Capítulo 22
CAPÍTULO
La Envenenadora
U n fuerte golpe en la puerta principal resonó a través de la casa entera, devolviéndome bruscamente a la realidad. Abrí los ojos con aturdimiento, luchando por enfocar la vista.
—¿Quién demonios se levanta tan temprano? —refunfuñé, apartando las sábanas de un puntapié antes de envolverme con una bata.
Cuando bajé al vestíbulo, el sol apenas había salido y la niebla permanecía aferrada a las ventanas. Tan pronto sostuve el frío pomo metálico de la puerta, noté algo pegajoso bajo mis pies. Mi rostro se contorsionó con asco al sentir la consistencia; miré al suelo.
Un charco carmesí se filtraba lentamente por debajo de la puerta. Absorbido por las fibras, el color rojo se extendió por el borde de mi bata y mi camisón. Sentí la bilis subiendo por mi garganta y tuve que tomar varias respiraciones profundas para controlarla.
Me costó bastante trabajo abrir la puerta. Por algún motivo, pesaba más de lo habitual.
Al asomarme, mis ojos se posaron en un cadáver. Una gruesa punta metálica atravesaba la cabeza, clavándola a la madera de la puerta.
El cuerpo pertenecía a una mujer bajita con el pelo rubio y encrespado, de unos treinta años. Sus ojos pálidos estaban decorados con un pigmento verde que me resultaba familiar.
Me cubrí la boca con la mano y cerré la puerta. Al recargar todo mi peso contra la puerta, mis rodillas me fallaron y me deslicé hasta quedar agazapada detrás de ella.
No podía respirar. No quería respirar.
El pecho estaba a punto de aplastarme por la fuerza de la asfixia. ¡Le dije que no se molestara con el veneno si iba a acabar así!
La comprensión me golpeó como una resaca al amanecer.
Aunque mis tinturas habían acabado con muchas vidas, nunca vi los cadáveres que estas dejaban a su paso.
No solía quedarme para comprobar si mis venenos funcionaban, pues no había motivos para dudar de ello.
Las más de las veces, mi trabajo era de segunda mano; mi veneno circulaba entre aquellos que lo habían pagado.
Quizás ese fue mi error. Sin embargo, ahora no tenía importancia: la única otra vez que había visto un cadáver de mi autoría fue por accidente.
Y aquello no había sido ni de lejos tan gratuito como esto.
La policía tardó cuarenta y cinco minutos en aparecer, al menos treinta minutos más de lo que me hubiera gustado.
La policía no habría sido mi primera opción, pero al tratarse de un acto tan público, no tenía ninguna otra alternativa.
Si intentaba ocultarlo, sería como echar más leña al fuego.
¿Por qué Silas iba a romper su patrón de comportamiento solo para ponerme en la mira de esta forma?
La próxima vez que lo viera, sin duda encontraría un cuchillo clavado en su pecho.
Pasé toda la mañana respondiendo a un sinfín de preguntas de los detectives, proporcionando información para identificar a la fallecida.
De no haber sido por mí, nadie la habría reconocido.
Las miradas cautelosas del equipo forense me inquietaban, como si supieran que todo aquello era mi culpa.
Sus ojos acusadores me escrutaban mientras respondía.
Estás siendo paranoica. Respira hondo, respira hondo.
Cuando le expliqué la situación, tuve que convencer a Phoebe de que no se tirara por un precipicio metafórico.
Estaba tan conmocionada que no me dejó pedir mi propio coche e insistió en enviar uno ella misma.
Probablemente tardaría una o dos horas en llegar a la tienda.
Iba a pasar la semana siguiente en su casa, por precaución.
¿Por qué pondría algo así en la puerta de mi casa? ¿Quería ponerme bajo los reflectores de alguna forma? ¿O era porque no le prestaba atención suficiente? No sería de extrañarse que la respuesta fuera realmente así de infantil.
Una mujer inocente fue asesinada porque yo le fallé ; ahora, había pintado una diana en mi propia espalda con su sangre.
La casa de Phoebe no era menos lúgubre que la mía o incluso que la tienda.
El día se sentía hueco, aburrido, y las horas pasaban con lentitud.
Dicen que el tiempo es un ladrón, pero yo pienso que es un escapista.
Por mucho que intentaras aferrarte, por mucho que buscaras mantenerte atada a él, siempre se te escapaba entre los dedos.
Buscando hacerme olvidar el hecho, mi amiga me obligó a comer naranjas y otros alimentos agradables, pero nada podía hacerme tragar el sabor amargo de mi culpa.
A pesar de lo que pudiera pensar Phoebe, ninguna cantidad de dulces ácidos era capaz de llenar el vacío.
Me seguía de cerca una espesa niebla de la que no conseguía escapar.
Todo lo que veía era la sangre acumulándose bajo mis pies.
Ni frotándome con fuerza podría borrar la vergonzosa mancha que se había aferrado a mi interior.
El sol salió para luego meterse, como cualquier otro día. Volví a mis hábitos más básicos, acurrucándome con un vaso frío de lo que hubiera a la mano. El cálido abrazo del alcohol era lo único que podía calmar mis nervios.
El agudo trino del teléfono fijo de Phoebe retumbó en mi cabeza. Me recargué en el brazo de la silla, masajeándome las sienes, mientras Phoebe se apresuraba a contestar.
—¿Has encontrado…? —Se detuvo al oír una voz al otro lado del teléfono—. ¿Por qué te lo iba a decir? Ella está… No… —Phoebe resopló y se dirigió hacia mí, apretando el teléfono contra su pecho—. Alina, es para ti.
Fruncí el ceño mientras me levantaba de la silla, sosteniendo el vaso cerca de mí al aproximarme. Me llevé el teléfono al oído.
—¿Hola? —murmuré.
—¿ Tan emocionada te sientes al escuchar mi voz? —Se rio Silas a través del auricular chirriante.
—Vete a la mierda. —Solté un hipo, dejando caer los hombros mientras le daba la espalda a Phoebe. Podía sentir su mirada sobre mí, incluso cuando se retiró a la sala para darme algo de privacidad. Conocía lo suficiente a mi mejor amiga como para saber que seguiría escuchando en secreto.
—Tan agradable como siempre —comentó él—. ¿Por qué no estás en tu casa? ¿Te estás escondiendo?
—¿Esconderme? Clavaste un cadáver en mi puerta —susurré lo más bajo que pude, cubriendo el teléfono con una mano.
—Mmm… No, creo que lo recordaría. De hecho, me siento bastante molesto por no haber pensado en eso antes.
Un escalofrío me recorrió las extremidades mientras me aferraba al teléfono con fuerza. Mi mano temblorosa se entumeció; estaba segura de que toda la sangre de mi cuerpo se había acumulado en mis pies. Mi corazón se sentía tan pesado que amenazaba con salirse del pecho.
—¿Me estás diciendo que no fuiste tú?
—No. Aunque, considerando el ritmo al que has estado envenenando a la gente, no me sorprende en absoluto.
—Nadie sabe que soy yo.
—Nadie que tú conozcas. Tus trucos no han funcionado conmigo. Estoy seguro de que también han fallado con otros —dijo, aunque su tono no parecía preocupado. Sonaba como si estuviera insultando mis habilidades. Aunque me dolía oírlo, desafortunadamente era plausible—. No te castigues por ello.
—No lo hago. Estoy pensando —balbuceé, terminando mi bebida.
—¿Qué tal si vienes a visitarme?
—Es medianoche.
—Eso no te ha detenido antes.
—¿Hay alguna trampa?
—¿Por qué? ¿Quieres que la haya? Puedo inventarme una si eso quieres…
—Iré a verte, pero no por placer. Tengo asuntos que discutir contigo.
—¿Asuntos?
—Una propuesta.
—¿Ah, sí? —Pude oír la sonrisa burlona que se formó en su rostro a través del teléfono—. Ahora sin duda estoy intrigado.
—Sin trucos —le advertí, colgando el teléfono con un golpe del auricular antes de girarme hacia Phoebe—. Ahora vuelvo.
—¿Vas a salir?, ¿por qué? —preguntó con pánico en la voz—. Es tarde. Deberías quedarte aquí .
—Tengo algo que hacer. Volveré antes del amanecer.
— Alina. —Me tomó de la muñeca—. ¿Qué quería?
—Solo era un ciudadano preocupado. —Zafé mi muñeca.
Ella me siguió mientras me apuraba hacia la entrada, poniéndome un saco encima.
—Alina —repitió, con el ceño crispándose mientras su gesto se torcía en una mueca de preocupación.
Arqueé las cejas, esperando otra súplica.
Ella apartó la mirada por un instante, solo para evitar mirarme a los ojos.
—Solo… por favor, ten cuidado ahí fuera. ¿De acuerdo?
—¿Cuándo no he tenido cuidado? —Sonreí—. Te preocupas demasiado. Volveré antes de que te des cuenta.
No se sentía natural llegar a su puerta principal y llamar al timbre como una persona civilizada. Sin engaños, sin dagas enfundadas, sin trampas. El simple y modesto anuncio de mi llegada. Aunque parecía que, de cualquier forma, había dejado la puerta abierta para mí.
Las imponentes puertas de madera crujieron al abrirse. Solo quedaban algunos resquicios de luz al interior de la vivienda, unas cuantas lámparas de gas encendidas a lo largo de las paredes, con excepción de la luz más grande, que provenía de su estudio.
Las puertas se cerraron suavemente a mis espaldas antes de que siguiera por la larga alfombra de luz que conducía a la habitación.
A pesar de los terribles recuerdos que tenía del estudio, en otras circunstancias quizá me hubiera gustado quedarme allí.
Su colección de libros superaba la mía con creces, lo cual me provocaba una intensa envidia.
Me llevaría una eternidad leerlos todos; me conformaría felizmente con terminar algunos en un tiempo razonable.
Aunque la Criatura no estaba por ninguna parte, curiosamente no tuve la impresión de no ser bienvenida.
La calma de la escena trajo consigo una breve sensación de pavor agudo en lo más profundo de mi estómago.
El instinto de luchar o huir no era algo que mi cuerpo pudiera desactivar a placer; era dolorosamente consciente de que mi plan, en el mejor de los casos, era una tontería, pero los problemas únicos requerían soluciones únicas.