Capítulo 26
CAPÍTULO
La Envenenadora
-¿ R ecuerdas la vez que acorralamos a una docena de ratas en casa cuando éramos niñas? —preguntó Phoebe desde su extremo del sofá, dando un sorbo a su té sin azúcar al tiempo que me daba un golpecito con el pie para llamar mi atención.
—Me parece que las colocamos en la tina de latón del tercer piso, ¿o recuerdo mal? —Aparté su pie. Estábamos acurrucadas en el sofá junto a la chimenea de su mansión. Era tan agradable vivir cerca de una amiga de la que nunca sería capaz de separarme. Siempre a un paso de distancia.
—Sí. Solo recuerdo que debía estar más arriba del primer piso, porque bajamos las escaleras a toda velocidad cuando las encontraron. —Se rio.
—No podía creer que les hubiera tomado tres días encontrarlas. Todavía recuerdo el chillido de tu institutriz. Cuando lo escuché, por un momento creí que la tetera estaba lista. —Negué con la cabeza—. ¿Cuántos años teníamos en ese tiempo? ¿Quizá cerca de cinco?
—Quizá seis. —Phoebe se rio entre dientes—. No puedo creer que ninguna de esas cosas nos mordiera. Las pobres criaturas tuvieron que sufrir porque nosotras queríamos jugar a la casita…
—Ah, sí; nuestra pequeña familia de ratas.
—Jugar a la casita parecía más divertido entonces. —Suspiró Phoebe—. Ahora se parece más a esperar lo inevitable. Sobre todo, cuando los hombres se vuelven menos interesantes con el paso de los años.
—Seguro que no puede ser tan malo, siempre y cuando los niños se parezcan a su madre —bromeé—. No puedo imaginarme en qué tipo de problemas se meterían nuestros hijos.
—Ningún problema de los buenos. —Ella negó con la cabeza—. Hablando de eso —se acercó más, dejando la taza de té sobre la mesa—, cuéntame cómo estuvo tu cita en el laboratorio.
—¡No era una cita! —Me sonrojé—. Pero estuvo bien. Hemos estado pasando tiempo juntos aquí y allá. Le pedí que fuera mi compañero de laboratorio.
—¿Y qué te dijo? —insistió, devorando cada palabra que salía de mi boca.
—Dijo que sí. —No pude evitar que una sonrisa apareciera en mi rostro—. Me ayudará con algunas cosas en las que estoy trabajando.
—¡Ya puedo escuchar las campanas! —dijo con una sonrisa burlona—. Si traigo a alguien, ¿podremos salir juntos los cuatro? ¡Qué divertido sería! ¡Por favor, di que sí!
—Por supuesto —respondí con un bostezo—. Seguro que podemos encontrar algo que hacer todos juntos.
—Ya tengo algunas ideas —sonrío de nuevo, aunque pronto se percató de mi agotamiento—. ¿Sigues sin dormir bien?
—No, es extraño. Me acuesto temprano, pero enseguida me perturban la inquietud o ataques de parálisis del sueño. —Suspiré.
—Probemos algo —dijo de súbito, apurándose hacia otra de las habitaciones.
Phoebe era una de esas personas a las que les gustaba cuidar de los demás a pesar de su absoluta inexperiencia en cuestiones médicas.
Intentaba que todos se sintieran como en casa, atendiendo siempre las necesidades de los otros.
Le gustaba complacer a la gente, incluso si era en su propio perjuicio.
—Me lo recetaron para el dolor de muelas. —Me entregó un frasco—. Toma un sorbo.
—¿Qué es? —Lo abrí para olerlo.
—Cannabis. No es lo peor en cuanto al sabor. Lo prefiero a otros medicamentos. Se supone que ayuda para todo tipo de cosas, incluida la falta de sueño.
—Ah, sí, lo conozco —murmuré, dando unos largos sorbos antes de devolvérselo. El sabor era dulce, terroso, con un toque amargo que me escocía en la garganta. Solo esperaba que hiciera efecto lo antes posible, para así olvidar el regusto.
Mis dedos se deslizaban sin rumbo entre mis largos mechones de cabello.
Al pasar por la mesa de la cocina, tomé una naranja y, alegremente, la pelé mientras regresaba a mi habitación de invitados.
De camino al piso superior, tomé una revista que me había prestado el doctor Hayes: una publicación sobre la teoría de los gérmenes.
Era interesante pensar en cómo esas pequeñas partículas, semejantes a insectos, podían causar la descomposición de diferentes partes del cuerpo de manera similar a una toxina.
Aunque no fuera nada nuevo, todas las teorías que caían bajo esa categoría resultaban entretenidas.
El doctor Hayes me había pedido devolver la revista en unos días, de modo que no tenía mucho tiempo para disfrutar de ella.
Con el ejemplar bajo el brazo, subí las escaleras hacia la habitación con mi naranja a medio pelar en la mano.
Mi habitación de invitados tenía un intrincado ventanal con una salediza en la que acurrucarse: el rincón perfecto para leer.
Me dispuse cómodamente, pelando mi aperitivo al tiempo que dejaba caer las cáscaras sobre la mesita junto a la vela.
Cuando le di un mordisco a la rodaja, un destello de luz roja llamó mi atención.
Mi corazón volvió a latir con fuerza en mis oídos.
Cada pulso me resultaba doloroso. De pronto, se hizo difícil ignorar la voz en mi cabeza, advirtiéndome a gritos que no me encontraba a salvo.
Era evidente que la privacidad había dejado de formar parte de mi vida.
Sin importar el lugar, él estaría ahí, esperándome.
—¿Ibas a quedarte ahí enfurruñado hasta que me diera cuenta? —le dije, desviando a regañadientes mi atención de la fruta.
Las brasas del cigarro brillaron con más intensidad durante un instante antes de apagarse. Una nube de humo salió por sus fosas nasales mientras se recostaba en la silla de la esquina.
—Nunca antes habías notado mi presencia. —Apagó el cigarro en el jarrón decorativo sobre la mesa auxiliar.
El resplandor rojo se repetía en sus ojos, semejantes a los de un gato mirando fijamente desde la penumbra.
Si no me fascinara, me habría resultado siniestro.
Cuanto más lo observaba, más ganas tenía de diseccionarlo, de perderme en sus detalles.
Abrirle el pecho, sacarle todas las partes y numerarlas del uno al setenta y ocho, suponiendo que no tuviera órganos adicionales.
Sus gustos eran similares a los míos: siempre estaba ataviado de negro.
Aunque supongo que en su caso, era para mimetizarse con la oscuridad.
Esa noche llevaba una sencilla camisa negra, con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos.
Solo entonces me percaté de las manchas de rojo que se extendían por sus brazos y sus manos, así como por el cuello, como si alguien le hubiera ofrecido resistencia.
—Tienes un aspecto terrible. —Arranqué otra rodaja de naranja—. Debe de ser agotador fungir como mi nefasta compañía nocturna…
—Basta. —Su voz hizo eco en la habitación. Estábamos en extremos opuestos y, sin embargo, sus palabras habían sonado tan claras como tensas. Sus dedos se levantaron para pellizcarse el puente de la nariz con fastidio.
Estaba molesto.
Una mirada maliciosa se apoderó de mis ojos en cuanto me percaté de que lo tenía entre mis manos. Algo había sucedido y ahora, él me necesitaba. ¿Por qué, si no, habría entrado de una manera tan educada, o por lo menos más educada de lo habitual? Pero qué oportunidad tan deliciosa.
—Me vas a dar más. —Dio otra larga calada al cigarro, echando la cabeza hacia atrás para dejar que el humo se elevara y desapareciera en el oscuro techo.
—¿Qué te hace estar tan seguro de eso?
—Porque lo digo yo.
Solté una carcajada.
— Quid pro quo —sugirió.
—¿Tus respuestas valen la pena el intercambio? —Me levanté de mi sitio junto a la ventana.
Podría ser posible averiguar exactamente lo que quería.
No iba a matarme. Si ese fuera el plan, lo habría hecho tiempo atrás.
Si lo que buscaba era jugar, entonces jugaríamos.
Él mismo lo había dicho: le gustaba mi compañía.
Pero sabía que si esa noche estaba ahí, era porque tenía hambre.
A pesar de las marcas que su presa le había dejado, su rigidez me hacía pensar que se encontraba en cualquier estado menos saciado.
Me acerqué a él. Sus ojos me siguieron con lentitud hasta que levantó la cabeza hacia mí desde donde estaba sentado.
—¿Qué quieres?
—Comer.
—Parece que ya te has alimentado. —Me crucé de brazos.
—Necesito más de ti. —Había un tono de irritación en sus palabras—. No fue suficiente.
Mi respiración se entrecortó ligeramente.
—¿Es una necesidad o un deseo?
—Es una necesidad. Nada más funciona —dijo con desdén, pasando la mano libre por su cabello rubio para limpiarse un poco de la sangre. Cuando terminó, tiró el cigarro al jarrón.
—¿Y si digo que no? ¿Tendría la oportunidad de ver cómo pereces? —Me reí.
Se incorporó de golpe, haciéndome trastabillar hacia atrás.
—No quieres descubrir lo que pasaría si llego a ese punto. —Ese grave chasquido primitivo emanaba de lo más profundo de su pecho—. Estás familiarizada con mi trabajo, ¿no es así? ¿Necesito recordártelo dejando más recuerdos en tu casa? ¿O te hago una demostración aquí mismo?
Retrocedí, pero él se acercó más. Siguió avanzando hasta que me encontré de vuelta en la ventana. Cuando la parte posterior de mis rodillas dio con el borde, caí encima del asiento. Me estremecí. Mis ojos se abrieron del todo cuando frente a ellos apareció la imagen de él en el cementerio.
La Criatura se inclinó sobre mí, colocando las manos en los cojines de la salediza a mis costados.
—Eres inteligente, Alina. Confío en que tomarás la decisión correcta —susurró mientras el blanco de sus ojos se inudndaba de negro.
Colocó una mano en la base de mi cuello para acercar mi rostro hacia él.
Alcancé a escuchar una respiración profunda antes de que se detuviera.
Inclinó la cabeza, acercándose—. Solo te dolerá un segundo…
—¡Sin morder! —le dije, empujándolo con fuerza. Un músculo de su mandíbula se crispó—. Pero —continué— podemos hacer un intercambio.
Su ceño se frunció.
—¿Intercambio?
—Sí. Hace un momento dijiste « quid pro quo », ¿no?
—Sí.
—Compláceme. Y quizá, si te comportas, puedas probar un poco. —Sonreí con aire burlón.