Capítulo 8 #2
Todo empezaba a tener sentido. Me daba una extraña sensación de tranquilidad el saber que mis métodos no eran los que habían fallado: tan solo no había considerado que pudiera no ser humano.
Algo por lo que, incluso si tenía mis sospechas, me habría tachado a mí misma de histérica por siquiera considerar.
A menudo las especies desarrollaban mutaciones, aunque nunca habría esperado tantas en un mismo organismo, mucho menos en una persona. Sus pesadas botas se adentraron en la habitación con lentitud, pisando con la planta entera del pie.
Con calma, se acercó a las cortinas, apartándolas como si esperara encontrar algo más que polvo recién levantado tras ellas. Enseguida abrió de golpe las puertas del armario. Miró el interior durante una larga pausa, al parecer distraído por mis prendas.
—Tu aroma es intoxicante —dijo en voz alta—. Sospecho que, cuando mis dientes penetren tu fría compostura, tu sabor será equivalente a la madreselva y la cayena. —Prácticamente gimió antes de alejarse.
Perdí de vista sus movimientos y dejé de oírlo. Con lo que sabía en ese momento, me pregunté si sus amenazas de devorarme debían ser tomadas de manera literal.
Unas manos me rodearon los tobillos y me jalaron con fuerza hacia el exterior.
Un grito de dolor escapó de mi garganta, antes de darme vuelta y asestarle un fuerte golpe en la cabeza con el atizador. El golpe fue tan contundente que su cabeza se torció hacia el costado, dándome un instante para recuperarme.
Mientras luchaba por ponerme de pie, un crujido agudo brotó de mi tobillo, haciéndolo girar de manera desagradable.
Solté otro alarido, viéndome obligada a volver al suelo.
Sus dedos se enterraron en mi pierna y me hizo caer de espaldas, arrastrándome por el suelo de madera. A pesar de la bata de seda, la madera rechinaba contra mi piel.
—¡Muy bien! Estoy tan orgulloso de ti por al menos aguantar el golpe. —Se burló, aplastando mi pecho con su bota para mantenerme en el suelo. Me arrancó el atizador de las manos, arrojándolo al otro extremo de la habitación.
Mi pulso se detuvo al escuchar el acero golpear el suelo, lejos de mi alcance.
Como si mi corazón no estuviera lo bastante agitado por tanto correr, ahora daba golpes violentos bajo su pie.
Sus ojos negros me miraban, penetrando en los míos a la vez que mis uñas se clavaban en su pierna.
—Voy a matarte. —Exhalé, dando golpes en su pierna. Mi pecho se movía con dificultad, luchando por mantener el aire bajo su peso.
—¿Ya terminaste?
—No me puedes devorar. La gente se dará cuenta de que no estoy, me buscará —dije sin aliento—. No tendré buen sabor. He estado expuesta durante mucho tiempo a demasiadas toxinas. Mira… —Supliqué, extendiendo los dedos alargados para mostrar la piel enrojecida por las consecuencias de mi curiosidad.
—¡Ah! —Una sonrisa presuntuosa se instaló en su rostro—.
¿Pensabas que lo decía de manera literal?
Supongo que en cierto sentido sí, pero no como tú crees —sacudió la cabeza—.
La carne humana es demasiado fibrosa. Se me atasca en los dientes —dijo sin rodeos, abriendo la boca para señalar dos finos y largos caninos en su mandíbula superior.
Parpadeé confundida, intentando hacer sentido de la imagen frente a mí. Intenté levantarme para ver más de cerca, pero su bota me seguía presionando hacia abajo.
—¿Qué? ¿Es esto suficiente para convencer a la escéptica? —Serio. De pronto sus colmillos desaparecieron. Dio un paso atrás y él mismo me levantó.
—Espera…
Hizo caso omiso de mi súplica. Se sentó en la silla del rincón y me colocó encima suyo. Sus piernas se abrieron, forzando las mías a separarse hasta sentarme a horcajadas sobre sus caderas.
—He ganado limpiamente. —Me miró con arrogancia.
—¿Cómo es posible que esto haya sido limpio? —solté, aunque me costó mantener el contacto visual dado mi estado de pánico.
En mi mente seguían desfilando las imágenes de sus colmillos, su lengua, sus ojos. Justo cuando creía entender las cosas, estas cobraban menos sentido todavía; al menos cuando intentaba trazar los niveles de clasificación de todas las especies de las que esta criatura podría haberse ramificado.
—No te preocupes. Como recompensa por tu valiente esfuerzo, me aseguraré de que lo disfrutes —dijo en mi oído con un ronroneo.
Sus manos subieron por mis caderas hasta rodearme la cintura.
Su musculosa estatura hacía que mi cuerpo se sintiera delicado entre sus manos; un apretón bastaría para quebrar mi columna.
Un calor húmedo me recorrió el cuello. Su lengua bífida se deslizó sobre mi piel, haciéndome cosquillas en el lóbulo de la oreja.
Aquellos chasquidos, ahora demasiado familiares, resonaron en mi oído; aunque no sabía si eran buena o mala señal.
A esa distancia, noté que el ruido era en exceso complejo, como dos tonos armonizados a la vez.
Rehuí como pude de sus caricias, mareada por el efecto de la adrenalina.
Se quedó cerca de mi cuello, exhalando contra mi piel.
Me encogí a la espera de una mordida que, sin embargo, no llegó.
Un momento, ¿estaba él…?
—¡Detente! —Empujé su pecho y me incliné hacia atrás. Sin duda, la sangre que subía hasta mis mejillas era visible incluso en la penumbra. Me ceñí la bata, consciente de mi impúdica posición.
—¿Qué? Si así lo prefieres, podría ser egoísta —sugirió, hundiendo los dedos en mis costados.
Me estremecí.
Él no pensaba dejarme ir.
Si no tengo otro remedio que estar así de cerca, mejor aprovecharlo.
Me incliné hacia él con cautela, dejando que mis manos se deslizaran sobre su pecho.
A pesar de mis prejuicios, ahí dentro latía un corazón.
Era increíblemente veloz; contando los latidos, me di cuenta de que debían de ser unos trescientos por minuto.
Lo habría juzgado imposible, pero desde hacía una hora, había descubierto que mi acosador tenía algunas adaptaciones particulares.
Todo habría resultado más emocionante si mi descubrimiento no tuviera su mente puesta en devorarme.
Mientras mis manos lo recorrían hacia arriba, le pasé el dedo por el labio inferior, temiendo que me mordiera.
—Abre. —Mis labios se acercaron al tiempo que bajaba el dedo, jalando de su labio inferior.
Él obedeció cortésmente, siguiendo cada movimiento de cerca, como si estuviera esperando para reaccionar si alguno de mis movimientos no lo complacía.
Mis dedos índice y corazón pasaron por sus labios. Sentí su lengua bailar alrededor de ellos.
Su lengua se dividió justo por la mitad, produciendo dos mitades que se movían de manera independiente. Ambas eran flexibles, coordinadas, deslizándose a lo largo de mis dedos. Soltó un gemido grave mientras los succionaba.
Con urgencia, enganché ambos dedos hacia abajo, obligándolo a abrir la mandíbula.
—¿Dónde los escondes? —exigí saber, inclinando la cabeza a un lado para tener una mejor vista. Mi otra mano se unió para empujar su cabeza hacia atrás.
La Criatura retrocedió, tomándome de las muñecas.
—Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo? —Su farsa cayó, abriendo paso a una mirada de auténtico asombro.
—No metas a Dios en esto. Enséñame dónde escondes los colmillos. No puedes mostrarme algo así y esperar que no haga preguntas. —Tiré de mis muñecas hasta liberarlas—. El otro día me prometiste respuestas. Me las debes.
Ahora, él me miraba como si yo fuera la loca. Sus cejas se fruncieron.
—Bien, pero no más dedos.
Inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, abriendo la boca para mí.
Si siempre fuera así de obediente, no me molestaría tanto.
Al parecer, los dos colmillos se mantenían perfectamente plegados contra el paladar, como los de una serpiente.
Los flexionó hacia el frente, a la altura de sus caninos, coincidiendo a la perfección con sus dientes humanos al quedar apretados entre estos.
Dos largos pares de agujas perfectamente letales, aunque la más cercana al exterior era más corta y más gruesa.
No me quitaba los ojos de encima, como esperando mi reacción.
—Tienes colmillos accesorios tanto delanteros como traseros…
Como una especie de mezcla entre un Viperidae y un Colubridae —proferí con entusiasmo, pasando el dedo por la aguja más grande, sin alcanzar a reprimir una sonrisa mientras mi mente saltaba de teoría en teoría—.
¿Hay más como tú? —susurré con curiosidad.
Mantuvo una expresión seria mientras escudriñaba mi rostro, buscando algún indicio de que mi comportamiento fuera parte de alguna broma.
—¿Por qué me miras así? —Le devolví la mirada, estudiándolo de vuelta.
Un gruñido profundo hizo vibrar su pecho.
¿Ahora qué pasa?
Perdió su aire presuntuoso. Se tornó peligrosamente firme.
Se me cortó el aliento. No me había percatado de que estaba conteniendo la respiración. O tal vez era un ataque de ansiedad. Desvié la mirada con torpeza, insegura de si seguir alimentando mi curiosidad era lo más sensato.
El halo plateado de sus iris no cesaba de examinarme.
Era como si, al primer movimiento brusco de mi parte, estuviera listo para devorarme, cosa que no estaba del todo fuera de las posibilidades.
Sabiendo lo mucho que le gustaba a este hombre escuchar su propia voz, su silencio resultaba antinatural.
Sus manos pasaron de mis caderas a mi cintura. Se inclinó hacia mí, respirando contra mi cuello, como si disfrutara de la proximidad.
Cuando sus manos estuvieron demasiado cerca de mis pechos, empujé contra sus anchos hombros. Mi cuerpo estaba rígido por la incomodidad.
Él no me soltaba. Cualquier forcejeo lo hacía aferrarse con más fuerza.
¿Por qué mi cuerpo estaba tan imposiblemente caliente?
—No puedo —dije con dureza, apartándome.
Me tomó el pelo de la nuca y tiró de él, dejando mi cuello al descubierto.
Me sentí temblar con agitación entre sus brazos, tanto por el miedo como por la vergüenza, pero sobre todo por la vergüenza.
Estremecido por los nervios, mi cuerpo se sentía más exhausto que antes. Para mi sorpresa, no me mordió con aquellos dientes horribles. En cambio, succionó mi piel con toda deliberación, como si la quisiera saborear antes de probarla.
Dejó un suave beso sobre mi arteria palpitante; tan suave que, por un momento, lo pude haber confundido con un amante.
Después, la calidez de su tacto descendió hasta mis pechos, tomándome del cabello con fuerza para hacer que me inclinara de nuevo hacia delante.
Se escuchó un rugido depredador mientras daba mordiscos y succionaba la piel sensible, apartando la tela de mi bata.
Me pellizcó el pezón entre los dientes; respiré con agitación.
Un sonido que podría interpretarse como un profundo ronroneo escapó de él.
Hizo que la opresión de la boca de mi estómago se anudara con ansias.
¿Esos sonidos son para mí o a causa de mí?
Su otra mano recorrió mi abdomen, abriéndose camino hacia abajo.
—¡No! —grité y mi mano se alzó deprisa, clavando las uñas en la herida de su hombro.
Mis zarpazos desesperados no lo hicieron retroceder en lo más minimo. Alzó el ceño con diversión, al tiempo que se inclinaba y recorría mi pecho con su lengua.
Me mordí el labio, pero él no me dio tiempo de pensar antes de seguir succionando, dejando marcas a medida que avanzaba hacia la clavícula. Me retorcí entre sus brazos mientras me exploraba con sus manos y su boca, dejando marcas violentas en mi piel pálida.
Su tacto posesivo me hizo sentir de formas que me avergonzaba admitir.
Me dio pellizcos y mordidas por todo el torso, dejando una marca tras otra: su enfermiza manera de reclamar a su presa.
Tocó cada lugar que pudo, hurgando hasta descubrir lo que me hacía estremecer, aunque no hizo otro intento para tocar más abajo.
Era como si guardara lo mejor para el final.
Una opresión ardía dentro de mi pecho. No sabía si era la agitación restante por haber creído que iba a morir o que una criatura tan letal como él prefiriera jugar conmigo antes que devorarme.
Me sentí halagada, por no decir otra cosa.
No creía en el cielo, pero sabía que, con las ideas que cruzaban mi mente, de ningún modo acabaría ahí.
Me preguntaba cuándo terminaría conmigo de una vez por todas.
Cuándo me clavaría los colmillos en la yugular, poniendo fin a mi sufrimiento.
—¿Adónde te fuiste? —me susurró en el pliegue del cuello—. Te fuiste a alguna parte. Lo noté.
—Al infierno —respondí con sinceridad, luchando para mantener los ojos abiertos.
Eso me valió una entrañable carcajada de su parte.
—Me parece justo. —Suspiró, dejando besos a lo largo de mi mandíbula y mordisqueando mi piel, succionando con fuerza en lo alto de mi cuello.
No recuerdo qué sucedió a continuación, porque entonces mi cuerpo quedó rodeado de oscuridad, sucumbiendo al agotamiento.