Capítulo 9
CAPÍTULO
La Criatura
N o había palabras que pudieran describirla en aquel momento.
Era doloroso rodear su carne con la boca sin llegar a probarla del todo. Los pequeños sonidos que emitía me saciaban mucho más que sus gritos. Quería devorarla hasta que no quedara nada de ella, hasta verla hecha un desastre entre mis brazos, patética y temblorosa.
Al mismo tiempo, quería protegerla del mundo; mantenerla encerrada en mi habitación como si fuera una mascota.
No era sencillo cautivar a las criaturas como yo y, sin embargo, Alina lo había conseguido de todas las formas que se me podían ocurrir.
Verla en ese estado, con la piel sonrosada por la vergüenza y la excitación.
Mis marcas pintaban su cuerpo como un lienzo, anunciando con orgullo cada una de mis intenciones para que su cuerpo supiera lo que estaba por venir.
Incluso el sabor de su piel era dulce, tal como lo había imaginado, incluso diría que más.
Cuando la solté del cabello, se desplomó hacia atrás. Si mi brazo no hubiera estado ciñendo su cintura, se habría caído de mi regazo.
Se había quedado dormida.
Pero qué irritante.
Cuando tiré de ella hacia adelante, la cabeza de Alina dio un golpe perezoso contra mi hombro.
Su expresión pacífica estaba iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana; un cuerpo derrotado desplomándose entre mis brazos.
Podría haberla tomado entonces, pero por alguna misteriosa razón, no lo hice.
Si dejaba arder esta imagen el tiempo suficiente, se convertiría en un recordatorio que cargaría en mi mente a todas partes. Casi me hizo olvidar la tentación de enojarme con ella por haber preferido el sueño por encima de mí.
La noche había sido demasiado corta. Deseé que fuera un poco más larga. Todo era tan injusto .
Levanté su cuerpo para dirigirme hacia la habitación principal; últimamente, mi lugar favorito en toda la ciudad.
Su espacio privado me resultaba tan familiar, que podía formarme una imagen mental de cada uno de los objetos en la habitación.
Sabía dónde guardaba el cepillo del pelo, en qué cajón colocaba las medias, cómo escondía una navaja de barbero de diez centímetros bajo la almohada izquierda y cómo guardaba el arsénico en el cajón lateral, solo por si acaso.
La recosté sobre las sábanas suaves, sedosas.
Esa noche había sido gentil con ella; sin embargo, fue una grata sorpresa que se enfrentara a mí en lugar de limitarse a forcejear.
Lo decía en serio cuando afirmé que estaba orgulloso, como un profesor que se maravilla de su alumna.
Sin duda, ella se volvería más feroz conforme la sometiera a cada terrible idea que se me pasara por la mente.
Sería todo un espectáculo ver hasta dónde podía llevarla antes de que no pudiera más.
Quería controlar lo que pudiera provocarla.
Cada inflexión, tensión o liberación. Cada empujón, cada tirón. Cada gota de sangre o de lágrimas.
Sin excepciones.
Quería que todo me perteneciera a mí.
Pero por esa noche, se había ganado algo de paz.
El espeso humo de mi cigarro inundó mis pulmones, llenándolos al máximo antes de ser expulsado de nuevo.
En el puerto, los barcos se mecían con pereza, iluminados solo por las farolas de la calle o una que otra llama perdida en la distancia.
Las campanas repicaban de vez en cuando, mientras los cascos se balanceaban con el paso de cada estela.
Hacía más frío esta noche, ¿o debería decir esta mañana?
La oscuridad lo cubriría todo por una hora más, antes de que el sol comenzara a disipar la niebla con su calor.
El hambre afectaba mi concentración más de lo que hubiera querido admitir. Con cada minuto que pasaba, me sentía más molesto.
¿En qué demonios estaba pensando?
Debí haberme alimentado de Alina cuando tuve la oportunidad.
Hacerla gritar mi nombre, rogarme que parara o rogarme que siguiera; cualquiera de las dos cosas habría apaciguado el hambre que me oprimía en estos momentos.
En lo que iba de la noche, todos mis alimentos me habían decepcionado.
Fantaseé con su sabor si hubiera hundido mis dientes en ella horas atrás.
Ahora, nada se acercaba a su aroma siquiera.
El perfume aún se aferraba al interior de mi nariz, aunque empezaba a desvanecerse como un sueño que no desea ser recordado.
¿Cómo podía quedarse dormida ante un peligro tan inminente? Un enigma.
Y esos ojos curiosos. La forma en que me miraban.
Me ponía fúrico.
Nunca antes había alguien colocado sus dedos en mi boca para inspeccionarme como si fuese un sujeto de pruebas.
Una parte de mí quería que siguiera, que me explorara tal como yo deseaba explorarla a ella.
Quería mostrarle todo lo que quería ver.
¿Se acobardaría Alina cuanto más me expusiera o le emocionaría descubrir más acerca de mis hábitos de criatura?
La primera regla de un depredador: no encariñarse con la comida.
Pero ¿qué podía decir? Yo era un hombre indulgente.
Sumergida en su propia curiosidad, Alina parecía haberse olvidado por completo del peligro.
Eso encendió algo en mi interior. Asustarla era una cosa, pero en ese momento, percibí algo más: ella me observaba como una cosa que era necesario abrir, examinar.
Parecía casi aliviada de que no fuera un simple hombre.
Puede que estuviera mirando el asunto de forma equivocada.
¿Qué la motivaba? Era raro encontrar a alguien —un humano, nada menos— que tuviera en tan alta estima a la naturaleza y todas sus criaturas.
Tal vez ella pudiera entenderme de verdad.
No sabía si sentirme asustado o excitado por ese entusiasmo.
Sobre todo, no sabía si era posible mantenerla a mi lado.
Pero quizá no tenía otra opción. Alina era demasiado importante para dejarla por su cuenta. Ella seguiría persiguiendo la euforia que le traían los descubrimientos hasta caer en manos de otra persona. Y eso no lo podía permitir.
Imaginarme algo que me pertenecía en manos ajenas me ponía los pelos de punta. Ella era mi comida. Me la había ganado.
Detente .
Me estaba alterando demasiado.
Concéntrate. Es hora de cazar.
Aspiré la última pizca de humo de mi cigarro antes de aplastarlo contra la tierra.
Algunos ciudadanos comunes se afanaban en sus tareas cotidianas. Junto a la taberna, una chica de cabello oscuro arrojó un bote de sustancias dudosas a la calle.
Atraparla fue rápido; su cuerpo era ligero como una pluma. Le cubrí la boca con la mano, arrastrándola hasta el callejón.
Temblando de anticipación, hundí mis dientes en ella.
El calor inundó mi boca. Dominado por la codicia, mordí con más fuerza hasta saciar el impulso.
Tan pronto el primer par de largos colmillos le perforó la garganta, soltó un grito.
Al clavar el segundo par en su carne, el veneno relajó sus músculos y la sangre corrió más deprisa por su cuerpo exangüe.
Me supo insípida, como pan hecho sin sal. Carne hervida sin hierbas. Galletas rancias dejadas al aire libre durante la noche. El desabrido líquido se escurrió hasta secarse en mi boca.
Me forcé a terminar, fingiendo que en realidad se trataba de mi querida sombra. Cuando cerré los ojos, imaginé cómo inundaría mis sentidos aquella dulce especia; su espeso cabello negro enredado entre mis dedos, sus ojos azules abiertos de terror…
Se me retorció el estómago e hice una mueca de dolor. La comida no me sentaba bien, aunque me esforzara por abrirme el apetito. Apreté las mandíbulas con más fuerza y, frustrado, arranqué un trozo de carne mientras dejaba caer el cadáver.
Al soltarla, mi presa se dobló como un saco de harina, dando un golpe sordo contra el suelo. Expulsé de mi estómago la sangre recién extraída, solo para ver cómo era absorbida por la grava.
Otra comida desperdiciada, igual que las tres anteriores.
Era como si pensar en Alina hiciera que todo me supiera insípido, arrebatándole tanto el sabor como el sustento de todo lo que intentaba consumir. Así debía sentirse Tántalo, tan cerca y tan lejos de su fruto.
¡Bruja vil! ¡Me ha maldecido!
Por mucho que me repitiera que ella no era más que otra cena, sabía que me estaba engañando. Estos cambios eran demasiado repentinos, catalizados por mi obsesión.
Por ahora, necesitaba sustento. Lo intentaría toda la noche si era necesario. Solo me hacía falta más tiempo.