The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 24
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Capítulo 24

CAPÍTULO

La Envenenadora

E ra una mala idea.

Mi pecho se sentía oprimido, amenazando con aplas tarme las costillas a medida que la hora se acercaba.

En lugar de disminuirla, el reloj tan solo hacía crecer mi ansiedad; cada vez que le echaba un vistazo, tenía la impresión de que había pasado incluso menos tiempo que antes. La manecilla se arrastraba morosa hacia el número tres, más lenta que las gotas de melaza fría.

¿Fue un error hacer un trato con un demonio como este?

Él era antinatural; una amenaza en toda forma.

Sería absurdo esperar que actuara con la decencia suficiente como para cumplir con un acuerdo semejante.

Sin embargo, mi palabra no era mucho más confiable que la suya; literalmente , él me la había escupido de vuelta en la cara.

Hasta ese momento, me parecía que estaba a salvo porque tenía algo físico que ofrecerle. Pensaba que la propuesta había salido bien, teniendo en cuenta que podría haberme asesinado ahí mismo, en su casa.

Tanto las mejillas como las orejas me ardían al recordar el intercambio, ese «apretón de manos» tan poco formal con el que sellamos el trato. Me froté la cara en un intento por disipar el rubor.

Durante toda la mañana, mi labio había sufrido los embates de mis propias mordeduras mientras el recuerdo de su fantasma persistía en ese mismo sitio.

No, él no. De ninguna manera. No dejes que tu mente divague de esa forma.

Cuando sonó el timbre, mi cuerpo fue apresado por un escalofrío.

—Llegas tarde. —Cerré de golpe un cajón, ahuyentando mis pensamientos.

Silas se detuvo en la puerta, revisando el reloj de su muñeca.

—Son las tres en punto.

—Llegar a tiempo es llegar tarde.

No pude contener una sonrisa.

—¿Qué has hecho con mi antipática Alina? Si no te conociera bien, diría que alcancé a ver una chispa de emoción en tu rostro cuando llegué. —Habló con un timbre sarcástico—. ¡Quizás mañana también comience a creer en Dios!

—Tan simpático como siempre. Cierra la puerta y dale vuelta al cartel. Tenemos mucho que hacer —le ordené.

—¿También gozaré de tu completa atención? Oh, debo de ser realmente especial. —Tras abrir la cerradura, giró con cuidado el cartel de madera, marcando el inicio de nuestro primer examen físico.

—Eso es nuevo. —Frunció el ceño, estudiando el aparato de transfusión de sangre que se erguía sobre la mesa de trabajo.

—Sí. Pero es para más adelante.

—Creí que la cena corría por tu cuenta.

— Luego —repetí, reuniendo algunas herramientas antes de empezar—. Quítate el saco y levántate las mangas.

—Al grano y eficiente, como de costumbre. —Se quitó el abrigo y lo colocó cuidadosamente sobre un banco vacío.

—Ponte cómodo. Puedes sentarte o permanecer de pie. —Tomé un estetoscopio y mi cuaderno de trabajo.

Silas optó por recargarse sobre la mesa, con los brazos cruzados al frente mientras observaba. Aunque parecía tranquilo, pude notar cierta reserva en su gesto conforme estudiaba los numerosos instrumentos, sin duda desconocidos para él.

Me coloqué los auriculares del estetoscopio en los oídos.

Le hice un gesto para que descruzara los brazos, lo cual hizo a regañadientes, con las manos aferradas al borde de la mesa.

Posé el estetoscopio sobre su camisa de algodón, dolorosamente consciente de la forma en que esta se ceñía a su torso.

Su corazón latía tan deprisa como la última vez, a una velocidad imposible.

Conté su pulso con la vista en el reloj de mi muñeca.

Tomando una base de quince segundos, calculé que alcanzaba una media de doscientos treinta latidos por minuto.

Me quité los auriculares y anoté la cifra.

—¿Qué tal voy hasta ahora? —Se inclinó para ver lo que estaba escribiendo.

—Terrible. Con números como estos, deberías estar muerto —le dije sin rodeos—, pero eso ya lo sabíamos.

—Me parece justo. —Se encogió de hombros.

Cumplimos con todas las pruebas físicas de rigor —presión arterial, reflejos— antes de pasar al interior de su boca, que era lo que más me interesaba.

—Abre. —Le mostré una sonda de cristal.

—¿Para qué sirve eso? —preguntó mirando el instrumento.

—Para hurgar —respondí con impaciencia—. Solo abre.

Con un suspiro, obedeció.

Coloqué la varilla de cristal sobre su lengua, empujando hacia abajo hasta ver el interior.

Al estremecerse, las dos partes de su lengua se curvaron con incomodidad; era increíble cómo hasta que él las separó, el espacio entre ambas podía pasar desapercibido. Nadie sospecharía de esta peculiaridad a menos que mirara con atención.

Lo tomé de la mandíbula, levantándola para estudiar el paladar.

La luz que se colaba por la pequeña ventana me permitía verlo con claridad.

Sus colmillos estaban cuidadosamente plegados contra este, aunque alcancé a distinguir los músculos en la base, que les permitían flexionarse hacia el frente.

También descubrí algo semejante a agujeros en los bordes de su paladar.

—¿Qué son esos? —pregunté mientras los tocaba con la sonda.

Se estremeció físicamente; no creí que esa zona fuera a ser tan sensible. Apartó mi mano.

—Es para los olores. —Hizo una mueca.

—¿Como un órgano de Jacobson?

Me miró, encogiendo los hombros sin entender a qué me refería.

Volví al gabinete a toda prisa, rebuscando entre los numerosos frascos. Tomé uno del fondo antes de caminar hasta el otro lado de la habitación.

Mirando la esquina en la que ahora me encontraba, Silas me observó con frustración, molesto por mi falta de explicaciones.

—Dime qué hueles y cuándo percibes el aroma —le indiqué, mientras abría el frasco—. ¿Ahora?

—No —respondió.

Di dos pasos más hacia delante.

—¿Ahora?

—No.

Empecé a acercarme con lentitud.

—Dime cuándo y me detendré.

Él permaneció en silencio.

Me acerqué más y más hasta que mis rodillas chocaron con las suyas. Le acerqué el frasco.

—¿Nada?

—Almendras. Las olí desde hace seis pasos.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Quería tenerte más cerca. —Sonrió con aire burlón, inclinando la cabeza hacia mí—. ¿Es todo?

—¿Intentas coquetear conmigo para que terminemos antes?

—Qué buena observación.

—Una cosa más y luego tendrás tu recompensa. —Tomé un frasco de cristal con un paño estirado sobre la abertura.

Sus ojos se estrecharon antes de volver a caer sobre mí.

—¿Para qué es eso?

—Veneno. Tienes al menos un juego de colmillos que lo contiene, ¿cierto?

—Es posible —dijo con prudencia.

—Te prometo que casi terminamos —le supliqué.

Refunfuñó antes de abrir la boca de nuevo, mostrando sus colmillos. Temblaban, deseosos de clavarse en algo. Era como si tuvieran voluntad propia.

Me incliné hacia él y nuestros pechos se rozaron. Levanté el frasco hasta sus caninos exteriores, los más cortos. Cuando el diente viperino se hundió en la tela, el veneno brotó por sí solo antes de reducirse a un goteo constante. El líquido tenía un tono dorado, como ámbar diluido en agua.

A pesar de la rigidez de los músculos de su cuerpo, no hacía falta tocarlos para notar que se tensaban aún más durante el proceso.

Ahora sus ojos estaban cerrados; parecía un poco nervioso. ¿Se sentía incómodo? ¿Era su boca tan sensible?

Cuando terminé, busqué un corcho para tapar el frasco.

—Ya está. No fue tan difícil. —Tomé el torniquete.

—No para ti —gruñó, pasando la lengua por los dientes antes de volver a esconderlos en su boca.

Me alegró haberle causado algo de molestia. Era lo justo.

Silas tenía un aspecto sombrío, exhausto. Quizá era su karma por haberme privado del sueño durante semanas. Su mirada se mantenía fija en la pared, como si estuviera dudando de su decisión.

Me senté a su lado, al borde de la mesa. Junto al aparato, estaban colocados dos recipientes de vidrio con capacidad para quinientos mililitros.

—Dame tu brazo. —Chasqueé los dedos y le tendí la mano.

Se subió un poco más la manga, ofreciéndome un brazo corpulento. Su esbelto antebrazo dejaba varias venas al descubierto, por lo que no me resultaría difícil encontrar una.

El torniquete se apretó alrededor de su bíceps, presionando sus venas para que estas se hincharan un poco más. Acerqué su brazo hacia mis ojos para inspeccionarlas.

Viktor lo hacía parecer muy sencillo, pero no iba a permitir que eso me intimidara.

Silas observaba mis movimientos con cautela; sin embargo, no tenía más remedio que confiar en mí. Pensándolo bien, si no confiaba en mí, podría perder los estribos si lo pinchaba mal con la aguja. Eso no le habría impedido hacer lo que hizo con aquellas chicas en el río.

La larga aguja curva se alineó con una vena en el pliegue de su brazo. Se adentró en la piel y al apretar la bomba, el líquido brotó negro. Sin saber si era culpa de la iluminación o si ese era su verdadero color, observé mientras la sangre subía lentamente por el cilindro de cristal.

—Funcionó. —Me mordí el labio con emoción.

—¿Que acaso no habías hecho esto antes? —Levantó la mirada con un breve gesto de horror—. ¿Me estás utilizando como conejillo de indias?

—Creí haber sido clara cuando dije que iba a estudiarte —dije con dulzura—. Además, recién anoche él me enseñó cómo hacerlo.

— ¿Él? —Entornó los ojos.

—Sí, él . Viktor. Mi compañero de laboratorio. —Señalé a Silas con el dedo—. Si lo matas, habrás roto nuestro trato. Necesito su ayuda. Prométeme que no lo matarás.

Él murmuró algo entre dientes.

—Quiero oírte decirlo, Silas. —Mantuve la vista sobre él.

Él apartó la mirada.

—¡Silas! —Hice presión con la aguja.

—¡Está bien! —siseó—. No lo haré.

—¿No harás qué?

—No lo mataré.

—¿Ni lo dañarás?

—No lo mataré ni lo dañaré.

—Me alegra que tengamos un acuerdo. —Dejé que una sonrisa gentil se posara sobre mi rostro, lo cual solo sirvió para enfurecerlo.

Tal como me habían enseñado, presioné la punción antes de sacar la aguja.

Tomé el aparato y vacié su contenido en el frasco de cristal. Empecé a escribir sobre la superficie con un lápiz de cera negro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, quitándose el torniquete del brazo.

Le mostré el frasco.