The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—¡Alina! Sí. Parece que enviaron más de lo necesario.

Pero no me sirve de nada tu extraña plantita, ¡así que llévate todo el manojo!

—trastabilló, sacando una caja plana que dejó caer sobre el mostrador.

Al retirar la tapa, esta dejó ver una generosa cantidad de polígala de v irginia blanca, también conocida como raíz de serpiente.

La inspeccioné, alejando mis manos de la tupida planta, aunque me costó no recorrer sus frondosas hojas con los dedos.

Era de un radiante color verde, con pequeñas flores blancas que salpicaban la parte superior, semejantes a las del perejil.

Aunque la planta tenía un aspecto poco impresionante, la sustancia química que contenía era magnífica.

Al interior de esta hierba tan poco apasionante, había una sustancia química llamada tremetol.

Los síntomas tardaban unos días en manifestarse y, si la cantidad suficiente era administrada con sutileza, podía derribar rápidamente a hombres y bestias por igual.

Era un buen elemento para esconder en la colección de perfumes para el comprador adecuado.

—Es perfecto, señora Caldwell. —Exhalé. Ya no podía ocultar mi sonrisa.

—Tú y tu extraña elección de arreglos florales. No lo entiendo, pero me agrada verte feliz. —Se rio entre dientes—. Es bueno verte de vuelta en casa. ¿Qué tal te estás adaptando?

Me dio una mirada que había visto con demasiada frecuencia desde que regresé de la soledad. Una mirada condoliente, de lástima. En espera de lo que seguía, descubrí un viejo rostro conocido frente a mí; el recordatorio interminable de que había regresado a casa con un familiar menos.

Mi voz se endureció de nueva cuenta.

—Gracias de nuevo. Nos vemos pronto.

Lo más práctico de la tienda de la señora Caldwell, era que se encontraba a solo tres manzanas de la botica de mi padre. De mi botica.

Meciendo la caja en un brazo, puse la llave en la cerradura. En cuanto empujé la puerta, sonó la campanita de la tienda.

Si pudiera concentrar el olor de la botica en un solo perfume, no querría que mi piel guardara ningún otro aroma durante el resto de mi vida.

Al interior, una preciosa variedad de hierbas se mezclaba con los aromas de la madera antigua.

Cada vez que abría esa puerta, una oleada de nostalgia me inundaba.

Casi todas las noches, mi padre solía llegar a casa cargando el olor de la botica, cuando no era el de la morgue.

Me fascinaba que los perfumes del lugar me siguieran a casa; podía saborear cada instante que estos pasaban adheridos a mis sentidos.

Gracias a este sitio fantástico, el recuerdo de mi padre nunca se desvanecería.

Cuando me encontraba en la botica, era como si él siempre estuviera aquí, conmigo, en todos los sentidos, menos en el corpóreo.

Tras el mostrador de madera oscura se hallaba la trastienda. Aunque fuera un sitio caótico y no del todo adecuado, tenía la costumbre de llamarlo mi laboratorio: aquí era donde sucedía la magia.

En la trastienda, sobre las amplias mesas de trabajo, se esparcían los instrumentos de latón que habían pertenecido a mi padre o que fueron discretamente sustraídos del laboratorio del King’s College.

Recipientes de vidrio de diversas formas, colores y capacidades estaban acomodados con cuidado debajo de los bancos, sobre cuya superficie se había formado una paciente capa de polvo.

El olor era menos agradable que en la parte frontal de la tienda, más cercano al moho y la lejía.

La única luz provenía de unas estrechas ventanas horizontales en lo alto de los muros, que podían abrirse para ventilar el lugar.

Por último, una sencilla puerta trasera daba al callejón, donde se encontraban las ratas y los botes de basura.

Aunque antes acostumbraba atrapar a mis ratas de laboratorio en la parte trasera, había decidido que esta vez lo mejor sería criar las mías propias para obtener resultados más consistentes.

A los ojos de los demás, me dedicaba a estudiar la toxicidad de los compuestos utilizados en la belleza y el bienestar, lo que me daba una buena razón para coleccionar aquel tipo de plantas inusuales.

La jerga académica desorientaba a las personas de inmediato y más allá de eso, las preguntas adicionales eran más bien escasas.

Tan pronto coloqué la caja de madera sobre mi mesa de trabajo, sonó la campanilla de la puerta principal. Por desgracia, tendría que esperar para diseccionar este hermoso espécimen.

A lo largo del día, las clientas deambulaban por la botica haciendo preguntas acerca del maquillaje, de qué tomar para tal dolencia, qué plantas les aclararían la piel, cuáles las harían ver más delgadas o cuáles harían que sus maridos pudieran llevar a cabo lo consabido.

No me molestaba en lo más mínimo. Cualquier tipo de curiosidad botánica me hacía disfrutar esta parte del negocio.

Prefería que la gente hiciera preguntas a que creyera lo que los periódicos de la tarde aseguraban sin un artículo que lo respaldara.

Por eso, con frecuencia, presentaba mis propias contribuciones.

No era difícil simplificarlas lo suficiente como para que todo el mundo entendiera: « X es venenoso, opte por Y ».

Si bien la campanilla sonaba a lo largo del día, oírla me emocionaba especialmente cuando era ella la que entraba en la botica.

Madam Berdot era una de mis «clientas especiales» a largo plazo.

Apreciaba a todos mis clientes relativamente por igual; sin embargo, a ella la esperaba con ansias durante largas semanas o meses.

El mes anterior le había enviado por correo una generosa cantidad del veneno experimental de la raíz de serpiente; había utilizado muestras sobrantes que mi padre había escondido para algún experimento novedoso.

Un par de semanas atrás, ella me escribió para informarme que estaba surtiendo efecto; por eso mandé traer más.

Su ocupación conllevaba el desafortunado riesgo de tratar con hombres indeseables.

Era dueña de uno de los burdeles mejor establecidos de la ciudad, a un lado del puerto; el lugar perfecto para probar cualquier mezcla que se me pudiera ocurrir.

Ella estaba encantada de someter individuos especialmente horribles a mi curiosidad.

Mi única condición era que debía tratarse de hombres de naturaleza abusiva.

—Tenemos que hablar —dijo con brusquedad, desviando la mirada hacia el grupo de clientes que examinaban el estante de las hierbas.

Recorrió con sus manos ansiosamente su encrespado cabello rubio y sus párpados pintados de esmeralda aleteaban con inquietud en dirección a la puerta principal, a pesar de que acababa de entrar.

—Por supuesto. Por favor. —Desde atrás del mostrador, señalé la trastienda para que pudiéramos hablar más discretamente.

Me tomó el brazo con una mano húmeda.

—No sé qué ocurre, pero dejó de funcionar.

Levanté una ceja.

—Eso no es posible.

—Sí, sí lo es. Estaba funcionando, lo reconozco. Pero después dejó de hacerlo. ¿Sabes el peligro en que me pones a mí y a mis hijas?

Bajé la voz.

—No es posible, no habría podido degenerarse con el tiempo. Una pequeña cantidad podría derribar a un caballo. Me aseguré de ello.

—Tan solo enfermó. Después comenzó a mejorar y… —la voz se le atascó en la garganta—. Creí que tal vez no había usado la dosis correcta. Pero, en ese caso, funciona para algunos, no para todos.

—No me debes explicaciones. Déjame que te traiga otra cosa.

¿Alguien salió herido? ¿Necesitas alguna otra cosa?

—pregunté, rebuscando entre los estrechos cajones tras el mostrador.

Saqué un diminuto frasco de vidrio—. Arsénico.

Aunque, si el peligro es inmediato, recomendaría alternativas más rápidas, más decisivas.

No corras más riesgos de los necesarios.

Me arrebató el frasco de la mano, asintiendo con la cabeza. Sin otra palabra, abandonó mi tienda a toda prisa. No sabría decir si estaba enojada conmigo, aunque era de suponer que nuestra relación profesional se vería afectada por este inconveniente.

Ahí va mi suministro permanente de sujetos de prueba.

El sol había desaparecido del horizonte brumoso y la luz de la tienda era cada vez más tenue.

El brillo del farol me guiaba conforme cerraba la botica.

Los suelos habían sido barridos, las estanterías dispuestas y los artículos repuestos antes de la jornada siguiente.

A este ritmo, nunca tendría tiempo de acomodar mis nuevas plantas.

Hasta mañana, mis hermosos ejemplares.

Le di la espalda a la puerta para concentrarme en mi gabinete de ciento cincuenta cajones, acomodando el inventario que hubiera quedado suelto.

Antes de asegurarme de no estar olvidando nada, posé los ojos sobre la pequeña cartera de piel que contenía mis pedidos a domicilio, los cuales debían ser entregados a la brevedad.

Un chasquido que no supe identificar resonó en la habitación.

El sonido era tan extraño que tardé un instante en comprender que no se trataba de alguna especie de zumbido dentro de mis oídos. Parecía una combinación del sonido de una cigarra con el mascullar de un gato al acechar a un pájaro por la ventana. Un sonido de curiosidad, de depredación.

Siguió sonando durante un largo minuto que me pareció eterno.

Provenía del laboratorio, de algún rincón apartado de esa oscuridad que me examinaba a través de las grietas en la puerta.

Me debatí entre cerrar la puerta con un golpe, o invitar al bicho que estuviera haciendo ese ruido a entrar, abriéndola más aún.

Me decidí por lo segundo. Al hacerlo, la luz de la lámpara se derramó sobre el suelo en penumbras, iluminando únicamente las partículas de polvo que flotaban en el aire: el extraño ruido se calló de golpe.

Entonces quedó solo una botica a oscuras, vacía, junto con un silencio ensordecedor.

Apreté el ceño mientras cerraba la puerta, llevando conmigo la cartera y la lámpara. No me engañaría creyendo que aquello había sido fruto de mi imaginación. O bien mi nuevo cargamento de raíz de serpiente había atraído un insecto exótico o había un animal agazapado en algún rincón de mi botica.

Aquella noche, el camino a casa fue más largo de lo habitual.

El sonido todavía me inquietaba, erizándome la piel.

Había sido un ruido gutural, del todo desconocido, aunque me trajo cierta ilusión la idea de hallar a la criatura por la mañana: sin importar lo que fuese, siempre me había preguntado cómo nombraría a un insecto o mamífero recién descubierto.

Cuando llegué al umbral de la casa, sentía las piernas agotadas de tanto caminar y mantenerme en pie. En el vestíbulo, la luz de la luna me dio la bienvenida conforme se asomaba por la ventana encima de las escaleras, esparciéndose sobre las pulcras baldosas.

Tras instalarme en la sala, me serví una merecida copa de whisky.

Un detalle acerca del padre de Phoebe, el señor Aston, era que conocía bien su licor y poseía únicamente el mejor de todos.

También tenía el don de coleccionar algunas de las botellas y barriles más antiguos que hubiera visto jamás, según pude constatar la última vez que examiné la colección en su finca.

Con la copa de cristal en una mano, me saqué las botas al pie de la escalera antes de subir. El difícil comienzo de la mañana no ayudaba al cansancio que estaba sufriendo. A medida que ascendía cada peldaño, el dolor se hacía más notorio.

Al agotar el primer tramo de escaleras, se escuchó un chirrido disperso.

—¿Otra plaga? —me quejé.

Mi arma preferida era una escoba que guardaba en el pequeño armario en lo alto de la escalera.

Scritch. Scritch. Scritch .

Asomándose por la esquina, arrojé la mirada hacia el final del pasillo. Entonces esperé. Solo pudo haber venido desde la izquierda o la derecha. Mientras me recargaba sobre la pared, dando otro sorbo a mi bebida, escuché una perturbación más.

Scritch. Scritch. Scritch .

Ahí estaba de nuevo. Mi dormitorio se encontraba a la izquierda. Arrastré la escoba sobre la alfombra, dispuesta a atrapar a cualquier bicho que pudiera encontrarme en el camino.

Al final del pasillo, la puerta de mi dormitorio se encontraba a medio abrir.

El silencio se instaló por un momento. El líquido que quedaba en mi copa se balanceó de un lado al otro, al igual que mi postura. En la otra mano, sostuve la escoba con más fuerza, esperando que el sonido surgiera de nuevo en la oscuridad del dormitorio.

Con un ligero empujón, la puerta dejó escapar un chirrido agudo, mostrando la habitación detrás.

Si quería encontrar algo allí dentro, no tenía sentido alguno dejar el dormitorio a oscuras.

Me deslicé por la habitación para encender una luz junto a mi cama. En cuanto giré el dial, la lámpara parpadeó; su llama creció con languidez hasta esparcir un poco de luz por el sombrío dormitorio.

Entonces escuché el ruido de nuevo. Justo detrás de mí.

No eran arañazos, sino el mismo chasquido que había oído antes, en la tienda.

Petrificada una vez más, escuché con atención, queriendo convencerme de que esta vez podría descifrar de qué se trataba. Nunca había oído nada semejante. Había viajado por el mundo entero en busca de plantas y animales exóticos, pero nada se parecía en lo más mínimo a la cosa que había escuchado.

Al girar sobre mis talones, el ruido cesó de golpe. No había criaturas a la vista. Solo una oscura habitación vacía.

Hubiera jurado que se encontraba a escasos metros de mí, pero no había evidencia de ello. La única prueba estaba escondida en los rincones de mi imaginación, junto con el mareo causado por mi veneno preferido.