Capítulo 1 #2
Hablando de paz, también estaba el asunto de aquellos productos no del todo legítimos que reservaba para las mujeres que buscaban eliminar a cualquier personaje desagradable, ligado a ellas por matrimonio o cualquier otro motivo.
Mis excepcionales conocimientos de botánica y química me habían permitido contribuir a la desaparición de muchos hombres.
Era una envenenadora profesional, por así decirlo.
Phoebe no conocía ni la mitad del negocio; sin embargo, sus chismes hacían que elegir a mis próximos sujetos fuera bastante fácil.
Prefería no llamarles víctimas. Eran cualquier cosa menos eso.
El trabajo de un envenenador nunca termina: un veneno siempre puede ser mejor.
Más refinado, más puro, más letal… Hasta que se consigue crear algo nuevo y, entonces, el proceso comienza de nuevo.
Por eso, para mí, cada recipiente del veneno era un sujeto de pruebas; cada cadáver dejaba pistas sugerentes acerca de cómo mejorar el veneno para el siguiente pecador.
No pasó mucho tiempo antes de que Phoebe dirigiera su atención a sus labores de anfitriona, dejándome a solas con la muchedumbre mientras hablaba.
—Oh, ¿así que eres una especie de farmacéutica? —Aunque las palabras del hombre eran adecuadas, se dirigió hacia su amigo para burlarse antes de antes de voltearme a ver de nuevo—. Dime, ¿qué ocurre con el color de tu pelo? Ahí, en tu rostro.
Esbocé una sonrisa tensa como respuesta, rozando mi ceja con los dedos.
—No le ocurre nada. Es poliosis. Tan solo se me pone blanco el cabello en la parte izquierda de mi rostro. —Mi voz buscaba ser amable para ilustrar; aunque no era como si un bueno para nada como este pudiera darse cuenta de ello.
—Si eres farmacéutica, sin duda alguna debes saber cómo curar una dolencia de este tipo.
—No es ninguna dolencia, es más bien un curioso fenómeno biológico. —Me tranquilicé con una profunda respiración para no recurrir a expresiones más desfavorables—. Prefiero llamarlo una rareza.
La ignorancia era de esperarse; no podía culparlos.
Ser estúpido no es una elección, así que a menudo hacía lo posible por ser comprensiva.
De haber nacido rubia, quizás no hubiera dado tanto de qué hablar.
Por desgracia, me fue concedido el pelo negro de mi madre, que contrastaba como un conejo melánico sobre la nieve recién caída.
Me excusé para abandonar la interacción, cambiando mi copa de champaña vacía por otra llena, de camino al resto de los salones.
Sostuve un par de conversaciones repetitivas con otras señoras acerca de algunos de mis escritos; sobre todo de los que aparecían en los tabloides, los cuales trataban de regímenes de belleza.
Me agradó saber que mi trabajo era apreciado, incluso si la otra mitad continuaba siendo desconocida —y con buena razón—.
Algún día, tal vez sería tan notoria como Giulia Tofana, pero por lo pronto, aquel asunto quedaba entre las mujeres que más lo necesitaban y yo.
Los placeres personales son como las flores que se secan: es mejor mantenerlas alejadas de la luz si se quiere preservar su vitalidad.
En otro salón, levanté los ojos para contemplar la escena.
Los techos eran altos, con una impresionante colección de cuadros subiendo por los muros.
En cada pared, lienzos de tamaños dispares estaban colocados juntos en ecléctica armonía.
Había retratos, paisajes exóticos, animales queridos y una que otra escena folclórica.
Todos los cuadros se exhibían con orgullo en marcos cubiertos con hoja de oro.
Paseé tranquila entre la multitud, cambiando mi atención de un cuadro al otro.
Este era el tipo de habitaciones que gritaban «dinero».
El trino de los instrumentos afinándose distrajo mi atención de aquella opulenta exhibición de arte; todos los invitados se dirigían hacia el salón de baile.
Bajo mis pies, la madera estaba teñida de tonos tostados y cafés, complementándose en un patrón enrevesado que enmarcaba el suelo.
Había un piano en la esquina y los músicos se concentraban en sus instrumentos.
Permanecí de pie en el perímetro de la sala, entre muchos otros invitados que esperaban con anticipación los festejos que pronto iban a comenzar.
Me retorcí un mechón de pelo entre los dedos y sorbí el resto de mi champaña, casi derramándolo entre la comisura de mis labios.
Cálmate, Alina. La noche es demasiado joven para que seas así de descuidada.
Apartada en la esquina, observé cómo la multitud se dividía entre bailarines y espectadores.
Esta vez, opté por ser espectadora. Estudiar al resto de las personas tenía algo reconfortante; me gustaba preguntarme cómo se sentiría ser el resto de las personas.
Mis ojos se detuvieron en la variedad de parejas que se balanceaban por el salón, revoloteando alrededor del otro.
Algunas eran matrimonios de años que pasaban juntos la velada; otras, parejas de amantes magnetizados que brillaban en la presencia de su acompañante.
Y luego estaban aquellas que por primera vez se encontraban con otro par de ojos ávidos, mostrando cautela y curiosidad en cada uno de sus movimientos.
Pensé en las distintas especies de pájaros; en cómo eligen atraer a sus parejas.
La temperatura de la habitación aumentaba y mi cabeza comenzaba a creer que podía flotar; menos mal que interrumpí mi búsqueda de licores.
La manada de cuerpos hizo difícil escabullirse para entrar en la habitación contigua donde, un rato antes, al pasar frente a ella, había notado una zona de descanso.
¿Por qué me hago esto? Debería haber aprovechado la noche para descansar.
Entré a trompicones en la habitación y me pellizqué el puente de la nariz con dos dedos, aliviando el ataque de náuseas que surgían a toda prisa.
Un quejido agudo me devolvió un poco de sobriedad.
Dos figuras se encontraban en el diván al otro extremo de la habitación.
Un hombre estaba sentado al centro del mueble, con las rodillas en una posición abierta mientras mantenía a una mujer entre ellas.
Con una mano enguantada de negro, agarraba el cuello de la mujer por un lado y con la otra, sostenía su brazo con firmeza.
Su atuendo era completamente negro, lo que provocaba que el vestido azul cielo de la mujer resaltara encima de él.
El golpeteo de mis tacones lo alertó de mi presencia.
Sus ojos recorrieron la habitación con lentitud, sin prisa alguna, antes de posarse sobre mí. No hizo ningún movimiento. Ni siquiera un respingo que indicara pudor por su vergonzosa posición.
Sus ojos eran de un gris pálido, frío, del tipo que podría cortarte con una mirada. Su cabello, de un rubio dorado, caía ligeramente sobre su rostro. En cualquier otra situación, podría haber sido descrito como un ángel, sin embargo, esa calidez celestial no parecía hallarse en su mirada.
No consigo recordar nada más que aquellos ojos muertos, que despojaban al aire entre nosotros de cualquier forma de consuelo.
Su agarre sobre la mujer se hizo más fuerte y ella soltó un sollozo que resonó incomprensible hasta mis oídos; solo podía escuchar mi sangre correr a través de ellos.
Una sonrisa ávida, hambrienta, torció sus afilados rasgos. En el cuello de la mujer, goteaban rastros húmedos de color carmesí, manchando la preciosa seda azul de su vestido.
Juraría haber visto un destello de luz reflejarse en los ojos del hombre.
Los hombres brutales no me eran ajenos; los conocía bien. Sin embargo, nunca había visto a uno que fuera tan descarado como para alegrarse de ser descubierto. Sin discreción, sin vergüenza alguna.
Había un aire salvaje en su expresión cuando la tomó por la mandíbula, estirando su cuello aún más. Una lengua roja y húmeda recorrió la yugular de la mujer. Él me miró con el rabillo del ojo, como preguntándome: «¿Qué harás al respecto?».
Ojalá pudiera decir que hice sufrir a ese hombre: que metí sus manos en frascos, que le arranqué la lengua de la boca. En lugar de eso, hice algo mucho peor.
No hice nada.