Capítulo 4
CAPÍTULO
La Criatura
¿ N o es acaso deleitante?
Alina Lis, su sabrosa disposición extendida justo frente a mí.
Su espeso cabello negro se había esparcido sobre las sábanas de seda. Al parecer, en toda la noche no dejó de girarse sobre la cama. Tal vez podía intuir la presencia de cierto depredador que acechaba su acogedor nido.
Una chica lista. Pero no lo suficiente.
Tan solo la miré, jurando que me comportaría. Solo por esta vez . Habría tiempo de sobra para jugar. Mi hambre no había hecho más que crecer desde mi último almuerzo en anticipación de ella .
Yo era un caballero. Me gustaba conocer a mi presa antes de devorarla. Era de buena educación. Aquel día, trabajé duro para seguir todos sus movimientos. También leí acerca de ella, realicé mi propia investigación sobre este fascinante nuevo juguete.
Me merecía una recompensa tan íntima como personal, especialmente con lo mucho que caminaba esta mujer. Por lo menos, ahora sabía que, al ser tan activa, su circulación sería
No me esperaba ni la mitad de las cosas que descubrí acerca de mi almuerzo.
La señorita Lis se movía deprisa, algunos de sus recados eran difíciles de entender.
Había tantos rituales peculiares en su rutina.
Aunque la botica era algo interesante. Supuse que le pertenecía, pues parecía ser la única que tenía llaves del lugar.
Hacía tanto que no acechaba nada que valiera la pena.
Intimar tanto con una vida, lista para ser tomada.
Sería decepcionante que, luego de haber trabajado tanto, me supiera insípida.
Dejando a un lado el sabor, casi había olvidado lo estimulante que era el acecho.
Diría que mi tiempo estuvo bien aprovechado.
Memorizar su rutina, su vida, su olor; era casi como si ya fuera mía.
La pobrecita era dolorosamente inconsciente de todo esto.
El cuerpo encima de la cama me pedía que me acercara a él. Un banquete reservado solo para mí.
La belleza de esa escurridiza criatura hacía pensar que una bruja la había arrancado de un antiguo bosque, de un lugar atormentado por espíritus de antaño, que cobijaba siglos de secretos.
Por no hablar de su… particular coloración.
Era como si alguien hubiera esparcido azúcar refinada sobre un montón de carbón triturado.
Accidental, único en su especie: sería una pena desperdiciarlo.
Se removió bajo las sábanas, dándose la vuelta.
¿Podría sentir lo cerca que estaba?
Tan cerca como para darle un mordisco.
Con delicadeza, levanté la seda de la ropa de cama con la esperanza de averiguar lo que se escondía bajo su acostumbrado atenuado taciturno. Me decepcionó descubrir que no se había quitado el camisón, pero quizá así era mejor. Al fin de cuentas, esto se sentía incorrecto .
Un cuerpo desnudo no era nada misterioso para mí; sin embargo, mirar el suyo me parecería un pecado.
Uno nunca debe engullir un manjar con prisa.
Sería descortés. Sobre su piel pálida, sus cabellos serpenteaban en rizos sueltos hasta las caderas, como si trazaran un mapa de los lugares que yo ansiaba tocar.
Envuelto por la tela, solo el contorno de su cuerpo era visible.
De cierto modo, me sentía como si estuviera espiando bajo un hábito de monja.
Incliné la cabeza hacia el costado mientras la miraba, sin deseos de molestarla al separar demasiado las sábanas de su cuerpo. Ojalá se girara hacia mí. Quería ver un poco más. Se protegía deliberadamente de mi mirada. Bien, como gustes. Pero solo esta noche .
Su aroma me acarició la nariz, causando que mi respiración se agitara.
Me arrodillé junto a la cama, fijé mis ojos en la hechizante criatura ante mí. Mis dedos le apartaron los mechones de la nuca.
No puedo evitarlo. ¿Quién soy yo para privarme de los simples placeres de la vida?
Me acerqué más, hundí la nariz en su cabello y enredé un rizo oscuro en la palma de mi mano.
Mientras inhalaba con fuerza, mis sentidos parecían danzar.
Olía a cerezas negras, almendras amargas y licor.
Había pequeñas notas de algo más, algo que estrechó mi garganta con una ligera quemazón.
Ah, de inmediato supe que esta iba a deshacerme por completo.
Esas nuevas agitaciones eran como un hechizo en mi cabeza, cerciorándose de que la mujer quedara bien grabada en mi memoria.
Después de todo, era esencial conocer a las presas como la palma de la mano; conocerlas lo suficiente como para anticipar cada uno de sus movimientos.
A esta no me importaría conocerla de cualquier forma posible, a su debido tiempo.
Al interior de la carne, debajo de todas las motilidades, había algo más difícil de precisar, aunque en el pasado había experimentado algo semejante unas cuantas veces.
Algo sin diluir, potente, intacto. Una gota de ese dulce destilado podría enloquecer a cualquiera de hambre y deseo.
En realidad, tuvo suerte de que yo la encontrara primero.
Cualquier otro la habría hecho trizas si se hubiera acercado lo suficiente.
—Ah … pero qué dulce —murmuré, hundiendo el rostro en el pliegue de su cuello.
Estaba en lo correcto cuando dije que era único: un tipo de sangre al alcance de pocos, un sabor como ninguno en este mundo. Era lo que se podría llamar una «anfitriona meliflua»; un manjar poco común.
Me fascinaba tener razón.
Su sangre tenía un sabor especiado, el cual le añadía unas exquisitas notas aromáticas.
Se veía tan tentadora así, con el cuello colocado con delicadeza ante mis mandíbulas, esperándome. Podría partirla por la mitad de un solo mordisco.
Levanté la vista hacia su rostro: era tan suave, tan apacible. Como un pequeño ciervo que duerme envuelto en la comodidad de la noche, confiando en estar a salvo de los terrores que acechan en la oscuridad. Indefensa, inocente.
Sufría físicamente por ella.
Mis caninos se crisparon, adoloridos de anticipación, suplicando hundirse en la tierna carne que tenían justo debajo.
Marcar esa piel intacta sería el afrodisíaco definitivo.
La misma sensación me atormentó anoche e hizo un desastre de mi comida anterior.
Sabía bien que, esa mañana, ella había visto las consecuencias de mi obra en el periódico. Quise que supiera que había sido yo.
En un intento de ponerme más cómodo, cambié el sitio en el que me arrodillaba.
Mientras ajustaba mis caderas, un grave chasquido de excitación escapó de mi garganta haciendo que los dientes me castañearan por el frío.
La expresión en su rostro cuando vio el boceto en el periódico me había hecho temblar de emoción.
Me pregunté si pondría esa cara de nuevo para mí.
Al pensar en ello, no pude evitar el coro que vibró en mi garganta.
Todo era tan estimulante. ¿Por qué no preguntó por mí?
¿Por qué no había hecho siquiera una mención a la policía?
Pero qué grosera.
Era del tipo perspicaz. Hubiera pensado que su primera llamada sería a la estación de policía o al periódico.
¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no juegas conmigo?
Fue bastante frustrante pasar por tantas molestias solo para que ella ignorara mi gesto.
No entendía su razonamiento. Tal vez necesitaba ser más obvio.
Normalmente, no me preocuparía por hacer un esfuerzo adicional, pero ella me había encendido por completo.
Era imposible ignorarla y, sin embargo, tampoco podía imaginar cómo se las arreglaba para ignorarme.
—Te espero con ansias, mi pequeña sombra —susurré cerca de su oreja , acomodando un mechón de cabello tras esta antes de permitirle una última noche de descanso. Una noche más antes de que nuestros juegos dieran comienzo.