The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 27
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Capítulo 27

CAPÍTULO

La Envenenadora

A hí estás, mi flor amarga. ¿Te estabas escondiendo? —canturreó Silas, entrando en la parte trasera.

—Lo único de lo que quisiera ocultarme es de las tareas de limpieza —murmuré mientras tallaba algunos de mis utensilios en el lavabo.

Estaba repleto de vasos de precipitados, matraces, varillas agitadoras, placas de Petri y otras miles de cosas que había ensuciado durante el transcurso de las últimas semanas.

Caminaba con sigilo, tocando instrumentos al azar como si quisiera fingir que avanzaba en mi dirección nada más por casualidad.

No eres muy inteligente, Criatura.

Acercándose por detrás, tomó los bordes del lavabo con ambas manos, mirando por encima de mi hombro para mirar el contenido.

—¿Qué es todo eso? —preguntó con sorna.

—Mis herramientas.

—¿En qué las estuviste usado para que quedaran así de sucias?

—En desmembrar ese cadáver que dejaste tirado sobre la tina como si fuera ropa sucia. —Puse los ojos en blanco, apartándome de él. Le acerqué una de las largas sierras para huesos a la mejilla.

Olvidé mencionar la otra mitad del fregadero, la cual contenía piezas de viejas sierras para carniceros, que probablemente eran utilizadas con aves acuáticas o pájaros de caza de gran tamaño, en lugar de con seres humanos.

En el costado del fregadero, se encontraban los objetos más pequeños que he descrito anteriormente.

Algunas eran herramientas antiguas que mi padre había guardado en secreto para realizar amputaciones: mazos, curetas, cortadores de huesos, tijeras grandes y bisturís.

—Me debes una hoja nueva. Esta se ha desgastado por los huesos. —Bajé el instrumento de vuelta al fregadero.

—Me retracto. Quizá sea yo quien tenga que esconderse de ti. —Se alejó para apoyarse contra la mesa—. ¿Cómo me torturarás el día de hoy?

—Solo serán unas muestras, nada de tortura.

—Lo esperaba con ansias. —Suspiró decepcionado.

—Te pido una disculpa por no tener nada más cruel en mente.

—Quedas perdonada —respondió con una pequeña sonrisa.

Tomé unos frascos que recién había limpiado antes de acercarme al aparato.

Silas ya había empezado a remangarse, sabiendo lo que se avecinaba.

—Esta vez necesitaré otro tipo de muestra —le dije mientras apretaba el torniquete alrededor de su brazo, buscando una vena donde pinchar.

—¿Ah, sí? —Levantó una ceja—. ¿Eso también quiere decir que tendré más muestras tuyas?

—No.

—¿Y cómo es eso justo?

—No he dicho que lo sea, pero no te voy a dar más de mi sangre a cambio de una muestra de saliva. —P use los ojos en blanco.

—Abre la boca. Te puedo dar un poco ahora mismo.

—Silas —le advertí, lanzándole una mirada fulminante mientras introducía la aguja en una vena, bombeando el aparato para extraer la sangre.

—¿De qué otra forma te gustaría?

—En el vaso, de preferencia. —Me incliné y le entregué un frasco de vidrio.

—Eso no es tan emocionante como mi primera oferta.

—¿Puedes cooperar por una vez? —le pregunté con cansancio.

Él murmuró algo, pero me distrajo el tintineo de la campana de la tienda.

—¿No cerraste la puerta al entrar? —Le saqué la aguja del brazo y me apresuré a colocar un paño encima.

—Debí haber estado tan emocionado de verte que lo olvidé —respondió socarronamente.

—Quédate aquí. No he terminado.

—Tengo hambre —siseó con impaciencia—. ¿Adónde vas?

—A recibir clientes.

—¿Cuánto tiempo te tomará?

—Un minuto, varias horas, el día entero… Si hubieras cerrado la puerta con llave, no tendría que recibir a nadie.

Con eso, abrí la puerta y le di la bienvenida a mis clientes.

La dejé entreabierta para poder oír si él intentaba meterse con algo que no debía.

Me quedé de pie junto al alto mostrador de madera que se extendía a lo largo del extremo opuesto de la habitación.

Los gabinetes que tenía delante debían de tener más de cien cajones.

Nunca me molesté en contarlos. Solo sabía dónde guardaba cada cosa.

—¿Tiene algo para aliviar el dolor de estómago? —preguntó una mujer. Había venido con su acompañante.

—Además del jengibre, hay un par de cosas que le podría recetar. ¿Podría decirme un poco más acerca del dolor?

Mientras intentaba mantenerme atenta a las necesidades de mi cliente, un roce en mi falda llamó mi atención. Bajé la mirada para descubrir a Silas sentado entre mis piernas con la espalda recargada en los cajones del gabinete, mirándome. Se inclinó hacia el frente y desapareció bajo mi falda.

—¿Ocurre algo? —preguntó el cliente.

—¡No! Lo siento, creí ver una rata. —Le di un golpe en la cara a Silas con la rodilla mientras él seguía con su provocación—. Por favor, continúe.

—Empezó hace unos días… —La clienta comenzó a contarme una innecesaria historia sobre su dolor que no parecía relevante para describirlo.

De cualquier modo, era difícil concentrarme con Silas entre mis piernas.

Lamió la piel alrededor de mis muslos, subiendo cada vez más, aunque sin acercarse al lugar entre mis piernas.

—¿Y el dolor? —pregunté con voz temblorosa—. ¿Hay alguna sensación en particular que pueda describirme para que pueda recetarle algo?

—Agujas, se siente como agujas —explicó.

Fue entonces cuando lo hizo. Hincó los colmillos en mi muslo, perforándome la carne al tiempo que sujetaba mis piernas en su sitio.

— Oh —murmuré—. ¿Ha probado el cannabis o el láudano? Dicen que alivia… los nervios. Suena a un dolor causado por los nervios. —Tragué saliva con dificultad.

—Señorita Lis, ¿se encuentra bien?

—Sí, estoy bien, solo me esfuerzo por adivinar cuál podría ser la causa.

—Sonreí débilmente. Silas apretó con más fuerza y enseguida me mordí el labio, sintiendo al fin cómo el veneno liberaba una ola de entumecimiento.

¿Por qué se sentía tan bien? Era como la morfina.

Pero no podía ignorar las estrellas que empezaba a ver frente a mis ojos.

—Se ve pálida —dijo el acompañante con preocupación—. ¿Deberíamos volver más tarde?

—Eso… podría ser una buena idea. ¿Podría darle vuelta al cartel al salir? Me parece que voy a desmayarme.

—¡Sí, por supuesto! Pasaremos mañana. ¡Descanse un poco! —La mujer miró extrañada a su acompañante antes de salir de la tienda.

Cuando sonó la campanilla, mis rodillas cedieron al fin. Caí hacia atrás sobre el suelo, empujando mi espalda contra los gabinetes en el estrecho pasillo tras el mostrador.

Él me siguió hasta ahí. El chasquido hizo que su boca vibrara contra mi piel, besando mi muslo al tiempo que mis piernas temblaban entre sus manos.

Cuando levanté la falda, me echó una mirada desde entre mis muslos, entrecerrando los ojos con fastidio conforme yo retiraba la oscura tela que lo cubría.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté. Tiró de mis muslos en respuesta, haciendo que me encorvara contra los cajones de mi gabinete. Pude ver cómo la sangre goteaba por sus labios a medida que se alimentaba de mí.

Al juntar mis piernas con fuerza, el impacto hizo que las soltara. Sin embargo, cuando sus dientes se despegaron de la piel, estos se clavaron aún más en mi muslo. La sangre goteaba entre mis piernas, manchando parte de mi ropa interior.

—Has hecho un desastre. —Resopló, lamiendo la herida para detener el sangrado mientras seguía el rastro con la lengua entre mis piernas, dando lengüetazos en mi piel.

—Vete de aquí —espeté.

—No he terminado. —Me clavó los ojos con ira.

—¿Por qué tienes que ser tan difícil? —Aparté su rostro, poniéndome de pie temblorosamente.

—Porque sé que en el fondo, muy en el fondo, te gusta que lo sea —se burló, levantándose al mismo tiempo.

— Peste.

— Arpía.

—Nos vemos la semana siguiente.

—No, me verás antes. Tengo tres días, ¿recuerdas? —Me guiñó un ojo.

—Claro. —Refunfuñé para mis adentros—. Vete, tengo…

—Trabajo por hacer —terminó la frase por mí—. Lo sé.