The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 6
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Capítulo 6

CAPÍTULO

La Criatura

-B ueno, ¿qué es lo que le gusta a ella? —preguntó la florista regordeta.

—En realidad esperaba que usted pudiera ayudarme con eso. —El corte cicatrizando en mi mejilla me tensaba la piel al sonreír—. Según entiendo, es una clienta habitual suya.

—¡Oh! Por supuesto —sonrió—. ¿Cuál es su nombre?

—Alina Lis —dije. El nombre se sentía demasiado cómodo en mi boca. Casi podría salivar al sentir su sabor en mi lengua.

—Ah, sí. Ella es de lo más particular —asintió—. Tiene suerte de que conozca sus gustos a la perfección. Deme un minuto para ordenar la parte de atrás.

Estrujé las palmas de las manos, dando un suspiro exasperado.

–Es usted un regalo del cielo.

La mujer regordeta se dirigió a la parte de atrás. Tan pronto desapareció, dejé caer la sonrisa en mi rostro.

La herida cicatrizaba más despacio de lo normal, pero cicatrizaba de cualquier modo. Al principio, no comprendía por qué Alina se había armado con una simple aguja. Me pareció bastante anticlimático. Solo después de los primeros días me di cuenta de que había intentado envenenarme .

Es verdad cuando digo que esta mujer me causaba mariposas en el estómago. Aunque bien podría tratarse de una hemorragia interna. De cualquier modo, ella me había hechizado por completo.

—¡Señor Forbes! Por favor, sígame; creo que le resultará más fácil elegir usted mismo. Por motivos de seguridad, no puedo sacarlos todos a la vez —me dijo la mujer.

Alcé una ceja con escepticismo. Sin embargo, me adelanté, pasando por delante del mostrador para doblar la esquina hacia la trastienda.

—Todo lo que puede ver en la pared izquierda son importaciones que ordenó antes de volver a casa.

Por favor, no las toque. Yo las recogeré cuando usted las elija.

Avísame cuando haya terminado. —Hizo un gesto señalando la estantería antes de marcharse para atender el mostrador tras escuchar la campanilla de la tienda.

En cuanto vi el muro de flores, todo empezó a cobrar sentido.

Con cuidado y preparación adecuadas, cada una de las plantas en aquel muro podía matar a un hombre común y corriente.

¿Podría ser ella la causa de todos aquellos envenenamientos repentinos de hombres y víperas? Empezaba a creer que Alina tenía más ases bajo la manga de lo que asumí en un principio.

Arranqué un tallo de belladona del jarrón y le di vueltas entre los dedos.

En retrospectiva, tenía sentido: un botánico, importaciones exóticas mortales, una apotecaria, las agujas con veneno.

Ella tenía tanto un propósito como una pequeña fortuna para llevarlo a cabo.

Las escalas comenzaban a igualarse, lo que no era un problema para mí.

Tan solo significaba que me estaba permitido ser un poco más brusco en el trato.

Me reí para mis adentros, rozando el corte en mi mejilla con la flor de belladona sin pensarlo.

Posiblemente pensó que me había matado. Imaginar su alivio después de aquella noche me parecía divertido.

Sería aún mejor cuando la volviera a ver.

Resultaría delicioso ser testigo de su confusión, saber su ego desbaratado.

Al ver que el veneno no había surtido efecto, incluso podría creer que era una mala envenenadora.

Nunca me había divertido tanto en una cacería.

—¡Señor! ¡Le pedí que no la tocara! La pobrecita ya hace caso omiso de mis ruegos: ¡se irritará la piel! —me regañó la vendedora, arrancándome la planta de mi mano.

—Mis disculpas. Deseaba verla más de cerca —dije—. Parece que usted comprende sus gustos mejor que yo. Hay mucho de donde elegir. ¿Sería posible que usted hiciera algunos arreglos?

—Sí, por supuesto. Solo dígame cuántos…

—Todos los que pueda hacer. Llámeme una vez que termine. Enviaré a alguien para recogerlos. —Tomé una tarjeta de presentación de mi bolsillo y se la entregué al pasar.

Tras mi nuevo descubrimiento, las ideas se agolpaban en mi cabeza a cada instante. Ahora, sabiendo que mi juguete no se rompería tan fácilmente, la naturaleza letal de Alina me permitía ciertas libertades creativas.

Noté que Alina comenzaba sus mañanas más o menos de la misma forma todos los días. Tenía una rutina estricta.

Primero, salía para tomar el desayuno, aunque no comía mucho, a pesar de los frívolos lugares que visitaba. Supuse que lo hacía para complacer a su contraparte, Phoebe Aston. Los círculos sociales eran reducidos, aunque la conexión entre ellas me sorprendió.

De cualquier modo, siempre empezaban con el desayuno.

Cada mañana, casi sin falta. Cuando se golpeó la cabeza con aquellos escalones, estuve cerca de estropear aquella máquina bien engrasada.

Me alegró no haberla devorado sin más; me habría enojado conmigo mismo de haber desperdiciado la oportunidad de seguir jugando con ella.

Aunque Alina sin duda era brillante, tenía el peor caso de fijación que jamás había visto.

En cuanto abría un libro, era como si desapareciera para convertirse en un cascarón vacío.

Estuve a punto de tropezar con ella en muchas ocasiones.

Al pasar junto a ella en el mercado, incluso permití que chocara contra mi hombro.

Me pidió disculpas sin dejar de caminar.

Repetiré hacia mis adentros: pidió disculpas y ni siquiera me miró al hacerlo.

Aquellos ojos helados nunca se despegaron de la tinta en las páginas.

El único esfuerzo que hizo, además de para leer, fue para darle un mordisco a su manzana después de murmurar sus disculpas.

A decir verdad, era bastante molesto. Sentí ganas de empujarla por el puente, pero sin duda le molestaría más ver su libro empapado que verme a mí.

Pasaba la mayor parte del día en el taller, fabricando Dios sabe qué cosas tras bambalinas.

Nunca me interesaron las ciencias, pero a juzgar por los instrumentos de aspecto costoso en la trastienda, todo aquello debía resultar impresionante.

No eran nuevos ni mucho menos, pero parecían lo bastante complejos como para intuir que no debían ser baratos.

A pesar de las herramientas de segunda mano, Alina era una profesional.

Usualmente, podía observarla desde la trastienda mientras los clientes la mantenían ocupada en la parte delantera.

Ella creía que el pestillo de la puerta se había estropeado, pero era yo quien mantenía la puerta entreabierta para poder espiarla con comodidad desde su querido lugar de trabajo.

Yo siempre estaba allí. Incluso cuando iba a la parte trasera en busca de suministros, la observaba desde atrás de la puerta.

De nuevo, tenía la más pobre capacidad para darse cuenta de su entorno que hubiera visto. Se encontraba tan absorta en su trabajo que no creía que nada ni nadie pudiera tocarla, tan segura de sus habilidades que perdió ese miedo instintivo a lo que acechaba en la oscuridad. Era arrogante.

Al terminar su jornada, era un poco más impredecible, pero usualmente terminaba en casa antes de las ocho y media de la noche.

Hoy realizó una visita a domicilio. Esto no hizo más que confirmar mis sospechas de que ella era la Envenenadora, pues su visita fue al burdel de los muelles.

Mantuve una distancia saludable mientras seguía su oscura figura, deslizándose hasta el fondo de la taberna. La vi hablar con una mujer. La luz al interior de la taberna iluminaba los descuidados mechones rubios de la dueña mientras hablaban.

Alina le entregó una pequeña bolsa llena de frascos de distintos tamaños; me pareció ingenioso de su parte utilizar viejos frascos de perfume.

Solo quedaba imaginar qué clase de horrores encerraban esos frascos tan delicados.

Parecía que su objetivo era todos aquellos hombres que le resultaban desagradables, lo cual era comprensible, sabiendo cuántos hombres de mi clase caían repentinamente enfermos con aflicciones y dolores.

Y pensar que muchos creían que se trataba de un esfuerzo coordinado para dañar el nido, lo cual era gracioso, considerando que ella lo había hecho todo por accidente y sin siquiera saberlo.

Como todas las noches anteriores, volvió a casa una vez terminados sus asuntos.

Cada paso de su rutina servía a un propósito, sin dejar espacio alguno para el ocio o el placer.

Incluso en casa, estudiaba artículos o conducía sus propios experimentos.

El único placer que se permitía parecía ser la bebida o darse baños, en los que tenía la mala costumbre de quedarse dormida.

No la culpaba por ello. Su rutina era agobiante incluso para los espectadores.

Me senté en el taburete junto a la tina, observando cómo recargaba su cabeza en la porcelana del borde. Su cabello húmedo resaltaba al adherirse a la superficie de blanco puro.

No, no la vi desnudarse.

En realidad, esperé a que se sumergiera.

No era el momento adecuado para verla de ese modo. Quería esperar el instante perfecto: verla retorcerse como un ratón con la cola bajo mi bota.

Estaba aquí para observarla, al igual que en esa primera noche que la vi dormir. Me sorprendió la frecuencia con la que se ponía a sí misma en peligro, incluidas sus interacciones conmigo.

Recargué el codo sobre la rodilla, con la barbilla en la palma de mi mano.

Abrí y cerré la navaja de barbero que había dejado sobre el taburete, jugueteando con ella mientras me extraviaba en mis propios pensamientos.

La expresión apacible de su rostro hacía difícil creer que fuera capaz de ser una amenaza.

Quería dejarla en paz, pero me preocupaba que se ahogara antes de que yo pudiera hacer los honores. De ser así, todo mi esfuerzo sería en vano.

Tras ponerme de pie, me acerqué al extremo de la tina, estudiando el cabello que caía suelto sobre el borde de la pila.

Las costuras en su cabeza mantenían unidos los bordes desiguales de la herida, la cual se encontraba ligeramente levantada, todavía enrojecida por nuestros juegos.

Le aparté el cabello, cuidándome de no molestar a la serpiente dormida.

La herida era más grande de lo que había esperado; casi me estremecí al verla.

Los humanos son tan odiosamente delicados.