Capítulo 29
CAPÍTULO
La Envenenadora
R esentía un dolor en la columna vertebral semejante al que podría esperarse tras caer sobre un arbusto de rosas, con todo y espinas.
Abrí los ojos antes de que mi cuerpo terminara de despertarse.
Paralizada sobre la cama, parpadeé hasta despejar la visión borrosa y me asaltó el dolor de cabeza, acompañado de sombras que no dejaban de moverse frente a mis ojos.
Mis dedos se curvaron con debilidad mientras la habitación se aclaraba, tomando forma paulatinamente. El entumecimiento se desvaneció con lentitud, permitiéndome un poco de movimiento.
Al incorporarme, el dolor me asestó otro pinchazo en la espalda y dejé escapar un quejido audible.
Algo se movió en el rabillo de mi ojo.
Frente al extremo de mi cama, la puerta del pasillo se encontraba abierta de par en par. No había nada más que oscuridad tras ese rígido marco. Durante la noche, mis puertas permanecían cerradas por un solo motivo: mi nefasta aparición.
—¿Silas? —pregunté.
Siguió un momento de silencio. La sensación fue casi peor que si me hubiera respondido.
—Sé que estás ahí —dije hacia el oscuro vacío.
Primero fue uno, luego dos puntos de luz relucieron hacia mí, suspendidos en la oscuridad.
—¿Por qué nunca puedes aparecerte de día? Mientras sigo despierta, de preferencia.
Uno de esos puntos reflectantes descendió, como si inclinara la cabeza. Enseguida volvieron a enderezarse, bajando con lentitud hasta quedar cerca del suelo. Los puntos se hicieron más pequeños, retirándose hacia las sombras.
—¡Silas! —grité, saltando de la cama con un tropiezo. No creía haber descansado tan mal como para que el cuerpo me doliera de esa forma. La frente me latía ligeramente con cada golpe de mis pies contra el suelo de madera—. ¿Adónde vas?
Lo seguí por el pasillo hasta alcanzar el otro extremo, donde había una puerta entreabierta.
Se me estaba formando un nudo en el estómago, y no del tipo que me agradaba sentir. La casa nunca se había sentido tan silenciosa. El aire era pesado, como durante la primera visita de mi Criatura. Esta vez, las cosas volvían a parecerme diferentes, desconocidas.
Al otro lado de la puerta había una habitación vacía.
El chirrido de las bisagras dio fe de cuánto habían pasado sin utilizarse, gritando al ser tocadas al cabo de tanto tiempo.
El mobiliario era escaso; apenas unas cuantas piezas, así como un espejo cubierto por una tela.
Los espectros de los marcos que alguna vez estuvieron allí se encontraban grabados sobre las paredes, sugiriendo, con su pálido contorno, todos los recuerdos que habían sido arrancados de la habitación.
Todos estos detalles parecían insignificantes junto al fastuoso gesto que adornaba el centro del suelo.
La luz de la luna era como un foco en la oscuridad, iluminando una sencilla silla de madera. Debido a mi dolor de cabeza, el contraste resultaba demasiado fuerte como para distinguir los detalles. Por ahora solo podía ver la silueta.
Frotándome los ojos, noté un pequeño charco de humedad reluciente que se formaba bajo la silla.
Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad; al fin, pude vislumbrar el origen de ese charco peculiar.
Sobre la silla descansaban uno, dos…, cinco brazos.
Todos ellos, separados de sus dueños originales.
Las extremidades habían sido envueltas con cuidado, recargadas contra el respaldo de la silla, con cada mano posada sobre un cojín. La tapicería, empapada, comenzaba a gotear sobre el suelo. Cada mano estaba decorada con varios anillos antiguos.
El estómago se me retorció en el interior, amenazando con vaciarse en el suelo junto al marco de la puerta.
Estos gestos no eran más románticos que los anteriores.
Deseé que por una vez me regalara flores y dar por terminada nuestras veladas con eso.
Temía que, cuando mi Criatura tuviera suficiente de mí o de sus repugnantes obsequios, mi destino también fuera convertirme en un cadáver.
Mis hortensias se habían teñido de rosa por la cantidad de restos humanos que me había visto obligada a enterrar. Aunque los cuervos hicieron buena parte del trabajo, dejaron algunas sobras para los gusanos, así que debí cerciorarme de que estas permanecieran bajo tierra.
Aplané la tierra con las manos, asegurándome de que nada fuera a asomarse mientras la naturaleza seguía su curso. El suelo se congelaría pronto, así que no tendría que preocuparme de ello por mucho tiempo más.
Hablando de preocupaciones, aquel era un día importante: quería probar unas muestras frescas, así que invité a Silas al laboratorio de la universidad. Aunque aceptó sin rechistar, había una vocecita molesta que no dejaba de darme vueltas en la cabeza.
No estaba segura de si vacilaba por ser vista con él en público formalmente o porque al hacerlo, Silas sin duda conocería a Viktor.
No sentía lealtad hacia ninguno de los dos, pero mi situación era única; solo presentarlos bastaría para que alguno de los dos se molestara, por no decir que ambos.
También era posible que se llevaran bien, pero teniendo en cuenta la naturaleza de mi Criatura de cabello dorado, me parecía improbable.
Fuera cual fuera el resultado, los necesitaba a ambos si quería continuar con mi investigación.