Capítulo 21
CAPÍTULO
La Envenenadora
- E ste se parece a ti —dijo Viktor señalando al zorro moteado, disecado en una postura feroz al tiempo que mantenía las fauces abiertas. El espécimen tenía un pelaje oscuro, con manchas rojas asomando entre la capa más densa. Manchas de blanco aparentemente aleatorias cubrían partes de su piel.
—Y este se parece a ti. —Señalé un gusano de cuatro ojos conservado en un frasco con etanol. Él frunció el ceño.
—Bueno, a mí el zorro me parecía tierno.
—¿Quién dijo que a mí no me pareciera tierno el bicho? —Le dediqué una sonrisa burlona antes de seguir adelante con la exposición.
Viktor me había preguntado si quería visitar aquella exposición temporal de rarezas que estaba recorriendo Europa.
Me impresionó la habilidad con la que los especímenes estaban articulados, aunque no estaba segura de si la exposición era real; las deformidades y singularidades de animales tanto exóticos como domésticos, expuestas con orgullo para nuestro deleite visual.
Mi favorita era la ternera de dos cabezas. Era muy bonita. La habían colocado de tal modo que parecía que acababa de nacer, con los ojos cerrados, acurrucada. Qué tranquila se le veía. Temía que si hablaba en voz alta, podría despertarla.
Viktor se interesó más por la pared de espinas dorsales, organizadas por colores.
Estaba estudiando para ser ortopedista y actualmente, investigaba todo lo que podía sobre la columna vertebral humana.
Qué encantador era ver cómo se le iluminaban los ojos al observar las vértebras de cerca: espinas cafés, blancas, negras e incluso verdes.
Casi sentí miedo de preguntar de dónde las habían sacado, pero me aseguraron que eran restos de cadáveres utilizados con fines científicos y educativos.
Poco importaba si me creía esa respuesta o no; los huesos estaban allí, independientemente de ello.
Una larga vitrina de cristal llamó mi atención. Había tres estantes con cráneos de diferentes formas, tamaños y rasgos, apilados en una fila ordenada. Los miré todos, uno por uno, hasta que di con una pieza especialmente extraña.
Las mandíbulas estaban abiertas, con un largo colmillo expuesto, mientras que el otro se escondía contra el paladar.
Quizás las vitrinas eran auténticas después de todo.
—¿Qué has encontrado? —Viktor apoyó la barbilla sobre mi hombro para mirarlo desde mi perspectiva.
Mi vista pasó del cráneo a nuestro reflejo en el cristal. Inclinando la cabeza, toqué mi sien con la suya.
—¿Crees que sea real? —le pregunté.
—No lo sé, aunque no apostaría por ello.
—¿Crees que pueda existir algo semejante?
—No tiene mucho sentido preguntárselo.
—Compláceme un momento. ¿Cómo crees que un ser humano irregular pueda vivir sin ser descubierto?
—Como muchas criaturas; a plena vista, quizá. —Esta vez miró mi rostro en lugar de mi reflejo.
—Quizá —musité, alejándome tanto de él como de la vitrina antes de continuar.
Cuanto más me sumergía en mis pensamientos, menos interesante me resultaba la exhibición.
A juzgar por lo que había visto hasta ahora, era posible que tanto un veneno como un antídoto procedieran del mismo organismo.
En el jardín botánico, tuve apenas una probada de ello, de manera bastante literal.
Se me ocurrió una idea, una idea terrible, para la cual necesitaba convencer a dos personas, si quería que funcionara.
—Viktor, ¿conoces a alguien que se dedique a la flebotomía?
—Tal vez. ¿Por qué?
—Puede que necesite algunas herramientas.