The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Phoebe sostuvo el vestido rojo contra mi piel, tratando de ver cómo se me veía antes de decidir si debía dejar que me lo probara.

—¿Qué te parece el rojo? —le pregunté a Viktor.

Él mantuvo la vista fija en mí, sin siquiera molestarse en mirar el vestido.

—Nada se te puede comparar —se limitó a decir.

—Ni siquiera lo miraste.

—No hace falta. —Sonrió.

—Descarado —dije, arqueando una ceja al tiempo que echaba un vistazo a mis espaldas: aquel familiar espectro había desaparecido.

Una sonrisa victoriosa se dibujó en mi rostro en cuanto mire de nuevo hacia Viktor y Phoebe—.

Ambos deberían quedarse aquí esta noche.

Me temo que he desarrollado el mal hábito de sufrir daños cuando me encuentro en estado de ebriedad.

—Es curioso que no asumieras que iba a quedarme, con o sin tu permiso. —Phoebe soltó una risa, recogiendo mi vestido para ponerlo entre mis brazos.

—¿Es momento de marcharme, entonces? —preguntó Viktor.

—No, tú también dormirás aquí. Además, ¿quién más me ayudará a subir por todas esas escaleras? Ten por seguro que no será Phoebe —bromeé.

—Me temo que eso sería inapropiado, pero sé que Phoebe es más fuerte de lo que parece. Estoy seguro de que podrá lograrlo sin problema. —Se rio, levantándose del sofá con un estirón—. Me marcharé, pero te llamaré por teléfono por la mañana para conocer el progreso de la resaca.

No recordaba haber visto que se fuera, pero sí cómo Phoebe cerró la puerta tras él. Enseguida, ambas nos tambaleamos hasta el tercer piso para llegar a mi dormitorio.

Me dejé caer sobre la cama, sumida en mareos.

Phoebe tiró de las sábanas y se acomodó junto a mí.

—¿Y bien? —canturreó Phoebe, girando sobre su estómago hasta mi lado en la cama—. ¿Piensas quedarte con este?

—Quizá —le respondí, poniendo los ojos en blanco—. Aún no lo he decidido.

—¿Qué te hace dudar?

Me encogí de hombros.

—No sería justo. Mi atención está dividida.

Su sonrisa se desvaneció.

—¿Quién?

—Nadie.

—¿De quién se trata, Alina?

—Nadie.

—Espero que no sea alguien cuyo nombre empieza con una S .

—Bien podría serlo. ¿A ti qué te importaría? —Levanté la cabeza y me giré para mirarla de costado.

Sus finas cejas se fruncieron.

—No quiero verte sufrir, eso es todo —dijo mientras me acariciaba la mejilla suavemente, recorriendo con el dedo mis pestañas oscuras antes de pasar a las más claras.

—No tienes nada de qué preocuparte. Puedo lidiar con cualquier hombre que se me cruce en el camino.

Sonrió brevemente antes de abrazarme con fuerza, dejando caer la cabeza sobre mi pecho.

Me detuve un momento, posando mis ojos sobre la pelirroja; debían de ser solo las emociones alebrestadas por el alcohol. Al abrazarla, recargué la barbilla sobre su cabeza.

Mi dulce Phoebe. Te preocupas demasiado por mí.

No podía conciliar el sueño. La erupción ardía con cada roce de las sábanas. Me molestaba que no fuera posible quitarme la piel para lavarla, igual que un vestido sucio.

El único alivio que se me ocurría era volver a prepararme un baño.

El agua se sentía como el Paraíso. Me hundí con la espuma hasta el mentón. Esta lamía mis heridas, me acariciaba. ¿Quién necesitaba el consuelo de otra persona cuando podía sumergirse por sí sola en la tina? El zumbido en mi cabeza era ensordecedor. Debería haber bebido más agua entre tanto licor.

Mi frente descansaba sobre el costado de la tina .

Me aferré al borde y dejé caer la cabeza entre los brazos, ocultando el rostro, buscando concentrarme en el momento.

Me ovillé de costado, contra el margen de la tina.

Aunque era apenas un pequeño resplandor, la luz restante de la vela me hacía escocer los ojos.

Seguramente me quedé dormida. Flotaba entre el sueño y la vigilia, y de vez en cuando, las náuseas amenazaban con hacerme vomitar.

Una mano apartó el cabello de mi rostro. Hice otro ruido de arcada antes de soltar un quejido; Phoebe debió de haberme escuchado.

—Estoy bien… Vuelve a dormir. Estoy bien, solo… —Pegué aún más las rodillas al pecho, tratando de respirar profundamente con los ojos cerrados.

Respira hondo. No te vas a marear. Estás bien , me repetí a mí misma.

Unos dedos tranquilizadores me acariciaron el cabello, recorriendo mi cuero cabelludo con suavidad. Tras recogerme el pelo, lo dejaron caer sobre el borde, fuera del agua, en caso de que sí terminara por vomitar.

—Por favor, vete. No quiero que también te pongas mal si lo que bebí esta velada hace su reaparición.

No más vodka para nosotras —me quejé, con la frente aún recargada contra la fría superficie de la tina—.

Hmm… Eso es, se siente bien —susurré. Relajada por el tacto, me incliné hacia la palma que acariciaba mi cuero cabelludo.

Me encantaba que jugasen con mi cabello.

Entonces el cosquilleo en mi cuero cabelludo cesó; mi cabello volvió a su lugar.

El sonido de los pasos alejándose fue seguido por un aroma abrumador de humo y metal, el cual azotó mis sentidos al igual que un latigazo en los cuartos traseros de un caballo.

Abrí los ojos de golpe. No había nadie cerca, pero el olor persistía.

Me giré con lentitud. El agua de la palangana se había puesto de un color carmesí, espeso, opaco.

Levanté la vista con vacilación. Una muchacha yacía desplomada en el extremo opuesto de la tina.

Su cabello pegajoso se aferraba a su rostro inclinado, adhiriéndose al costado de la tina mientras ella colgaba pesadamente sobre el borde, con los brazos extendidos hasta hundirse en el agua.

Entre sus brazos, un trozo de papel mojado permanecía pegado a la porcelana, justo debajo de su cuello sangrante.

La tinta se había borroneado por la humedad, extendiéndose como venas por las fibras del papel.

Tragué saliva con dificultad, incapaz de concentrarme en nada que no fueran las palabras difuminadas que parecían sangrar en la pulpa del papel antes de convertirse en manchas ilegibles.

Un inquietante chirrido resonó en la casa, llamándome desde la oscuridad. Sin embargo, el llamado era retórico, pues no esperaba mi respuesta.