Capítulo 13
CAPÍTULO
La Envenenadora
U no a uno, arranqué de los brotes de los lirios que se hallaban dispersos por la casa.
A lo largo de sus tallos, sus delicadas flores blancas en forma de campana estaban dispuestas en filas perfectas.
No era del todo favorable seguirle el juego a mi Criatura, pero él bien sabía que yo era incapaz de desperdiciar flores tan perfectas.
Cuando me desperté esa mañana, el rastro comenzaba junto a mi cama, atravesaba los pasillos, bajaba por las escaleras y, finalmente, terminaba en la cocina.
La luz entraba por la ventana, iluminando las pequeñas partículas de polvo que se agitaron con mi llegada. La luz se esparcía sobre el suelo y encima de la mesa, donde se hallaba una pila de fibras misteriosas.
No parecía gran cosa. Desde lejos, podría haberse tratado de un montón de lana abandonada sobre la mesa.
Al acercarme, su textura se transformó lentamente en cabello fino, hilado en flores y hojas que juntas formaban una corona.
Algunas zonas del cabello estaban teñidas de rojo en manchas desordenadas, las cuales no parecían intencionales, sino residuos del desorden que había sido necesario para hacerse con los materiales.
En el centro de la corona había una rata. Se encontraba extendida boca arriba, con un corte en forma de Y en el abdomen y la piel desollada, sin cabeza. Todo estaba en su sitio a excepción del corazón, que había sido clavado donde debería estar la cabeza.
No hacía falta ninguna nota. Sabía que era un obsequio de mi plaga favorita.
Ojalá pudiera felicitarlo por su creatividad, pero por desgracia, esto era algo que solo podría darle a los pájaros.
Recogí la corona de pelo con cuidado. Los finos mechones aún conservaban el aceite del cuero cabelludo de su dueño.
Podía sentirlo entre mis manos. Arranqué el corazón de rata para colocarlo de vuelta al interior del cadáver, acariciando con cuidado el pequeño cuerpo antes de salir por la puerta trasera.
El amanecer estaba tranquilo. Sin embargo, tan pronto salí al patio trasero, estalló un coro de graznidos a mi alrededor.
Lo único que conservé fueron las flores; el resto se lo di a mis amigos los cuervos, que habían establecido su residencia permanente en mi jardín.
Después, arrojé el cadáver a la hierba y vi como de inmediato las aves se abalanzaron con gran entusiasmo sobre su comida.
Junto al invernadero, colgué la corona en el comedero para pájaros, con la esperanza de que otros constructores de nidos le dieran un mejor uso.
Para este punto él estaba desperdiciando sus obsequios: cada vez que me hacía uno, yo buscaba la forma de reutilizarlo si era posible.
Aunque no era tan sencillo hacerlo con las partes de un cuerpo.
El único lugar seguro para ellas era enterradas bajo los parterres, donde podían ser devoradas por los gusanos.
Solo agradecí que no hubiera sido algo más complicado, pues no tenía empleada doméstica; no era como que pudiera pedirle a alguien que limpiara restos humanos.
—¿Y dejó claras sus intenciones? —insistió Phoebe, recargada contra sus propias rodillas, que había subido hasta el pecho mientras se sentaba a mi lado en el sofá.
Nos habíamos acomodados frente a la chimenea. Nos hacían compañía unas copas de cristal con licor dulce.
—No, aunque no me hubiera importado que lo hiciera. —Me sonrojé, dando un tímido sorbo a mi copa.
—¡Me encanta cuando pasa esto! Debería convertirme en casamentera. Parece que todo el mundo encuentra pareja en mis fiestas. —Se rio—. ¿Podré verlos pronto a los dos?
—No estoy segura. Me prometió que me enviaría unos artículos. Espero que incluya una tarjeta de visita en el paquete. —Me encogí de hombros, vacié mi copa y la alargué hacia Phoebe.
—¡Pero qué emocionante! Podemos ir juntos al museo, a una feria o quizá a un espectáculo —dijo rápidamente, levantando la jarra para servirme un poco más.
—Suena divertido. —Sonreí—. ¿Y tú?, ¿alguien nuevo?
—Lo mismo de siempre. Me temo que nunca encontraré a alguien tan interesante como tú o como yo, y no me conformaré con alguien aburrido. —Hizo una pausa antes de esbozar una sonrisa de ninfa—. Aunque eso no me impedirá probar nuevos sabores.
—Considerando tus fiestas, los dejarías sin nada, en sus carteras o en sus cavas.
—¿No es eso para lo que sirve un marido?
— Touché. —Me encogí de hombros.
Tiré de la manta hasta cubrirnos los hombros, acercándome para que pudiéramos estar cómodas debajo.
—¿Has estado fumando? —preguntó Phoebe.
Negué con la cabeza.
—De vez en cuando, pero no últimamente. No me gusta el sabor del cigarro.
—Ah. —Tomó una de mis trenzas y se la llevó a la nariz. Luego se inclinó hacia mi cuello e inhaló, frunciendo la nariz—. Huele a humo.
—Qué raro. —Arqueé las cejas y me llevé el cabello a la nariz—. Hace dos días que me lavé. Pudo haber sido por salir a caminar a la calle.
—Me lo imaginaba. Nunca te había visto como alguien que pudiera aficionarse al tabaco. Aunque también me imagino que bebes cosas que no deberías. —Rio.
—Claro. —Esbocé una breve sonrisa mientras miraba la trenza que tenía entre los dedos.
—¿Qué tal si nos lavamos? Yo te ayudo, ¡vamos! —masculló, sacando las piernas del sofá al tiempo que me jalaba del brazo para que me levantara.
—¡No hace falta! Lo haré mañana.
—¡Será como en los viejos tiempos!
—¡Teníamos cinco años! No creo que ahora quepamos juntas en la tina.
Sin aflojar su agarre, me llevó hasta el baño.
Si algo extrañaba era nuestras pijamadas.
Ninguna de las dos tenía a nadie tan cercano, pues buena parte del tiempo estábamos pegadas a la otra.
Me preguntaba qué hacía en mi ausencia. Una parte de mi esperaba que hiciera más amigos además de mí, pero, de cierto modo, me sentí aliviada de que pudiéramos retomar nuestra relación como si nada hubiera pasado.
—Parece que te las arreglaste como un bandido en el mercado —comentó, dejando su bebida sobre la mesa mientras tomaba el ramo de lirios que se secaba boca abajo en la puerta.
—Había una promoción. No me pude negar —mentí, girándome hacia la palangana de porcelana.
Me moví vacilante a abrir el grifo, pero el agua salpicó de forma extraña, lo que indicaba que había algo en la tina.
Ratas. Dos, no, tres docenas de cadáveres de ratas se amontonaban en el fondo de la tina. Todas estaban abiertas de la misma forma que la anterior. El agua las empujaba unas contra otras, haciéndolas moverse de arriba abajo como un morboso pantano de arándanos rojos.
Sentí náuseas; me cubrí la boca con la mano.
—¿Necesitas que te sujete el pelo?
—¡No! No, Phoebe —exclamé apresuradamente—. Solo… ¿Podrías ir a buscarme un poco de jengibre?
—¿Estás segura de que…? —Se acercó a mí.
—¡No! ¡Rápido! ¡Por favor, ve a buscarlo! —grité.
Salió corriendo por la puerta, en busca de una especia que ni siquiera tenía en casa.
Mientras me inclinaba sobre la tina, mis manos se aferraron al borde con rabia.
Ya era suficiente. Él podía someterme a cualquier juego que quisiera, pero no dejaría que traumatizara a mi querida Phoebe.
Ella era un alma gentil; no iba a permitir que él fuera tan descuidado.
Al menos los cuervos estarían contentos.
Abrí la ventana sobre la tina. Daba al patio trasero. Era más cómodo dejar entrar a los pájaros que echar a los ratones fuera.
En lugar de cuervos, una Criatura todavía más desagradable se hallaba de pie en medio del jardín.
Estaba en silencio. Lo único que hacía era sonreír con las manos en los bolsillos.
Hice un ruido de disgusto con la lengua entre los dientes, antes de alejarme de la ventana.
Cerré la puerta del baño con llave al salir. Yo sola me preocuparía por el desastre a la mañana siguiente.
—¡Ya me siento mejor! —le grité a Phoebe, bajando las escaleras a toda prisa en dirección a la puerta trasera, para comprobar las cerraduras.
Cuando miré por la ventana, no había ninguna figura en el exterior.