Capítulo 30
CAPÍTULO
La Criatura
- S in duda, esto es mucho mejor que tu cueva. —Contemplé el gran arco que nos conducía hacia el patio.
Al elevarse sobre la plaza, la arquitectura de estilo griego resultaba bastante imponente. No había visitado el campus del King’s College desde su concepción; en esa época, era el lugar perfecto para esconder cadáveres.
—Ya no tenía sentido seguir utilizando muestras viejas. Es más fácil traerte aquí —dijo Alina en voz baja. Su postura encorvada la hacía parecer más baja, más débil.
Apretó la correa de su bolso, retorciéndola con las manos. Si seguía así, el pliegue entre sus cejas corría el riesgo de volverse permanente.
Dio un paso frente a ella y su cabeza chocó contra mi pecho.
—Estás distraída.
—Estoy pensando, eso es todo —murmuró, tratando de esquivarme.
—Lo cual te está distrayendo . —Le bloqueé el paso de nueva cuenta.
Ella soltó un hondo suspiro antes de levantar la barbilla hacia mí, con un tic tensando su mandíbula.
—¿Te encuentras… bien? —le pregunté, sin que las palabras sonaran del todo naturales. La textura de esa frase me resultaba horrible, quería escupirla. Sin embargo, me esforcé por comportarme, por ser gentil.
Valió la pena el trago amargo: sus ojos se suavizaron, aunque también mostraban cierta confusión y, sobre todo, cautela. Para mí, cualquier cambio en su estado de ánimo que no fuera ira profunda representaba una victoria.
—Me encuentro bien, más allá de los brazos que tuve que enterrar esta mañana. —Me lanzó una mirada de reojo al pasar.
—Claro. —Asentí, fingiendo entender su eufemismo, aunque no era así. Había hecho las paces con que quizá nunca podría comprender del todo sus peculiaridades.
Un eco alto reverberaba entre los pasillos mientras los estudiantes corrían de un lado al otro. A juzgar por todo el ajetreo, debíamos de haber llegado entre clases. Cuanto más nos adentrábamos en el edificio, más intensos eran los aromas de la angustia y el estrés.
Noté las miradas de asombro al pasar. Los susurros que se repetían a nuestro alrededor.
En circunstancias normales, diría que me estaban mirando a mí, pero sabía que no era cierto. La miraban a ella .
Alina no era de las que rehuían las miradas.
Me gustaba que no sintiera vergüenza por ocupar tanto espacio.
Eso o padecía de aquella famosa miopatía que le impedía percatarse de los ojos curiosos.
En todas las habitaciones en las que entraba, no pedía atención; la exigía.
Su bonito rostro era solo la superficie.
El aire a su alrededor se tornaba afilado como la navaja de un barbero.
Siempre estaba calculando, como un ave rapaz.
Ahora, cuando recordaba haberla llamado «cervatillo» el día en que la conocí, me parecía absurdo: ambos sabíamos que compararla con algo dócil o pequeño sería una horrible mentira.
Finalmente llegamos al laboratorio. A diferencia de los pasillos, este se encontraba vacío, a excepción de unos cuantos estudiantes que recogían sus pertenencias de las mesas de trabajo.
Bajamos desde la zona de observación hasta el piso principal por un pequeño tramo de escaleras.
Era exactamente el tipo de lugar en el que hubiera esperado que ella pasara su tiempo libre.
El espacio era mucho más luminoso, con ventanas más grandes; sin duda más alegre que su cueva.
—Tengo miedo de preguntar qué tipo de experimentos quieres realizar, si es que hace falta cualquiera de estos instrumentos —murmuré, girando la rueda de una de las herramientas. Parecían más bien instrumentos de tortura; de solo pensarlo, mi sangre corrió hasta lugares inesperados.
—Solo necesito muestras frescas —repitió con sequedad antes de abrir su diario, preparando sus apuntes.
Si aquel día parecía menos emocionada por experimentar, no era a causa mía.
Su aroma parecía distinto; menos dulce que otras veces.
Era como si alguien se hubiera olvidado de añadir sal al caldo; sencillamente, su olor estaba diluido.
Aunque no podía juzgar del todo su palidez, parecía tener un tono menos sonrosado.
Sentí un pinchazo en el estómago. Mi apetito había sido provocado lo suficiente a lo largo de la mañana.
Saqué un cigarro, prendiendo mi encendedor para quemar la punta.
El tabaco era lo único que me mantenía en pie por ahora.
Sin él no sabía dónde acabaría; con suerte, no con algo menos apetecible entre los dientes
—¡Silas! —me reprendió.
Frunciendo el ceño, me recargué sobre el costado de una mesa de trabajo.
—¿Qué? —murmuré con el filtro entre los labios.
—¡No fumes! Estamos en un laboratorio real. No puedes encender lo que quieras aquí. Hay combustibles.
Levanté las manos en señal de rendición antes de quitarme el cigarro de la boca. Lo apagué en un pequeño plato de cristal.
—¡No! Esos acabo de limpiarlos. —Apretó la mandíbula mientras dejaba de escribir para mirarme.
Entrecerré los ojos; estaba a punto de soltar la ceniza sobre el suelo, cuando su mirada me dijo que ese era el movimiento equivocado.
Exhalé con irritación por la nariz, abrí la boca y antes de acercarme al bote de basura, lo apagué sobre mi lengua.
—¿Puedo tirarla a la basura, o es este un recipiente especial para residuos científicos que debe mantenerse limpio?
Ella rodó los ojos y volvió a su tarea.
—Hazlo rápido. Ya me has hecho tirar mi desayuno —le dije, sentándome a su lado en uno de los bancos.
—El brazo. —Extendió la mano sin mirarme.
—Por favor, Silas. Gracias, Silas. ¿Cómo estás, Silas? Hoy te ves muy apuesto, Silas —bromeé, arremangándome para colocar mi brazo en su mano.
El tacto de Alina era siempre frío: la sensación resultaba agradable, sin duda, pero también me hacía creer que mi temperatura era demasiado alta.
Más aún luego de alimentarme. Sus dedos sobre mi piel se sentían como hielo, un escalofrío que calmaba de golpe mis nervios alterados.
A menudo, imaginaba que esos dedos rozaban sitios más calientes aún, pero esas imágenes las reservaba para mí mismo.
Siendo la eficiente abejita que era, Alina no perdió el tiempo.
Me ató el torniquete alrededor del brazo y con sus ágiles y largos dedos, me clavó la aguja curva bajo la piel.
Esta parte siempre me emocionaba, quizá porque sabía que una vez concluida, al fin podría alimentarme.
Ella se había vuelto cada vez más rápida.
—Ah, tengo un obsequio para ti. —Me apresuré a sacar una petaca de mi bolsillo y la puse de golpe sobre la mesa.
—No necesito alcohol ahora mismo, aunque quizá lo acepte más tarde. —Sus ojos se mantenían fijos sobre mi brazo y el instrumento. Noté un pequeño tirón en la comisura de sus labios.
—Ojalá fuera licor. No; es saliva. —Le mostré mi sonrisa más arrogante.
Ella me miró, luego a la petaca.
—¿Has llenado toda una petaca con tu saliva?
—No tenía otro lugar dónde ponerla. La última vez que me la pediste, te di una mordida sin que me dieras permiso. Así que decidí darte la muestra extra que pediste. Ahora estamos a mano.
—Tú no decides cuándo estamos a mano. —Apartó la mirada de mí, levantando la petaca llena—. Pero está bien, estamos a mano —murmuró.
Pareció impresionada cuando la levantó. Me había tomado un buen rato llenar la petaca. Debo reconocer que era lo más extraño que le había regalado hasta entonces, lo cual era mucho decir. Aunque esta excentricidad ella sí deseaba tenerla, a diferencia de las otras.
Extrajo la aguja de mi brazo y limpió la punción. Mi estómago se removió con su tacto, aunque se debía sobre todo al hambre que tenía. Desde que le clavé los dientes, no había vuelto a comer nada. Solo la quería a ella…
—¡Alina!
¿Quién demonios era ese?
Un hombre alto, de pelo oscuro y unos lentes de armazón ridículos, bajó corriendo las escaleras, eufórico de ver mi sombra.
Ella le sonreía; tan radiante, tan llena de vida. Incluso pude ver un ligero tono rosado iluminar sus mejillas de marfil. Solo entonces me di cuenta de cuánta cordialidad me había estado siendo negada. Sus instantes más fríos estaban reservados para mí.
Al mirarla, sentí que algo se rompía en mi interior. O tal vez era uno de mis dientes quebrándose al apretar la mandíbula.
Odiaba esto.
Quería aplastarla en la palma de mi mano como a una luciérnaga y ver cómo se apagaba la luz.
El hombre se acercó. Su cuerpo se puso rígido, mirándome con esos ojos oscuros.
—Silas, ¡este es Viktor! Te hablé de él el otro día —dijo ella con una mirada acusadora, como si quisiera añadir: el que te dije que no asesinaras, ¿recuerdas?
Su voz sonó asordinada tras el rumor de mi sangre corriendo. No podía ver más que rojo.
—Sí, lo recuerdo. —Me puse de pie y rodeé el escritorio, tendiéndole la mano—. Silas Forbes.
—Viktor Kaskov. —Me estrechó la mano.
El señor Kaskov era más o menos tan alto como yo.
Nuestros ojos se encontraban a la misma altura.
Aunque su actitud era amistosa, tan pronto entramos en contacto sentí un escalofrío en la columna.
Quizás mi juicio fuera parcial, pero lo odié desde aquel momento.
Su energía no encajaba. Tenía un olor metálico, como el del latón mojado, el cual se debatía con un aroma a madera caliente, a piel especiada. ¿Qué veía ella en este imbécil?
Alina levantó el instrumento para llevarlo al fondo del laboratorio, lejos de nosotros dos. Fue un error dejarnos solos.
—¿De dónde conoces a la señorita Lis? —preguntó Viktor, recargándose en el escritorio de enfrente para observarme como si fuera un ladrón en una panadería. Aunque parecía cordial y amistoso, había una acusación inequívoca en su tono.
—Por nuestro cortejo —dije, sin despegar la mirada de Alina, que cruzaba la sala.
—Así que ella es…
—Mi prometida —dije con tono seco, dejando la mirada sobre él—. ¿Por qué tantas preguntas?
Viktor soltó una risa burlona.
—Porque sé que es mentira. Ella no tiene ningún interés en los hombres. Si la conocieras, por lo menos sabrías eso. —Se rio, mostrándome una sonrisa con hoyuelos—. ¿Cómo la conoces en realidad?
—No se puede culpar a un hombre por intentarlo —le respondí—. Nos movemos en círculos similares.
—Eso parece más plausible que cortejarla.
—Aun así, tengo más posibilidades que tú.
—¿Estás seguro de eso?
— Absolutamente seguro.
—Ya lo veremos.
Nuestra discusión fue interrumpida por la reaparición de Alina. Esta vez, traía su diario y ningún aparato de tortura. Parecía enferma: tenía los ojos rodeados por un tono rojizo, como si se los hubiera estado frotando.
—¿Qué te trae al laboratorio? —Aquel marcado acento ruso interrumpió mis pensamientos. Su tono altivo me rasguñaba los oídos.
—Alina me dijo que está llevando a cabo un estudio en el que quizá pueda invertir.
—Sonreí cortésmente, aunque no pude reprimir una pequeña mueca de desprecio—.
Al igual que mi padre, me gusta apostar mi dinero en muchos caballos.
Hoy en día, los productos farmacéuticos son casi tan buenos como los inmuebles.
—¡Qué buena noticia! —Viktor se esforzaba demasiado por fingir júbilo ante mi presencia, lo cual me hizo sentir un poco complacido—. Debes de estar emocionada.
Miró a Alina, con la mirada perdida.
Cuidado con dónde miras, muchacho.
—Sí, es muy emocionante —dijo, aunque había dejado de mirarnos. Cerró los ojos mientras presionaba sus cuencas con la palma de la mano.
—¿Alina? —Me incliné hacia ella—. ¿Qué ocurre?
—Solo es un dolor de cabeza —balbuceó, con el cuerpo tenso de repente.
—¡Alina! —gritó Viktor en cuanto se le doblaron las rodillas.
La rodeé con mis brazos, recostándola en el suelo con lentitud mientras su cuerpo temblaba violentamente.
Su piel se tornó casi amarillenta y sus ojos se pusieron más blancos de lo que hubiera creído posible.
Posé su cabeza en mi regazo al tiempo que Viktor la giraba hacia un costado.
Emitió unos sonidos ahogados y su cabeza se levantó con tanta fuerza que alcancé a ver las venas palpitantes de su cuello.
—Está teniendo un ataque —dijo Viktor rápidamente—. No te muevas, voy a buscar al doctor Hayes.
Tan pronto él se marchó, los espasmos disminuyeron. Solo habían pasado unos treinta segundos, pero cada uno me parecía tan largo. Sentir su cuerpo así de tenso entre mis brazos me hizo darme cuenta de lo fuerte que la abrazaba.
Poco a poco, dejó de moverse. Su respiración recuperó un ritmo tranquilo. Ahora, dormía tan plácidamente que era como si nada hubiera pasado.
La miré fijamente. Ahora que respiraba con regularidad, el rubor volvió a sus mejillas y el azul de sus labios desapareció.
Lo único que seguía temblando eran mis manos.
Levanté una para inspeccionarla. Los temblores que sacudían mis dedos y mi brazo eran tan involuntarios como los chasquidos de mi garganta.
Le sequé el sudor frío de la frente. Apartándole los mechones de pelo que se le pegaban a la mejilla, la observé como si hubiera vuelto de entre los muertos. Quizás debería dejar de bromear con que Alina era un espectro o ella podría decidir convertirse en uno para escapar de mí.
—Si mueres sin mi permiso, nunca te lo perdonaré —le susurré. Aunque se suponía que era un chiste, también tenía mucho de verdad.