Capítulo 23
CAPÍTULO
La Envenenadora
A quella tarde, me reuní con un viejo amigo de mi padre, el doctor William Hayes. Además de ser profesor en el King’s College, era consultor en algunos hospitales cercanos. Un hombre peculiar, por decir lo menos.
Su alta y desgarbada figura podía verse desde la distancia, similar a un espantapájaros que se encargaba de ahuyentar a las palomas del parque. Se había sentado en una silla plegable junto a una de las mesas metálicas, desenvolviendo con cuidado un trozo de caramelo.
—Doctor Hayes —lo saludé.
—¡Alina! ¡Qué alegría verte! —exclamó con una amplia sonrisa, levantándose para darme un abrazo—. ¿En qué ha estado trabajando últimamente tu cabecita?
—Pequeñas cosas por aquí y por allá. —Me senté frente a él.
—¿Quieres un poco de caramelo de mantequilla? —preguntó, ofreciéndome un dulce cuidadosamente envuelto. Negué con la cabeza—. Siempre llevo algunos para los niños de la clínica. Hace que la sangría sea un poco más llevadera. —Suspiró.
—Quería preguntarle algo —comencé, sin saber muy bien cómo explicar la situación—. Estoy desarrollando un antídoto para una nueva toxina.
—¿Qué tipo de toxina?, ¿qué estás tratando de curar?
—Es para un tipo de sangre tóxica. Tengo una muestra de la sangre y una contraparte que la neutraliza. ¿Hay alguna forma de replicarla, pero catalizándola para que neutralice y descomponga la estructura misma de la toxina?
—Es posible, especialmente si tienes esa otra muestra complementaria —respondió con firmeza—. ¿Cómo la has conseguido?
—No importa. Pero tengo otra pregunta. —Me froté la palma de la mano con nerviosismo—. En teoría, ¿cree que sea posible que el cuerpo humano se vuelva venenoso? ¿Como algunas plantas, que son totalmente tóxicas desde la flor hasta la raíz?
—En teoría, todo es posible —respondió con tono tajante—, a menos que tu pregunta esconda algo más.
—Bueno, quizá suene descabellado puesto de esa forma —murmuré—. De todos modos, ¿cree que sea posible que me permitan entrar en el laboratorio de la universidad? Solo necesitaría unas horas a la semana, si es que hubiera algún laboratorio desocupado.
Hizo una pausa, como si estuviera comprobando un horario que tenía guardado en la cabeza.
—Podría hallar algo de tiempo. Pero permíteme comprobarlo cuando vuelva a la oficina. Si encuentro algún espacio libre durante el semestre, te llamaré por teléfono, ¿te parece?
—¡Sí! Sería estupendo. —Sonreí—. Llámeme si encuentra algún espacio. Aceptaré el que sea.
—Por supuesto, lo que sea por la pequeña de Jacek. —Me dio una palmadita en la mano antes de hacer una pausa—. Y, ¿cómo has estado realmente desde… el incidente?
Tragué saliva con dificultad y tras bajar la mirada, respondí con una risa insegura.
—En el mejor de los casos, mal. En el peor, completamente vacía —respondí, apretándole la mano de vuelta.
—Me lo dirías si necesitaras lo que fuera, ¿no es cierto?
—Por supuesto —mentí.
El profesor arqueó una ceja con recelo, pero no insistió más.
—Muy bien. —Tensó los labios al forzar una sonrisa, lo cual era mucho para un hombre como él, que podía ser tan severo como un miembro del clero.
—¿Alina? —surgió un acento a mis espaldas.
El doctor Hayes entrecerró los ojos para mirarme y enseguida los posó sobre el hombre que estaba detrás de mí.
Me di la vuelta con una sonrisa.
—¡Viktor! Qué agradable sorpresa. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Me sorprende encontrarte aquí, con mi profesor. —Se rio.
Me levanté para darle un fuerte abrazo.
—¿No deberías estar en clase a estas horas? —El doctor Hayes lo miró con el ceño fruncido.
Viktor esbozó una sonrisa pícara antes de encogerse de hombros.
—Quizá. Al menos la clase no es en su laboratorio. —Me miró—. Además, venía para verte, Alina —dijo al tiempo que levantaba un bolso de piel negro.
—¡Lo trajiste! —exclamé, inclinándome hacia él para que pudiera abrir el bolso y mostrarme su contenido.
—Lo tomé prestado del laboratorio, así que, por favor, devuélvelo intacto. —Miró nerviosamente al doctor Hayes.
—No me mires a mí. Yo no estoy a cargo del inventario de equipos.
—El doctor Hayes se encogió de hombros, abrochándo se el saco al tiempo que se ponía de pie.
Su alta figura se alzó sobre nosotros dos—.
Yo me voy. Te avisaré pronto sobre tu horario de laboratorio —me dijo y giró hacia Viktor—.
Confío en verte mañana en clase, a menos que también pienses faltar.
—Ahí estaré —respondió Viktor con una sonrisa avergonzada.
—Que disfruten el resto de su tarde —dijo el doctor Hayes. Me dio un abrazo de despedida antes de inclinar el sombrero y marcharse con paso firme. Al pasar, las palomas alzaron el vuelo al unísono, ahuyentando a los insectos que se cruzaban en su camino.
—¿Cómo conoces al profesor Hayes? —preguntó Viktor, cerrando el bolso y sujetándolo con fuerza.
—Era amigo de mi padre —respondí—. Normalmente, es él quien me presta los artículos.
—Ah, ¿de modo que tengo competencia? —bromeó.
—Sí, tengo una fila de hombres que se extiende por toda la calle, esperando para prestarme sus artículos acerca de la teoría de los gérmenes o de si la teoría de la evolución tiene algún fundamento. —Puse los ojos en blanco—. ¿Me acompañas?
—Será un placer. —Me ofreció su brazo.
A pesar del frío que comenzaba a hacer, no había prisa por llegar a casa. Su compañía bastaba para mantenerme caliente.
—¿Qué piensas hacer con este artilugio?
—He encontrado a alguien con un tipo de sangre peculiar. Quiero estudiarla —le dije con sinceridad—. Me alegró tener un participante dispuesto.
—Supongo que debe estar dispuesto, sobre todo si quieres usar eso con él. Que Dios lo bendiga —dijo con sarcasmo—. ¿Quieres que te enseñe a usar el aparato? No puedo dejar que tortures a esa pobre alma.
—¿Es esta tu forma de pedirme que sea tu compañera de laboratorio? —le pregunté con una sonrisa.
—No me molestaría ayudarte. Pero tú te encargas de escribir.
—Trato hecho.
—¿Dolerá?
—Es posible. Solo hay una forma de averiguarlo. Si vas a usar esto con otras personas, es importante que lo pruebes antes —explicó Viktor.
—¿Yo también podré apuñalarte? —bromeé con nerviosismo, mirando la larga aguja curvada que tenía entre las manos.
—Como premio, quizá te deje que lo hagas. —Sonrió con aire burlón mientras me ataba el torniquete alrededor del bíceps.
—Qué amable de tu parte. —Me removí en mi asiento en la mesa de la cocina.
El aparato de transfusión sanguínea era un alto cilindro graduado, con una base ensanchada que permitía mantenerlo en posición vertical.
Dos tubos largos se encontraban fijados a la base y en sus extremos tenían un par de largas agujas curvas.
Para la extracción y el movimiento de la sangre, se apretaban unas bombas manuales situadas en los costados, creando succión antes de trasvasar la sangre de una persona a otra.
Utilizaríamos este método, pues era la forma más fácil de medir y recolectar la sangre.
—¿Estás lista? —Me miró por encima de los lentes, posando la aguja justo encima de la fosa de mi codo.
—Hum —musité, incapaz de apartar la mirada.
Con cuidado, hizo entrar la aguja en una de mis venas. Me sentí en extremo consciente su pulso contra el torniquete, del dolor agudo que se abría paso en mi brazo.
Me estremecí y apreté la rodilla de Viktor mientras observaba.
—No hace falta que mires.
—Sí hace falta. Si no, ¿cómo voy a aprender?
—Me parece razonable. —Giró un dial del aparato antes de apretar la bomba.
La sangre se deslizó por el tubo empañado, llenando el vaso con unos cinco mililitros.
Tras presionar la punción con el pulgar, retiró la aguja—.
¿Lo ves? Es sencillo. —Mantuvo el dedo sobre la herida antes de limpiarla con un paño.
—Esperaba algo más de ese artilugio. —Me reí, observando cómo su mano me sujetaba el brazo. De pronto, sentí una oleada de calor mientras la náusea me invadía.
—¿Alina? Te ves pálida…
Corrí hasta el lavabo y dejé caer la cabeza hacia el frente.
Cuando me di cuenta, Viktor se encontraba detrás de mí. Se arremangó a toda prisa antes de recoger mi cabello de la parte posterior, evitando que se mezclara con algo desagradable.
—Por eso le advierten a los pacientes que es mejor no mirar. —Intentó aligerar el ambiente—. Es solo la adrenalina.
—Sí —me quejé. Aunque el calor de mi cuerpo disminuía, la experiencia me había provocado un sudor helado. Me quedé inclinada sobre el lavabo, temblando, esperando por si acaso salía algo más.
—Qué tal si nos tomamos un descanso. —Me apartó un mechón de cabello del rostro, asomándose por encima de mi hombro para ver cómo estaba. Sentí su mano rozar mi cuello conforme seguía apartando los cabellos sueltos.
Asentí con la cabeza, temerosa de volver a vomitar si abría la boca.
—¿Cómo te sientes? —Viktor probó la temperatura del paño que había colocado sobre mi frente.
—No tienes que preocuparte por mí —murmuré, tumbada en el sofá con el libro en la mano. Levanté la vista de las palabras en la página.
—Me asustaste. Pensé que te ibas a desmayar. —Se sentó en el suelo junto al extremo opuesto del sofá. Antes de acomodarse nuevamente, ajustó la almohada bajo mis tobillos, levantando su cuaderno.
—No estoy enferma. —Me reí, dándole un golpecito en la nuca con el pie.
—Eres lo único por lo que vale la pena preocuparse. —Sonrió, haciendo delicados trazos con el lápiz en su cuaderno. Me di cuenta de que no estaba escribiendo ni haciendo anotaciones.
—¿Qué tienes ahí? —Puse una cinta en mi libro para marcar la página al tiempo que me incorporaba.
—No es nada de lo que debas preocuparte. —Giró el cuerpo, ocultando el papel.
—¡Dámelo! —Me arrastré hasta él y se lo quité de las manos.
Cuando miré el boceto, descubrí un dibujo al carboncillo de una mujer leyendo. Solo me quedaba suponer que se trataba de mí. De alguna forma, incluso había logrado capturar mis rasgos distintivos. Me dije que esa era la primera vez que me veía a mí misma con tanta candidez.