The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Conforme la música se dejaba oír por toda la casa, dejé caer mi cabeza y le di un sorbo a mi vaso recién servido, meciéndome al son de los instrumentos de cuerda. Di una pequeña vuelta dramática mientras cruzaba el vestíbulo hacia el comedor.

Me reí hacia mis adentros.

Qué placeres más simples, más infantiles.

Fui hasta la cocina y posé los ojos en el cuenco de fruta sobre la barra.

Naranjas. Una cantidad bastante generosa.

Eran frutas caras, pero valían cada moneda.

Algo tenían los cítricos; posiblemente lo que más me gustaba era la forma en que, a veces, te mordían de vuelta con su sabor.

Quizás era mejor guardarlos para más tarde, una vez que el alcohol hubiera asentado mi humor.

Aquella noche, muchos otros momentos fueron recordados u olvidados mientras bebía hasta caer en un estado similar a la manía.

En cuanto terminé de pelar la fruta madura, un crujido se escuchó a lo largo de toda la casa. Deje salir un quejido, estampando el cuchillo sobre la mesa a un costado de mi esperado manjar.

Puede que fuera capaz de mantener apartados a los asesinos, pero no era tan buena alejando a otras plagas más pequeñas.

En una mano, sostuve con fuerza el candelabro de la vela encendida. Sospeché que el ruido era causado por el bicho de la otra noche o por un tronco carbonizado que finalmente había cedido al interior de la chimenea.

Volví a cruzar el vestíbulo, entré en la sala principal y me coloqué frente a la gran chimenea.

Sin embargo, al acercarme, noté que todos los troncos se habían convertido en cenizas.

Quedaban solo unos rescoldos incandescentes, que no parecían haber sido perturbados en lo más mínimo.

Chasqueé la lengua con fastidio, agazapada frente a la pila de polvo al tiempo que inspeccionaba los troncos con mi única vela.

Para aquel momento, la oscuridad había engullido al mundo exterior. Las primeras horas de la mañana caían sobre mí. Toda la casa se había tornado en sombras.

Perdiendo el interés por ese montón de nada, me ajusté la bata alrededor del cuerpo.

Por un instante, la vela parpadeó con violencia.

La llama bailó sobre la cera. Por unos instantes, la estudié con ingenuidad antes de sentir un hormigueo sobre mi piel, anunciando una presencia que se cernía sobre mi hombro.

Ojos.

La llama fue sofocada por un repentino soplo de aire, soltando un silbido sordo al extinguirse.

Grité, girando a toda prisa sobre mis talones. Dejé caer el candelabro. Este resonó contra el suelo, y se derramó el resto de la cera derretida.

El fonógrafo chilló en cuanto su aguja se salió de la pista; me pareció un ruido vagamente similar al que yo había proferido un momento atrás.

Finalmente, rodeada por la oscuridad y el silencio, esperé.

Me costaba reunir el aire. Era como si mis pulmones no pudieran expandirse lo suficiente, dejándome mareada, sin aliento. Me sentía como un murciélago tratando de reconocer cualquier elemento fuera de lugar en la oscuridad a su alrededor, salvo que sin ecolocalización, únicamente con ceguera.

Me rodeó un perfume ahumado. El tipo de aroma que desprenden los barriles de whisky añejo, los puros exóticos o los hombres que pueden echar a perder una reputación.

Vino después un regusto con notas de laurel y zarzamora.

—Pero qué dulce sonido acabas de hacer…

Una voz suave cortó el aire, igual a un cuchillo al rojo vivo atravesando una barra de mantequilla antes de quemar la madera de la tabla debajo.

Mi cuerpo se puso rígido, petrificado por la críptica voz que flotaba hacia mí. Pensé que lo mejor sería no responder, tener más tiempo para ordenar mis pensamientos.

—No seas grosera. Tienes un invitado en casa. ¿Qué clase de anfitrión ignora dos veces seguidas a un invitado? —Chasqueó con la lengua. Los pasos sonaban más cerca.

— Invitado es un título demasiado generoso. —Me burlé—. Quizá te convenga abandonar esta persecución infantil, si deseas que tu sistema nervioso permanezca intacto.

—Ah. —Pude oír una sonrisa tomar forma en su voz—. No so lo habla, sino que también muerde.

—Estoy segura de que eres el tipo de degenerado que disfrutaría eso —dije con sorna.

Se escuchó una risa sarcástica, antes de fundirse en ese ominoso chasquido de depredador, semejante al eco en la garganta de un cocodrilo.

Los vellos de mi nuca no solo se erizaron, quisieron arrancarse de sus cutículas y salir corriendo. Cada fibra de mi ser quería despegarse de mi esqueleto para escapar de la presencia que tenía ante mí.

Me moví hacia el centro de la habitación, escrutando la oscuridad en busca de cualquier sombra que se moviera.

—¿Quién eres? —pregunté, colocando las manos delante de mí para no chocar contra los muebles.

—Soy lo que tú quieras que sea. —Su voz se manifestó junto a mi oído—. Te dejaré decidir. Será lo último que hagas antes de que te devore.

Una mano se posó a cada lado de mis caderas y mi nuca fue rozada por algo similar a agujas. Aunque la sensación me hizo dar un respingo, también desató en mi cuerpo un calor que me avergonzaba admitir.

—Pero qué atrevido de tu parte suponer que llegarás tan lejos. —Mantuve una voz firme.

—No tenemos por qué comenzar nuestro cortejo con mentiras, mi querida sombra. —Suspiró—. Pronto te darás cuenta de que somos iguales. Por eso, sé que quieres ver qué tan lejos puedo llegar.

—¿Iguales? Me das asco. Eres un hombre, un demonio .

—Te aseguro que no soy ninguna de esas dos cosas. —Se rio; algo húmedo se deslizó por el costado de mi cuello.

Me di vuelta y me limpié con furia la humedad de la piel.

—¡Demonio! —Grité. Tomé el jarrón de estaño de la mesa y lo arrojé al otro lado de la habitación. Chocó contra la pared, golpeando el suelo con gran estrépito.

Un gruñido grave resonó por lo ancho de la habitación. Era imposible distinguir de dónde procedía, lo cual me desorientaba aún más.

—Si quieres que sea el diablo, entonces, ¿qué te parece si apostamos?

—Yo no hago apuestas.

—No con dinero, pero te juegas otra cosa todos los días.

—No es una apuesta cuando tengo por seguro que ganaré.

—¿Es así? —Hizo una pausa—. ¿Sabes que ganarás?

—Claro que lo sé. Siempre lo sé.

—Entonces, ¿qué tendría de malo apostar? Adelante, compláceme.

Su voz me rodeó en la oscuridad como una serpiente que se enrosca en torno a su presa antes del inevitable apretón.

Solo pude ver una larga silueta negra pasando brevemente frente a las ventanas.

—Si consigues llegar a tu dormitorio antes de que te atrape —algo me tiró de un mechón de cabello y una mano desconocida rozó la mía—, entonces te dejaré en paz por esta noche. —Tiró de la manga de mi bata, como si inspeccionara su premio antes de hacerse con él.

—¿Y si no lo consigo?

Mi pregunta fue respondida con una risa sofocada.

—Como prueba de buena fe, te daré un poco de ventaja. —Las palabras brotaron con una dulzura enfermiza, lentas y tentadoras.

Mis piernas se movieron antes de que pudiera pensar.

El arco estaba apenas a unos pasos. Me apresuré hasta las escaleras, pero escuché sus movimientos justo detrás de mí.

Llegué a la mitad de mi camino. Entonces sentí un dolor agudo en mi tobillo.

Con lo rápido que me alcanzó, no era posible que me hubiera dado ventaja.

¡Maldito tramposo!

Dejé salir un quejido mientras alcanzaba el palillo en mi cabello.

Mi cuerpo giró de golpe para enfrentarlo al tiempo que caía.

Blandí la aguja hacia ese hombre —esa cosa — que tenía delante de mí.

Su rostro estaba siendo iluminado por la luz de la luna que caía por la ventana circular sobre la entrada.

Vislumbré un destello de cabello rubio angelical y, entonces, aquellos ojos pálidos y muertos se acercaron a mí. Lo último que vi fue mi aguja cortando su mejilla, antes de que mi nuca chocara con el afilado peldaño de la escalera.