Capítulo 17
CAPÍTULO
La Envenenadora
N o me consideraba supersticiosa.
Sobre la tumba de mi padre crecían pequeñas flores.
Dicen que si eres una buena persona, las flores crecen sobre tu tumba. Si eres una mala persona, tan solo crecen malas hierbas.
Seguía convencida de que era un cuento que las personas se contaban a sí mismas para sentirse mejor.
El cuerpo me dolía como nunca. Estaba destrozada.
Por todas partes tenía moretones y rasguños —viejos y nuevos—, fruto de los numerosos encuentros con esa bestia de hombre.
Además del dolor físico, los músculos me ardían por haber dormido tanto tiempo encorvada sobre un escritorio, sin moverme ni un centímetro durante horas.
Todavía me parecía increíble que hubiera escapado con vida en tantas ocasiones, solo por resultar extraña o demasiado molesta.
Me arrodillé ante la tumba de mi padre. Su lápida me pareció tan intimidante e imponente como él.
Era una piedra alta y oscura, tallada en algo semejante al granito.
Su máscara mortuoria estaba colocada justo en el centro.
Aunque se encontraba «en reposo», su gesto era a la vez severo y concentrado.
Cuando su entierro tuvo lugar, me percaté de lo permanentes que eran en realidad las arrugas de su rostro.
Era una pena que no lo hubieran enterrado junto a mi madre, pero nunca estuvieron de acuerdo respecto al lugar de su último descanso.
J ACEK A LEKSANDER L IS
AbrIL DE 1845-ENERO DE 1889
M ÁS VALE UN PÁJARO EN MANO
QUE UN CIENTO VOLANDO.
Era su frase favorita. Me la repetía tan a menudo que, al leerla, alcancé a oír su voz con toda claridad.
A menudo la pronunciaba con respecto a mis ambiciones; constantemente, mi padre me advertía que no acometiera más de lo que era capaz, criticando mis ideas por ser demasiado grandilocuentes, vagas e inalcanzables.
—Estoy segura de que te alegras de verme, ¿no es así, padre?
—Hice una mueca, como esperando que me pudiera responder.
Sabía que si mi padre me viera ahora mismo, se sentiría decepcionado.
Había transcurrido más de un año desde que lo vi en su funeral, antes de huir para ocultarme en el campo—.
Ya verás que mi retraso habrá valido la pena.
Han pasado muchas cosas desde que llegué aquí.
Pasamos —pasé, mejor dicho— la siguiente hora hablando al aire libre. Él era la única persona a la que podía contárselo todo, pues los muertos rara vez juzgan. Fue terapéutico, aunque también un poco patético. Los difuntos eran los únicos que podían entender mis problemas.
—Phoebe y yo seguimos siendo amigas. Ahora vivo en la vieja casa adosada.
He hecho algunos amigos nuevos, quizá también un par de enemigos.
Solías decirme que ambos iban de la mano.
Es un equilibrio natural. Aunque, a decir verdad, no sé qué he hecho para merecerlo.
—Me reí mientras me mordía las yemas enrojecidas de los dedos—.
Y antes de que me lo preguntes, no, todavía no tengo marido.
Respiré hondo, con la garganta encogida por el dolor que me afanaba en contener.
—He descubierto algo nuevo —empecé a decir.
Tras arrancar una flor de la tumba, retorcí el tallo entre mis dedos—.
Creo que puedo estudiarlo. Sacar algo bueno de ello.
Se trata de una nueva criatura. Es… fascinante.
Algo que nunca había visto. —Tragué saliva, con los ojos llorosos—.
Ojalá estuvieras aquí para echarme una mano.
No sé si podré hacerlo sola. Cuando te fuiste, fue como si mi Biblioteca de Alejandría se hubiera incendiado por completo.
Lo que ignoro, lo ignoro por completo. Parece que cuanto más aprendo, menos sé.
Lo detesto —murmuré, echando la cabeza hacia atrás para rogarle a mis lágrimas que se absorbieran de nuevo en las cuencas de mis ojos.
Las nubes cubrían el cielo encapotado, cerniéndose sobre nosotros.
Gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer desde esa gris inmensidad.
Fueron pocas al principio; luego, antes de darme cuenta, el agua me estaba empapando por completo.
Era una lluvia inusual, con gotas más pesadas de lo habitual.
Otro mito diría que eso significaba que la muerte estaba cerca.
Supuse que la muerte siempre estaba cerca.
Después de todo, era mi compañera más íntima; el gato callejero que ronroneaba contra mi puerta, sabiendo que era una fuente confiable de alimento.
Cuando finalmente me puse de pie, las rodillas me dolían por haber pasado tanto tiempo sentada.
—Hagamos esto en otra ocasión. En un día más alegre. —Arrojé la flor sobre el lecho de hojas.
La lluvia me recordó lo mucho que el clima había enfriado en esos meses. El otoño estaba terminando con rapidez. Incluso con mi atuendo negro, no podía evitar que el frío penetrara en mis huesos, en mi mente, en mi estado perpetuo.
Caminando por el sendero repleto de neblina, pude ver algunas urracas que se posaban a mi alrededor, así como un par de gatos que corrían entre las tumbas en busca de refugio.
La niebla se removía a su paso, enroscándose antes de desaparecer en el aire.
Si ni siquiera los cuervos tenían algo que decir, una tormenta debía de estarse avecinando.
A pesar de la lluvia, el cementerio poseía una inquietante be lleza: siglos de secretos ocultos bajo el suelo cubierto de hiedra, encerrados en sus criptas para siempre.
Como una especie de arboreto, este cementerio gozaba de la protección de los árboles que lo rodeaban.
Cuando seguía con vida, mi padre solía venir en busca de insumos, pues no había muchos lugares cercanos a la ciudad donde fuera posible hacerlo.
Las estatuas se alzaban imponentes, mirándome con lástima mientras caminaba entre ellas.
A pesar de sus elegantes formas, los ojos de los ángeles siempre me parecían un poco severos.
Me juzgaban, mirándome con desprecio. Por eso, mis estatuas favoritas del cementerio eran las de perros, caballos, o bien, la de una mujer dormida que descansaba sobre una tumba.
Al transitar por un sendero oscuro, unos graves chasquidos armoniosos penetraron la espesa niebla. El aire enrarecido permitía que el sonido viajara como la luz que resplandece en el cielo.
Ahora no.
Avancé por el sendero, cruzando un puente cubierto. Me escondí bajo la hiedra que colgaba frente a las catacumbas olvidadas. Un trueno retumbó en el cielo, haciendo vibrar las paredes. Al exterior, los árboles comenzaron a agitarse, chocando entre sí con un coro de crujidos, golpes y silbidos.
Si aquel chasquido se repitiera, no habría podido escucharlo entre los sonidos de la tormenta que comenzaba a formarse; sin embargo, no me quedé para averiguarlo.
Bajo el puente se abría un camino de catacumbas, con un cedro que crecía desde lo alto de una estructura en el centro.
El camino circular a desnivel rodeaba el árbol, bordeado por una multitud de puertas que daban a tumbas privadas y escaleras que conducían al nivel superior, dividiendo la estructura circular en cuatro partes.
A lo largo del camino, crecían altas ramas de acanto espinoso, descuidadas por el jardinero; una larga planta con pequeños frutos semejantes a aceitunas, colocados ordenadamente a lo largo de su tallo. Los bordes de las hojas se curvaban formando puntas afiladas.
Arranqué una del suelo, pinchándome las manos en el proceso. No llevaba nada afilado con lo que defenderme; esto me serviría de ser necesario.
Se escucharon pasos debajo del puente, así que subí corriendo las escaleras para llegar a un lugar más elevado, ignorando tanto el aire frío que azotaba mi piel como el roce de mi húmedo vestido de luto.
Me asomé desde arriba, encorvada, viendo cómo la Criatura rubia entraba en mi campo de visión. Cuando pasó debajo de mí, distinguí otra serie de ruidos guturales. Frustrado, dio una patada a la pared, murmurando al tiempo que se pasaba la mano por el pelo mojado.
Mientras me recargaba en el borde del terreno elevado, un poco de tierra se desprendió del borde hasta caer sobre su hombro.
Levantó la cabeza de golpe y ambos nos quedamos paralizados por un instante. Como si nos estuviéramos apuntando con pistolas a la cabeza. Los dos permanecimos inmóviles. Un relámpago iluminó el cielo y el destello se reflejó en sus ojos, una analogía perfecta de lo intensa que resultaba su mirada.
La parálisis se interrumpió cuando él se movió a toda prisa hacia las escaleras.
Retrocedí, corriendo hacia las tumbas altas que se extendían por el cementerio como casas en una ciudad en miniatura.
Las puertas selladas no cedieron cuando tiré de cada una de sus manijas, desesperada por encontrar una que estuviera abierta.
Corrí entre las lápidas, saltando de una tumba a otra mientras él se acercaba por mi visión periférica.
Subí a los sarcófagos cubiertos de musgo, ascendiendo por la empinada colina hasta llegar al siguiente rellano.
Me detuve en una encrucijada. La garganta me ardía por el cansancio; la pausa apenas me aliviaba del pánico.
La multitud de imponentes estatuas me rodeaba como un jurado, mientras que mi verdugo se hallaba cada vez más cerca, justo detrás de mí.
Al girarme hacia cada uno de los caminos, los mechones de cabello mojado me golpearon el rostro.
Ningún sendero parecía mejor que el resto; cada uno tan oscuro y desconocido como el anterior, con la lluvia mezclando todas las sombras en una misma.
Solo entonces el destello de un relámpago me indicó qué camino no debía tomar. La luz iluminó una figura en el medio, la cual se acercaba con una firmeza calculada que solo podía provenir de un ser verdaderamente despiadado, listo para matar.
No importaba qué camino eligiera, siempre y cuando no fuera el suyo.