Capítulo 23 #2
—Creí que me vería más malvada cuando nadie me estaba observando —bromeé.
—Solo te ves malvada cuando sabes que te están observando. —Me quitó el cuaderno de las manos.
—No sabía que eras un artista. —Me tumbé boca abajo para mirarlo dibujar por encima de su hombro.
—Soy muchas cosas. He tenido muchos años para practicar las artes entre mis estudios. Cuando asisto a clases que conozco de antemano, me aburro con facilidad —dijo—. Conforme paso más tiempo en distintas universidades, la información comienza a hacerse repetitiva.
—¿Y qué otros medios has explorado?
—Todos. Siempre me han dicho que tengo talento con las manos. —Sonrió por encima del hombro—. Aunque lo que más disfrutaba era el teatro y la pintura. ¿Qué más se puede hacer cuando todo lo que tienes es tiempo?
—Dices que eres un alma vieja. Pero no pareces tener más de veinticinco años. —Incliné la cabeza hacia él.
—Me dijeron algo similar cuando posé para una clase de dibujo en una ocasión. —S onrió, pasando la página de su cuaderno al tiempo que comenzaba un nuevo boceto. Empezó a dibujar un animalito bastante tierno, similar a un hurón.
—¿Qué es eso?
—Una marta cibelina. Tenemos muchas en casa, en libertad. Sirven para hacer abrigos muy suaves.
—Pero qué mórbido —lo reprendí.
—Es cierto. Todo lo que no puede ser una mascota, suele terminar convertido en pieles. —Rellenó los ojos saltones de la criatura sobre la página.
—Nunca hablas de tu hogar. —Esta vez lo miré a él en lugar de al dibujo—. ¿Cómo es?, ¿tienes familia allá?
—Soy de un pueblo pequeño —respondió–. Por lo demás, no hay mucho que decir. Es un lugar tan frío como formidable.
—¿Qué te trajo aquí?
—Negocios. Vine por una oportunidad de trabajo.
—¿Trabajas mientras estudias? ¿Eres aprendiz en algún sitio?
—De cierto modo, sí.
—La próxima vez que tengas un día libre, deberíamos visitar la sección de bellas artes del museo. Creo que te podría inspirar. —Dejé caer la cabeza sobre mis brazos cruzados. Aunque la concentración lo hacía ver bastante rígido, al dibujar sus manos parecían ligeras, relajadas.
Pasó la página, girándose sobre su lugar en el suelo hasta quedar sentado frente a mí.
—¿Qué estás haciendo?
—Los museos ya no me inspiran como antes. He visto todos los cuadros que tienen. Ahora todo me resulta anticuado.
—Hay miles de obras de arte en esos archivos. —Levanté una ceja—. No puedes haberlas visto todas.
—Quizá no. —Se encogió de hombros—. Pero ¿por qué iba a ir a ver esas obras maestras cuando tengo una aquí mismo?
Con una sonrisa, le arrojé uno de los cojines del sofá, que le dio en la cabeza.
Él se rio. Se ajustó los lentes antes de continuar.
Me quedé recostada, estudiándolo. Su mano se movía con destreza por el papel. Sostenía el lápiz con partes iguales de habilidad y firmeza. Cambió de lápiz varias veces, difuminando el boceto con el dedo para luego borrar partes del mismo.
—¿Qué te parece?
En cuanto me extendió el cuaderno, lo tomé con cuidado. Ahí
estaba otra vez aquel rostro familiar. Quizás era narcisista por disfrutar de ese tipo de atención, aunque en aquel momento no veía nada de malo en ello.
—Si sigues dibujándome así, la gente podría llegar a pensar que soy una persona simpática.
—Lo eres. —Sonrió—. No sé por qué te consideras a ti misma un espíritu tan desagradable.
—Eso lo dices porque aún no me conoces.
—Te conozco lo suficiente como para pasar mi única noche libre extrayéndote fluidos corporales y usándote como mi musa. —Se recargó sobre las palmas de sus manos al sentarse de vuelta.
Noche.
Se había hecho de noche.
Me incorporé rápidamente, echando un vistazo al reloj de la pared. Eran casi las siete y media.
—Lo siento. No me había percatado de cuánto tiempo te retuve aquí.
—Me apresuré a decir, aunque lo que más me preocupaba era que pudiera encontrarse con mi otro admirador; temía lo que podría ocurrir si mi Criatura hallaba a otro hombre en mi casa.
No pensé que su reacción fuera a ser diferente de la que acostumbraba al expresar su frustración. Qué desastre haría con Viktor.
—No es ninguna molestia. —Se levantó, encogiendo los hombros con cansancio—. ¿Tienes una hora de llegada?
—No, solo recordé que debo madrugar. Al fin conseguí hacerme con un espacio en el laboratorio. ¿Estarás libre el miércoles?
—Puedo estar libre para ti. —Me guiñó un ojo mientras recogía su bolso de piel.
—Espero tener muestras listas para entonces. Te diré cómo me va con las extracciones. —Lo acompañé hasta la puerta, tratando de no parecer demasiado frívola.
—Entendido. —Se dio un golpecito en la sien—. Lo recordaré.
—Perfecto. —Sonreí, inclinándome para darle un fuerte abrazo—. Buenas noches, Viktor.
Lo vi bajar los escalones de mi casa, iluminado a duras penas por las farolas. Al llegar a la calle, se convirtió en una silueta más.
Cerré la puerta con llave tras de mí, suspirando mientras caminaba de regreso a la sala.
Me dejé caer en el sofá. Viktor había olvidado su cuaderno sobre la mesa de centro.
Lo abrí de nuevo, mirando el último boceto que había hecho de mí.
Claramente estaba pasando por una crisis de identidad: no lograba reconocerme a menos que frunciera los párpados.
Tras acercarme a la estantería, coloqué el boceto en una repisa a la altura de los ojos.
Incliné la cabeza al tiempo que retrocedía, admirando la nueva obra de arte.
Quizá esta fuera la primera de muchas. No me consideraba una coleccionista, pero tal vez era buen momento para comenzar.