The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 25
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Capítulo 25

CAPÍTULO

La Envenenadora

E l laboratorio de la universidad era todo lo que había soñado.

Rebosaba de un caos encantador, con una deliciosa mezcla de muebles de madera oscura e instrumentos de metal, muchos de los cuales nunca antes había visto.

Había una docena de escritorios de madera oscura con estantes que los dividían en dos mitades a lo largo, dentro de los que podía encontrarse una multitud de frascos y herramientas.

Todo estaba organizado en cajones o encima de las mesas: pipetas, jeringas, cristalería, sondas y almohadillas de algodón.

Los instrumentos más grandes se hallaban esparcidos por los escritorios; algunos en su sitio en la pared, otros a la vista, habiendo sido utilizados por los estudiantes anteriores.

Era como si, al espiar por la ventana de un extraño, pudiera descubrir experimentos sin terminar o a punto de ser comenzados.

Toda la escena parecía congelada en el tiempo, capturando el momento exacto en que los estudiantes la habían abandonado.

Aquel día el laboratorio estaba desierto, completamente a mi disposición.

—Esto me hace recordar la época en que Jacek y yo, siendo estudiantes, nos colábamos en este mismo laboratorio —dijo el doctor Hayes con una sonrisa—. Aunque teníamos objetivos mucho menos amigables, como prender fuego a cosas por diversión.

—Es extraño escuchar historias sobre lo divertido que era mi padre. —Sonreí—. Aunque nunca entenderé el deseo natural de los hombres por hacer que las cosas ardan.

—Un enigma —dijo encogiéndose de hombros, mientras se recargaba en uno de los escritorios y metía las manos en los bolsillos—. Tendrás que recoger tus cosas y traerlas cada vez. Técnicamente, no deberías estar aquí, así que no puedes dejar nada.

—Por mí está bien. ¿A qué hora dijo?

—Los lunes y viernes a las tres. Los miércoles, a las cinco.

—Puedo trabajar con eso —musité, distraída con la pared del fondo, tapizada con gabinetes de cristal y madera. La variedad de objetos que había en ese encantador país de las maravillas superaba mi comprensión, dejándome tan intrigada como abrumada.

Tras de una puerta situada en lo alto del descanso de las escaleras, había una bonita zona desde la que se podía observar todo el laboratorio.

Debajo se encontraba el escritorio del profesor, donde el doctor Hayes había dejado esparcidos los trabajos de sus estudiantes.

Se había tomado un descanso de sus revisiones para mostrarme el lugar.

—Aquí deberías hallar todo lo que necesitas. Las herramientas estándar se encuentran en la mesa de trabajo. Puedes trabajar en cualquier sitio que encuentres libre, siempre y cuando lo desinfectes al terminar —me indicó.

Asentí con la cabeza mientras miraba a través del cristal de la vitrina. Ahí estaban todos los productos químicos que se me pudieran ocurrir, etiquetados en orden alfabético y alineados de arriba abajo en la vitrina. Al igual que en los jardines, sería capaz de pasar horas tan solo mirando.

La puerta de la zona de observación se abrió de golpe; apareció un cachorro de pelo oscuro que me resultó bastante familiar.

—¡Alina! ¿Qué tal funcionó el aparato? —Viktor sonrió, bajando apresuradamente las escaleras para encontrarse cara a cara con el doctor Hayes.

—Pero mira quién es… —dijo el doctor Hayes alargando un poco la palabra «mira».

—¿Es que acaso se ha olvidado de mi nombre? —Viktor entrecerró los párpados—. Sé que soy un poco callado en su clase, a la que por cierto asisto, pero seguro que usted no se ha olvidado de mí.

—Por supuesto que no te he olvidado. —El doctor Hayes lo miró con ojos entornados. Hubo un instante de silencio entre los dos.

—Viktor. —Levantó una ceja—. Me llamo Viktor.

—Viktor. Por supuesto —dijo el doctor Hayes con lentitud, caminando hacia el escritorio al frente de la sala—. ¿Cómo pude olvidarlo?

—Con facilidad, está claro. —Viktor volvió a centrar su atención en mí—. ¿Y bien?, ¿cómo ha salido?

—Funcionó exactamente como estaba previsto. Gracias. —Le dirigí una sonrisa tímida, frotándome nerviosamente la muñeca vendada.

—¿Qué ha ocurrido? —Sus ojos se llenaron de preocupación mientras me tomaba del brazo para levantarlo.

—¡Nada! No ha pasado nada. Intenté usarlo en mí misma, para practicar —mentí.

—Puedo volver a enseñarte si quieres.

—¡No! No es necesario. —Retiré la muñeca—. Pero tengo muestras para analizar. ¿Me acompañas?

—¿Muestras de qué?

—De un… animal

—No suenas muy convencida.

—Aún no lo sé. Es algo nuevo. —Aclaré la garganta.

Tras colgar mi bolso en uno de los bancos, saqué varios de los frascos con tapones de corcho que contenían las muestras de sangre.

A punto de tomar la última muestra de veneno, me quedé mirándola en el fondo de mi bolso.

No sabía por qué dudaba, pero, dentro de mí, una sutil voz interior me instaba a quedarme con esa muestra en particular, asegurándome que nadie más necesitaba saber de ella.

Además, el veneno era la muestra menos letal del grupo.

Necesitaba analizar la sangre; esa era la razón principal de este estudio.

—La muestra tiene propiedades extrañas. Es de color negro, espesa. Y parece venenosa, pero no por una infección bacteriana —expliqué, concentrándome en los frascos.

—¿Qué pretendes hacer con ella? —preguntó Viktor. Frunció el ceño mientras levantaba uno de los matraces de vidrio, observando cómo se movía el líquido.

—Quiero saber cómo funciona, descomponerla y averiguar si le puedo dar algún uso.

Me hará falta conseguir otra muestra, pero la saliva de la criatura la neutraliza al entrar en contacto.

Primero, necesito saber qué potencia tiene.

—Me recargué en la mesa, observando a Viktor mientras estudiaba el extraño líquido.

—Entonces, ¿es veneno y un antídoto a la vez?

—Es posible. Quizá tenga que titularlo; tengo algunas hipótesis sobre los compuestos de la solución.

Entonces, de esa forma, posiblemente encuentre la dosis letal.

Podría traer mis propias ratas —murmuré al tiempo que hacía las pruebas en mi cabeza.

A fin de cuentas, tan solo haría falta jugar con las muestras para ver qué pasaba.

—Es tu experimento, solo dime qué necesitas. Podría moverme por este laboratorio con los ojos cerrados.

—¡Por favor, no lo hagas! —exclamó el doctor Hayes desde su escritorio, sin apartar la vista del papel que se encontraba corrigiendo con su pluma.

Antes de recoger las muestras, Viktor y yo intercambiamos una sonrisa.