The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Te dejé unas cuantas noches para ti sola. —Dio un paso al frente.

Me mantuve firme en mi sitio. No iba a permitir que me intimidara.

—Como si no supiera que me estuviste observando a cada instante. ¿Alguna vez te tomas un día libre? ¿No has pensando en encontrar alguien nuevo con quien jugar?

—Estamos muy lejos de eso, mi sombra. —Se rio entre dientes, elevado justo encima de mí como si fuera una horca. Sus dedos me acariciaron el rostro, su otra mano descendió por mi brazo hacia mi puño cerrado.

—Tienes suerte de ser tan deliciosa. No suelo dejar que mis presas sufran durante tanto tiempo.

Me recorrió la mejilla con el dedo y luego me apretó el labio inferior con el pulgar. Apresé su dedo entre mis dientes.

Gritó de dolor mientras corría hacia la puerta; sin embargo, su otra mano me tomó por la nuca, estampando mi pecho contra la madera de la puerta.

—¡Alina! —Chasqueó la lengua en señal de desaprobación—. ¿Qué hemos aprendido acerca de huir?

—Búscate otra damisela. —Escupí un poco de su sangre.

Un ardor se intensificó en mi garganta, haciéndome retorcer bajo su agarre. La penetrante sensación se hizo más fuerte; era como si una mano apretara mi tráquea y al mismo tiempo, me obligara a engullir brasas calientes.

Mi respiración se hizo más urgente. Tosí con fuerza. Al no conseguir aclarar mi garganta, dejé salir un quejido. Un amargo sabor metálico me invadió.

La Criatura me giró a la fuerza para que lo mirara.

—¿Qué fue lo que te dije? —Ladeó la cabeza—. ¿No te dije que estaba hecho de veneno? Hubiera pensado que tú, de entre todas las personas, tomarías esa parte en serio.

Mis ojos lagrimeaban y a causa de la desesperación, mis puños se habían cerrado con fuerza contra su camisa. Di en vano otro jadeo dificultoso. El ardor era insoportable, como si intentara sacarme las brasas de la garganta, solo para que estas se extendieran más aún.

¿Qué es esto?

Lo cierto es que, como Envenenadora, nunca imaginé convertirme en la Envenenada. Las últimas semanas habían estado llenas de muchas primeras veces. Qué poético morir con una cucharada de mi propia medicina.

Inclinó su rostro hacia el mío; mi cuerpo protestó por la proximidad.

—¿Confías en mí? —susurró cerca de mis labios.

—No. —Mi voz brotó como un lamento. Las lágrimas me habían nublado la vista. En un intento por controlar el mareo, me aferré a él con más fuerza. El aire se cortaba en mis pulmones, que luchaban por expandirse.

—Busca la forma de hacerlo. Solo por esta vez —susurró.

Me tomó el rostro con una mano, empujándolo hacia él. Sus labios encontraron los míos; sentí cómo su lengua se deslizaba dentro de mi boca. A pesar de su voracidad, el beso no pudo ser más suave.

Me negué a corresponderle. Sin embargo, en ese instante, el ardor comenzó a dispersarse con lentitud. Mi cuerpo me obligó a abrir la boca para tomar aire y él no desaprovechó la oportunidad. Se me escapó un jadeo; mi garganta se distendió, provocando que nuestro beso se hiciera más profundo.

La Criatura me levantó, empujándome sobre la mesa de trabajo mientras las herramientas de jardinería caían al suelo.

Mi respiración se interrumpió por la brusquedad del movimiento. Nuestros labios se acercaron sin pensarlo. Si la habitación hubiera estado a oscuras, la tensión entre nosotros causaría destellos de electricidad estática. Mis manos se sacudían trémulas por el susto.

Casi me había asesinado. De nuevo . Y ahora, por más que quisiera echarle toda la culpa, yo era la única responsable. La envenenadora que se envenenó a sí misma . Pude verlo escrito sobre la lápida.

Fue lo bastante generoso como para dejarme recuperar el aliento. Pero qué humillante.

No me hizo falta mirarlo para saber que, mientras el color volvía a mi rostro, tendría una expresión indudablemente tímida.

—¿Sabes?, te ves bastante linda cuando tus labios se ponen azules. —Sus ojos pasaron de mis labios a mis ojos—. Puedo entender por qué prefieres ejecutar a la gente de esta manera.

Sentí una terrible punzada en el estómago. Cuando comprendí la posición en la que me encontraba, un nudo se formó en mi abdomen.

Esta Criatura se hallaba justo encima de mí, hambrienta, expectante. Sus caderas se apretaban entre mis piernas, sus manos calmaban mis temblores.

No sabía cómo explicarlo, pero era como si un relámpago me hubiera atravesado el cuerpo entero. ¿Por qué hacía que la temperatura de mi cuerpo subiera tanto? Podía ser la adrenalina o una manifestación de mi propia hambre.

—Dime, ¿qué pequeños pensamientos se estampan contra el interior de tu cráneo? —Sus pupilas se habían contraído. El aire que lo rodeaba era tan peligroso como el que precede a una tormenta.

—No… No tengo pensamientos —murmuré, negándome a mirarlo.

—Pareces descontenta.

—Lo estoy.

—Ah, entonces eso último no será suficiente, ¿verdad? —Se inclinó, dándome un suave mordisco en la oreja mientras apretaba su cuerpo contra el mío.

Mi cabello se escapó del chongo en cuanto sus dedos se enredaron entre los mechones azabache. Me subió el vestido hasta dejar mis piernas al descubierto, utilizando sus caderas como una barrera que me impedía cerrarlas.

—Espera… —No había terminado de hablar cuando me besó el cuello cerca de la mandíbula. Una mano fría, cubierta de cuero, se deslizó bajo mi vestido, subiendo por mi muslo. Intenté cerrar las piernas, pero él se interpuso.

—Pórtate bien —me susurró en el cuello—. Intento ser gentil. Deja que te anime un poco.

Donde quiera que él exhalaba, tocaba o succionaba, la piel me ardía. Cualquier pensamiento sobre mi rígida brújula ética desapareció y esta comenzó a girar sin control. En ese sentido, él era puramente magnético.

Por mucho que lo odiara por hacerme sentir así, él, de entre todas las personas podía tener a quien quisiera, así que ¿por qué molestarme a mí? ¿Por qué fijarse de forma tan obstinada en la mujer que buscaba asesinarlo?

—¿Recuerdas cómo se sentía mi lengua entre tus dedos aquella noche? —preguntó contra mi cuello, colocando otra marca encima de uno de los moretones que casi se habían curado.

Asentí, ocultando el rostro con vergüenza.

Él respondió apartándose.

Un nudo de decepción se formó al sentir su ausencia. Sin embargo, al mirar abajo, descubrí aquellos anchos hombros entre mis piernas. Mis ojos se abrieron de par en par, pero mi reacción se vio retrasada por una sensación de calidez húmeda contra mi piel.

—¡No! —espeté, pero él se apuró a tomarme de los muslos, con mis piernas sobre sus hombros y acercó mi cuerpo al borde de la mesa.

Su lengua recorrió mis labios con suavidad, acariciando la zona antes de que pudiera sentirme a mí misma palpitar con anticipación, estremecerme ante cualquier movimiento.

Su lengua humedeció la piel alrededor. Sus dedos jugaban con el dobladillo de mis medias de seda, mientras su atención seguía puesta entre mis muslos.

—¡Suéltame! —Lo tomé del cabello y levanté su cabeza.

Sus ojos, ahora negros, me miraron a través de sus pestañas rubias. Su rostro volvió a esconderse detrás del vestido recogido, ignorando mis protestas.

Una larga lengua bailó juguetona entre mis piernas antes de empujar suavemente para pedirme entrar.

Si hubiera mordido mi propio labio con más fuerza, me habría hecho sangrar.

Aunque tampoco creía que eso le importara, se estaba haciendo más difícil sofocar los ruidos que me dolía formar en la garganta.

¿Qué me impedía decirle que no? Cada vez que pensaba en ordenarle que se detuviera, me distraía la sensación de su lengua provocándome.

Mi puño seguía aferrado a su cabello, pero no sabía si quería apartarlo o tenerlo más cerca.

Lentamente, introdujo la lengua hasta que sus labios pudieron succionar la zona circundante, arrancándome un suave gemido.

Aquello era nuevo para mí. En las muchas ocasiones en que había intentado obtener placer de un hombre, nunca me acerqué a nada semejante.

La opresión que se formó en el fondo de mi abdomen me hizo jadear, luchando por recuperar el aliento.

A nuestro alrededor, las ventanas de la pequeña habitación de cristal comenzaron a empañarse.

Su boca vibró contra mi piel con el chasquido grave que brotó de su garganta.

Tras soltarle el cabello, me recosté hacia atrás sobre la mesa, incapaz de sostenerme mientras el placer reverberaba por mi cuerpo.

Él cambió de posición, poniéndose de pie sin bajar mis piernas de sus hombros, de modo que ahora se encontraba a la vista, al igual que yo. Me clavó la mirada desde arriba mientras lamía el área entre mis muslos y con una de sus manos, jugaba con mi clítoris.

Mis mejillas se habían puesto rojas, tanto por la vergüenza como por la sangre que bajaba hasta mi cabeza a causa de la posición. Mis uñas se clavaron en la superficie de la mesa, tratando desesperadamente de encontrar algo a lo que aferrarme.

Lo único que pude hacer fue mirarlo fijamente. Si le permitiría sacar el suficiente placer de esto, empezaría a creer que él había ganado.

—Ah, si esta no es la vista más hermosa de todas —aplastó su lengua contra la humedad que brotaba de mí—, entonces no sé cuál sea. —Sin perder un instante más, volvió a deslizar esa lengua de demonio en mi interior, llegando más profundo de lo que hubiera creído posible.

Dejé salir un grito agudo, arqueando la espalda.

Él jadeó contra mí al tiempo que movía la lengua, estirándola para luego enroscarla, llegando a ese punto prohibido que no se encuentra a menudo.

— ¡Silas! —gemí, cerrando los ojos con fuerza mientras él se movía dentro de mí.

El sonido de su nombre hizo que se tensara físicamente, tornando sus movimientos aún más voraces.

No podía aguantar mucho más. Mi abdomen estaba tan tenso que lo sentía arder de calor. El final se acercaba con rapidez. No había forma de detener la ola que me inundaba.