The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 31
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Capítulo 31

CAPÍTULO

La Envenenadora

M i habitación. Veo mi habitación.

Una gravedad invisible me mantiene inmóvil, como si fuera una manta pesada.

Tengo los ojos abiertos del todo. Veo la silla en la esquina de la habitación.

Solo respira.

Un cosquilleo me recorre la columna vertebral y una terrible sensación de vacío invade mis sentidos. Lo único que me queda por hacer es esperar a que termine.

Solo respira.

Es la sensación de estar indefensa mientras tu mente te juega malas pasadas. Mi problema es que algunas sombras en la esquina podrían ser reales.

Estos episodios son cada vez más frecuentes. Lo único que puedo hacer es esperar a que pasen. Me despierto sintiéndome peor que antes de acostarme. Siempre es lo mismo.

Mi cuerpo me pide con desesperación que me mantenga despierta.

Como si quisiera advertirme que, si cierro los ojos, ocurrirá algo aún peor.

Últimamente, sin importar cuánto tiempo pasara lejos de Silas, me sentía cada vez más extenuada.

La parálisis del sueño me visitaba todas las noches; no me permitía descansar ni un solo minuto.

Por supuesto, cuando cierta Criatura no me molestaba hasta altas horas de la noche, mi cuerpo compensaba esa ausencia por sí solo.

La migraña atravesaba mi cabeza como una flecha en el ojo, volviendo tanto mis momentos de vigilia como los de sueño en una pesadilla febril. Las noches eran tan duras que, debido a mi desasosiego, incluso la parte baja de la espalda sufría algún tipo de daño.

En el mercado, mis dedos saltaban entre las flores y los alimentos frescos.

Normalmente, eso me resultaría terapéutico, pero el dolor punzante en mi cabeza hacía que los colores fueran demasiado brillantes y al caminar, el mundo a mi alrededor se movía con retraso.

Me pellizqué entre las cejas, frotándome el lado derecho del rostro, con la esperanza de aliviar el dolor.

Al recargarme contra el borde de una caja de verduras, me inundó una oleada de náuseas.

El sudor frío brotó de mi nuca mientras luchaba contra el invisible punzón de hielo en el costado de mi rostro, debilitándome todavía más.

De pronto, alguien me arrancó de mi postura. Me incliné hacia aquella silueta familiar.

Moras y hojas de laurel ahumadas. Esta vez, no hubo bromas ingeniosas: solo un brazo alrededor de mi cintura.

—¿Qué estás haciendo? A estas horas ya deberías estar en la tienda. —Silas frunció el ceño—. Estuve horas esperando. ¿Dónde estabas?

—Me disculpo. Si hubiera sabido que mi acosador esperaba verme, ¡habría ido corriendo! —Apreté los dientes, resintiendo una gran inquietud.

Me bloqueó el paso, alzando mi barbilla para inspeccionarme. Una mano enguantada me cubrió el lado derecho del rostro, protegiéndolo de la luz.

Me dejé llevar por la mano, observándolo a través del resplandor de las pestañas blancas sobre mi ojo descubierto.

—Sabes, cuando estás irritada, tus marcas resaltan el hielo de tus ojos —bromeó. Se tensó justo después de hablar, entrecerrando los ojos con recelo.

—¿Qué?

—¿Con quién has estado? —su voz sonaba gélida—. ¿Has estado con él?

—¿A qué te refieres?

—Eres la criatura más capaz que he conocido. No finjas que eres tonta. —Me apartó de la multitud para llevarme a un tranquilo callejón entre dos tiendas.

Tan pronto me soltó, mi cuerpo se desplomó contra la pared.

—No tengo tiempo para esto.

—Lo tienes por todas partes. El aroma. —Me miró entrecerrando los ojos—. ¿Es esto lo que haces cuando te dejo sola?

—Aunque eso fuera cierto, no te pertenezco. —Froté los dientes al tiempo que me masajeaba las sienes. Esa conversación me daba ganas de golpear mi cabeza contra la pared. Cualquier cosa con tal de escapar del dolor. Cerré los ojos en un intento por tranquilizarme.

Traición. Así hubiera descrito la expresión de su rostro.

Sin embargo, sabía que eso requería tanto emociones como un participante voluntario.

Me ardía el pecho. No estaba segura de qué pensaba él que había hecho, pero algo le molestaba lo suficiente como para pensar que se había cruzado algún tipo de límite.

Por mucho que me hubiera encantado decirle que me había acostado con todos los hombres de su círculo social por mera venganza, había estado demasiado enferma para siquiera alimentarme como una persona normal. A juzgar por todo esto, él realmente me había dado tiempo a solas.

Cuando volví a abrir los ojos, se había esfumado sin una palabra.

Pero qué niño más insolente.

Aquella noche no fue diferente. El dolor persistía a un ritmo insoportable.

Empeoraba con el paso de las horas, dejándome indefensa en los rincones oscuros de mi habitación.

Solo tras la puesta de sol, cuando las cortinas dejaron de luchar contra la luz que insistía en colarse en mi habitación, sentí un ligero alivio.

Ninguna postura era cómoda. Nada lograba relajar mi tensión.

Las almohadas se sentían demasiado blandas o demasiado duras.

Las sábanas tenían una temperatura insoportable, adhiriéndose a mi piel húmeda.

El sudor frío pegaba cualquier cabello suelto a mi piel, causando que algunos mechones rebeldes sobresalieran en direcciones incómodas.

Podía sentir cómo se hundía la cama mientras mi rostro permanecía enterrado en la almohada.

Tenía visitantes.

Su olor a humo perturbaba mis sentidos, causando que volvieran las náuseas.

Mi mano tomó la navaja de barbero que tenía debajo de la almohada.

Silas apartó algunos mechones de cabello mojado de mi rostro. Yo mantuve los ojos cerrados.

—Puedo oír los latidos de tu corazón. No puedes fingir que estás dormida —me susurró al oído.

Miré por encima del hombro desde mi posición ovillada.

—Si tú puedes fingir que eres un caballero, entonces yo puedo fingir que estoy dormida.

—Me hieres, querida. —Se llevó la mano al pecho en señal de burla—. ¡Mi corazón es tuyo para que hagas lo que desees con él! ¡Incluso si lo atraviesas con una espada!

—¿Tienes que ser tan melodramático? ¿Que acaso no eres tú el mismo que come carne humana y me ha perseguido como a un animal por esta misma casa?

—¿Qué quieres decir? —Jadeó—. ¡Esa es la cúspide del romance! —Su expresión se ensombreció al aproximarse, trepando sobre mí. Me lanzó una mirada de desconcierto—. ¿Por qué hueles así? —Arrugó la nariz con disgusto.

—¿Así cómo…? —Mis palabras se vieron interrumpidas por su mano al tomarme del rostro, obligándome a mirar en su dirección.

El veloz movimiento causó que mi brazo se balanceara hacia él con la navaja, abriendo la almohada en el proceso. Las plumas volaron tras el golpe mortal.

La navaja le cortó el hombro. Entonces la apartó de un golpe, cortándose la mano también. La navaja fue a caer con estrépito en el suelo de madera y él, enseguida, me inmovilizó ambos brazos por encima de la cabeza.

—¡Suéltame!

—¿Es él? —me gritó con los ojos oscureciéndose.

—¿Quién? —balbuceé, empujando con las caderas en un intento por quitármelo de encima. Su peso me impedía moverme. Mi visión se nubló por el dolor de la migraña al tiempo que su figura borrosa se cernía sobre mí.

—No me mientas —su voz sonaba tensa—. Hueles a alguien más . ¿Es ese compañero de laboratorio? ¿Alguien que conociste en otro sitio? ¿Un compañero de taberna, tal vez?

Era agotador ser etiquetada solo como la propiedad de un hombre o de otro.

Le escupí en la cara. Él se quedó paralizado, soltando uno de mis brazos para limpiarse.

—Sabes, he sido indulgente contigo. Creí que estábamos empezando a conocernos mejor.

Es una pena —dijo bajando la voz. Me tomó del brazo y tiró con fuerza hasta sacarme de la cama—.

Si quieres que sea un intercambio, que así sea.

Me dejarás alimentarme voluntariamente y, a cambio, no tomaré tu sangre por la fuerza.

—Me empujó hacia el frente, alejándome de la cama.

Sus palabras me atravesaron la piel, haciéndome temblar.

—No estoy en condiciones para que te alimentes de mí. —Me froté las muñecas.

Casi prefería cómo era antes. Este cambio me aterraba. Un dolor punzante me martilleaba el interior del cráneo. Volví a sostener la parte derecha de la cabeza, dejando escapar un quejido de profundo disgusto.

—Eso no es problema mío —siseó—. ¡Vamos, Alina! ¿Dónde están todo ese valor y ese coraje?

Dio pasos a mi alrededor, provocándome.

—Necesito agua —dije con voz ronca, sin apartar la mirada de él. No tenía fuerzas para soportar otro de sus juegos o pataletas. Tenía que poner distancia entre nosotros—. También necesito vendas, sobre todo si tendré que soportar tu forma desenfrenada de alimentarte. —Lo miré con ira.

—Está bien, tráelos. —Me hizo un gesto con la mano y tras sacar un nuevo cigarro del bolsillo, se sentó en la silla de la esquina—.

No tengo que decirte lo que pasará si intentas huir, ¿verdad?

—murmuró, dejando que el cigarro colgara de sus labios mientras lo encendía.

El destello de la llama se reflejaba con intensidad en sus rasgos afilados.

Con un asentimiento, salí lentamente de la habitación.

El aire se volvió más ligero a medida que me alejaba de él.

No entendía por qué seguía mencionando a otro hombre.

Aunque deseaba tener la compañía de alguien que no fuera un psicópata que lo consumía todo, realmente no había nadie más.

Era una reclusa; el debería saberlo. Eso hacía que toda esta situación fuera aún más extraña.

No había visto el laboratorio ni a Viktor desde mi incidente.

Todas mis interacciones se reducían a llamadas telefónicas.

No había luz en la cocina, ni siquiera de las farolas, pues había cerrado las contraventanas un rato atrás. La vela a mitad de la barra permanecía encendida para ayudarme a buscar en los cajones.