Capítulo 22 #3
Dejé salir un suave gemido. El sonido tan solo lo animó, al tiempo que desabrochaba mi abrigo hasta que este resbaló por mis hombros. Tiró de los botones de la parte delantera de mi blusa, dejando mi cuello al descubierto.
—La pomada fue un buen detalle. Deberías considerar ser un poco más sutil la próxima vez.
—Alcanzó mi labio inferior con la boca y lo succionó.
Su lengua diabólica se limpió el tinte rojo de los labios, mirando a lo lejos mientras intentaba descifrar el sabor—.
¿Cianuro?, ¿en serio? —Chasqueó la lengua, como señalando que esperaba más de mí.
—Al menos admite que soy persistente. —Me encogí de hombros.
—Eres una mujer con muchas cualidades admirables —susurró, besándome de nuevo, succionando, mordiendo mis labios como si quisiera saborear más de mí—.
Tienes un sabor delicioso. Quiero más. —Su lengua se deslizó hacia abajo, recorriendo mi mandíbula mientras los movimientos de sus labios contra mi cuello se volvían más voraces.
—Quiero oír que me supliques —susurré—. De rodillas, preferiblemente.
—¿Por qué iba a suplicar cuando puedo hacerte derretir con una sola caricia de mi lengua entre tus piernas?
Saqué una pequeña navaja del dobladillo de mi manga.
Él me miró con cautela.
Me hice un corte en la palma de la mano, dejando que la sangre brotara de las finas líneas de mi mano.
—Considera esto un anticipo.
Sus rodillas prácticamente se doblaron.
Presionó el pecho contra mi abdomen, fijando los ojos en mi mano.
Cuando intentó tomarla, la aparté de un golpe.
—¡Uh-uh! ¿Cómo pedimos favores? —Casi me sentía satisfecha con la imagen que tenía ante mí. La sangre corría desde mi mano hasta el codo, goteando sobre el suelo mientras la mantenía fuera de su alcance.
Su mandíbula se contraía con cada gota preciosa que se desperdiciaba.
—Suplica —repetí.
Su mirada se aferraba a la mía con ira quemante.
Era divertido ver cómo se desarrollaban las cosas. De haber sabido que podía hacer esto antes, quizá me habría divertido un poco más. Domesticar bestias era fácil cuando colocabas la recompensa justo fuera de su alcance.
—Si vas a comparar tus desagradables impulsos con los de un perro —ronroneé—, más vale que ladres.
Para mi sorpresa, sus manos se deslizaron por mis piernas
bajo la falda. Me mordisqueó tiernamente la piel del abdomen. Sin dejar de mirarme, apoyó la barbilla sobre mi esternón.
— Por favor —las palabras se escurrieron de su boca como miel, con un tono venenoso en la voz. La malicia se acumulaba en su interior. Podía sentirla soltar chispas a medida que hacía rozar sus nervios como dos pedazos de pedernal.
¡Pero qué espectáculo!
Bajé mi mano ensangrentada hasta él, justo encima de su rostro, para que pudiera ver las gotas que se acumulaban en mi palma antes de caer.
Tras incorporarse, deslizó su larga lengua sobre ella.
No me había percatado de lo larga que era, aunque explicaba muchas de las sensaciones de nuestros encuentros anteriores. El dolor del corte se desvaneció, tornándose en un cosquilleo al contacto con su lengua, como si hubiera algún tipo de agente anestésico en su saliva.
Sus ojos se inundaron de negro hasta que solo quedó una media luna de azul plata mirándome desde abajo.
Mi teoría era que, cuando eran incitadas por una presa o algún otro tipo de estímulo, el cuerpo de estas criaturas enviaba sangre a los ojos para mejorar la vista durante la cacería.
Sentí mariposas en el estómago, pensando en todas las veces que eso había ocurrido mientras él me ponía las manos encima.
Tomó mi mano entre las suyas, acercándose aún más, como si se la pudiera arrebatar antes de que él terminara de saborearla.
Succionó la herida con avidez hasta que la sensación de hormigueo adormeció toda mi mano.
Cuando apartó sus labios manchados de sangre, pude ver sus colmillos afilados, incapaces de no alargarse hacia adelante.
—La moderación te sienta bien —dije. Sus ojos se posaron en mí con fastidio.
Mi mano ensangrentada recorrió mi pecho, el calor goteando entre mis senos.
Silas me levantó por las caderas mientras se ponía de pie,
inmovilizándome contra la pared. Deslizó la lengua sobre mi pecho, jugando con un pezón mientras limpiaba cualquier rastro de rojo.
Un gemido de satisfacción brotó de mi garganta al tiempo que rodeaba su cuello con mis brazos.
—¿Ves lo que pasa cuando lo pides por favor? —Lo provoqué, tirándolo del cabello para que me mirara de frente.
—Déjame alimentarme de ti —susurró.
—Ya lo has hecho…
—No, quiero intentarlo aquí —dijo contra la curva de mi cuello, dejando un suave mordisco en mi piel.
—Aún no te lo has ganado.
—Qué cruel. —Soltó un suspiro exasperado, como si estuviera contemplando si realmente valía la pena llevarse al límite de esta forma.
Nuestra respiración comenzó a sincronizarse conforme nuestros cuerpos se apretaban con fuerza el uno contra el otro. Era innegable que habíamos estado evitando la tensión que florecía entre nosotros. Resultaba tan embriagador que ambos necesitamos un momento para recuperar el equilibrio.
Hablé al cabo de un largo momento.
—¿Por qué hacemos esto, Silas?
—¿Por qué hacemos cualquier cosa? —dijo contra mi cuello, tomándome con fuerza antes de posar la frente sobre él.
Atestiguar una muestra de ternura de alguien como él era extraño. Especialmente para alguien como yo.