Capítulo 8
CAPÍTULO
La Envenenadora
A preté la navaja con la mano hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Paseando de un extremo al otro de la habitación, miré de nuevo el reloj.
La una de la madrugada. Trece horas después de nuestro último encuentro.
Esta noche no lograría conciliar el sueño. Cada sonido que la casa producía me ponía los nervios de punta, esperando a que apareciera mi silueta menos preferida en la noche. Mi intuición me advertía por todos los medios que algo se avecinaba.
Ese mentiroso me había prometido una visita.
No solía enfrentarme a preguntas de las que no supiera la respuesta y el hecho de que hubiera sobrevivido me inquietaba.
Necesitaba saber cómo lo había logrado. Solo sería cuestión de tiempo para que lo averiguara y entonces, podría deshacerme de mis dudas.
No sabía cuándo vendría; solo sabía que vendría.
Entonces, esta danza mortal daría comienzo y yo tenía que ganar.
No había otra opción. Si yo desaparecía, ¿quién se encargaría de los hombres de su tipo?
Él no merecía estar aquí, pero las mujeres que asesinó, sí.
Tenían vidas, familias y aspiraciones. Y él se las arrebató como un ladrón.
Tenía las manos y los pies helados, y el cuerpo húmedo por la adrenalina que no dejaba de bombear por mi corazón exhausto. Aún apretando la navaja en el puño, levanté y bajé las manos con lentitud, como un conductor de orquesta, mostrándome a mí misma cómo tomar aire para soltarlo después.
Añadí a la tina más jabón y un poco de lavanda seca. Ninguna hierba sería lo bastante fuerte para calmarme, pero mi esfuerzo era digno de admiración.
Coloqué la navaja en el taburete de madera junto a la tina para guardarla.
Tan pronto me sumergí, el agua caliente me hormigueó, causando que la sangre volviera a mis extremidades.
Suspiré cuando el agua me subió hasta el cuello.
Cuando al fin me sumergí, la tensión se rompió como el hielo en un vaso de agua.
Habría sido más agradable si no estuviera lista para salir corriendo en cualquier instante.
Por mucho que atesorara la oportunidad de recostarme en la tina durante horas, significaría perder demasiado precioso tiempo.
A pesar de mis esfuerzos, mi cuerpo me traicionó. Mi mente no tardó en flotar por sí sola y, como resultado, se precipitó al vacío.
Un ruido sordo me sacudió el corazón al abrir los ojos. El latigazo del repentino despertar me produjo un desagradable mareo. Mi vista pasó de la puerta cerrada al reloj de pared.
Las tres de la mañana.
¡Alina, eres una idiota!
Tomé la navaja del taburete y la sumergí en el agua, ocultándola entre la espuma restante. Por mucho que prefiriera no ser descubierta en ese estado, quizá no tenía elección.
Nuestro último encuentro me había hecho dudar de si podría salir viva de esto sin el auxilio de alguna toxina.
Quizá si guardaba silencio, él no entraría en esta habitación.
Mi vela se había consumido y hacía tiempo que no me movía.
Él no tenía forma de saber que estaba aquí.
Pensé que tal vez me quedaban unos minutos.
El pesado sonido de un par de botas resonó en el pasillo, el viejo suelo de madera quejándose con cada paso. Mi respiración se hizo más lenta cuanto más se acercaba. Un paso tras otro, sin prisa.
Me tapé la boca con una mano, asordinado mi respiración. El ruido llegó hasta la puerta del cuarto de baño; la perilla comenzó a girar con lentitud.
Inhalé profundamente antes de sumergirme en el agua, con la esperanza de que, al encontrarse con un cuarto de baño vacío, siguiera su camino.
Era un buen momento para comprobar cuánto tiempo podía aguantar la respiración.
Intenté relajar el cuerpo bajo el agua, ahorrando todo el oxígeno que podía mientras los pasos amortiguados se adentraban en la habitación.
Cerré los ojos, esperando. Creo que incluso escuché una vocecita rezando en el fondo de mi mente. El silencio bajo el agua era ensordecedor. Me dolían los pulmones, exigiendo aire a gritos.
Solo un poco más.
De pronto, el dolor agudo de un tirón de pelo me forzó a aspirar, pero mis pulmones se encontraron con agua en lugar del oxígeno que ansiaban.
Mi cabeza fue jalada hasta quedar encima del agua, al tiempo que mis manos arañaban la mano cubierta de cuero que jalaba mi cuero cabelludo.
Escupí un poco de agua y me encontré con esa conocida mirada feral.
—¿Intentabas arruinarme la diversión suicidándote antes de siquiera empezar? —preguntó, inclinándose junto a la tina—. Eso no habla bien de tu espíritu deportivo. —Sus ojos descendieron hasta la espuma de jabón que me cubría el pecho.
Le escupí en la cara.
Eso solo hizo que se aferrara a mi cabello con más fuerza.
—No malgastes tu energía. La persecución solo es divertida si realmente lo intentas, querida.
—Tú…, criatura. —Me quejé.
—¡Vaya! Eso sería un poco más acertado que tus conjeturas anteriores. —Ante mí, una sonrisa feroz brilló acompañada de una mirada demente. Diría que estaba enamorado, pero lo más probable era que no soportara la necesidad de matarme.
Tirándome del cabello, me acercó a su rostro.
—Demos inicio, ¿te parece? Repasemos primero algunas reglas básicas —me ordenó, soltándome súbitamente el cuero cabelludo, lo cual causó que me desplomara. Cuando el hombre se puso de pie, alisó las arrugas de su abrigo oscuro conforme se apartaba de la palangana—. Levántate. Déjame verte.
—Eso es injusto. Estás completamente vestido. —Me abracé el cuerpo, hundiéndome aún más en la tina. Mis dedos acariciaron la empuñadura de la navaja que descansaba en el suelo de la tina , bajo mis piernas.
—Alina, no me hagas pedírtelo dos veces. —Su rostro se tornó gélido. Nada en su tono indicaba que estuviera bromeando—. La próxima vez, no seré tan caballeroso como para pedirlo de nuevo.
Respiré insegura, retrasando todo lo que podía el destino que me esperaba.
Antes de levantarme tímidamente, tomé la navaja, ocultándola contra mi espalda.
El cabello me caía en mechones gruesos y húmedos sobre el cuerpo, cubriendo mis pechos.
Crucé las piernas con torpeza. Todo estaba demasiado expuesto.
La espuma del jabón se deslizaba por mi figura, volviendo al agua de donde había salido.
Mi mano desocupada cubría todo lo que podía.
¿Qué sentido tiene esto para él? ¿Humillación? ¿Sadismo? ¿Ambas?
Me dejó retorcerme con vergüenza durante un largo minuto sin decir una sola palabra.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo a un ritmo dolorosamente lento.
No me atrevía a mirarlo. Solo podía imaginar la expresión de avidez que sin duda dominaría su rostro.
O tal vez temía encontrar una mirada de victoria, de satisfacción.
¿Era esto una especie de juego de poder? ¿Una forma de quebrarme antes de empezar?
Me ardían las mejillas, calientes al tacto. Puede haber sido la falta de sueño, pero podía sentir como si un millar de insectos se arrastraran por mi piel.
Por fin, habló:
—¿Te gustan los juegos? Juguemos a algo. Tú te escondes y yo te busco. —Se acercó a mí.
—¿Y yo cómo gano? —pregunté, temblando mientras el aire frío de la ventana agrietada lamía mi cuerpo.
—Escóndete hasta el amanecer. Tienes tres horas hasta entonces. —Sonrió, acercándose hasta que estuvimos a un metro de distancia.
—¿Me matarás?
—No.
—Entonces, ¿qué ganas?
—Consigo comerte viva —dijo fríamente, ladeando la cabeza mientras aventuraba la vista hacia abajo, mirándome temblar ante él—. ¿Tienes miedo?
—Tengo frío —siseé, apretando los dientes, encogiéndome sobre mí misma para obstaculizar su vista.
—¿Así temblarás cuando te atrape? ¿O te gustará estar debajo de mí de todas las formas en que planeo tenerte?
Blandí la navaja, apuntando directamente a su pecho.
Mi muñeca se encontró con su agarre, sus dedos me apretaron con fuerza.
Su expresión no vaciló en ningún momento y aquel destello de maldad se propagó en mi interior como un incendio.
—Me estaba preguntando cuándo atacaría mi pequeña serpiente. —Me permitió enterrar la punta un centímetro al interior de su hombro, después otro y otro más. La camisa blanca bajo su abrigo oscuro se tornó húmeda y negra por la herida.
¿Cómo puede solo estar ahí de pie?
Su cuello crujió con un movimiento hacia los lados y se inclinó hacia mí. Algo cambió. La sangre inundó el blanco de sus ojos, llenándolos de oscuridad hasta que solo quedó un halo de iris plateado rodeado por un mar de negro.
—Nuestro juego comienza ahora. —Se cernió sobre mí. Una lengua húmeda, dividida en dos, se deslizó lentamente sobre mis labios.
Mis ojos se abrieron de par en par ante el hombre —la Criatura— que tenía frente a mí.
Mi asombro se disipó en cuanto el hombre extrajo la navaja de su hombro. Esquivando su brazo, salí corriendo de la habitación. No había tiempo para pensar en lo que había visto. Esto iba más allá de lo que podía haber esperado. Nunca había sido un juego limpio y él lo sabía .
Me moví con presteza por el laberinto de habitaciones. Me aseguré de no tocar puertas chirriantes y de evitar todos los paneles del suelo que sabía podrían hacer ruido. Para rescatar la poca dignidad que me quedaba, alcancé a tomar una bata que había arrojado sobre una silla.
Sus pasos se escucharon por toda la casa antes de detenerse. Me había estado escuchando con atención, esperando a que cometiera un error.
Era difícil moverse rápido sin hacer ruido alguno. Sería complicado hallar un escondite, pues no podía ser tan obvio como un armario. Este juego de escondidillas podría ser más difícil de lo que había previsto.
Mi arma elegida fue un atizador afilado de la chimenea de la habitación de invitados. El primer escondite que se me ocurrió fue bajo la cama, oculta por el tapizado de tela.
En las inmediaciones se oían estruendos, golpes sordos y un ruido confuso, como si estuviera hurgando. Cada cierto tiempo, se escuchaba su chasquido.