Capítulo 5
CAPÍTULO
La Envenenadora
S angre, hay sangre en todas partes.
Estoy de rodillas, mirando mi reflejo en este líquido espeso y pegajoso.
¿Por qué hay tanta sangre? ¿Es mía?
Levanto la vista. Me rodea una oscura inmensidad y el charco escarlata se extiende hasta donde alcanza la vista. Mi cuerpo se encuentra completamente cubierto de sangre, de pies a cabeza.
Las gotas inundan mi visión, la vuelven roja y difusa. No se aclara por más que me frote el rostro. Pareciera que cuanto más me rasco, más sangre gotea.
—Ah…, pero qué dulce.
Habla una figura borrosa en la distancia. Parece que más bien me encuentro bajo el agua. Parpadeo e intento aclarar mi vista con desesperación, intentando ver qué es lo que está aquí conmigo.
Es una figura alta, que permanece de espaldas a mí.
La sangre gotea sobre sus músculos enjutos.
Parece tallado en piedra. Si me dijeran que se trata del mismísimo Lucifer, lo creería.
Su apariencia trasciende el ámbito de lo humano y encarna una mística que supera los atributos de los simples mortales.
Gira la cabeza por encima del hombro para mirarme. Esa terrible sonrisa familiar combina a la perfección con la mirada que sus ojos pálidos me devuelven.
Mientras la comisura de sus labios se tuerce en una mueca, aquel chasquido depredador crece en su garganta, como un demonio de uno de los círculos más profundos del infierno. Uno que tiene la misión explícita de torturarme.
Pierdo el equilibrio y mi visión se torna borrosa de nuevo. Lo único que alcanzo a ver es el brillo depredador de sus ojos en la penumbra mientras se acerca.
—Te espero con ansias, mi pequeña sombra.
El salto de mi corazón me arrancó de mi ensoñación y me colocó de vuelta en la realidad.
—Es porque pasas el día entero trabajando en lugar de divertirte conmigo —interpuso Phoebe, dando golpecitos en el borde de su taza.
—No es eso. No he dormido bien los últimos días. El trabajo me relaja.
—¿El trabajo te relaja? Por favor, ¿cuándo fue la última vez que oíste a una persona normal decir eso?
—¡Lo digo en serio! —Reí, pero la expresión de Phoebe me hizo saber que no me creía.
Dado que la lluvia había arruinado nuestro paseo, decidimos reunirnos en casa de Phoebe para nuestra sesión matutina de chismes.
—Quizá no estés durmiendo bien porque, tal parece, hay un destripador suelto en las calles. Estoy segura de que viste la historia de los nuevos cadáveres —murmuró Phoebe.
—¿Qué nuevos cadáveres? —Extendí la mano con impaciencia—. Enséñame esa historia.
Me ofreció el periódico de aquella mañana.
Habían hallado dos cadáveres en el puerto. La ilustración mostraba sus rostros pálidos y sus cuerpos rígidos, tendidos sobre los adoquines opacos a los que habían sido arrastrados.
Era de notarse que las dos chicas eran bastante parecidas entre sí. El periódico decía que no eran parientes, ni siquiera conocidas. Sin embargo, me resultaron tan familiares.
Sus ojos se habían nublado, pero se alcanzaba a vislumbrar un atisbo de tonos claros. El pelo, oscuro y húmedo, se pegaba a su rostro en desorden.
Otro elemento de interés era la piel en el lado izquierdo de sus rostros; había sido cuidadosamente arrancada desde encima de la ceja hasta el ojo. Los músculos expuestos y los bordes nítidos de las heridas, sugerían que se había hecho con meticulosidad, metódicamente, incluso.
No había duda sobre quién lo hizo; sin embargo, me pregunté sobre la necesidad de toda esa teatralidad.
Esto era un mensaje para mí. Créanme que fue recibido. Aunque el motivo de mi reconocimiento era, cuando menos, desagradable.
Mi repulsión debió reflejarse en mi rostro, porque Phoebe me arrancó el periódico de las manos apretadas.
—Han sido suficientes noticias macabras por una mañana.
Mi mente estaba inundada de posibilidades.
¿Vendría por mí hoy mismo? ¿Mañana? ¿Dentro de quince días?
Me sentí aliviada de que aún no hubiera aparecido; no me apetecía en lo más mínimo esa interacción.
Solo podía esperar que esta amenaza fuera algo aislado.
Por suerte para él, no tenía que preocuparse por la policía.
En cambio, tendría que preocuparse por lo que yo podría hacerle a él; sobre todo si continuaba con estas provocaciones.
Sin embargo, tenía que estar lista para el escenario que él escogiera.
No tenía idea de lo que haría, pero a juzgar por los crueles gustos de esta criatura, tenía la impresión de que matarme sería demasiado gentil.
Si pensaba hacerlo rápido, hacer tanto esfuerzo para enviar un solo mensaje sería un desperdicio.
Después de separarme de Phoebe, hice algunas paradas en el mercado y la botica.
Los frascos y artículos de metal tintineaban en mi bolso durante el viaje de vuelta a casa.
No me asustaba la oscuridad, pero tampoco iba a ponerme en una situación desventajosa.
Cerré la tienda temprano para asegurarme de ello.
En cuanto llegué a casa, vacié los contenidos de mi bolso sobre la barra de la cocina.
No pude decidir qué necesitaba, así que tomé un poco de todo.
Pequeños frascos de formas extrañas y varios colores rodaron por la madera.
Algunos eran de un cristal transparente y dejaban ver líquidos de distintos colores.
Otros, de un vidrio teñido de café oscuro, para las soluciones más fotosensibles de mi colección.
Olvidé etiquetarlos, así que, si decidía utilizarlos, sería una sorpresa para ambos.
Otros objetos se amontonaron estrepitosamente sobre la mesa: una jeringuilla metálica, unas tijeras de costura recién afiladas y una cuchilla de barbero.
Tenía muchos cuchillos en casa, aunque nunca eran suficientes.
Tenía que admitirlo: me sorprendí a mí misma al borde del mareo al pensar en lo que podría usar; fantaseando con el enfrentamiento.
¿Se sorprendería al saber que esta cacería acabaría con su propia muerte?
Imaginé la mirada que aparecería en su rostro al darse cuenta de que sería perseguido de vuelta.
¿Debería hacerlo rápido o sin prisa? Lo cual me recordó: si quería alargarlo un poco más, debía tomar un poco de cuerda del invernadero.
La superficie de los frascos de cristal se sentía fresca al tacto. Deslicé los dedos entre la variedad de estos, insegura de cuál tomar primero. Mis yemas tenían un ligero tinte rojo; a menudo, olvidaba usar guantes cuando apreciaba mi amada vegetación. Una de mis tantas malas costumbres.
Phoebe a menudo me reprendía e intentaba prescribirme su propio régimen de belleza a base de sebo de buey y otros ungüentos para deshacerme de la irritación. Por suerte, los guantes serían para siempre la norma y, mientras estuvieran de moda, nadie tendría por qué verme las manos.
No me molestaba. Me había costado horas de trabajo que mis manos se vieran de esa forma.
Eran el reflejo de un logro alcanzado. Mi padre decía que unas manos sin marcas eran señal de un hombre que no había trabajado por sus éxitos.
Seguramente lo decía aludiendo a un futuro marido, pero decidí que a mí también me gustaría cumplir con esa norma.
Finalmente, mi atención se alejó de mis baratijas para centrarse en las tareas más importantes de la noche. Me dirigí hacia las puertas, las ventanas y todo aquello que pudiera ser abierto, asegurándome de que estuvieran bien aseguradas. Incluso cerré las contraventanas.
Tal vez fuera exagerado, pero no se trataba de un sujeto cualquiera. Sabía de lo que era capaz. Sin embargo, su pobre alma ni siquiera se imaginaba el daño que podría infringirle a cambio.
Los cuchillos y demás objetos afilados quedaron bien ocultos entre los cojines y otros escondites.
Satisfecha con mis esfuerzos, me retiré al baño, con plena confianza en mi fortificación.
No esperaba que alguien entrara precisamente esta noche, pero, por si acaso, me aseguré de tener ventaja sobre el terreno conocido.
Pasé una o dos horas bañando mi cuerpo exhausto. Me coloqué un suave camisón y, al terminar, me cepillé el cabello. Después de trenzar mis largos mechones, los recogí en un chongo y lo aseguré con un detalle especial.
El palillo que me sujetaba el cabello llevaba una aguja empapada con veneno de Bitis arietans comúnmente conocida como serpiente hojaldre.
Recién importada. Era un detalle sutil que incluía en mi cabello como precaución cada vez que realizaba alguna encomienda nocturna.
Esta era la primera vez que sentía la necesidad de llevarlo estando sola en mi propia casa.
Antes de ponerme la bata de seda negra, mi reflejo me lanzó una sonrisa de seguridad a través del vaho del espejo. Era mi prenda de descanso favorita, repleta de cardos cuidadosamente bordados con hilo púrpura a lo largo de los hombros, sobre las mangas y en los dobladillos.
Dormir no estaba en mi lista de prioridades, así que preferí pasar un poco de tiempo de calidad a solas. Un rato de ocio nocturno.
Tarareé una melodía sin nombre al entrar en la sala.
Esa habitación siempre había sido mi preferida.
Había una inmensa chimenea de piedra, con historias de antaño talladas sobre su repisa.
Las ominosas figuras danzaban a la luz oscilante del fuego, cobrando vida para contar su historia.
No fue necesario encender las lámparas de gas; la chimenea otorgaba un brillo lo suficientemente cálido.
Faltaban unos treinta minutos para que ese resplandor se convirtiera en pálidas brasas.
El ambiente no habría estado completo sin algo para agradar al resto de los sentidos. Me serví un poco más de whisky de la colección del señor Aston.
Con delicadeza, posé la aguja del fonógrafo en el borde de la grabación que reposaba en el aparato. Comenzó a sonar, crepitando antes de convertirse en un vals: una pieza instrumental encantadora para una noche oscura y lluviosa como esta.