Capítulo 26 #2
Él dudó por un instante. Esos ojos de buitre se clavaron en mi rostro, buscando cualquier indicio de un engaño.
—Trato hecho —dijo al fin, con el cuerpo temblando; se sacudía de manera tan sutil que casi pasaba desapercibido.
Era una mala idea. No podía evitar la sensación en la nuca que me advertía que no debía hacerlo. Sin embargo, era el momento ideal para pedirle un favor. Se sentía hambriento, irritado e impulsivo: los ingredientes perfectos para meterse en la cabeza de alguien.
Le di unas palmaditas al cojín de la salediza a mi lado, haciendo un hueco para él.
Se sentó, recargándose en el extremo opuesto del pequeño rincón. La luz de las velas parpadeaba sobre sus rasgos afilados, haciéndolos cambiar a medida que las sombras danzaban sobre su rostro.
Hice lo mismo que él, dejándome caer sobre la pared al tiempo que lo miraba con ojos entornados.
La sangre de su antebrazo era roja y por lo tanto, sabía que no le pertenecía.
Fruncí el ceño con frustración. ¿Tenía que ser siempre tan desagradable?
¿No había una forma civilizada de alimentarse, como lo hacíamos en el laboratorio?
Era posible que sencillamente no le importara. O tal vez era algo que no podía evitar.
—No hay necesidad de jugar estos juegos infantiles, ¿sabes? Estoy dispuesta a hacerlo de nuevo. Esto puede ser beneficioso para ambos. No soy ajena a un buen trato. —Busqué en su expresión algún tipo de respuesta.
—Mira quién quiere hacer tratos ahora. ¿No era yo un demonio para ti hace unas semanas? ¿Una Criatura? De pronto, parece que tienes una lista de apuestas por hacer. —Sus ojos estaban oscurecidos. O, tal vez, simplemente cansados.
—Quizá el demonio sea yo. —Me incorporé, acercándome—. Puede que en una pelea justa, sea tan letal como tú.
—Lo creo. Tienes un don, solo eres ignorante.
—No por mucho —murmuré—. Quiero saber más.
—¿Qué es lo que quieres saber? Por ahora, soy un libro abierto. —Suspiró, recostándose contra la pared.
—¿Naciste así?
—Sí, pero no ocurre lo mismo con todos nosotros —respondió—. ¿Por qué matas a la gente?
—Yo enveneno a hombres de naturaleza abusiva —lo corregí con severidad—. No lo digas como si fuera lo mismo.
—¿Me consideras abusivo?
—Silas, te comes a la gente. Claro que te considero abusivo. —Negué con la cabeza—. ¿Qué querías decir con que no todos ustedes nacen así?
—Algunos nacen, otros se hacen. Es complicado. —Se encogió de hombros.
—Compláceme un momento. —Me acerqué para acomodarme en el mismo lado del rincón.
—Yo soy un purasangre. Dos vípera de raza pura pueden concebir, pero es difícil…
—¿Vípera?
—Sí. Uno de los nombres menos ofensivos que hemos tenido a lo largo de los siglos —aclaró—.
De todos modos, aunque la concepción es difícil, el esfuerzo vale la pena: vivimos hasta que morimos de hambre o nos cortan la cabeza —continuó—.
Los que son creados no resultan así de resistentes.
Es parte del funcionamiento de la sangre: si mueres con el veneno dentro, este corrompe cada parte de tu cuerpo a medida que te intoxica.
La diferencia es que los humanos corruptos ven reducida su esperanza de vida a la mitad, pues no poseen la capacidad natural para soportarlo durante mucho tiempo.
—Entonces, ¿podría convertirme en uno de ustedes si muriera después de que ser mordida? —Bajé la mirada hacia mi muñeca vendada.
—Tendrías que morir en las seis horas siguientes al envenenamiento —explicó—, pero sí, te convertirías, aunque no estarías corrupta.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Serías lo que llamamos un huésped melifluo.
—Ya lo mencionaste, pero sigues sin responder a mi pregunta.
—Los huéspedes son solo un subproducto de la divergencia de nuestra especie. Por eso, su sangre es la más nutrida, la más sustanciosa. Técnicamente, se encuentran en un estado durmiente. Por eso creemos que en algún momento, esta mutación aleatoria nos permitió evolucionar.
—¿Durmiente?
—Los huéspedes tienen todas las partes. Sin embargo, su cuerpo las considera órganos adicionales… No recuerdo el nombre exacto.
—Órganos vestigiales —respondí con rapidez, con los ojos abiertos por la sorpresa—. ¿Estás diciendo que, en su estado de pánico previo a la muerte, el veneno hace que el cuerpo reconozca esos órganos?
—Suena correcto. No sé muchos de los detalles técnicos, pero sí. Si te convirtieras, sería imposible distinguirte de aquellos que nacieron así.
—No tengo dientes adicionales —señalé.
Se inclinó, alzando mi barbilla.
—Abre. Te mostraré.
La sangre me subió al rostro recordando la forma en que me había tomado la mandíbula las últimas veces. Sin embargo, abrí la boca. Era un buen momento para poner la confianza a la práctica.
Colocó la yema del pulgar sobre mi paladar. Empujó.
—Au… —murmuré alrededor de su dedo.
—¿Notas esto? —Me llevó la mano hasta el punto que estaba presionando.
Al pasar el dedo por encima, noté una protuberancia en forma de V en mi paladar. Asentí con la cabeza.
—Están ahí debajo. —Retiró el dedo de mi boca.
—Todo el mundo tiene eso. —Fruncí el ceño.
Él sonrió, negando con la cabeza.
—Está claro que no has metido los dedos en suficientes bocas, si es que tal cosa es posible —bromeó.
—Debí haber pinchado la tuya con más fuerza —refunfuñé.
—No has respondido a mi pregunta —insistió—. ¿Por qué demonios te convertiste en envenenadora? Estoy seguro de que no mucha gente le dice a sus padres que su meta en la vida es convertirse en asesino.
—Mi padre me enseñó casi todo lo que sé.
Aunque dudo mucho que se imaginara cómo iba a terminar utilizando esos conocimientos.
—Me froté la nuca, recostándome contra la pared para ponerme cómoda, con nuestros hombros tocándose en aquel rincón acogedor.
Si hubiéramos estado en ese sitio unas semanas antes, quizás me habría sentido en peligro, pero ahora su presencia se sentía diferente, como una hoguera crepitante.
Peligroso y, sin embargo, tan pero tan cálido.
—Pero ¿qué te llevó a hacerlo? —preguntó, mirándome con curiosidad.
—No sé bien cuándo empecé. Supongo que hace bastante tiempo…
—Suspiré—. Al principio, era algo inofensivo.
Los otros niños del vecindario se metían con mi querida amiga Phoebe.
Bendita sea esa pobre niña; no sabía cómo defenderse.
Siempre tenía miedo de hacer el primer movimiento.
La jalaban del pelo y la hacían tropezar en la calle.
Así que un día, tomé prestados unos productos químicos del escritorio de mi padre.
No sabía para qué servían ni qué efecto iban a tener.
No sabía leer todavía. Solo quería que comieran algo desagradable, así que lo eché en la comida de la escuela. —Me estremecí.
—¿Y qué pasó? —aunque su mirada era intensa, tenía un brillo provocador de curiosidad.
—Dos de los niños se enfermaron. El último no lo logró. —Tragué saliva.
—Lo asesinaste. —No lo formuló como una pregunta.
—Sí. No fue mi intención. Fue uno de los pocos accidentes que he tenido en mi vida. —Mi voz se hizo más tenue, como si mi subconsciente me ordenara dejar de hablar.
—¿Qué te llevó a hacerlo de nuevo?
—La gente me necesitaba. Primero fueron amigos, después amigos de amigos y finalmente, se corrió la voz.
—¿Alguna vez lo hiciste por ti misma en lugar de por los demás?
—No me atreví a prestarme ayuda a mí misma hasta que fue demasiado tarde. Entonces me volví descuidada. Un error de cálculo. Uno que no puedo deshacer, por el cual seguiré pagando cada día de mi vida.
—¿Te corroe por dentro? —preguntó, aunque no había humor en su tono.
—Todos los días, como hormigas cavando túneles en mi interior. A veces, me pregunto cuándo terminarán de devorar mi sistema nervioso por completo para así no sentir el vacío que quede cuando acaben su tarea. —Levanté las rodillas hasta el pecho.
Él suspiró. Tras rodear mis hombros con el brazo, me acercó hacia él, apoyando su cabeza sobre la mía.
—Hay cosas peores que tú. Como yo, por ejemplo. Que te sirva de consuelo.
—No me sirve, pero gracias —susurré.
—¿Phoebe lo sabe?
—Nunca se lo he dicho. Ella cree que fue el karma. —Dejé caer la cabeza sobre su hombro.
Él no me pidió que fuera nada esa noche.
Ni su cena ni su conquista. No me pidió que demostrara inteligencia o fortaleza.
Simplemente disfrutó de mi compañía. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan cómoda y, desde luego, menos aún en presencia de otra persona.
Qué irónico que el único hombre capaz de consolar un alma tan adolorida como la mía fuera el peor hombre que conocía.
A la mañana siguiente, desperté acurrucada en el rincón, cubierta con una manta de lana, sin criaturas a la vista. La única prueba de su presencia era el persistente aroma a laurel ahumado en mi cabello, así como una flor de adelfa escondida tras mi oreja.