The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Por supuesto que este bastardo nadaba en dinero. De otra forma, ¿cómo podía permitirse ser tan indiscreto?

—Señor Forbes. —Estudié la tarjeta.

—Silas —corrigió—. Si vamos a conocernos, preferiría que no te dirijas a mí como si fuera un extraño. —Apoyó la cabeza en la mano.

—¿Qué te hace pensar que quiero conocerte?

—Eres una criatura curiosa. Sé que lo quieres. ¿Acaso no buscas respuestas?

Levanté las cejas con fingida sorpresa.

—¡Ah, por supuesto que sí! Organizaré una reunión en mi casa con té y bocadillos. Claro, ¡eso si no me asesinas antes! Es completamente razonable. ¿Me tomas por una idiota?

—Todo lo contrario, pero sé que la curiosidad no dejará de comerte por dentro hasta que tu mente esté satisfecha.

Cambié el tema.

—Hiciste trampa.

—¿Disculpa?

—Nuestra apuesta, la última vez que hablamos. Dijiste que me darías ventaja como prueba de buena fe.

—¿Y qué tal si hubiera decidido perseguirte de mala fe? —Ladeó la cabeza—. No puedo evitarlo. No te enojes con un sabueso por perseguir algo que se echa a correr frente a él.

—Otra vez con el zoomorfismo. —Puse los ojos en blanco, metiendo la tarjeta en un cajón al azar antes de cerrarlo con un manotazo—. Si fueras un animal, serías una peste.

—Espero que la próxima vez te pongas algo más lindo. Me gusta cuando mi cena viene acompañada de esas bonitas guarniciones. —Hizo caso omiso de mis insultos.

Me mordí la lengua y le arrojé una mirada fulminante. Apar tándome, me obligué a fijar mi atención en una tarea distinta. Ya me había causado suficiente irritación. Tal vez si lo ignoraba, desaparecería, como un espectro.

Sus pasos se alejaron, seguidos por la campanilla de la puerta principal. Su presencia era omnipresente y, sin importar la habitación en la que estuviera, traía consigo un aire sofocante. Incluso cuando se había marchado ese aire persistía, al igual que una colonia potente.

Aunque sus palabras me inquietaron, me descubrí esperando las siguientes con impaciencia. Mentiría si dijera que no me sentí decepcionada por su partida.

Quería arrancarle esa mirada petulante del rostro, encontrar la forma de borrar para siempre su mancha de este mundo.

Por primera vez, tenía un sujeto competente, pero había una inconveniente curva de aprendizaje de por medio.

La mayor parte de mi trabajo no implicaba una persecución ni ataque ni defensa.

El veneno era más sencillo que eso. En los próximos días, semanas, meses, en el tiempo que le tomara sucumbir ante mí, le demostraría que cada uno de sus pensamientos estaba equivocado.

Los hombres eran todos iguales. Este solo tenía el apetito para esta clase de cosas. Al final, sería igual que el resto; de una forma u otra, todos ellos cedían y se quebraban ante mi voluntad.

Brrrrrrring.

Levanté la vista del libro y miré hacia la puerta. Oí un ligero crujido, seguido por el ruido metálico de la tapa del buzón. El correo había llegado.

Dejé el libro con cuidado sobre la mesita, colocando la pluma en el centro para marcar la página.

Cuando eché un vistazo al buzón, había un ejemplar del periódico de moda Young Ladies’ Journal en la cesta, pero nada por lo que mereciera la pena llamar a la puerta.

Abrí la puerta y me asomé, una pequeña caja rectangular yacía en el escalón de entrada.

Con cautela, recogí la caja y la coloqué sobre la mesa. Me senté con extrañeza frente a ella. La caja me confundió, pues no esperaba un paquete.

Estaba envuelta en papel caro y parecía ligera, como si se tratara de un regalo. Phoebe me habría avisado si me hubiera mandado algo, así que esa remitente quedaba descartada. El único otro conocido que podría tomarse semejante molestia era el señor Forbes.

¿Realmente quiero abrir esto? ¿Y si actúo como si no lo hubiera visto y lo arrojo a la basura? Aún estoy a tiempo de dar marcha atrás.

Tras pensarlo varias veces y decidir en contra de mi buen juicio, desenvolví el papel de la caja y descubrí un estuche de terciopelo.

Dios, empiezo a pensar que está menos interesado en asesinarme que en cortejarme.

Al abrirlo, descubrí una de las piezas de perlas más hermosas que había visto jamás.

El collar demi-parure era una gargantilla hecha enteramente con hilos de perlas de cultivo.

Los hilos estaban doblados, formando rosetas con un cierre de oro en la parte posterior.

Era bastante grueso; tenía varios hilos apilados de manera horizontal.

Cuando lo examiné más de cerca, noté algo particular en las joyas.

Normalmente, una pieza como esta habría estado unida con crin de caballo, algo fino pero lo bastante resistente como para mantener juntas las perlas más delicadas. Sin embargo, en esta el cabello parecía más fino. Además, el negro era un color inusual para enhebrar perlas blancas.

Había una nota al interior de la caja:

Al comprenderlo, sentí cómo la bilis me subía por la garganta.

Dejé caer el collar y obligué a mi cuerpo a salir de la habitación, soltando sobre la baldosa lo que fuera que mi estómago estuviera guardando.

Es el mismo diablo. De eso estoy segura.

Una ira ardiente se apoderó de mi pecho, helándome los dedos de las manos y los pies mientras la sangre bombeaba deprisa en mi corazón. ¿Qué pude haber hecho para merecer mi demonio personal?