The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 16
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Capítulo 16

CAPÍTULO

La Criatura

N unca había conocido una mujer tan testaruda.

Recargado en el marco de la puerta, golpeé mi pie en el suelo al tiempo que miraba mi reloj. Ella llevaba por lo menos doce horas en la misma posición. A pesar de su sombría y deprimente actitud, me temí que, esta vez, ella de hecho deseaba seguir viviendo.

Todo esto estaba mal. Ella no había cooperado como debería. ¿Por qué se negaba a jugar según lo previsto desde el principio? De haberlo hecho, no habríamos llegado tan lejos.

Por alguna razón, cuando amenacé con matarla unas horas atrás, no tuve tan buen sabor de boca: las palabras se sintieron amargas en mi lengua.

Cuando imaginé mis manos exprimiéndole la vida, limpiando su carne de entre mis dientes y separándola de los huesos, no obtuve el placer que esperaba. La imagen me dejó entumecido; por mucho que me esforzara por recrearla en mi mente, no sentí nada.

Comenzaba a caer en cuenta de que mi obsesión por ella no correspondía a ese tipo de hambre.

Su vivacidad, su terquedad, su lengua afilada y su ingenio eran lo que más ansiaba.

Su indiferencia ante el riesgo, la forma en que me perseguía y nuestro coqueteo morboso: eso era lo que esperaba con mayor impaciencia.

No importa qué tan bueno fuera su sabor; nunca podría divertirme de ese modo con un cadáver.

Mientras la estudiaba desde el umbral, noté que Alina ya no estaba de pie; se había recostado sobre el escritorio, con las rodillas dobladas. Supongo que nunca le dije que debía mantenerse de pie.

Me acerqué a ella, inclinando la cabeza sobre el escritorio para mirar su rostro. Tenía una expresión tranquila, como la estatua de un cementerio. Debía de estar exhausta para encontrarse tan cómoda al descansar en esa posición.

Apoyé la frente contra su cabeza mientras inhalaba profundamente. No me molestaba que tuviera el hedor de un borracho expulsado de una taberna a primera hora de la mañana. Era divertido —casi cómico—, teniendo en cuenta sus propios hábitos. Cuando me aparté, noté que algo más contaminaba su olor.

La estudié con los ojos entrecerrados y enseguida me incliné hacia atrás para mirar el suelo.

La alfombra bermellón había cambiado de color.

Una mancha roja más oscura había aparecido debajo de sus botas.

Si no hubiera estado lo suficientemente cerca como para comprender de qué se trataba, podría haberla confundido con una sombra.

Se había orinado encima.

Esa mocosa malcriada.

—¡Alina! —grité.

Se despertó con un sobresalto. Sus pupilas se encogieron al posarse sobre mí, causando que sus iris adoptaran un azul imposible contra el rojo de sus ojos cansados.

—¿Sí? —Su voz se quebró.

—Vete.

—No.

—Se acabó el juego. Solo vete.

No parecía convencida. Me miró con el ceño fruncido.

—Lo digo en serio. Perdí el apetito. —G ruñí, alejándome del estudio en dirección a la puerta de servicio. Deslicé el pestillo con un fuerte ruido y la abrí. Esperé, mas ella no apareció.

—¡Alina! —grité de nuevo—. ¡Antes de que cambie de opinión! —Seguía sin haber respuesta—. Por el amor de Dios —refunfuñé, saliendo de nuevo al pasillo. Sin embargo, para cuando estuve de vuelta, ella se había marchado.

Entonces oí cómo, al final del pasillo, la puerta de servicio se cerraba de golpe.

Pequeña descarada.