The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 14
29%

Capítulo 14

CAPÍTULO

La Criatura

A quel día, ella se apuraba como una musaraña enloquecida, reuniendo sin pensarlo todo lo que necesitaba para el agujero que estaba a punto de cavar para sí misma.

Día con día, sus objetivos parecían estar grabados en piedra, pero hoy su misión parecía ser otra. Quizás mis regalos la habían inspirado a romper con su implacable rutina.

Aguardé en las sombras del pasillo, escondido mientras ella se movía de un extremo al otro del dormitorio. Podía verla a través de la puerta entornada, su silueta temblaba con la luz de las velas.

Ni siquiera se molestó en encender las lámparas de gas, lo cual significaba que se marcharía pronto.

Mantuve mi espalda contra la pared junto a la puerta. Delineada por la luz de la vela de su tocador, su figura comenzó a despojarse de algunas capas.

Luchó con los botones en la parte trasera de su alto escote; deseé con todas mis fuerzas poder ayudarle a desvestirse más deprisa.

Finalmente, consiguió desabrocharlos y deshizo el resto con dolorosa lentitud.

Se deslizó el vestido hacia abajo, dejando su ropa interior al descubierto.

El resto de su cuerpo permanecía oculto tras sus enaguas y un traslúcido corsé blanco.

Se asomaron unas medias de algodón negro, al tiempo que se ajustaba las ligas, atando una pequeña bolsa debajo de su falda.

Al recogerse el cabello, se colocó la acostumbrada aguja.

¿Era para mí?

Se vistió con lo que me gustaba llamar su atuendo de trabajo, que consistía en una falda de lana para pasear y una blusa sencilla. La prenda final era un par de botas repletas de lodo.

Esas eran sus botas para caminar; debía de tener trabajo por hacer esta noche.

Por lo general, llevaba consigo una bolsa para las entregas, así que esta vez iba más ligera de lo habitual.

Sentí curiosidad por descubrir con quién iba a encontrarse.

Cuando terminó, abrió la puerta de golpe y pasó a mi lado sin mirarme.

De nuevo, esa desagradable preocupación. Pobrecita.

Su paseo por las calles sinuosas comenzó a resultarme familiar.

Se dirigía a verme.

Observé con atención cómo se acercaba a la casa, inspeccionando el exterior de nueva cuenta. Había dejado la puerta de servicio abierta, pero ella no picó el anzuelo. En cambio, la vi agacharse para abrir la ventana del sótano, deslizándose al interior.

Por fin, una movida en forma.

Comenzaba a preguntarme cuánto tiempo me dejaría coquetear con ella antes de contraatacar.

Tras rodear la mansión, subí hasta el borde de piedra para echar un vistazo al interior. Ella se movía de un lado al otro, rebuscando entre mis cosas para hallar el sitio perfecto donde colocar su trampa.

Era como estudiar a un animal en su hábitat natural, descubriendo cómo se comportaba cuando creía que nadie lo estaba observando.

No tardó mucho en entrar en mi estudio. Dejó la puerta abierta,

así que pude ver perfectamente cómo vertía uno de sus viales en mi decantador de vidrio.

Pero qué descarada. Quizás era momento de que yo «volviera a casa».

Me acerqué a la puerta principal; la abrí con lentitud para darle tiempo de recomponerse. Cuando giré la perilla, la cálida luz de mi hogar me dio la bienvenida.

Para tratarse del lugar donde menos tiempo pasaba, era bastante espacioso.

Aunque lo utilizaba para reuniones y otros fines más bien egoístas, por lo demás era igual a un laberinto.

Si no hubiera contratado a mis criadas, la mayoría de las habitaciones estarían cubiertas por una gruesa capa de polvo.

Al entrar, un gran vestíbulo y dos tramos de escaleras se unían para formar un balcón central sobre la sala.

A mi izquierda, se hallaba la sala de estar y a mi derecha, mi estudio privado.

Justo delante de mí había un pasillo que conducía a las muchas habitaciones que solían permanecer vacías.

Un movimiento súbito desapareció en la esquina, seguido por un ruido de pasos.

Pero qué provocadora.

Dejé caer las llaves sobre una pequeña mesa junto a la entrada, haciendo que estas resonaran con fuerza sobre la madera.

Se escuchó el suave arrastrar de unos pies.

Yo no tenía ningún objetivo concreto más que deambular por la casa. Avancé con lentitud, preguntándome si cada paso me hacía estar más o menos cerca de ella.

En cuanto entré en el largo pasillo que conducía a las habitaciones del primer piso, percibí un aroma.

Al seguir hacia el frente, el profundo gorjeo se intensificó en el centro de mi pecho. Me encontraba lo suficientemente lejos como para hacerle creer que ella llevaba la delantera. Podía oírla arrastrar los pies por las habitaciones conectadas a la izquierda del pasillo.

Seguí de cerca el rastro de olor, atravesando una de las salas de estar hasta haber cruzado otra por el medio.

Una sombra se movió brevemente bajo una de las puertas.

Ahí estás.

Conforme avanzaba por el pasillo, el aroma se hizo cada vez más notorio.

Llegué a la habitación en la que se escondía.

No entré. Ella se encontraba justo al otro lado de la puerta.

Me recargué contra la madera, inhalando lentamente.

Podía oler su miedo: el sudor que descendía por su nuca y el calor que sin duda le ardía en las mejillas.

Actuar con premura en una ocasión tan especial sería un desperdicio; había esperado mucho tiempo a que ella hiciera algún esfuerzo de este tipo. Las ventanas del primer piso no podían abrirse, así que, tarde o temprano, ella tendría que salir.

Me alejé de la puerta y tras caminar por el pasillo, me detuve en el otro extremo.

A esperar.

Hice todo lo posible por reprimir ese chasquido involuntario que luchaba por escaparse de mi garganta. Aunque me dolía contenerlo, verla salir valía la pena.

Puntual como un reloj, Alina tardó veinte minutos en sosegar su pulso lo suficiente como para dar el siguiente paso. Podía oler cada latido que empujaba la sangre por sus venas. La adrenalina le sumaba un toque picante a su aroma habitual.

La sombra se escabulló fuera de la habitación, mirando primero hacia el extremo opuesto del pasillo: un callejón sin salida. Entonces giró el rostro hacia mí.

Su expresión me hizo salivar. Sus ojos azules se entrecerraron al verme. Un destello de horror adornó sus delicados rasgos antes de que su mente se extraviara en cálculos, imponiéndose una impresionante fachada para ocultar el terror que se escondía bajo su piel.

¿Qué piensas hacer ahora que te han atrapado en tus propios términos? Esta vez, tú eres la que empezó. Tú quisiste esto. Tendrás que perdonarme por lo que haré a continuación.

La vibración resonó a coro en mi garganta, haciéndose más profunda en mi pecho a medida que se tornaba más hambrienta, más ávida .

En lugar de entrar en pánico, ella enderezó la espalda al tiempo que se movía hacia el centro del pasillo, completamente a la vista.

No sirve de nada esconderse. ¿Ahora qué sigue?

Se quedó en su sitio, escrutándome de pies a cabeza, evaluando sus opciones. No le quedaba ninguna, en realidad. O por lo menos no demasiadas.

Saqué la mano del bolsillo, arrojando una mirada al reloj en mi muñeca.

No sentía una curiosidad especial por saber qué hora era, pero estaba seguro de que para ella, el tiempo transcurría como una eternidad.

A cada instante que pasaba quieto, sin hablar, podía intuir cómo la inquietud la consumía por dentro, aunque se negara a demostrarlo.

Le daría cinco minutos más; entonces, haría que lo confesara.

—Las tres y veintiséis —dijo ella. Miré en su dirección—. La hora —aclaró.

—Me lo imaginé.

—¿Cuántos minutos más antes de que empieces?

—Creí que estaba claro que te estaba esperando a ti. Este es tu juego, querida.

—No me llames así.

—¿Querida?

—No.

—Pero qué terca. —Chasqueé la lengua, metiendo de vuelta la mano en el bolsillo del pantalón—. ¿Qué será, entonces?

Se había soltado el pelo durante nuestra conversación, lo cual solo podía significar una hermosa cosa: agujas.

Empujó una de las puertas. Supuse que intentaría sortear las habitaciones comunicadas.

Era escurridiza, pero yo era más rápido.

Abrí la tercera puerta de una patada, golpeándola con ella antes de que pudiera salir. Se desplomó hacia atrás.

—Estoy cansado de este juego. —Me acerqué al cuerpo débil en el suelo. En la mano, se aferraba con fuerza a la aguja de la vez anterior. Sentí nostalgia al recordar el cosquilleo de su veneno.

—No mientas. Te encantan los juegos —repuso con sorna.

—Por supuesto, pero preferiría que la próxima vez fueras un poco más meticulosa. —Sonreí, acercándome a ella.

Ella se movió hacia atrás con rapidez. Tras pisar su falda para impedirlo, me incliné sobre ella.

—Juguemos otro juego. Esta vez lo elijo yo.

Ella soltó una patada y de inmediato, la tomé por el tobillo. Blandió el brazo hacia el frente. Me clavó la aguja en la pantorrilla.

Giré el tobillo bruscamente hacia dentro. El grito que salió de ella solo consiguió emocionarme, haciéndome sentir un poco más excitado.

—Creo que es hora de que tomemos una copa juntos. Te gusta beber, ¿no es cierto? —Arranqué la aguja de mi pierna y la tiré lejos.

Ella no respondió. Sus hombros estaban tensos.

—Lo tomaré como un sí. —Sonreí y, entonces, la arrastré del tobillo con dureza.

—¡No! —Se retorció, dando patadas. Hizo un par de lamentables intentos por aferrarse a los muebles, al pasillo, a las esquinas, a los marcos de las puertas; cualquier cosa que estuviera a su alcance.

Incluso se agarró a la alfombra, dejando con sus uñas un rastro de fibras desordenadas hacia mi estudio.

—¡Suéltame! —chilló—. ¡Voy a gritar!

—Esta no es tu casita adosada. Yo soy la única persona que te escuchará gritar.

—La arrastré a través de las grandes puertas dobles.

A espaldas de un intrincado escritorio ejecutivo, entre los libros que cubrían las paredes, había un alto ventanal arqueado.

Por lo demás, era un estudio como cualquier otro, aunque no lo usaba para nada en particular.

Hoy, sin embargo, sería de gran utilidad.

La coloqué frente al escritorio a la fuerza; sin embargo, dejé las puertas abiertas: una vía de escape fuera de su alcance.

Ella se estremeció, mirándome con una furia que solo podía provenir del fondo del mismísimo Flegetonte.

—Relájate. Solo es un trago —dije con inocencia, dirigiéndome a la esquina para llenar un par de copas.

Lo que sea que hubiera vertido en mi decantador no tenía aroma alguno, pero estaba seguro de que, con un poco de presión, me diría de qué se trataba.

Al volver, me recargué en la parte delantera del escritorio.

Ella no se había movido de su sitio en el suelo.

Pero qué obediente.

Me llevé la copa a los labios, separándolos mientras inhalaba su ardiente aroma. Le lancé una mirada de reojo.

—Sabes, deberías beber tú primero. Es de buena educación que los invitados disfruten primero. —En cuanto le ofrecí un vaso, ella negó con la cabeza—. ¿Alina Lis rechaza un trago? Ahora sé que algo debe de andar terriblemente mal. —Le dirigí una mirada de preocupación impostada.

—Prefiero beber en otro tipo de ambiente.

—Dime, Alina, ¿le has puesto algo a mi bourbon?

—No.

— Alina —le advertí—, no me mientas.

—Me ofende que asumas lo peor de mí con tanta facilidad —respondió con tono juguetón.

Me incliné hacia el frente, cerniéndome sobre su delicada figura.

—¿Estás dispuesta a darme tu palabra?

—Te doy mi palabra.

—¿Y por qué lo juras?

—Por Dios.

—No, tiene que ser algo que te importe. —Incliné la cabeza hacia un lado con curiosidad—. ¿Qué te parece sobre tu propia vida?

Sus labios se apretaron en una fina línea.

Ahora te tengo.

—Pongamos esta teoría a la prueba. —Mi sonrisa se hizo más amplia. Eché la cabeza hacia atrás, permitiendo que el licor envenenado inundara mi boca. Enjuagué el líquido para saborearlo mejor. Luego la miré con fijeza.

Sus ojos parecieron suavizarse, mirándome con esa inconfundible vivacidad que había visto tantas veces antes; aunque ella no quisiera que se interpretara de ese modo, sin duda se trataba de una expresión de esperanza.

Aquel destello de curiosidad que brillaba con más fuerza que su fachada parecía ser lo único honesto que había en ella.

La tomé del rostro. Las yemas de mis dedos presionaron sus mejillas, obligándole a abrir la boca mientras sus manos se aferraban a mi muñeca, clavando las uñas en mi piel. Apreté hasta que su mandíbula se abrió para mí.

Escupí el líquido directamente en su boca, presionando mi mano sobre ella antes de que este pudiera derramarse por las comisuras de sus labios.

—Y ahora traga —le dije, inclinándome al tiempo que bajaba la voz.

Un aliento cálido brotó a toda prisa en su nariz para después extenderse sobre mi mano.

Sus ojos se enrojecieron, anegados de lágrimas. Me hubiera gustado pensar que era a causa del miedo, pero sabía que, cuanto más lo retenía, el alcohol quemaba en su boca con más intensidad.

—¿Qué? No es veneno, ¿verdad? ¿Por qué todo el alboroto? —le pregunté, retirando con lentitud la mano de su boca.

Ella misma la mantuvo en su sitio.

Con toda honestidad, me pregunté qué pensaba hacer Alina. ¿Terminaría todo aquí mismo o se sometería a más torturas de mi parte?

Al cabo de un momento, abrió la boca, escupiendo el licor. Se asfixió ligeramente, empapando el frente de su falda y su camisa. Escupió varias veces sobre el suelo, luchando por quitarse la sensación de entumecimiento de la boca.

—Eso es lo que pensé. —Suspiré, caminando alrededor suyo.

Su blusa blanca se tornó traslúcida, formando un pequeño espacio de humedad que permitía ver sus pechos apretados entre sí por el corsé. Era una pena que llevara algo debajo.

—¿Qué haré contigo, eh? —le pregunté—. ¿Qué tal otro juego? Te daré una segunda oportunidad para que recuperes el control sobre este desastre que has hecho.

—No más juegos.

—Eso ya no depende de ti —tarareé, con ideas dando vueltas como un enjambre en lo más profundo de mi imaginación—. Levántate.