Capítulo 22 #2
Mis dedos recorrieron uno a uno los lomos de los libros. Debía de haber al menos veinte estantes apilados hasta el alto techo. A juzgar la fina capa de polvo que cubría los libros a la altura de los ojos, parecía improbable que los estantes superiores hubieran sido tocados alguna vez.
Los estantes más accesibles estaban repletos de poesía. Algunos libros de historia, filosofía y derecho estaban colocados un poco más arriba. Muchos parecían ser primeras ediciones, lo cual me hizo querer dejar de tocarlos, temerosa de dañar sus delicadas encuadernaciones.
—Si no intentas matarme esta noche, quizá te deje tomar alguno prestado.
Le di un vistazo a Silas por encima del hombro, lanzándole una mirada de indiferencia.
Se recargó contra el umbral, queriendo aparentar que llevaba ahí varios minutos.
Su atuendo parecía relajado, con algunos botones de la camisa desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Se apartó de la pared antes de acercarse al otro extremo de la estantería, deslizando un dedo por el lomo de varios libros antes de tomar uno.
Empezó a caminar hacia mí, examinando las primeras páginas para asegurarse de que fuera el ejemplar que estaba buscando, y me lo tendió enseguida.
—Creo que te gustará.
Le lancé una mirada de sospecha antes de quitarle el libro de las manos.
— Temor y temblor —leí el título en voz alta—. ¿Es una broma?
—Es filosofía, así que sí, a veces. —Sonrió con aire burlón—. Tienes cara de existencialista.
Abrí el libro y las páginas se agitaron al pasarlas. Si era algún tipo de broma cruel, no la entendía. Lo cerré de golpe antes de fijarme en la nueva decoración del suelo, delante de su escritorio.
—¿Alfombra nueva? —pregunté, alzando una ceja.
—Sí —respondió con una mueca, pasando a mi lado para dirigirse a la licorera—. Te ofrecería una copa, pero aún no he terminado tu brebaje casero.
—¿Por qué no te deshiciste de él?
Levantó un hombro y se sirvió un vaso.
—Tiene un sabor agradable. Es un poco fuerte. —Dio un sorbo mientras se dirigía a su escritorio, sentándose en el borde, como si estuviera esperando para descubrir lo que realmente había venido a buscar. Aunque su expresión denotaba cierta reserva—. Te has vestido de rojo —comentó.
Tenía razón. Un bálsamo de granada roja pintaba mis labios. Tuve que contenerme para no morderme el labio.
—No lo hice para ti.
—Entonces, ¿para quién? —Había un ligero tono de presunción en su voz.
—Para mí misma —respondí.
—Si eso es lo que piensas, que así sea. —Se encogió de hombros—. Ahora mismo, me siento más interesado en cierta propuesta que mencionaste antes.
—No te preocupes, es algo modesto. —Me aparté de la estantería a regañadientes, dirigiéndome al centro de la habitación.
—Creo que necesitaría saber más antes de estar de acuerdo con esa declaración. —Bebió un sorbo del veneno de su copa, acechándome desde el borde del vaso con esos ojos de intensa palidez.
Inquieta, presioné el pulgar contra la palma de mi otra mano. ¿Por qué me daba tanta vergüenza preguntarlo?
—Dijiste que «no podías hacerlo» —empecé—. En el cementerio.
—¿Eso dije?
—Sí, fue lo último que me dijiste aquella noche.
—Si tú lo dices. —Me miró con fijeza—. ¿Y qué?
—Ibas a comerme.
—Nunca dije eso.
—A juzgar por la forma en que tus dientes se movían, he de diferir. —Me acerqué un poco más—. No estoy enojada contigo, no del todo. Supuse que era algo que no podías evitar.
—¿Me está llamando animal, señorita Lis?
—Tengo nombres peores para ti. Pero, en fin —continué, deteniéndome frente a él, con sus ojos a la altura de los míos—. Estoy dispuesta a ofrecerte un trato.
De él brotó una versión más suave de sus chasquidos depredadores; sonaban amortiguados, como si quisiera disimular que había despertado su interés… o su apetito.
—Quiero hacer un intercambio —dije con firmeza—. Tu sangre por la mía.
—¿Quieres… mi sangre?
—Sí, quiero estudiarte —dije sin más rodeos.
—¿Por qué iba a dejarte hacerlo?
—Porque tienes hambre. No te estás alimentando.
Frunció el ceño, irguiéndose más.
—Tonterías.
—Pasé muchas noches preguntándome por qué eras tan derrochador.
Supuse que te alimentabas bien con todos los cadáveres que dejabas por ahí, hasta que interrumpiste la visita a mi padre.
Entonces vi lo agotado que te encontrabas en realidad.
Temblabas . Cada parte de ti quería hacerlo, pero no lo hiciste.
—Hice una pausa para pensar mis siguientes palabras con cuidado—.
Entonces, dijiste que no podías hacerlo.
Eso me hizo preguntarme: ¿por qué no me matas?
¿Por qué actúas como si necesitaras mi permiso?
—No lo necesito.
—Entonces, ¿por qué?
—La tensión estropea la sangre.
—Mentiroso. —Le di un golpe en el pecho con el dedo—. La tensión no estropea la sangre. Quieres probarla acompañada de placer .
Él desvió la mirada, negándose a responder como el niño testarudo que era.
—Por favor, si no es verdad, no dudes en rebatirme. A menos que se deba a un cambio de moral, Criatura . ¿Qué ha sido de tu deseo de matarme y ultrajarme para tu propio beneficio? ¿Te ha crecido un corazón tan rápido como se han curado las heridas que te infligí?
Se rehusaba mirarme.
—¡Respóndeme, cosa vil! —Empujé su pecho con ambas manos—. ¿Por qué te detuviste? —grité.
Tomándome de las muñecas, me empujó hacia delante. Nuestras narices casi se tocaron. Cada músculo tenso, cada tic en su mandíbula, cada expresión severa ocultaba palabras que no se alcanzaban a pronunciar. Y yo quería hurgar en cada una de ellas.
—¿Por qué no me has asesinado todavía? —le pregunté temblorosa—. ¿Por qué dudas?
—Lo preguntas como si esperaras que lo hiciera. —Sus ojos se entrecerraron en una expresión peligrosa; pude sentir una vibración contra su pecho. Se estaba conteniendo tanto que temí que estallara—. Como si no te importara morir, si eso significa que tus suposiciones son correctas.
A pesar de mis intentos por parecer tranquila, mi pecho se alzaba con urgencia. Fingir era cada vez más difícil, considerando nuestra proximidad: el peligro de estar al alcance de las garras de una cosa incapaz de controlarse más que cualquier animal salvaje.
—¿Quieres saber por qué no te he asesinado todavía?
Mi boca se seca cuando pienso en matarte.
No lograba entenderlo. Me frustró durante mucho tiempo.
Normalmente, el pulso se me hubiera acelerado de solo pensar en destrozar algo tan divino como tú.
—Cuando volvió a mirarme, la oscuridad de sus ojos había desaparecido.
Había sido reemplazada por el dolor—. Pero no sería lo mismo.
Quería que me dedicaras tus palabras crueles solo a mí.
No me importaba que me gritaras, que me insultaras, que me dijeras que no…
siempre y cuando me lo dijeras a mí. Pronto, ya no quería que te fueras.
Cuando estaba lejos, bailabas en mi mente como el arrepentimiento más profundo que un hombre puede tener, feroz, embriagadora.
¿Quieres saber lo que quiero? Te quiero a ti , Alina.
Te quiero toda . Cada cabello de tu cabeza, cada lágrima, cada risa, cada grito que se desgarra de tus delicadas cuerdas vocales, todo será mío .
Este fue uno de esos instantes en los que olvidé cualquier cosa ingeniosa que pudiera decir a continuación. La ira que bullía en mi interior se mezcló con un nudo que no quería reconocer.
—Eres un ser cruel y despiadado, Silas Forbes —espeté.
—Ahí. Eso es. —Su mano se levantó rápidamente y me tomó de la mandíbula, apretando—. Quiero saborear cada palabra venenosa que salga de tus labios hasta que tengas que inventar otras nuevas solo para mí.
—Solo tienes hambre. —Tragué saliva—. Crees que me deseas, pero lo que quieres es alimentarte. No tengo ningún problema con eso. Pero no finjas que es algo más. —Me liberé de su agarre, retrocediendo—. Acepta mi acuerdo o déjalo. Es la única forma en que podrás seguirme viendo.
—¿Con qué frecuencia?
—¿Disculpa?
—¿Con qué frecuencia te veré? Según el acuerdo propuesto, claro está. —Se levantó del escritorio. Retrocedí aún más.
—Una vez a la semana.
—Siete días a la semana. —Se acercó.
—Dos veces por semana. —Dio un paso atrás.
—Cuatro.
—Tres. No puedo tolerar verte más que eso. —Mi espalda chocó contra la pared.
—Me las puedo arreglar con tres. —Posó una mano en la pared junto a mi cabeza al tiempo que se inclinaba hacia mí—. ¿Con qué frecuencia me harás estas ofrendas?
—Recibirás sangre solo cuando tú des sangre. En mi laboratorio.
Me miró con fijeza, como si lo estuviera considerando. Cuando terminó de sopesar sus opciones, suspiró.
—¿Dónde tengo que firmar? —Tragué el nudo en mi garganta y aparté la vista—. ¿Confías en mí lo suficiente como para cerrar esto con un mero apretón de manos? —Alzó una ceja—. Eres una pésima mujer de negocios.
—Prefiero que no quede ningún rastro en papel que detalle nuestro inusual intercambio —murmuré entre dientes.
—Ya que me consideras un demonio, ¿qué tal si lo sellamos como corresponde? —Sonrió, inclinándose más cerca que antes. Si me movía demasiado, nuestros labios podrían tocarse.
—No.
—Permíteme al menos un simple placer. —Gimió.
Me agarró el rostro de nuevo, haciéndome retroceder al tiempo que me acercaba. Finalmente acortó la distancia entre nosotros, capturando mis labios con los suyos.
Por más posesivo e insolente que fuera Silas, su beso era suave. El prolongado perfume de humo y moras le daba un toque especial, el cual me transportó de golpe a un lugar lejano. Era tan embriagador como el sabor persistente del bourbon.
Cuando abrí la boca para respirar, él aprovechó la oportunidad para hacer más profundo nuestro beso, pasando suavemente la lengua por mi labio inferior, suplicando entrar.
Me acarició la mejilla para atraerme hacia él mientras me rodeaba la cintura con la otra mano, como si temiera que me escapara, como solía ocurrir.