Capítulo 15
CAPÍTULO
La Envenenadora
S us ojos cargaban algo siniestro. Una idea bailaba detrás de esa mirada diabólica.
Me levanté con lentitud.
—Codos y palmas sobre el escritorio —canturreó la Criatura, señalando el mueble con un movimiento de la cabeza.
—¿Y por qué haría eso?
—¿Acaso no quieres salir de aquí?
Exhalando con más dificultad de la que hubiera querido, obligué a mi cuerpo a obedecer. Me incliné sobre el escritorio y coloqué los codos y las palmas sobre la madera oscura. Solo podía concentrarme en los intrincados detalles tallados en la superficie.
La tela húmeda se pegaba a mi pecho y a mis muslos, recordándome lo pegajosa y fría que me encontraba. Los cortes y rasguños me causaban escozor contra la tela empapada de licor.
Mis piernas no dejaban de temblar. No sabía si era por la impaciencia o por la adrenalina de la persecución. Lo habría descrito como cualquier cosa menos miedo, aunque sin duda esta emoción también estaba presente.
Él se colocó en el extremo opuesto del escritorio.
—Si levantas un solo codo o una sola mano —comenzó, colocándome un mechón de cabello detrás de la oreja—, te mataré. ¿Comprendes?
—¿Cómo hago para ganar? —pregunté con la mirada fija en él, y las palmas temblorosas sobre el escritorio.
—El único premio es que tú decides cuándo morir y, además, que te mataré rápidamente; un favor que no concedo a muchos —dijo con dulzura—. Recuerda, las palmas y los codos.
Dio dos golpecitos en la madera del escritorio antes de darse media vuelta.
Me dejó allí.
Inclinada sobre el escritorio.
Temblando, sola.
La noche avanzaba con lentitud, como una babosa arrastrándose sobre un bloque de sal.
Poco a poco, la luz de la mañana me envolvió con su manto.
Dejé de intentar mantenerme erguida. No sería tan malo si sencillamente posaba la cabeza en el escritorio.
Con los párpados pesados, finalmente me permití descansar un poco, mientras el miedo al demonio que acechaba en algún rincón de la casa desaparecía de mi mente.
—Buenos días —susurró una voz baja en mi oído. La voz de Silas hacía parecer que recién estaba despertando. Hizo ecos en mi cabeza mientras hablaba. No abrí los ojos hasta que sus manos se posaron en mis caderas.
—¿Qué estás haciendo? —incliné la cabeza para mirar por encima del hombro.
—Estoy siendo educado. ¿Que acaso no das los buenos días?
—Sabes muy bien a qué me refiero.
—Ah. —Podía oír la satisfacción en su tono—. ¿Te refieres a esto? —Sus manos descendieron hasta mi falda para levantarla.
—¡Peste asquerosa! —Jadeé, retorciéndome en mi sitio, pero mi corazón dio un salto cuando me percaté de lo cerca que estuve de separar los brazos del escritorio. Lo miré por encima del hombro—. Estás haciendo trampa otra vez.
—Si mal no recuerdo, solo había una regla —se inclinó sobre mí, presionando su pecho contra mi espalda. Deslizó la mano entre mis muslos y jugueteó suavemente con el borde de una de mis medias.
Quería apretar los puños, pero eso significaría mover las palmas. Estaba jugando conmigo, esperando que me moviera.
No se atrevería a hacer nada. Podía acariciarme todo lo que quisiera, pero no me iba a mover.
Sus dedos subieron por mi muslo. Las caricias llegaron hasta la abertura de mi ropa interior, dejando suaves marcas a lo largo de la piel sensible.
Me estremecí; sin embargo, no me moví de mi sitio.
—¿Te estoy poniendo nerviosa? —preguntó, respirando con pesadez mientras enterraba el rostro en mi cabello.
—No estoy nerviosa —respondí con voz cansada.
Con la otra mano, me tomó del cabello por la nuca y tiró hacia atrás para alcanzar mi oreja.
—Ah, mi querida Alina… Quiero hacerte cosas tan terribles y repugnantes. Espero que lo sepas.
Su aliento tibio me hizo cosquillas en la oreja. Entonces alargó esa extraña lengua, lamiéndome la mejilla, sin duda queriendo saborear los restos pegajosos del bourbon de la noche anterior.
—No te tengo miedo.
—Mentirosa —susurró—. Estás temblando tanto que casi vibras debajo de mí.
—Tengo frío. Has desperdiciado un licor excelente.
—Eso lo hiciste tú cuando decidiste escupirlo. Deberías haberlo tragado. Entonces no estarías en esta posición. —Me succionó el cuello con suavidad—. Me pregunto qué sabor tendrás después de haberte estado marinando en el miedo. ¿Cuánto más me harás esperar de esta forma tan cruel?
—Una eternidad. Sea lo que sea que eso signifique para ti.
—Muy bien. —Suspiró, soltándome antes de retroceder.
En cuanto alcanzó el otro lado del escritorio, la Criatura volvió a apa recer en mi campo de visión y se recostó en la silla tapizada en piel.
La luz de la ventana a sus espaldas lo hacía parecer una visión celestial, aunque sabía que no debía confiar en ningún tipo de halo, por más bonito que fuera.
Recargó la cabeza en la palma de su mano y me observó en silencio, de la misma forma en que lo había hecho cuando me sorprendió en la tina.
Quería ver cómo me retorcía, pero esta vez no le daría el gusto.
Tan solo recosté la cabeza sobre el escritorio, cerrando los ojos para descansar un poco más. Tendría que arrancarme del escritorio si quería que me moviera. La paciencia era una de mis virtudes. Solo era cuestión de averiguar cuánta le quedaba a él.