Capítulo 19
CAPÍTULO
La Envenenadora
T ac.
Balanceé el hacha hacia abajo, clavándola en el tocón.
A diferencia de Phoebe, yo no sentía la necesidad de contar con un equipo completo para mantener la casa.
Siendo la única inquilina, contratar empleados me resultaba todavía más vergonzoso.
Gracias a mi soledad, me había acostumbrado a hacerlo todo yo misma.
Mi padre solía dejarme partir un tronco o dos mientras me enseñaba cómo mantener nuestra casa de campo.
Ahora, solo tenía que cortar algunos trozos más pequeños para la estufa de leña, pues los que había comprado eran más adecuados para la gran chimenea.
Otra ventaja de no tener personal era que nadie te cuestionaba cuando añadías tareas más peculiares a la lista.
¡Tac!
Dejé caer el hacha sobre el brazo, justo donde este se unía con el codo. Lo partí en dos.
Nunca antes me había dejado un cadáver completo. Enterrarlo en una sola pieza sería complicado. Los miembros encontrarían un hogar fertilizando mis hortensias. Sin embargo, antes de ponerlos a descansar bajo tierra, permití que los cuervos se llevaran lo que quisieran del montón.
La brisa otoñal se sentía fresca contra el sudor acumulado en mi nuca y mi frente.
Sentí un pinchazo agudo en el abdomen; utilicé el hacha apoyada para recargarme sobre la empuñadura.
Este mes, la maldición de Eva me había visitado un poco antes de lo habitual, sin duda por el estrés de tener a un psicópata pisándome los talones.
No era de extrañar que me sintiera tan aturdida.
El dolor empeoraba cuando no me mantenía en un estado constante de tibio malestar, el cual resultaba casi peor que los breves asaltos de dolor en el útero.
Tras dejar los trozos de madera en la caja de leña del vestíbulo, me eché el hacha al hombro y entré caminando con dificultad.
Mojadas por la hierba, mis botas dejaron marcas en el suelo, pero me sentía demasiado aturdida como para preocuparme por ello.
La blusa blanca que llevaba había sido un error; para ese punto, estaba cubierta por completo de salpicaduras de lodo.
Menos mal que mi falda era negra. No necesitaba dos prendas manchadas.
El trabajo del día había terminado; la lavandería era un problema del que me encargaría más adelante.
Mis músculos exigían un baño caliente; sin la carga de ninguna labor adicional que me sacara de ese estado de relajación.
Cada paso que daba por las escaleras me hacía sentir como si llevara encima una carga ponderosa. Juraría que oí crujir mis articulaciones durante el ascenso. Al final del pasillo del segundo piso, una sombra en el extremo opuesto insinuaba que alguien esperaba a la vuelta de la esquina.
¿Hoy, precisamente?
Hacía falta mucho descaro para presentarse luego de lo ocurrido en su casa, de su rabieta en el cementerio, de dejarme un cadáver para que me deshiciera yo sola de él. No iba a permitir que interrumpiera mi escaso tiempo de paz.
Con cuidado, dejé que el hacha se deslizara por mi hombro.
¡Tac!
La hoja golpeó la madera de la pared junto a su cabeza cuando giré la esquina.
Tenía los ojos abiertos de par en par. Quizás había logrado atrapar desprevenida a la escurridiza Criatura. Miró el hacha y enseguida miró de nuevo mi rostro. Era una sorpresa genuina .
—Cásate conmigo —susurró.
—¡ Fuera de aquí! —grité, arrancando el hacha de la pared mientras las astillas caían desperdigadas por el suelo.
—No si coqueteas conmigo de esta forma. —Retrocedió unos pasos antes de detenerse, una burlona incitación.
Blandí el hacha de nuevo. Sin embargo, esta era demasiado pesada para alcanzarlo estando alerta. Fallé.
Otro golpe. Se agachó antes de que pudiera alcanzar esa cara petulante.
—Ah, ahora sí que me estás provocando. —Tomó el mango del hacha entre nosotros y me dio un cabezazo en el rostro.
El dolor me atravesó la cabeza y solté el hacha, tropezando hacia atrás antes de golpearme la cabeza contra el suelo.
Cuando levanté la vista, él estaba alzando el hacha por arriba de su cabeza, justo encima de mí.
Me encogí y me cubrí la cara.
¡Pum!
No hubo dolor después del sonido.
Dejé caer los brazos con lentitud, el hacha clavada en el suelo a mi izquierda.
Él me miraba fijamente, esperando a que me diera cuenta de que no me había asesinado.
—Sé apreciar una buena pelea, ¿sabes? Creía que no eras más que una mujer traicionera.
Es bueno saber que también puedes atacar.
—Pasó a mi lado, agachándose junto a mi cabeza.
Cuando se arrodilló, me puso la mano en la frente y limpió la sangre de la herida que me había causado con el golpe de su cabeza.
—Eso fue infantil. —Le di una mirada rabiosa.
Se chupó la sangre del dedo.
—Valió toda la pena el dolor de cabeza. —Gimió—. Silas, uno. Alina, cero. —Trazó la forma de un cero con sus dedos.
El día siguiente no fue distinto.
Recorrí el pasillo a toda prisa, resbalando con el borde de la alfombra antes de recuperar el ritmo.
Silas no estaba lejos; sus botas golpeaban contra la madera crujiente.
Al pasar junto a un escritorio, tomé una pluma de punta metálica, el único objeto que podía usar como arma con un tiempo tan limitado; era mejor que tener que usar los puños.
Los tacones de mis zapatos dieron golpes duros contra el suelo. Era demasiado tarde para guardar silencio; habíamos pasado la parte sigilosa de nuestra persecución hacía horas. Nunca había logrado eludirlo durante tanto tiempo. Salté por encima de varios escalones hasta bajar al segundo piso.
De pronto, sentí un fuerte tirón en el pelo, jalando hacia arriba mi cuero cabelludo.
Oh, no…
Silas enrolló mi trenza alrededor de su palma y tiró con fuerza.
Grité en cuanto mi espalda dio con su pecho.
—Silas, dos. Alina, ce…
—¡Uno! —Grité y clavé la punta de la pluma en su muslo, aliviando la presión de mi cuero cabelludo.
No supe distinguir si el ruido animal que siguió era fruto del dolor o de la excitación. Prefería no preguntármelo demasiado.
Salté más escalones y di un brinco por encima del barandal, corriendo hacia la puerta trasera que daba al jardín. Estaba a mitad de camino entre el césped y el invernadero, cuando una fuerza me derribó al suelo.
Rodamos unos metros por el impacto, enredados el uno con el otro. Arañazos, mordidas, tirones.
La única pausa que tuvimos fue cuando le clavé una pequeña pala oxidada en el cuello.
Entonces lo único que pudo hacer fue mantenerme en mi sitio colocándose a horcajadas sobre mí.
Al fin, un punto muerto.
Nuestros alientos podían verse en el aire de la tarde, mezclándose en una misma nube de vapor antes de desaparecer.
Estaba enojado, pero al menos también exhausto.
Eso me hizo sentir agradecida; estaba sufriendo el mismo agotamiento por este baile entre los dos.
—¿Cuándo… admitirás… que no voy a ceder? —susurré, con los dedos enrojecidos aferrados al mango de la pala, presionándola contra su piel.
—Lo harás. —Exhaló con cansancio. Mientras recuperaba el aliento, se inclinó hacia atrás con las manos en las caderas, mirándome como si estuviera decidiendo qué haríamos a continuación. La luz tenue hacía que esos crueles ojos grises parecieran más brillantes aún, más calculadores.
Todos los días de esa semana me encontraría con esos ojos, esperando que la última vez que los viera fuera sobre una bandeja de plata.
Empujó mi pecho contra la pared del pasillo fuera de mi habitación, separándome las piernas con la bota.
—¿Qué tenemos aquí? —Apretó sus caderas contra mí, tomándome de la nuca con firmeza.
Ese día me había atrapado mientras me cambiaba.
Solo llevaba encima una fina falda blanca y un corpiño sin mangas. Me encontraba más expuesta de lo que hubiera querido, sin ningún sitio en donde esconder algo punzante.
Tras levantarme la falda por detrás, Silas se quedó mirando mi piel desnuda. Me tomó del trasero y apretó.
Me estremecí con su tacto. Un hilito caliente se deslizó por mi pierna.
—Me siento como si acabara de hallar oro al final del arcoíris —dijo con dulzura—. Ahora todo tiene sentido. ¿Por qué no me dijiste que estabas teniendo la regla? —Sus palabras eran infantiles, burlonas.
Deja de ser tan infantil.
La dejó escurrir por mi pierna, mezclándose con la alfombra persa roja al tocar el suelo.
—¡Ah, pero qué desconsiderado de mi parte perseguirte en este estado! —Su voz resonó en mi oído—. Pero primero, si quieres algún tipo de alivio, suelta eso que tienes en la boca —exigió, extendiendo su mano enguantada frente a mi boca.
Por encima del hombro, le arrojé una mirada larga, hirviente de furia, antes de escupir lentamente un pequeño frasco de cristal sobre su palma.
—Sabía que tenías algo ahí. No es propio de ti rechazar una buena discusión —se burló antes de guardar el frasco en el bolsillo y quitarse el guante con los dientes.
—¿Qué estás haciendo? —exigí. Me empujé con las palmas sobre la pared, pero su agarre en mi nuca me mantenía pegada al tapiz.
—Siendo un caballero, por supuesto —me susurró al oído mientras recogía la tela de mi falda, dejándome al descubierto por delante. El calor de sus dedos bailó a lo largo de mi hueso pélvico antes de ahuecarse entre mis muslos.
— ¡No! ¡Detente! —protesté.
Su dedo índice empujó suavemente la entrada de mi vagina.
Se me cortó la respiración mientras me empujaba contra su pecho. Este animal me estaba tocando en el peor momento posible. ¿Cómo podía pensar que esto me haría sentir mejor?
Su dedo se deslizó al interior con facilidad, lubricado por la sangre fresca.
—Silas, por favor , sácalo —le supliqué, con el cuerpo rígido por la incomodidad tanto por dentro como por fuera.
Añadió un segundo dedo y los movió por dentro con ternura, estirándolos contra mis partes hinchadas. Mi cuerpo soltó un tremor brusco, mi cabeza se echó hacia atrás.
—Así está mejor. Déjame entrar —susurró contra mi hombro, rozándolo con besos suaves mientras sus dedos se frotaban dentro de mí.
Nunca lo admitiría, pero se sentía bien. Muy bien.