The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 28
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Capítulo 28

CAPÍTULO

La Envenenadora

H abía veinte tubos de ensayo de cristal apilados en soportes de madera repartidos por el laboratorio. Algunos estaban diluidos con agua en diferentes proporciones, otros eran muestras de control y el resto eran tubos adicionales.

Las ratas capturadas esa mañana arañaban sus jaulas sin cesar. Cada una estaba separada en su propia caja.

Llené cada una de las jeringas limpias con una muestra de control, tres muestras diluidas y también una muestra totalmente concentrada. Con cuidado, inyecté a cada rata entre los omóplatos. Repetí la operación dos veces más, copiando los mismos movimientos. Quince ratas en total.

Mi pluma se movía deprisa en bucles seguros, detallando las observaciones y los tiempos de inyección. Revisaría su progreso más tarde.

—¿Qué tal si añades menos de la solución B y haces la prueba con un mayor volumen de sangre? —preguntó el doctor Hayes.

—Ya intentamos eso. No parece lo suficientemente fiable como para dar el mismo resultado.

Creo que ambas soluciones son inestables —dije, observando cómo la mitad de los glóbulos rojos estallaban bajo el microscopio.

Las últimas pruebas no habían dado resultados fiables, más allá del hecho de que la sangre se dañaba.

—¿Y ya has añadido un catalizador? —preguntó Viktor, asomándose por encima de mi hombro.

—Sí, esta es la solución al sesenta por ciento —murmuré, ajustando el microscopio para mirar las células de cerca.

Varios estudiantes comenzaron a entrar en el laboratorio cargando libros, equipos y bolsos, lo que nos indicó que nuestro tiempo había terminado.

—¿Qué tal un descanso? —sugirió el doctor Hayes—. Llevas horas con esto. Creo que podemos dejarlo por un rato.

—Probablemente tenga razón. —Suspiré, apartándome del visor y cerrando mi cuaderno—. Necesito un trago.

—Por suerte, quizá pueda ayudarte con eso —dijo el doctor Hayes entre risas.

—Entonces, al día siguiente, Jacek y yo le dijimos al decano que el laboratorio debía estar infestado de roedores y que ellos habían sido los que lo jalaron y por poco incendian el lugar. —El doctor Hayes se rio antes de servirse más bourbon.

—Por favor, dígame que no se creyó ni una palabra de lo que dijeron ese par de tontos. —Viktor balanceaba una copa entre las manos mientras bebía.

—Es sorprendentemente fácil prenderle fuego a las cosas. —Me encogí de hombros, bebiendo a sorbos el líquido color miel de mi vaso.

El doctor Hayes tenía un poco de licor escondido en el cajón inferior de su escritorio.

Era agradable sentarse a conversar sin tener que ir a ningún sitio.

Me recordaba a las veces en que mi padre invitaba gente a casa y podía escuchar sus divagaciones sobre su trabajo durante horas.

El doctor Hayes a menudo estaba allí, junto con otras personas.

Extrañaba ese ambiente relajado, la conversación entre colegas, en lugar de con miembros de la alta sociedad.

Era menos agotador; con ellos, sabía que podía bajar la guardia.

Me hacía sentir una calidez interior. Y no solo porque estuviera bebiendo.

—¿Alina? —Viktor me dio un codazo en el brazo desde su sitio a mi lado. Nos encontrábamos en las dos sillas frente al escritorio, con el doctor Hayes tras este.

—¿Mmm? —Bajé la vista hasta su mano sobre mi brazo, luego la puse sobre su rostro.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, solo un poco nostálgica. A veces los recuerdos pueden ser un tanto abrumadores. Me pierdo en ellos. —Terminé el líquido de mi copa.

—Lo siento. A veces lo olvido —el doctor Hayes sonrió avergonzado—. En ocasiones, cuando sucede algo emocionante, pienso en escribirle antes de acordarme…

—Unos meses después de que falleció —comencé a decir—, todavía lo llamaba mientras preparaba el desayuno para los dos, hasta que caía en cuenta de que había preparado demasiada comida para una sola persona.

—Estaría muy orgulloso de ti, Alina —dijo el doctor Hayes.

—No estoy tan segura. Ya sabes cómo era. Sus muestras de afecto nunca fueron demasiado generosas —Me reí antes de sentir la mano de Viktor acariciando mi hombro en un gesto reconfortante.

—Disculpa mi atrevimiento, pero ¿cómo falleció? —preguntó Viktor.

El doctor Hayes se tensó, mirando en mi dirección. No entendía por qué todos evitaban el tema, como si fuera a llorar cada vez que se mencionaba a mi padre.

—Un accidente en el laboratorio —dije simplemente—. Su asistente era torpe. Murió por algún tipo de exposición.

—Es desafortunado; sobre todo para un químico con tanta experiencia —dijo Viktor, inclinando la cabeza—. ¿El forense dijo qué pudo haber ocurrido?

—No. No leí el informe.

—Ya veo —dijo Viktor apretándome el hombro con suavidad—. Bueno, no dudes de ti misma por culpa de los fantasmas. Tienes mucho de lo que estar orgullosa.

Me encogí de hombros y tras dejar el vaso sobre la mesa, lo empujé con dos dedos hacia el doctor Hayes. Me sirvió otra copa. Todos compartimos un momento de silencio.

—Por los fantasmas. Y por todas las pobres almas a las que deciden perseguir —murmuré, levantando mi vaso con desgana antes de beberme el bourbon, paladeando el ardor en mi garganta. Los hombres hicieron lo mismo.

—¿Qué sigue para tu experimento? —preguntó Viktor—. Has estado trabajando sin descanso.

—No lo sé. Esperaba que se me revelaran más preguntas en el camino.

—De cualquier modo, hazme saber si necesitas más tiempo. El nuevo semestre empieza dentro de un mes —dijo el doctor Hayes.

—Claro —musité.

Todo marchó bien hasta que nos aproximamos al final de la semana.

El olor a podredumbre me asaltó tan pronto entré en el laboratorio del King’s College.

La causa no era ningún misterio. Mis ratas del día anterior se habían topado con el destino de siempre; lo mismo que había ocurrido en el invernadero se repitió durante las semanas en que estuve analizando su sangre.

Por mucho que modificara la fórmula o la dosis, el resultado era el mismo.

Me masajeé la parte frontal de la garganta, recordando ese mismo ardor.

Los cadáveres de las ratas se habían hinchado; sus ojos parecían haberse licuado incluso antes de que las moscas siquiera se posaran sobre ellos. Todos los sujetos de prueba que recibieron la sangre habían corrido la misma suerte.

Mi rostro se contrajo al tiempo que arrojaba uno de los cadáveres a la basura, cubriéndome la boca y la nariz con un paño en un intento inútil por mitigar aquel hedor insoportable. Una jaula menos: quedaban otras catorce.

Al observar una de ellas más de cerca, me di cuenta de que incluso las ratas que no habían recibido la sangre se encontraban en las mismas condiciones. Debía de haber algún tipo de contaminación cruzada.

El laboratorio estuvo a mi disposición durante el día entero.

Aunque me gustaría decir que aproveché el tiempo de manera productiva, no fue así.

Me senté en la sala con los ojos en la pared, observando las muestras o ignorando la pila de herramientas metálicas que esperaban a ser limpiadas.

No pude terminar con el resto de las jaulas debido a mi depresión.

Dejé caer la frente entre mis manos temblorosas.

¡Contrólate!

Presioné las palmas contra las cuencas de mis ojos, buscando aliviar la migraña provocada por mi desazón.

—Alina, tengo el… Oh, Dios —Viktor irrumpió en el laboratorio y tan pronto se percató del olor, tuvo que recargarse en la barandilla del balcón para mantener el equilibrio.

—Lo sé, lo sé —me quejé, alzando las manos—. ¡Todas han acabado así! ¡Y les di una sola gota! ¡Apenas una!

—Pero qué horror —murmuró al tiempo que bajaba los escalones. Se acercó a las jaulas, cubriéndose la boca con un pañuelo que sacó de su abrigo.

—No lo entiendo. De acuerdo con la cantidad de la dosis letal, esto solo debería haberlas enfermado. Iba a probar posibles antídotos para averiguar si sobrevivirían al proceso. —Fruncí el ceño—. Nada de esto tiene sentido.

—No sé qué decirte. —Suspiró—. Quizá no sea posible recibir la sangre sin que los efectos se manifiesten por completo.

—Seguiré haciendo evaluaciones. Por ahora, no más ratas —Suspiré, tomando una de las jaulas para mirar más de cerca el pequeño cadáver.

Algo estaba conspirando en mi contra. No sabía qué poderes estaban en juego, pero ninguno de mis cálculos o conclusiones coincidían con los resultados.

Yo misma había hecho los números. Incluso le pedí a Viktor y al doctor Hayes que revisaran mi trabajo.

Todo debería haber salido según el plan. ¿Qué estaba perdiendo de vista?