseguía que lo odiara más.

A donde iba, mi perro del infierno me seguía.

Me daba un poco de espacio cuando interactuaba con los clientes en la tienda, pero esa era prácticamente la única privacidad que tenía permitida.

Supuse que lo hacía para evitar que la gente se distrajera por tener a una celebridad entre ellos, aunque los rumores comenzaban a esparcirse.

Estaba conmigo todo el tiempo, así que era natural que la gente especulara.

Cada vez que surgía un nuevo rumor, podía contar con que Phoebe me lo contara por teléfono o en la tienda.

Tampoco a ella me dejaba verla demasiado; una excusa tras otra era inventada para que todo se quedara en llamadas telefónicas o breves visitas.

—No, ya te dije que no ha pasado nada. Tengo un encargo del que no puedo hablar —mentí, pegada al teléfono colgado en la pared.

Silas se encontraba en un rincón, mirando por la ventana con aire furioso, moviendo la pierna nerviosamente al tiempo que yo hablaba con Phoebe.

—Te dije que no era de fiar —murmuró ella a través de la estática—. Está metido en todo tipo de negocios turbios. No me importa lo bueno que sea el sexo. ¡No vale la pena!

—Y eso, ¿cómo lo sabes? —bromeé, aunque sentía curiosidad por su respuesta.

—¡Alina! ¡Qué asco! ¡No lo conozco de esa manera! Aunque hemos tenido algunos encuentros desagradables. ¡Siempre es conmigo con quien la gente se queja de su comportamiento! —explicó—. No entiendo por qué las chicas siguen volviendo con ese demonio. ¡Es un desvergonzado!

—Lo entiendo, lo entiendo. —Lo miré, con la mente perdida en su rubia cabeza.

—Deberíamos escaparnos al campo este fin de semana. ¿Qué te parece?

Los ojos de Silas se clavaron en mí al oír esas palabras.

—¡No hace falta que me lo repitas! —chilló Phoebe—. ¿Nos vamos a Sussex?

—Sí, ¿por qué no invitamos a algunas personas?

Hagamos una pequeña reunión íntima. Algo relajante; divertido —dije, como intentando convencer a Silas de que estaría a salvo porque me encontraría rodeada de personas.

No es que necesitara su permiso; era más bien mi forma de pedirle que mantuviera cierta distancia.

—Me encargaré de ello. Te llamo dentro de una hora con los detalles. Compraré los boletos de tren. ¡Oh, esto será genial para nosotras! —Colgó el teléfono con emoción.

—No creo que sea una buena idea —dijo Silas desde el rincón.

—¿Por qué no? Me alejaré de esa ciudad en la que se halla mi otro acosador, acompañada de testigos y una tiránica amiga que no dejará de vigilarme. ¿Qué más se puede pedir?

—No te vas a ir de mi vista.

—Y tú no vas a detenerme —respondí—. ¿Sabes?, haces muchas amenazas en vano. Aunque me has causado una conmoción cerebral y una interesante colección de moretones a lo largo de nuestros encuentros, nunca llevas a cabo tus feroces amenazas de devorarme. —Me reí—. Pero qué mal depredador eres.

—¿Es esta una estrategia suicida para pedirme que te haga daño? —Arqueó las cejas—. Sabía que estabas mal de la cabeza cuando decidí perseguirte, pero nunca pensé que fueras ese tipo de maníaca.

—No es un desafío, pero eso me lleva de vuelta a mi punto: no puedes detenerme, no lo harás.

Pero confío en que estarás entre las sombras, tanto si te pido que me dejes en paz como si no.

—Le lancé una sonrisa sarcástica antes de que se desvaneciera.

Mi cabeza seguía latiendo con fuerza, al igual que durante las últimas semanas, pero el dolor empezaba a disminuir.

Cerré los ojos y, frotándome el rostro, me di media vuelta antes de alejarme.

—¿Adónde vas? —Intentó ponerse delante de mí, pero lo aparté.

—Por medicina. —Fue lo único que alcancé a murmurar, dirigiéndome hacia la cocina—. Sé que sufres ansiedad de separación, pero no tienes por qué seguirme a todas partes.

—Por supuesto que sí, amor mío —me devolvió mis palabras agregándoles un filo venenoso.

Mis hombros se tensaron por la vergüenza. No necesitaba que me lo recordaran.

Era evidente que mi reacción le divertía.

Aunque era de noche, la casa estaba más iluminada que nunca. Silas había encendido todas las lámparas de gas para que no quedara ningún rincón a oscuras. Pensé que lo había hecho más por su propia tranquilidad que por la mía.

En la cocina, rebusqué en el armario hasta dar un frasco de tintura de flor fantasma.

Aunque fueran un tipo de seta, más bien parecían pequeñas flores blancas.

Tenían propiedades analgésicas muy potentes.

Solía preparar un líquido con ellas cada pocos años.

Para mi consternación, no quedaba ni siquiera lo suficiente para adormecer a un ratón.

Recargándome en la barra, presioné suavemente las palmas de las manos contra las cuencas de mis ojos.

Silas se acercó a mí.

—¿Qué ocurre ahora?

—No queda medicina. —Suspiré derrotada. A ese paso, nunca saldría de este eterno agujero. Lo más irónico de todo era que, debido al olor, ni siquiera había consumido una gota de alcohol en las últimas semanas. Pero qué injusto.

—¿Por qué no intentamos algo? —me dijo, pasando un dedo por mi hombro.

—Por mucho que me acaricies, eso no va a quitarme el dolor de cabeza —le dije con tono seco, sin dejar de presionarme los ojos.

—Nunca lo sabrás si no lo intentas. —Se encogió de hombros—. Me refería a otra cosa, pero quizá deberíamos probar eso también, solo para ser exhaustivos.