The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

El orgasmo me desgarró con tal intensidad que juraría que hasta él pudo sentirlo atravesar mi cuerpo, apretándose alrededor de su lengua. Me recorrió en oleadas, cada una menos intensa que la anterior, antes de abandonar mi cuerpo y llevarse consigo toda la tensión restante.

Mi cuerpo se debilitó. Mi pecho se movía con un jadeo desorientado. El corsé no me ayudaba en lo más mínimo a recuperar el aliento.

En respuesta, sacó aquella lengua imperdonable, dejándola deslizarse por sus labios.

—¿Sabes? Tu sabor es mejor de lo que imaginaba. —Sonrió satisfecho—. Pero todos esos encantadores sonidos realmente lo convirtieron en una experiencia. —Bromeó.

—No puedo… esperar a… matarte. —Jadeé, dejando caer la cabeza sobre la mesa con un golpe sordo. Necesitaba cerrar los ojos un momento.

¿Qué había hecho?

—¿Así me lo agradeces? —Dejó caer mis piernas y de inmediato, me hizo sentarme de nuevo, con mis muslos todavía temblando—. Si me dejaste hacer eso, ¿por qué no me permites probar algo más?

—Tengo que volver…

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó, inclinándose hacia mí—. ¿Por qué no nos quedamos aquí toda la noche? —Presionó sus caderas entre mis piernas de nuevo: una horrible insinuación.

Repugnante.

—Estás alucinando si crees que eso va a ocurrir.

—En una misma noche, te he salvado la vida la vida y he probado tus dulces labios. Cualquier cosa puede pasar.

Bajé la mirada, avergonzada. Con prisa e irritación, me empujé fuera de la mesa.

—El rojo te sienta bien —dijo—, sobre todo cuando la sangre corre hacia tu rostro y no fuera de él. —Se rio, pero yo ya estaba saliendo por la puerta.

Volví a recogerme el pelo, utilizando la cinta que lo había sujetado antes para atarlo en su sitio. Pero qué desastre.

Mis manos temblorosas jugueteaban con la cinta en un intento de hacer un chongo , cuando mi rostro impactó contra un pecho duro.

—¡Señorita Lis! —balbuceó una voz nerviosa—. Lo siento tanto, debí haberla vis… —Viktor me puso las manos sobre los hombros, mirándome con sus dulces ojos castaños. Su expresión pareció torcerse de preocupación ante al estado de mi rostro—. ¿Está bien? Parece un poco agotada —me dijo.

—Sí, sí, estoy bien. Solo necesitaba un descanso —exclamé con nerviosismo, deseando alejarme lo más posible de aquella habitación, con mis piernas aún temblorosas—. ¿Qué tal si bailamos? ¡Sí! Bailemos. Vamos.

Mientras avanzábamos por los senderos hacia el área principal del evento, nuestras manos permanecieron juntas.

Entre la escasa luz del ambiente, algunos instrumentos de cuerda iluminaban la sala con un espíritu reconfortante.

El sol se había escondido y unas cuantas estrellas cubrían el cielo oscuro al otro lado del techo de cristal.

Quizá lo mejor era estar rodeada de gente, pues no deseaba lidiar con mis pensamientos durante el resto de la noche. Tomé una copa de champaña de una bandeja y, de un solo trago, permití que el frío líquido se deslizara por mi adolorida garganta.

Viktor me miraba con perplejidad al tiempo que lo arrastraba conmigo.

Nos unimos a la multitud en la pista. Entonces, me aferré a esta nueva figura con todas mis fuerzas, como si fuera un salvavidas en un barco que se hunde.

—Señorita Lis, ¿está segura de que se encuentra bien? —susurró, colocando una mano en mi cintura al tiempo que tomaba mi mano con la otra.

—¡Sí! ¡Fantástico! ¡Todo va de maravilla! —Me forcé a sonreír, mirando por encima de su hombro con aprensión, como si pudiera irme flotando con cualquier movimiento repentino.

No insistió más; tan solo tiró suavemente de mi cuerpo dándome un apretón de reafirmación en la mano.

El gesto me tranquilizó un poco. Al menos Silas no podía montar una escena delante de todo el mundo.

Aquí no. Bajé la cabeza hasta el pecho de Viktor; él recargó la barbilla sobre mi cabeza como respuesta.

—Señorita Lis…

—Alina. Por favor, llámame Alina —murmuré contra la solapa de su traje.

—Alina —se corrigió, jugando con el sonido de mi nombre en su lengua—. ¿Quieres que te acompañe a casa?

— Por favor.

La cerradura se abrió con un fuerte chasquido y me giré hacia Viktor.

Estaba de pie en el primer escalón, mirando hacia la casa. Sus profundos ojos parecían absorber cada detalle.

Me recordaba a mí misma: la forma en que lo estudiaba todo, como si el mundo guardara secretos.

—¿Quieres pasar? —le ofrecí, abriendo la puerta.

Fingió sopesarlo, dándose unos golpecitos en la barbilla.

—No sé… Es una decisión difícil. ¿Y si resultas ser una bruja?

—Hay cosas peores ahí fuera. Como los alienistas. —Le guiñé un ojo.

Se metió las manos en los bolsillos, echando una tímida mirada hacia sus zapatos.

—Por más que me encantaría, debo irme. Rara vez estoy fuera tan tarde.

—Como prefieras. —Me encogí de hombros—. Llámame algún día, ¿quieres?

—Puedo hacer algo mejor. —Sonrió con timidez—. Te enviaré los artículos que me pediste.

—Trato hecho. Siempre y cuando también te envíes a ti mismo por correo.

—Veré lo que puedo hacer. —S e río.

Con eso, nos separamos por la noche.