The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 12
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Capítulo 12

CAPÍTULO

La Envenenadora

A l menos veinte tubos de ensayo de cristal estaban apiñados en los soportes de madera repartidos por mi laboratorio.

Algunos habían sido diluidos con agua en diferentes proporciones, otros eran muestras de control y, otros más, pruebas adicionales.

Era difícil decidir qué veneno elaborar, así que decidí hacerlos todos.

Incrementar el abasto nunca estaba de más, mucho menos ahora, que debía averiguar cuál surtiría efecto con la Criatura que no dejaba de acecharme.

Quizá había importado demasiadas plantas. El tiempo no era suficiente para realizar extractos con todas ellas. Dudaba que fuera capaz de tenerlos todos listos de manera puntual.

Sonó el reloj. En respuesta a su llamado, mi pluma dejó una marca accidental en el papel.

Las dos de la tarde.

Entre todo el frenesí, casi había olvidado la fiesta de jardín de Phoebe. Me asesinaría si llegaba tarde a otro evento. Ya era bastante malo que hubiera cancelado nuestro paseo matutino, asegurando que necesitaba tiempo para prepararme.

Si todos los eventos de Phoebe fueran como este, me divertiría mucho más.

El acto se celebró en el jardín botánico, dentro de su apreciado invernadero.

Para mí, fue como ser una niña de visita en el zoológico.

Mi pecho se hinchó de mariposas; sin duda, mis ojos permanecían abiertos de par en par con asombro.

De entre todos los actos a los que me había visto obligada a asistir en las últimas semanas, este era el primero en el que sentía auténtica felicidad.

La catedral de vidrio se alzaba en intrincados paneles. Arriba, el cielo se mudaba del azul al rosa y después al rojo, pintando su propio fresco para que todos lo pudieran contemplar a través de las cúpulas del invernadero. Este era mi refugio personal; una capilla del mundo vivo.

Las flores, árboles y arbustos más raros decoraban la gran fortaleza de cristal.

Los pájaros trinaban con gozo, revoloteando por cada rincón de su residencia celestial.

Una punzada de envidia me asaltó al imaginarme como una de esas aves, viviendo en este arboreto protegido.

Ah, cómo me hubiera gustado metamorfosearme en uno de aquellos pichones.

Bajo las cálidas luces rojas del cielo, el vestido de noche bermellón que Phoebe había elegido para mí prácticamente resplandecía.

También tuvo que prestarme unos rubíes a juego, pues nunca me preocupé por conservar ninguna joya familiar y el único adorno que tenía en casa era el cruel arreglo de perlas de la Criatura.

Mi amiga pelirroja aún no había aparecido, aunque supuse que estaría zumbando por ahí al igual que una abeja distraída.

Eso me parecía más que bien: me daba tiempo para relajarme por una vez.

Aunque estar cerca de demasiadas personas me producía náuseas, era tolerable cuando me hallaba en mi elemento, como en ese momento.

Mi atención se concentró en una flor: un huso alto y verde que se erguía como una lanza. Algo del aire que la rodeaba me atrajo hacia ella, casi rogándome que la inspeccionara de cerca.

La placa de latón decía: «Flor cadáver» ( Amorphophallus titanum ).

—Magnífica, ¿no es cierto? —dijo a mi lado una voz con profundo acento ruso.

Girando hacia mi derecha, descubrí a un personaje que miraba con embeleso al extraño espécimen frente a nosotros. Sus suaves ojos ambarinos estaban colmados de asombro y curiosidad.

Podía comprender el sentimiento, sobre todo en un lugar como este.

Me miró a los ojos antes de encogerse en una postura torpe, que parecía inadecuada para su imponente musculatura y su rostro bien parecido.

Una sonrisa humilde se dibujó en la comisura de sus labios y mientras se ajustaba los anteojos de alambre, los hoyuelos se hundieron en su rostro.

Parecía tener veinticinco años, dos más que yo. Usaba un traje café del tipo académico.

—Viktor Kaskov —dijo con un acento entre dulce y juguetón, al tiempo que me tendía la mano cortésmente.

Levanté las cejas, embargada por lo que solo podía ser sorpresa y escepticismo. ¿Un hombre quería darme la mano como iguales?

La tomé con cautela, dando un suave apretón.

—Alina Lis…

—Lo sé. Mis disculpas. Debí haber mencionado que soy un admirador de su trabajo.

—Sus ojos eran intensos: miraban más profundamente de lo que me hacía sentir cómoda—.

Su artículo sobre los efectos de la Ageratina altissima en el sistema nervioso de ciertos animales pequeños fue fascinante.

¿Cómo obtuvo la idea de utilizar la Ageratina altissima ?

No es frecuente por aquí —inclinó la cabeza hacia un lado, dejando caer un par de rizos negros sobre su frente al tiempo que me estudiaba con detenimiento.

Decir que me sentía abrumada no habría sido una exageración. No estaba acostumbrada a que los hombres se tomaran en serio nada de lo que escribía.

—La conocí en uno de mis viajes con mi padre. A él le fascinaban estas cosas. —Observé mi mano, que seguía apresada entre las suyas.

—Qué interesante. ¿Una mujer de ciencia y, además, de aventura? Eso es algo poco común. —Apretó mi mano antes de soltarla—. ¿Ha visto la muestra de flores venenosas y carnívoras que hay en estos jardines?

—No sabía que hubiera una. Sin duda debería venir más a menudo —respondí emocionada por el ofrecimiento.

La sección de plantas venenosas y carnívoras se encontraba apartada de las demás. No estaba segura de que se nos permitiera la entrada; el conservatorio cerrado se encontraba en un ala distinta de los jardines.

A lo largo del sendero, las plantas de espuela de caballero se alineaban a un metro y medio de altura en tonos azules, rosas, morados y blancos.

Las dedaleras florecían a gran altura y a lo largo de su tallo, se abrían sus pequeñas flores en forma de trompeta.

Otras flores que brotaban de la tierra eran las solanáceas, el perejil gigante, la adelfa, la flor de trompeta y otras toxinas exóticas que nunca había visto.

En los extremos, había plantas de jarra, atrapamoscas y otras de aspecto pegajoso, aunque, a decir verdad, yo estaba poco familiarizada con la flora caníbal.

Exploramos juntos durante un rato. Ninguno de los dos llevaba la cuenta del tiempo.

Este era un pequeño paraíso, lejos del infierno social que me esperaba tras la puerta.

Señalamos con el dedo, buscamos placas adivinando su nomenclatura binomial y robamos alguno que otro esqueje mientras él hacía guardia para no ser vistos.

Al tomar las plantas, me quité los guantes para protegerlos de cualquier mancha de suciedad.

—¿Sabes cómo propagarlas? Algunas no creo haberlas visto nunca antes. —Tomé los esquejes de cada planta como si fueran de oro. Los dos nos habíamos sentado en una banca frente a uno de los estanques artificiales.

—Puede que tenga uno o dos artículos al respecto. Puedo enviarle algunos por correo, siempre que me los pueda enviar de vuelta. —Sonrió.

En cierto sentido, su comportamiento era cálido, tranquilizador. Tuvo que haberme resultado familiar.

—¿Tengo que devolverlos? Pero qué cruel —bromeé, guardando los esquejes en mi bolso.

—Sus manos… —Me tomó la mano de repente—. Lo siento. Debería haber hecho los recortes por usted; le están irritando la piel —dijo con preocupación, mirando las puntas enrojecidas de mis dedos.

No podía decirle que se debía a la docena de plantas que había estado procesando; sin embargo, su preocupación hizo que me sonrojara. ¿Me estaba volviendo tímida? ¿Y con un hombre, además?

—No hay de qué preocuparse. Solo son sensibles—le aseguré; tan pronto aparté la mano, mi piel echó en falta la ternura de su tacto—. Yo… debería volver —dije rápidamente.

—Por supuesto. Sin duda está usted muy ocupada. —Viktor sonrió—. No me espere. Puede que me quede aquí un rato. Las reuniones sociales no son mi fuerte.

Realmente él lo entendía.

Asentí en señal de comprensión.

—Bueno, agradecí la compañía, en verdad.

—Cuando quiera. Lo digo en serio. —Guiñó un ojo.

Con eso me fui, dejándolo solo en aquel hermoso espejismo junto con esos pesados sentimientos.

Conforme avanzaba entre la multitud, mantenía la mirada fija en las plantas del sendero. Me agaché, sacando una cuchilla de mi manga para cortar algunos tallos que propagaría más tarde. Aunque podría parecer que robaba joyas de un museo, en realidad me hubiera extrañado que a alguien le importara.

Al ponerme de pie, admiré mis nuevos especímenes, los guardé en mi bolsa y estudié a la multitud.

En el centro, una figura se movía de manera ligeramente frenética. Tardé un minuto en darme cuenta de quién era.

La Criatura giró la cabeza en mi dirección con expresión de enojo, como si me hubiera estado escondiendo de él a propósito. Venía directamente hacia mí.

Las alarmas sonaron en mi cabeza. Me moví deprisa entre la multitud para escapar del área principal. La gente chocaba conmigo, desviando mi ruta al tiempo que me deslizaba por el espacio entre sus cuerpos.

—¡A un lado! —siseé.

En el otro extremo del invernadero, había una puerta con un cartel que decía «Clausurado».

La puerta estaba a punto de cerrarse a mis espaldas cuando fue abierta con un empujón; cerrándose de golpe en cuanto el depredador entró detrás de mí.

—¿A dónde crees que vas? —Echó el pestillo de la puerta.

—Tu conclusión es tan buena como la mía. —Me mantuve firme.

Habíamos entrado a un pequeño vivero. La habitación era pequeña, con cristales viejos y empañados. Los estantes de madera albergaban un revoltijo de macetas pequeñas, las cuales contenían una variada selección de plantas de semillero. Al menos este sitio era más tranquilo que el área principal.

Mi atención se desvió hacia las diminutas plantas; me sentí tentada a tomar unas cuantas.

—Mírame. —La Criatura se puso delante de mí—. No nos distraigamos tan pronto. —Su sonrisa no cargaba más que sarcasmo, incluso diría irritación.

—¿Ahora qué pasa? ¿No puedo tener una noche para mí sola?