Capítulo 7
CAPÍTULO
La Envenenadora
H abía pasado una semana desde aquella noche, pero la recordaba como si hubiera sido ayer.
O al menos pensaba que podía haber sido ayer.
¿Habían pasado una semana o dos? ¿Un día o unos cuantos?
Intenté no fastidiarme con ningún tipo de recuento mientras me recuperaba de la contusión.
Tratar de mantener la cuenta de las dosis ya era bastante difícil, no digamos llevar la cuenta de los días.
Me gustaría decir que lo ocurrido no me afectó, que era fuerte y no tenía miedo de nada de lo que la vida pudiera traer, pero honestamente me hizo cuestionar mis capacidades. Nunca en mi vida había estado tan cerca de la muerte. Y no pensaba volver a estarlo.
La luz de la gran ventana circular relucía en mis ojos aquella horrorosa mañana.
Cuando me desperté, tenía el cabello enmarañado junto al rostro y lleno de sangre vieja.
Sin importar las veces que la tallé, ahora la madera de la escalera guardaba una mancha carmesí permanente.
Aquella marca era el único indicio de lo que había ocurrido esa noche.
Por lo demás, no había señales de allanamiento ni de desorden alguno.
Incluso el jarrón que arrojé había sido colocado de vuelta sobre la mesa, con un ramo de amapolas rojas en su interior.
Un descarado recordatorio de que si estaba viva, era solo porque él me lo permitió.
El único motivo por el que no informé a la policía fue porque sabía que el hombre no pudo haber sobrevivido mucho tiempo después. La toxina lo debió matar en un día. No había cura para el veneno de la serpiente. Por lo menos, no una que fuera sencillo obtener.
En lo que a Phoebe respecta, me emborraché para luego caerme, lo cual no era del todo inverosímil.
Si le contara lo que realmente ocurrió, no volvería a tener un momento a solas por el resto de mi vida.
Acudía a visitarme para asegurarse de que estaba bien todos los días, llegando a mi casa por las mañanas para nuestra rutina matutina y ver que estuviera descansando.
Phoebe había adquirido la costumbre de quedarse más tiempo del necesario.
Me acompañaba a todas las actividades; incluso visitaba la botica y fingía interesarse por las plantas para hacerme sentir mejor.
Era divertido, pero su cercanía dificultaba las consultas con mis clientes especiales.
Aquel día, parecía estar practicando una clase específica de parloteo.
—Creo que Edith consiguió una invitación para la fiesta de máscaras. Supongo que dejan entrar a cualquiera en estos días —balbuceó, tratando de llenar su aburrimiento con chismes.
—¿Ah, sí? ¿Quién es ella? —pregunté distraída, incitándola a buscar algo de qué hablar mientras hacía el inventario de las estanterías. Tomé nota de lo que era necesario reabastecer mientras subía por la escalera de pared, paso a paso, hasta llegar al estante más alto.
Phoebe siguió despotricando acerca de los sucesos, triángulos amorosos y otras historias secundarias que aún no se había sacado de la cabeza.
—Celebraré un evento dentro de unos días.
Algo pequeño e íntimo en los jardines botánicos.
Es el evento ideal para ti, considerando todas tus…
cosas de plantas —dijo con extrañeza, señalando el muro frente a ella sin saber qué más añadir al respecto.
Se removió en su asiento al tiempo observaba las botellas de las paredes y se mordía las uñas.
—No tienes que quedarte conmigo. Te prometo que estoy bien. —Le lancé una sonrisa tranquilizadora.
—¿Cómo sé que no te caerás de esa escalera? ¿O en la trastienda, con todos esos instrumentos peligrosos? ¿O…?
—Phoebe, estoy bien. —Me incliné hacia ella en la escalera y extendí el meñique hacia ella—. Te lo prometo.
Me dirigió una mirada inquieta antes de ceder, enlazando su meñique con el mío.
—Por favor, llámame así solo tengas un poco de frío. ¿De acuerdo? —me suplicó.
Asentí, apretando nuestros meñiques antes de soltarla.
Se marchó vacilante al tiempo que llegaba mi siguiente cliente.
Tomé un frasco de la estantería más alta y me incliné para entregárselo, repitiendo la información más importante antes de volver a concentrarme en el inventario.
Mordí la punta del lápiz con fuerza mientras me preguntaba si debía elaborar botellas de distintas onzas para variar más las cantidades.
En cuanto sonó la campanilla junto a la puerta, el aire de la tienda se hizo más pesado a mi alrededor. Se me erizaron los pelos de la nuca. La herida en mi cabeza, aún sin cicatrizar, palpitó de nueva cuenta.
No. Era imposible.
Conforme los pensamientos desfilaban por mi mente, aquel incesante chasquido cortó el aire. Su vibración me hizo cosquillas en los tímpanos.
—Por casualidad, ¿tienes algo para el veneno de serpiente? —preguntó una voz gélida.
Permanecí con la mirada fija en la estantería. De inmediato, mi mente repasó todas las formas en que pudo haber sobrevivido. Cualquier conclusión tenía una probabilidad cercana a cero.
—Cuando una serpiente te muerde, suele ser porque antes te dio un aviso razonable para que huyeras, ¿sabes? —Sonreí con dulzura, mirando por encima del hombro desde mi lugar en la escalera.
Me percaté de que esta era la primera vez que veía a mi atacante con claridad.
La figura rubia alzó inocentemente la cabeza hacia mí, pero no hacía falta ser un santo para percatarse de que aquel hombre rezumaba pecado. Esos mismos ojos grises me devolvieron una mirada que bien podría haber sido de adoración.
Que Dios me ayude. A mí y a lo que sea que este hombre esté pensando.
Y no estaría mintiendo. Él era mucho más de lo que me hubiera esperado.
Llamarlo atractivo a secas no le haría justicia.
Cada fibra de este hombre estaba hecha deliberadamente para tentar; diseñada para la depredación.
Su mandíbula definida y su fisionomía musculosa eran algo que solo un maestro podría esculpir, pero no a partir de la realidad, sino de su propia imaginación.
Llevaba el pelo recogido y peinado hacia el costado, a juego con un atuendo de la sastrería más elevada.
Casi me sentí celosa de la ropa que se ceñía a su cuerpo; aunque envidiaba más al pañuelo que llevaba alrededor del cuello, el cual me encantaría sustituir con mis manos.
Se acercó a las estanterías, pasó un dedo cuidadosamente por los innumerables frascos y estudió las pequeñas etiquetas. Luego se inclinó tranquilamente para mirar un estante inferior.
Qué arrogante. Tan cómodo en un lugar al que no pertenecía. Típico de un hombre.
—¿Sabes por qué la mangosta casi siempre gana contra la serpiente?
—preguntó mientras se acercaba con sigilo, sin molestarse en mirarme de nuevo—.
La serpiente cree que su mordedura es la forma más segura de matar, porque nada le ha demostrado lo contrario.
—Cuando al fin estuvo a mi lado, colocó una mano en el costado de la escalera—.
El único problema, es que la serpiente no sabe que la mangosta posee una resistencia a su implacable veneno.
Y que ha desarrollado un gusto por la carne de su rival.
—Ladeó la cabeza, levantando los ojos hacia mí.
—No seas tonto. Eres un hombre, no una mangosta —dije con sorna.
—A decir verdad, no soy ninguna de esas dos cosas. Pero sé que las metáforas son difíciles de comprender para ustedes los científicos. —Torció los labios en una sonrisa, apoyándose en la estantería sin dejarme de observar.
Mis botas golpearon el suelo al bajar de la escalera.
Ahora, a plena luz del día, su altura resultaba alarmante: poco menos de dos metros. Me sentí desconcertada; por lo general, yo tenía la misma altura o incluso era más alta que los hombres a mi alrededor.
Así debió de sentirse Phoebe todo este tiempo, obligada a estirar el cuello para verme.
Su expresión no titubeó mientras lo estudiaba. Al darme cuenta de que quizás lo había estado mirando por demasiado tiempo, la sangre subió hasta mis mejillas.
Giré sobre mis talones, otorgándome la comodidad de tener el mostrador de madera entre nosotros.
—Casi pareces decepcionada. Eso duele —dijo con tono de burla, aferrándose al corazón con fuerza a la vez que apoyaba los codos en el mostrador.
Aunque su comportamiento podía parecer juguetón, la mirada de sus ojos era puramente carnal; estaba concentrada en una sola cosa—.
Creí que lo habíamos pasado bien juntos.
—¿Cómo es que estás aquí? —pregunté, movimiento los cajones con inquietud, rebuscando en su interior.
—¿Por qué no iba a estarlo, cariño?
—El veneno.
—Todo mi cuerpo está hecho de veneno. —Se rio—. O tal vez solo tuve suerte.
—No creo en la suerte.
—Hay muchas cosas en las que no crees, pero en las que quizás deberías empezar a creer. —Se inclinó hasta quedar más cerca. Una mano enguantada alcanzó el costado de mi cabeza.
Le aparté la mano de golpe. Él me miró con una especie de piedad, como si estuviera cuidando a un cordero herido.
—Relájate. Puedo oler lo agitada que estás desde aquí. Solo quería volver a ver el resultado de mi obra.
—No sé quién te crees que eres, pero la próxima vez que me pongas un dedo encima, me aseguraré de licuar tus entrañas. —Hizo falta toda mi energía para no apartar la mirada; cada uno de mis sentidos estalló como disparos en la noche.
Su mirada era intensa. Algo insondable en ella hacía que mi cuerpo me gritara que debía alejarme, huir, esconderme de su vista.
Mi amenaza solo hizo crecer su sonrisa.
—Entonces es una cita.
—¿Qué?
—Me oíste perfectamente. —Me guiñó un ojo, extendiéndome una tarjeta de presentación.
—¿Intento matarte y lo tomas como una especie de coqueteo? —Alcé una ceja, giré el papel y miré la tipografía con cuidado:
El nombre sonaba familiar. Lo más probable es que lo hubiera escuchado varias veces en diversos eventos o entre conversaciones. No me extrañaría haberlo oído antes de boca de Phoebe, aunque admitiera que rara vez la escuchaba de verdad.