Capítulo 3
CAPÍTULO
La Envenenadora
N áuseas.
El alcohol amenazaba con volver debido a mi incapacidad para medir mis propios límites. La cabeza me dio vueltas hasta que los recuerdos de la noche anterior resurgieron de las profundidades de mi cerebro.
Esos ojos muertos se habían quedado grabados en el revés de mis párpados, atormentando tanto mis pesadillas como mis ensoñaciones.
Al fin, en el cuarto de aseo, mi estómago dejó salir algunos necesarios recordatorios, aunque aquellas memorias en particular se habían tornado en bilis.
La resaca y el pinchazo que me trajo recordar los hechos me hicieron sentir asco, repugnancia .
Me hubiera gustado decir que aquellas emociones estaban enteramente dirigidas hacia el hombre, pero la culpa pesó sobre mí tan pronto dejé a la chica en aquel sitio, en las garras de esa trampa para osos humana.
En ese momento, mi instinto de autopreservación pudo más que mi necesidad de justicia. Nunca olvidaré lo inmunda que me sentí.
No comprendía del todo lo que había visto, pero me bastó con saber que no había sido un sueño. Esa mirada hambrienta solo podía ser descrita como vulgar; carnal, incluso.
Me aferré al borde del lavabo con los dedos mientras contemplaba mi reflejo vacilante, deseando que este saltara para darme una buena bofetada. Oscuras hebras de cabello suelto se esparcían en todas direcciones, enredadas tras una noche de desasosiego.
Contrólate. Tienes trabajo que hacer .
Había acordado encontrarme con Phoebe más tarde. Sin embargo, invadida por ese malestar repleto de culpa, me costaba siquiera salir de los confines del cuarto de baño.
Con mucho esfuerzo, a duras penas logré recomponerme. Moviéndome por la casa, busqué ciertas prendas de ropa perdidas en alguno de los baúles dispersos, los cuales aún esperaban para ser vaciados de su contenido.
No hace demasiado tiempo, Phoebe y yo recorríamos estos pasillos con nuestros caballos de madera jugando a ser aventureras, haciendo de este hogar un mundo propio con posibilidades infinitas con las cuales podíamos explorar nuestra imaginación.
Por ahora, la mansión Eastwater era mi hogar temporal. El lugar pertenecía a la familia de Phoebe. Yo era una mera inquilina hasta que pudiera adquirir otra cosa.
La propiedad era una hermosa casa adosada de estilo georgiano, con tres pisos y demasiadas habitaciones.
Se encontraba al final de una calle tranquila, rodeada de residencias igual de elegantes.
Un exuberante jardín amurallado se ocultaba en la parte trasera, lejos de la mirada de los vecinos.
Mi parte favorita era el humilde invernadero escondido entre la hiedra.
Me sentía agradecida de poder alojarme en la mejor zona de Londres.
La casa estaba cubierta de blanco y de suaves tonos crema, y cálida madera revistiendo cada rincón y barandilla.
Cuando era joven, este era el sitio que más me gustaba visitar.
Incluso entonces me resultaba tan laberíntico como ahora. Nada había cambiado.
Tras abrir mis cajones de ropa, me puse encima el primer atuendo de paseo que encontré. Mi humor era tan sombrío como lo que vestía; sin duda un esqueleto se hubiera visto más alegre.
Mi mano se deslizó por los intrincados tallados de la barandilla.
La luz matinal se filtraba a través de una particular ventana circular, la cual vigilaba el vestíbulo como un ojo, iluminando los tenues dibujos de hoja de oro en el empapelado color marfil.
La ventana circular se encontraba justo encima del rellano, separando la escalera del siguiente piso y arrojando luz sobre un espacio que, de otro modo, permanecería en penumbras.
Me froté la nuca para aliviar la tensión de los músculos. El fino encaje negro del cuello me hacía cosquillas bajo la mandíbula.
Me acerqué al portal para revisar la bandeja del correo y abrí la puerta por si habían traído algún encargo.
La brisa que me recibió me recordó cuán cerca estábamos del final del otoño.
Los árboles a los costados de la calle se estaban deshojando y habían quedado casi desnudos.
El bullicio de los cascos de los caballos y el parloteo de los cuervos resonaban con la rampante nostalgia de la estación.
Cuando cerré la puerta tras de mí, el chasquido de la cerradura resonó al interior de la casa, reverberando entre las paredes como un rumor. Una vez que hubo viajado lo suficiente, el sonido se desvaneció. Un recordatorio de la entrañable soledad que acogía mi corazón.
—¡Te aseguro que me hubiera gustado quedarme más tiempo! No sé qué sucedió. Una fiebre se apoderó de mí. Fue imposible preverlo. —Sonreí con timidez mientras arrancaba otro trozo de mi pastelillo.
Phoebe y yo habíamos acordado desayunar en el parque para compensar mi repentina huida de la noche anterior. Nos encontrábamos en un diminuto café con sillas y mesas en el exterior, un lugar tranquilo para leer o contemplar. En nuestro caso, era el sitio perfecto para la charla matutina.
—En todo caso, me alegró recibir una llamada tuya, saber que te encontrabas bien. Me preocupé mucho cuando desapareciste de la nada. —Phoebe resopló, incapaz de seguir enojada conmigo—. ¿Al menos pudiste convivir un poco? ¿Conociste a alguien? ¿Algún detalle que me puedas contar?
Negué con la cabeza antes de hacer una pausa, recordando a esa extraña criatura de hombre. Mis mejillas debieron de delatarme, porque Phoebe soltó un chillido de emoción. Aunque su rubor no se debía a la timidez, sino a la ira.
—Fue así, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijiste? —Se removió en la silla como si se dispusiera a escuchar un largo y jugoso chisme —. ¿Y bien? —Sus dedos enguantados apretaban su taza de té con anticipación.
—No fue así —la reprendí, aunque su entusiasmo me obligaba a curvar los labios—. Apenas nos conocimos de paso. No ocurrió nada.
Phoebe me dirigió una mirada inconforme, arrugando la nariz. Entonces, algo por encima de mi hombro atrapó su atención y olvidó de inmediato su interrogatorio.
Regresó su elegante sonrisa.
—¡Mira! ¡Hemos llamado la atención de un ilustrador! ¡Ahí! —Hizo un gesto, inclinando la cabeza en su dirección, como para no delatar que había descubierto al artista.
No sería la primera vez; a menudo, nuestros contrastantes estilos llamaban la atención de los artistas errantes de la ciudad. Phoebe siempre era reluciente, elegante, limpia. Yo, en cambio, prefería lo oscuro y ominoso.
Debido a mi trabajo, había adoptado el rito personal de vestir de negro.
Yo había sido la causa de muchos funerales; acontecimientos por los que no podía ni quería rendir pleitesía alguna.
Lo más apropiado era que me vistiera siempre para la ocasión.
Era un homenaje a mi peculiar talento. Además, no había necesidad de cambiarme el atuendo fúnebre, pues todos los días muere algún hombre: un motivo de celebración.
En cuanto a motivos espirituales, no tenía ninguno.
El negro siempre estaría de moda, con o sin luto.
Además, el negro tendía a reducir al mínimo mis interacciones con la gente, lo cual me traía una gratificación adicional.
En todo caso, estaba segura de que, si algún espíritu fuera capaz de verme, mi atuendo le parecería una especie de regodeo. Un pensamiento poético.
Permanecimos sentadas unos instantes más, dándole al ilustrador un buen vistazo de nosotras antes de embarcarnos en nuestro paseo matutino.
—¡Asesinato! ¡Un cuerpo arrojado en los muelles! ¡Un destripador entre nosotros! ¡Un monstruo sediento de sangre! —gritó el chico de los periódicos con los impresos en una mano, extendiéndolos con la otra para que la gente los viera.
Le lancé una moneda y tomé un periódico, acelerando el paso mientras Phoebe se esforzaba por seguirme.
—¿Un cadáver en los muelles? Eso no es ninguna noticia. —Frunció el ceño, intentando echarle un vistazo el periódico mientras yo desdoblaba la primera plana.
—No es un cadáver cualquiera —murmuré, sobre todo para mí misma.
Al mirar la ilustración, apenas logré distinguir el rostro; posiblemente se debía a que el cadáver, en realidad, no tenía rasgos identificables para empezar. Era la silueta de una mujer con un vestido elegante.
Aunque en el papel no había más que tinta negra, supe reconocer el azul celeste de aquel vestido en particular.
Mis dedos arrugaron el periódico al arrojarlo a un basurero en el camino, limpiándome nerviosamente las manos sobre la falda, como si quisiera arrancar de ellas la culpa que las mancillaba.
Mi nuevo sujeto ha vuelto a asomar su horrible cabeza.
En ese momento, Phoebe y yo nos separamos para cumplir con los recados del día cada una por su lado. Mi primera parada fue la florería.
«Caldwell, florería y botánica», decía el letrero.
Conocía a la señora Caldwell desde que era pequeña; mi padre siempre la atormentaba con pedidos extravagantes.
Su tienda era una de las pocas que importaba flores y plantas por encargo especial.
Su marido tenía buenos contactos en la industria del transporte y la importación.
Esto era imprescindible para mi padre, quien a menudo experimentaba con flora exótica para sus medicinas, tinturas o cualquier otra cosa en la que estuviera concentrado en aquel momento.
Con el tiempo, llegué a depender de ella en todo lo relacionado con las necesidades de mi trabajo, hasta que dejé la ciudad un año atrás.
Ella no hacía preguntas, a excepción de: «¿Cuánto deseas?
» o «¿Cuándo lo necesitas?». Con los años, se había vuelto cercana para mí, al punto de convertirse en una especie de familia extendida.
—¿Llegó mi pedido especial? ¿Por el que llamé la semana anterior? —pregunté, observando por encima del mostrador a esa mujer bajita y rolliza.