Capítulo 10
CAPÍTULO
La Envenenadora
E l cuerpo me dolía como si hubiera dormido sobre grava.
Mientras me sentaba sobre la cama, inspeccioné los moretones rojos y morados.
Algunos habían sido causados por la persecución, otros, por su inmunda boca.
Además de las marcas, el altercado me había dejado grandes arañazos desde el hombro hasta la parte baja de la espalda.
Incluso el roce de la tela de mis sábanas me producía un desagradable escozor.
—Maldito idiota —resoplé, balanceando las piernas al borde de la cama.
Al hacer presión sobre mi tobillo, me di cuenta de que debía añadirlo a la lista de los daños causados; debió de haberse torcido de manera desfavorable durante el forcejeo.
Sin duda era inconveniente, pero nada que no se quitara caminando.
Sobre la mesilla, descubrí un único tallo de belladona.
¿Por qué insiste en dejar regalos?
Junto a las flores había un pañuelo. La tela blanca parecía sangrar por uno de sus lados. Al desenvolverlo, descubrí un frágil dedo mutilado, dispuesto con cuidado sobre la seda.
Se me arrugó la nariz con el hedor. Estaba segura de que habría una noticia en el periódico sobre la dueña del apéndice en cuestión. No importaba: hoy no tenía tiempo para enigmas. Me deshice discretamente del dedo en el retrete.
Me recordó a un gato que tuve alguna vez, al cual le gustaba traerme alimañas muertas cada mañana.
Por más divertido que pudiera ser, no tenía tiempo para analizar los hábitos de mal gusto de la Criatura. Hoy tenía cosas que hacer.
Se suponía que Phoebe y yo iríamos a comprar vestidos para su fiesta en el jardín, la cual sospechaba que había organizado solo para hacerme sentir mejor.
Al presionar el hematoma en mi esternón, resurgieron los recuerdos del peso de su bota. El aroma de la piel seguía fresco en mi nariz. Las marcas se esparcían por mi cuello, mis pechos, mis costillas.
Sin embargo, sentí que mi rostro se entibiaba al recordar cómo reaccioné ante aquel encuentro: aún no podía creer que hubiera hurgado en su boca.
Qué vergüenza . En ocasiones, deseaba poder apagar esa faceta tan molesta e impulsiva de mi cerebro.
Pero no podía culparme del todo: tenía mis motivos.
¿Cuántas veces podía alguien acercarse tanto a una especie nueva? Tenía que saberlo todo.
Para ocultar las marcas recientes en mi cuello, el atuendo del día era un conservador vestido de luto: nada que se desviara de mi vestimenta habitual.
Me froté el cuello adolorido con la palma de la mano, dejando salir un profundo suspiro.
Aunque no fueron más que caricias, había sido absurdamente brusco.
No había necesidad de tan burda demostración.
—¿Cuál prefieres? ¿Rosa o azul? —preguntó Phoebe. Me miró por encima del hombro mientras la costurera sostenía un par de telas.
—¿Por qué no algo distinto?, ¿color menta o salvia? —sugerí exhausta.
—Ah, casi olvido que los verdes son una opción —murmuró, dirigiéndole una mirada a la costurera antes de que la ágil artista se escabullera a la trastienda en busca de más sedas—.
Tienes los ojos rojos. ¿Sigues sin dormir?
—Phoebe se puso de puntillas para tomar mi rostro e inspeccionar ambos lados.
Al hacerlo, notó el moretón de un morado brillante que asomaba bajo el cuello alto de mi vestido—.
¡Alina Katarzyna Lis! ¿Qué es eso? —chilló, apretando mi cara en un arranque de emoción.
Mis ojos no eran lo único que se había puesto rojo.
—¡Nada! ¡Nada! —Intenté acallarla.
—Me siento tan traicionada. ¿Estás por ahí haciendo conquistas y no me has contado todos los deliciosos detalles? Estoy realmente ofendida —dijo con fingida decepción.
El ritmo vertiginoso de sus palabras se sosegó en cuanto sonó la puerta principal de la tienda, indicando un nuevo cliente.
Sin embargo, al mirar por encima de mi hombro para ver de quién se trataba, su expresión fue menos que divertida.
El cambio en su talante fue tan brusco como la primera brisa invernal.
Mis cejas se juntaron, antes de torcer el cuello para ver quién podía haber provocado una alteración tan drástica en su actitud.
Aquella sonrisa diabólica apareció ante nosotras.
—Hoy Dios debe de estarme mirando con buenos ojos, si te ha puesto en mi camino —dijo la Criatura al entrar en la tienda. Su tono era tan enfermizamente dulce que casi pude sentir cómo me abría una caries. En su mano, estaba la camisa ennegrecida de la noche anterior.
—Señor Forbes… —Empecé.
—Silas. —Me recordó, mientras sus ojos se dirigían hacia Phoebe.
— Silas. —Lo reconoció Phoebe con una sonrisa tensa, aunque demasiado expresiva para ocultar su desagrado—. ¿Qué te trae con una costurera? ¿No tienes la tuya propia? —preguntó con frialdad.
—Es domingo, señorita Aston. No pediría a los buenos cristianos que trabajasen en domingo —respondió con un toque de sarcasmo.
Estos dos parecían tener… ¿historia?
—Además, una asquerosa polilla ha carcomido la tela de mi camisa —dijo al tiempo que la levantaba. Seguía teniendo una amplia mancha negra en el hombro, justo donde mi cuchillo lo había atravesado.
Me concentré en la camisa y cuando volteé a su cara, ya me estaba mirando.
—¿Era una polilla o un calamar?
Se limitó a soltar una carcajada antes de dejar la camisa sobre el mostrador. Un aprendiz la recogió con rapidez.
—Bueno, ha sido un placer verla como siempre, señorita Aston —se despidió de ella con sorna antes de dirigirse hacia mí—. Alina —saboreó mi nombre, levantando mi mano para besar mi nudillo golpeado, sin despegar sus ojos de los míos.
Hizo una pausa para acariciar mi piel con su pulgar. La comisura de sus labios se levantó sutilmente antes de apartarse.
Conforme lo miraba marcharse, un par de ojos verdes penetraban el costado de mi rostro con la intensidad de la mirada de Phoebe.
Al girarme avergonzada, me encontré con la expresión más furiosa que hubiera visto jamás en mi querida amiga.
Mis hombros se tensaron. Solo alcancé a esbozar una sonrisa incómoda, limpiando contra el vestido la parte de mi mano que él había tocado.
—Por favor, no me digas que…
—No, no es…
—¡ Cualquiera menos él, Alina! —me reprendió, dándome un golpe en el hombro con sus guantes recogidos—. Prométeme que te mantendrás alejada de él. —Su expresión era severa.
—Lo he intentado, créeme. Es a mí lo que un perro al basurero de una carnicería —refunfuñé, rascándome la nuca de nuevo—. Simplemente… pasó. No fue nada.
No podía decir mucho más sobre el encuentro sin que Phoebe pensara que estaba loca.
Alarmarla era lo último que quería hacer; ella no entendería esta enfermiza persecución en la que me había metido.
Afortunadamente, no tendría que preocuparse por mucho tiempo más.
No me faltaba demasiado para librarme de él.
Su mirada pasó de mi rostro a mi cuello con desconfianza.
—¡Señorita! Sus telas.
Me sentí aliviada en cuanto escuché hablar a la costurera, quien mostraba unas cuantas sedas para que Phoebe eligiera. La tensión se disipó con lentitud conforme ella volvía a concentrarse en sus asuntos.
Un hilo de celos rodeó mi corazón hasta apretarse en un nudo.
¿Se había obsesionado conmigo solo para vengarse de Phoebe por alguna aventura que no llegó a buen puerto?
Me había estado siguiendo, estudiando mi vida.
No me sorprendería que supiera de mi relación con los Aston.
Ella nunca lo había mencionado, pero pasé mucho tiempo lejos, así que pude haberme perdido de algunas cosas.
Hubiera creído que, de haber un hombre en su vida, no dudaría en mencionarlo, pues nunca escatimaba en detalles sobre sus andanzas.
Aunque sospechaba que ella no era consciente de su…
verdadera naturaleza. De ser así, todo el mundo se habría enterado ya.
Eso me hizo sentir que mi relación con la Criatura era algo especial.
Si hubiera descubierto que él arrancó así sea un pelo de la cabeza de Phoebe, le sacaría el corazón y lo guardaría en un frasco sobre mi escritorio. Sería un pisapapeles perfecto.
Phoebe me compró unos cuantos vestidos nuevos. Me convenció de escoger uno rojo oscuro y otro azul marino. Dijo que me los enviaría más tarde, para que no tuviera que cargar con ellos mientras hacía mis recados.
El mercado bullía aquella tarde; hacía un clima agradable, con los rayos del sol asomándose entre el cielo encapotado.
Tenía un poco de calor con mi atuendo negro, pero no era como si pudiera utilizar otra cosa.
Mi cuello se había tornado de todos los colores por las abrasiones de la noche anterior.
Las marcas empeoraban a medida que avanzaba el día, así que compré algunos ingredientes para elaborar un aceite que pudiera aliviarme.
Con mi cesta cubierta, hojeé la lista arrugada entre los dedos: naranjas, lirios, violetas, cerezas, aceite de ricino, vinagre y lombrices, aunque ya había recogido lombrices en el parque un rato antes.
Un cuerpo me presionó la espalda; casi me hizo tirar la cesta. Cierta Criatura se inclinó junto a mi oído.
—El día de hoy hueles a cerezas. ¿Es un perfume que te has puesto para mí?
—O quizá hueles cerezas porque estás a punto de tener una convulsión. Tal vez el veneno sí te afectó, después de todo. —Me burlé, negándome a apartar los ojos de mi lista.
—Sabes, esa herida que me hiciste se curó bastante bien. ¿Has pensado en incursionar en el campo de la cosmética? —dijo en tono juguetón, acercándose para arrebatarme la lista de los dedos. La sostuvo por encima de mi cabeza al tiempo que inspeccionaba la letra.
—¡Maldito insecto! —Levanté la vista; mi nuca golpeó contra su pecho.
—Esta es… vaya lista. ¿Ya te han dicho que eres una mujer sumamente extraña o la gente da por hecho que lo sabes? —Inclinó la vista hacia mí.
Me paré sobre las puntas, se la arrebaté y me alejé.
—Siempre pareces tan decepcionada cuando me ves. —Suspiró—. ¿Es porque esperas que una de tus pequeñas pociones funcione? Odio decírtelo, pero si una navaja no surtió efecto en mí, tampoco lo harán esas tinturas elegantes.
—¿Por qué conservaste esa camisa? Está arruinada. Podrías comprarte un millón de camisas nuevas. —Todavía estaba aturdida por el encuentro de aquella mañana.
—Porque es una obra maestra hecha por mi querida sombra. No puedo tirar el arte a la basura —dijo juguetonamente—. Además, en ese caso, tendría que admitir que te he estado acechando. Prefiero inventarme todas las excusas del mundo para verte —me dijo con dulzura, caminando a mi lado.
Seguimos juntos hasta la tienda de la señora Caldwell. O, mejor dicho, me siguió ahí.
—¡Alina! ¡Oh! ¡Señor Forbes! —dijo la señora Caldwell, azorada, retirando algunas hojas sueltas del mostrador al tiempo que sonreía con nerviosismo— ¿Qué los trae hoy por aquí?
La Criatura abrió la boca para hablar.
—Solo la importación que pedí. Y algunos artículos más. —Me adelanté, deslizando mi lista hasta ella.
Qué vergonzoso era que tanta gente nos viera juntos.
Sabía que Phoebe me rompería los tímpanos por teléfono al día siguiente.
En esos días, los rumores corrían más deprisa que las máquinas de vapor.
Cuanto más lo vieran conmigo, más sospecharían de mí una vez que arrojara su cuerpo —pronto sin vida— al mismo puerto donde se deshizo de aquellas chicas.
La señora Caldwell levantó una delgada caja de madera desde atrás del mostrador y la colocó frente a mí. Sus ojos saltaban entre nosotros.
—Así que…, ¿asumo que fueron de su agrado? —Su mirada se posó en la Criatura.
—Se podría decir que sí. —Le mostró una sonrisa engañosamente dulce.
—Señora Caldwell, en realidad tengo otra petición. ¿Podría revisar la parte de atrás para ver si me sobró algún tallo de mora? —pregunté, tratando de ocultar mi desagrado hacia él mientras hablaba.
—¡Oh! Sí, por supuesto, déjame revisar. —Asintió, dándose la vuelta antes de desaparecer en las profundidades de su tienda.
Giré rápidamente hacia la Criatura.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Apreté los dientes al hablar, estampando un dedo contra su pecho.
—¿Es realmente un crimen tan terrible comprarte flores? —Una ligera sonrisa irónica se torció en sus labios en un intento de hacerse el tonto. Estaba segura de que, en esos momentos, su podrido cerebro hervía con pensamientos que más me valía no conocer.
La señora Caldwell regresó con mis cosas. Coloqué las flores sueltas dentro de la cesta, manteniendo la tapa a medio abrir para dejar que los capullos respiraran. Cuando me adelanté para tomar la caja, él me la arrebató.
—¡No hace falta que cargues con una caja tan grande! Deberías descansar en vez de hacer trabajos pesados. —Se mofó. Qué condescendiente.
Si mi mirada fuese una flecha, le habría atravesado la cabeza hace mucho.
Con mi sonrisa más dulce, le deseé un buen día a mi florista.
Una vez en el exterior, le arrebaté la caja.
—No vuelvas a hacer eso a menos que quieras arsénico en tu whisky —espeté.
Podía humillarme todo lo que quisiera en privado, pero hacerlo en público era jugar con dinamita.
—¿Ah, sí? Me encantaría verte intentarlo —b ajó la voz—. ¿Cómo lo harías, mi querida sombra?
Con una sonrisa sacarina, me puse de puntillas para susurrarle al oído.
—Me dejarás hacerlo. Me suplicarás que lo haga, porque sé que no soportas estar lejos de mí. ¿No es cierto?
Me miró con fijeza.
—Tal vez. —Ladeó la cabeza hacia mí—. Permíteme al menos que llame un carruaje para ti. No puedo dejar que te sigas esforzando tanto como anoche .
Mi expresión volvió a su estoicismo habitual. Me tomé mi tiempo para estudiar su expresión. Finalmente, di un paso atrás.
Él lo tomó como una tregua y le hizo señas a un cochero que pasaba.
No alcanzaba a entender las intenciones de la Criatura.
Teniendo en cuenta los sucesos de la noche anterior, ahora todo parecía demasiado lúdico, demasiado amistoso.
Noté que su mirada se posaba sobre mi cuello.
A pesar de sus propias palabras acerca de la miseria que me causaba verlo, parecía decepcionado de no alcanzar a distinguir la marca de sus proezas en mi piel.
Incluso me atrevería a decir que estaba molesto.
Me ayudó a subir al carruaje sosteniendo mi mano con la suya. Se inclinó hacia ella en lo que pensé que sería un beso, pero sus colmillos se desplegaron de golpe, adelantándose para morderme un dedo.
Aparté la mano con rapidez.
—Eres un demonio —siseé, cerrando de un tirón la puerta del carruaje.
—Solo para ti. —Se encogió de hombros.
—Eso es mentira, Criatura. Siempre eres un demonio.
El carruaje avanzó con brusquedad y, mientras pasábamos, su silueta desapareció.