The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

«Criatura» Muestra n.º 1 , había garabateado en el cristal.

—No querrías que se mezclen, ¿verdad? —Tomé un paño para limpiar el pinchazo en su brazo, sosteniendo su mano libre para que hiciera presión sobre la gasa—. Ahora, déjame limpiar esto y después lo repetiré conmigo misma…

—No te acerques esa cosa. —Me agarró de la muñeca—. Puedo hacerlo perfectamente bien sin eso.

—No me precipites. —Lo miré con severidad—. No confío en que extraigas la misma cantidad.

Miró el frasco con su sangre y enseguida me miró de nuevo.

—Puedo medirlo perfectamente en mi cabeza.

—Precisamente por eso no confío en que lo hagas —espeté mientras intentaba liberar mi muñeca.

—Si vamos a vernos más a menudo, ¿no sería mejor aprovechar el tiempo para empezar a confiar un poco más en el otro? —Torció una sonrisa y, mientras sus ojos se clavaban en los míos, el chasquido comenzó a vibrar en su garganta—. Déjame que te lo demuestre. Déjame darte un mordisco.

—¿Y qué hay del veneno? —pregunté nerviosa.

—No es esa clase de veneno —dijo con una sonrisa burlona—. El error sería no utilizarlo.

—No quiero que lo utilices —le dije con firmeza.

—¿Confías en mí? —preguntó, dándome un tirón para cambiar nuestros lugares. Su cuerpo me inmovilizó contra el borde de la mesa de trabajo, agrandando su sombra al tiempo que se cernía sobre mí con mi muñeca entre los dedos.

La última vez que me había hecho una pregunta semejante, me salvó la vida.

Eso no impidió que me sintiera inquieta.

Me encogí de hombros, sintiendo cómo la sangre subía hasta mis mejillas.

Ahí estaba él, pidiendo mi permiso una vez más.

Solo con ese gesto se había ganado un poco de mi confianza, por más escasa que fuera.

Tragué saliva y asentí con la cabeza, dándole mi bendición.

Sus ojos se posaron sobre mi muñeca, estudiando mis venas tal como yo había estudiado las suyas.

Esas terribles agujas se movieron hacia delante, temblando ante mi carne.

A diferencia de los hombres humanos, Silas era sorprendentemente expresivo y fácil de predecir.

Si conseguías acercarte a él lo suficiente, te mostraba exactamente quién era y en qué estaba pensando.

Sin duda, podrías adivinar todo lo que pasaría a continuación.

Era como leer el lenguaje corporal de un animal: probado, verdadero, honesto .

Se inclinó, clavando ambas filas de dientes en mi muñeca con rapidez, como para no darme tiempo de pensar en el dolor.

—¡Auch, Silas! —grité, pero él apretó aún más, causando que mis rodillas se doblaran ligeramente.

Su brazo rodeó mi cintura para sostenerme.

Observé cómo su nuez de Adán se movía al tragar con lentitud, sintiendo cómo el líquido fluía por mi muñeca.

Entonces, una ola de entumecimiento me invadió.

El mismo hormigueo de antes me recorrió la muñeca hasta que no sentí dolor, sino apenas una presión en los puntos de la punción.

Persistía otra sensación, no era solo una ausencia de dolor, sino también un sentimiento de euforia.

Era difícil de describir, salvo por su parecido con las drogas.

Sin embargo, estaba segura de que se trataba de algo que engañaba a los nervios, haciéndoles creer que aquello no era un asunto doloroso.

Cerró los ojos de nuevo, aunque el ligero fruncimiento entre sus cejas sugería que trataba de mantenerse concentrado. ¿Realmente llevaba la cuenta de cuánta sangre estaba bebiendo? Tomé una respiración temblorosa, intentando que la adrenalina no me provocara náuseas como la vez anterior.

Dejó escapar un quejido contra mi piel. Me estremecí, advirtiendo un poco más presión en la muñeca.

Entonces se apartó de mí con el gesto alterado.

Lamió la herida: su lengua se deslizó por los pinchazos con lentitud, como si quisiera demorarse unos instantes más antes de soltarme.

Sin embargo, parecía estar considerando romper su promesa con tal de saborearme otra vez.

Se limpió el tinte rojizo de los labios con la lengua.

Suspirando, dejó caer la mejilla sobre mi palma y me miró.

Su piel se sentía cálida al tacto, aunque el entumecimiento de mi mano lo atenuaba.

—¿Qué ocurre? —Fruncí el ceño.

—¿Que acaso no puedo mirarte? —Giró la cabeza en mi mano—. ¿Sabes? Ya antes me había parecido que tu sabor era inusual.

—¿A qué te refieres? —pregunté levantando una ceja.

—Tu sabor te delata. Eres meliflua.

—¿Disculpa?

—Una anfitriona meliflua.

—Sigues diciendo palabras y sigo sin entender lo que significan.

—Es un tipo de sangre, una mutación —dijo—. Significa que sabes bien. Más dulce de lo normal. —Rio entre dientes.

—Gracias… creo —murmuré, retirando mi muñeca de su mano.

—La gente paga mucho dinero por sangre como la tuya —dijo, llevando más arriba la mano con la que sostenía mi cintura, mientras se inclinaba hacia el frente.

—¿En serio? —pregunté, empujando su pecho—. ¿Me estás diciendo que debería hacer que te esforzaras más para conseguirla?

—No seas cruel. —Se rio entre dientes, besándome el cuello al tiempo que me acercaba más a él—. Vámonos a otro sitio, escapemos de esta pequeña cueva tuya.

—Tengo trabajo que hacer.

—¿Hay algún momento en que no trabajes?

—Empiezas a sonar como Phoe…

—Da igual. —Se apartó, poniendo los ojos en blanco.

Al parecer había tocado un punto sensible.

Me aparté deprisa para recoger mis cosas. Debido al entumecimiento, me costó mucho levantar el cuaderno, aunque sí logré tomar buena parte de las cosas para llevarlas a la mesa del rincón.

Aunque no lograba verlo, sabía que él había dejado de moverse. Su mirada se clavó en mi nuca. Me pregunté si diría algo más, pero cuando me di la vuelta, se había ido.

—De nada, plaga —murmuré entre dientes.

Bajo la tenue luz, la sangre era similar a tinta espesa.

Se mecía con pesadez al interior del frasco cuando lo inclinaba.

Me sentía febril solo de pensar en todas las pruebas que podía realizar.

¿Cuál llevaría a cabo primero? ¿Qué conclusiones sacaría?

¿Qué otras propiedades tendría la sangre?

¿Por qué tenía ese color negro? Apenas podía contener mi emoción.

Mis pensamientos no podían plasmarse en papel con la rapidez suficiente.

Me aseguré de anotar la fecha y la hora aproximadas de la extracción.

Pasé horas haciendo diseños, soñando despierta; mis ojos no descansaron ni dejé de trabajar hasta que el amanecer disipó la niebla nocturna y la luz matutina se arrastró por las ventanas de mi tienda.