Capítulo 17 #2
Me apresuré a campo traviesa entre las tumbas. Corriendo a toda prisa, fui derribando lápidas pequeñas y humildes, sin prestar atención a las almas perturbadas bajo mis botas.
Lo perdí de vista. Al acercarme a una tumba de gran tamaño, dos manos entrelazadas talladas sobre el marco de la puerta rezaban: «Nos volveremos a encontrar». Mis manos tocaron las puertas solo por un instante.
Mi cuerpo fue empujado hacia el frente, a través de las puertas. Unos brazos fuertes forcejearon conmigo en el suelo. Tomé ambos extremos de la planta espinosa y empujé la hierba afilada contra su garganta, manteniéndolo lo bastante lejos como para que no pudiera morderme.
Me siseó, mostrando los colmillos con tanta rabia y violencia que comprendí que sus amenazas de matarme podían ser sinceras y sobre todo, que no le costaría mucho trabajo cumplirlas.
Era un depredador en todos los sentidos.
No había razones para esperar nada humano de su parte; sería una idiota si lo hiciera.
Empujé con todas mis fuerzas el arbusto espinoso contra él. La sangre negra comenzó a brotar de su piel mientras él empujaba con más fuerza en mi dirección. Levanté las rodillas y lo empujé hacia atrás con una patada para ponerme de pie nuevamente, pero su persistencia no tenía límites.
El tallo espinoso le arañó la cara, cortándole la piel, pero eso no pareció persuadirlo en lo más mínimo.
Sus ojos se inundaron de negro, entornándose mientras se abalanzaba de nuevo sobre mí. Me tomó del cuello antes de empujarme hacia atrás.
Mis corvas golpearon el borde del sarcófago de piedra. Él me estrelló contra la roca y al caer, mi cabeza se golpeó. La fuerza del golpe me dejó sin aliento.
Enterré las uñas en su muñeca, jadeando en busca de aire. El corazón me daba golpes contra las costillas, amenazando con salirse del pecho si no conseguía escapar. Él apretó con más fuerza, dejándome inmóvil contra la losa.
Intenté levantar la rodilla de nuevo, pero él me separó las piernas con una patada y se colocó entre ellas con firmeza.
—¡Suéltame! —intenté gritar, pero su agarre me lo impedía.
Entonces me levantó el vestido con la mano libre, echando una de mis piernas por encima de su hombro.
— ¡No! —grité. Mis ojos se abrieron por completo. Luché contra él, aferrándome a todo lo que podía. Se me inundaron los ojos de lágrimas. Era la primera vez que sentía tanto miedo hacia él. No podía hacer nada. Él estaba a punto de acabar conmigo y yo sería demasiado débil para detenerlo.
Deslizó la mano por mi cuello hasta la mandíbula, obligándome a estirarlo, dejándome a su merced. A esa distancia, podía ver cómo sus colmillos temblaban frente a mi cuello palpitante. Se sacudía como un animal rabioso, listo para destrozar lo que pudiera atrapar entre sus fauces.
—¡Silas! —Mi súplica brotó mezclando un grito con un sollozo, indecisa de si quería morir luchando o paralizada por el miedo.
Detuvo su cuerpo tembloroso justo encima del mío, con los ojos clavados en mi cuello. Su cabello anegado dejaba caer gotas sobre mi rostro, las cuales se mezclaban con mis lágrimas frescas.
Fue como si, al oírme gritar su nombre, algo se rompiera en su interior, aunque él mismo no supiera cómo interpretarlo. Su rostro tenía una expresión angustiosa. Se sentía furioso, frustrado o en conflicto; fuera lo que fuera, no iba a seguirme tolerando un instante más.
—Repítelo.
—S-Silas… —Tragué saliva con dificultad, resintiendo un bulto en la garganta.
—Así no —dijo con voz temblorosa.
—Por favor, no… —Me revolví. Las lágrimas calientes manchaban mi rostro, se acumulaban en el espacio de mis orejas. Sin embargo, me esforcé por mantener una expresión severa.
Se acercó, casi rozando su nariz con la mía. Era como si estudiara un enigma. Parecía incapaz de reconocerme en aquel estado.
—Dilo una vez más —dijo en voz baja.
—Te odio. —Mi voz se quebró. La garganta comenzaba a dolerme por la ansiedad y la presión de sus dedos.
—Otra vez —exigió, enterrando el rostro en el hueco de mi cuello y apretando aún más las caderas entre mis piernas mientras dejaba que sus largos dientes afilados rozaran mi piel.
— Silas —logré articular—, no estoy lista, por favor.
Este es el final, ¿no es cierto?
Irritado, dejó que su cabeza diera un golpe contra la piedra junto a la mía.
—No puedo hacerlo —susurró, permitiendo que mi pierna se deslizara hasta caer de su hombro.
Se echó hacia atrás, estudiando el lamentable estado en el que me encontraba.
Tan pronto soltó mi cuello, la sangre corrió deprisa hasta mi cabeza.
Solté un quejido, aliviada de respirar al fin el aire húmedo a mi alrededor.
Cerré los ojos y tosí. Con avidez, intenté aspirar todo el aire fresco que pude, hasta que la ráfaga me irritó la garganta.
Me mantuve a la espera de lo que vendría después, pero nada ocurrió.
La presencia sobre mi cuerpo desapareció y de inmediato, el aire se tornó más ligero con su ausencia.
Cuando abrí los ojos, me encontré con una tumba vacía. Las puertas metálicas daban golpes perezosos entre sí. Arriba, la sombría rabieta del tiempo seguía su curso, ajena al alboroto que se producía debajo. No había rastro alguno de aquel demonio de cabello rubio.