The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO

La Criatura

H oy la encontré en el invernadero.

El crujir de la grava bajo mis zapatos delató mi posición detrás de la puerta.

—Silas, el invernadero es de cristal. Puedo verte.

—No me estaba escondiendo.

Me estaba escondiendo; había asumido que ella no prestaba atención. Al doblar la esquina, me recargué casualmente contra el marco de la entrada.

El invernadero era pequeño, pero eso no le impedía colocar todas las plantas que podía en su interior. Era una colección impresionante; sin embargo, sabía que era mejor no acercarme a nada de lo que tuviera allí.

Alina estaba sentada en un rincón de aquella luminosa sala de cristal, con un libro entre sus elegantes dedos.

Ese día vestía de blanco. Era un atuendo menos recatado de lo habitual que dejaba al descubierto su precioso cuello, esa piel pálida que se sonrojaba con el menor cambio de temperatura.

La ligereza del vestido hacía que sus ojos brillaran con un azul imposible, como si me encontrara frente un lago cubierto de hielo, aunque más frío aún.

Deseé haber dedicado al menos un poco de tiempo para aprender pintura; entonces sería capaz de plasmar este momento.

De otra forma, nadie se atrevería a creer en el espectro que tenía frente a mis ojos.

Sería una hermosa aparición; a decir verdad, desde entonces Alina ya embrujaba cada rincón de mi mente.

Sus ágiles dedos pasaron la página. De su boca colgaba un cigarro apagado.

—Sabes, la parte más agradable de fumar es encender el cigarro. —Me acerqué con cautela, aunque esa mañana ella no parecía tener ganas de huir. Me encontraba lo suficientemente cerca como para percibir su aroma con claridad, sin que la adrenalina o la sangre lo opacaran.

Ella huele a cerezas negras y a cianuro.

—Se me acabaron los cerillos —se limitó a decir, pasando otra página.

—¿Es por eso que no tienes prisa por escapar? ¿Contabas con que yo tuviera fuego?

—Sí. —Inclinó el cigarro en su boca hacia mí, sin apartar la mirada del libro.

Metí la mano en el bolsillo, saqué mi encendedor mecánico e hice girar la rueda hasta encender la llama.

Finalmente apartó la atención de su literatura y se inclinó hacia mí, exhalando el humo del cigarro mientras la punta relucía.

Era fácil enamorarse de esos labios engañosos; parecían tan suaves y, sin embargo, ocultaban una lengua más afilada que cualquier otra.

Con cada día de persecución mi deseo de destrozarla se desvanecía, pero estaba seguro de que, al mismo tiempo, su deseo de diseccionarme y sacarme las entrañas era cada vez mayor.

En cuanto se apartó, arrastré otra silla para sentarme a una distancia segura y encendí mi propio cigarro en el aire fresco.

El aire de la mañana me pellizcaba el rostro en contraste con la amargura del humo.

No era de extrañar que le gustara estar aquí afuera.

Los pájaros revoloteaban durante las primeras horas del día, mientras que el rocío recubría el cristal del invernadero, otorgándole un suave lustre al humilde espacio de trabajo.

Hubiera querido hacer algo para molestarla, pero se veía tan encantadora de esta manera: absorta en sí misma, lo bastante tranquila como para no huir, aunque con la inteligencia suficiente para sin duda llevar algunas armas ocultas entre sus prendas.

En contra de mis impulsos más profundos, decidí dejarla estar: admirarla llanamente, aunque fuera por una vez.