Capítulo 18
CAPÍTULO
La Envenenadora
D ormí un poco de más. No, Phoebe, calma, por favor. Solo bebí demasiado. No me encontraba bien. ¡Te prometo que todo está en orden! —le supliqué, aferrándome al teléfono mientras recargaba mi cuerpo contra la pared.
—¡No me mientas! ¡Te llamé una y otra vez hasta que me di cuenta de que ni siquiera estabas en casa! —gritó ella—. ¡Iba a presentar una denuncia ante la policía si seguía sin saber de ti!
—Phoebe, no sucedió nada. Te prometo que me encuentro bien. Estaba visitando a alguien y tomó mucho más tiempo del que esperaba. Y después ayer fui a visitar a mi padre. Simplemente perdí la noción del tiempo.
Tomó un suspiro tembloroso; no se tranquilizó cuando le mencioné que había tenido compañía. La tensión era palpable incluso a través del teléfono.
—Puedes venir un rato si quieres, ¿te parece? Necesito un consejo sobre algo —ofrecí.
—¿Un consejo?, ¿sobre qué? —Su interés se despertó.
—Yo… eh. —Pausé un instante—. Me quedé sin prendas para usar.
—Estaré ahí en treinta minutos. —No perdió el tiempo y colgó el teléfono con un clic. No era difícil convencer a Phoebe para que me visitara, especialmente si había prendas de por medio.
Apoyé la cabeza sobre la pared junto al teléfono, dejando salir un largo suspiro de exasperación. Hoy iba a ser un día largo. Podía sentirlo.
Pasé casi toda la mañana frotándome la piel.
No solo porque me sintiera asquerosa, sino porque el whisky envenenado de aquella noche me había provocado una erupción rosada que hizo su aparición al día siguiente.
Me puse el vestido más ligero y menos áspero que encontré: un vestido de seda para tomar el té que Phoebe había olvidado alguna vez.
Su textura suave calmó mi piel irritada.
Se sentía como tener una quemadura por fricción en la parte delantera del cuerpo.
Mi plan no so lo había fracasado, sino que me estalló en la cara más deprisa que la pólvora mal empaquetada.
Él no tuvo que hacer gran cosa; la humillación se debió exclusivamente a mi falta de previsión.
Me halló demasiado rápido. Debió de haber visto cómo entré en su casa y, sin duda, cómo envenené su decantador también.
Pero qué amateur.
Se le veía furioso cuando me ordenó que me marchara. Sonreí al pensar que por lo menos, todavía era capaz de provocarle algún tipo de molestia. Aunque me hubiera atrapado, de todos modos había salido victoriosa: seguía con vida .
Mi sonrisa se desvaneció al comprender que, indudablemente, vendría pronto por mí.
Antes, en el cementerio, parecía bastante decidido.
Mi única pregunta era por qué no me había asesinado en ese momento.
Era probable que la próxima vez no quisiera andarse con tantos rodeos.
Menos mal que Phoebe vendría. Debería sugerirle que se quedara a pasar la noche.
El timbre de la puerta me sobresaltó.
Eso había sido rápido. ¡Juraría que acababa de colgar el teléfono!
Abrí la puerta y descubrí una figura alta con varios montones de libros y un bolso de piel.
Mi querido Viktor, pero qué mal momento has elegido .
—Pensé que era mejor entregarlos en persona, dado que son préstamos, pero después no supe elegir cuáles, así que los traje todos.
No están encuadernados. —Viktor miró con timidez por encima del borde de sus finos anteojos—.
Lo siento, debería haberte llamado antes, pero por desgracia no tomé tu tarjeta.
—¡No! No, está perfectamente bien. Pasa, por favor —dije rápidamente, mirando por encima de su hombro en caso de que hubiera más visitantes inesperados. Por suerte, no encontré ninguno.
—Es más grande por dentro —comentó, balanceando los libros en sus brazos al tiempo que miraba la ventana circular sobre la escalera.
—No es mía —dije, cerrando la puerta tras él—. Solo estoy usando la casa desocupada de una amiga.
—¿Tienes amigas con casas desocupadas?, ¿como si fueran ruedas de carruaje tiradas por ahí? —bromeó.
—Lo sé, suena bastante frívolo puesto de esa forma. —Me rasqué la piel irritada de las palmas—. Déjame ayudarte con eso. Ven. —Tomé algunos de los libros entre mis brazos, haciéndole señas para que me siguiera hacia la sala.
Las paredes de la sala estaban cubiertas con estanterías de libros y en una esquina, había una escalera con ruedas para alcanzar las repisas más altas.
—Sobre la mesa de té, si no te molesta —le indiqué, sentándome con los libros mientras inspeccionaba los títulos en sus lomos, así como los números de volumen.
—Supongo que los libros no pertenecen a tu amiga.
—No, son de mi colección personal. La mayoría los heredé de mi padre —dije sin apartar la vista de las páginas, mientras él se sentaba a mi lado en el sofá de dos plazas.
Tras meter la mano en su bolso, sacó tres artículos sin encuadernar que sumaban unos cuantos centímetros de grosor.
Mis ojos relucieron cuando me los entregó.
Leí los títulos con cuidado. Todos eran artículos de revistas botánicas actuales, en los cuales se detallaban nuevas especies de flora, guías y otros temas relacionados con la química de las toxinas naturales.
El único obsequio que se le podía comparar hubiera sido tres docenas de naranjas.
—¿Estos están bien? —preguntó, alargando el cuello para averiguar cuál estaba hojeando.
—Son más que perfectos —dije irradiando de emoción. Rodeé su cuello con los brazos, dándole un fuerte apretón—. Gracias, Viktor.
Sus manos parecieron titubear; se acercaron a mi cintura, flotando justo encima antes de rodearme y corresponder el gesto.
La cerradura de la puerta principal hizo clic y la puerta se abrió de golpe.
—Tengo algunas opciones, pero no encontré muchos colores que no fueran a causarte náuseas solo de verlos… —La pelirroja entró con la llave de repuesto y mirándonos desde el vestíbulo, se asomó a la sala—. Oh, ¿interrumpo algo? —Movió las cejas, mirándome de forma sugerente.
—No, no, Phoebe. —Sonrojada, solté a Viktor y me alisé la falda antes de levantarme del asiento—. ¡Este es Viktor! El Viktor que conocí en el jardín botánico…
—¡Sí, claro! No creí que hubiera ningún otro Viktor. —Phoebe se rio y le tendió la mano—. Phoebe Aston, encantada de conocerte.
En cuanto se puso de pie para saludarla, su altura hizo que Phoebe pareciera más baja todavía. Tomó su mano y la estrechó.
—El placer es todo mío. Si alguna vez busca un sitio donde celebrar eventos, tengo algunos contactos entre los conservadores de museos, en caso de que le interese.
—¡Por supuesto que sí! Tome mi tarjeta. —Rebuscó en su bolso de mano antes de entregarle una tarjeta de color rosa pálido con su nombre y su número.
Él asintió, tomando la tarjeta antes de guardarla en su saco con una palmadita sobre el bolsillo.
—Le llamaré para hacerle saber si encuentro algo.
Phoebe se asomó por encima de él para mirarme, alzando una ceja.
—Las prendas te deben estar escaseando desesperadamente, si te has puesto blanco por una vez.
—Puedo dejarlas solas; parece un asunto importante. —Viktor se frotó la nuca.
—¡No! ¡Quédate! —Sonreí—. ¡Cuantos más, mejor!
He tenido unos días sumamente largos. Es agradable tener compañía —dije, negándome a admitir que mi disposición se debía al miedo que sentía.
Necesitaba testigos. Mi Criatura solo me molestaba cuando me encontraba sola; rara vez aparecía si había otras personas presentes.
Podría estar en la casa en esos momentos, esperando a que se marcharan.
—Se me quemó el café. Espero que lo tomes negro —farfullé, tambaleándome hacia Viktor mientras ponía la taza sobre la mesa.
Había ropa esparcida por las sillas, los respaldos del sofá y en una pila desordenada sobre el suelo, como resultado de la decisión de beber juntos los tres mientras juzgábamos la selección de Phoebe.
—¡Lo has preparado exactamente como me gusta! ¡De hecho, lo prefiero más quemado aún! —El acento de Viktor se acentuaba cuando estaba borracho. Llevó el borde de la taza a su boca, sorbiendo el café sin dificultad. Chasqueó los labios burlonamente—. ¡Delicioso! No te preocupes, así le da más sabor.
Esa noche, Viktor nos había convencido de beber vodka en lugar de licor oscuro. Él se encontraba perfectamente bien: sin embargo, tanto Phoebe como yo teníamos las mejillas sonrosadas y reíamos como colegialas, rebuscando al azar entre las prendas.
Me reí de él al tiempo que me acercaba a Phoebe, quien extendía otro vestido frente a mí.
—¿Qué tal este?
—Viktor, el azul, ¿es un sí o no? —le pregunté, girando hacia él mientras sostenía el vestido contra mi propio cuerpo.
—Cualquier color te quedará bien. —Suspiró antes de recostarse en el sofá, aunque sus piernas eran demasiado largas y se balanceaban sobre el brazo.
—Eso no es verdad —lo regañó Phoebe—. Nadie se ve bien con naranja.
Puse los ojos en blanco y le devolví el vestido.
Cuando me di vuelta, el vestíbulo se había sumido en una oscuridad que parecía infinita, amenazando con extenderse eternamente si no dejaba que mis ojos se acostumbraran a la penumbra.
Fue entonces cuando lo vi: esa silueta inconfundible junto a la ventana de la cocina, al otro lado del pasillo. Tenía razón al pensar que no se acercaba a mí cuando había gente cerca. Sin embargo, ahora que sabía que se encontraba en la casa, no podía permitirme que nadie se fuera.
Seguía enojada con mi Criatura.
—Déjame ver ese —dije, señalando con desgana un vestido rojo.
—¿Rojo?, ¿estás segura? —masculló Phoebe.
—¿Por qué no? Me siento más audaz que de costumbre —bromeé—. ¿Viktor?
Al oír su nombre, se apuró a sentarse con firmeza, como un cachorro.
Viktor observaba todo con curiosidad, portando la misma mirada de asombro con la que había estudiado las plantas del jardín, profesándome el mismo respeto.
Era una sensación nueva saber que dos hombres me miraban de ese modo, aunque tenía por seguro que, más tarde, uno de ellos en particular me lo reprocharía.