Capítulo 1
CAPÍTULO
La Envenenadora
A l bajar del carruaje, mis tacones resonaron sobre los adoquines encharcados.
Esa noche llovía sin parar; gotas gruesas caían desde la inmensa oscuridad en las alturas, iluminándose solo cuando pasaban cerca de las farolas en su descenso.
El lacayo me tendió un paraguas mientras yo me quedaba de pie, alzando la mirada hacia los departamentos de piedra blanca.
Las ventanas brillaban repletas de vida; había gente en todas las habitaciones y una cierta calidez recorría los numerosos pasillos.
Las sombras de la gente parecían sugerir todas las actividades que ocurrían al interior.
A juzgar por su tamaño, la casa de Phoebe debía de tener al menos cincuenta habitaciones.
Uno podría perderse en ellas con facilidad y nunca salir.
—¡Alina! —Phoebe gritó desde la puerta—. ¡Perfectamente tarde! —bromeó—. ¿Y además vienes de negro?
—El negro es adecuado para cualquier ocasión. —Sonreí, entrando al tiempo que le daba un saludo.
—Bueno, no tiene por qué ser en todas las ocasiones. Esto es una fiesta, no un funeral. —Mi querida amiga soltó un dramático suspiro, alzando las manos en señal de derrota. Ella sabía que mis gustos eran particulares y no sería la primera en hacerme cambiar de opinión.
Levanté el ceño, divertida con el enojo de la pequeña pelirroja.
—Phoebe, relájate. Prometí que mi atuendo cumpliría con el código de vestimenta.
—Me retiré el abrigo y un sirviente cejijunto se lo llevó a toda prisa.
Le di a Phoebe un apretón tranquilizante en el hombro—.
Además, una nunca está demasiado preparada.
¿Y si un invitado te hace enojar tanto que terminas por golpearlo?
En ese caso, estaré elegantemente preparada para la ocasión.
Phoebe no pudo mantener su fachada de irritación; su expresión mudó a un brillo de entusiasmo. Sus brazos me rodearon el cuello en un fuerte abrazo.
—Me alegra tenerte de vuelta. ¡Tenemos que ponernos al día! Incluso con un año de cartas, ¡no he leído suficiente de las pequeñas aventuras en las que te has embarcado!
—No te has perdido de mucho. Estoy segura de que tienes historias mucho más emocionantes.
—Bueno, en ese caso, tendremos que causar algunos problemas ahora que estás en casa.
—Cruzaba los brazos, una sonrisa burlona decoraba sus vivaces y delicadas facciones.
Un bucle rojizo se desprendía de su peinado bien apretado, enmarcando su pálido rostro.
Phoebe era una de esas chicas de belleza natural.
Su piel era como el alabastro, lo suficientemente pálida como para que a través del calor sonrosado que adornaba sus mejillas, cada emoción fuera visible.
Su pelo rojo hacía que sus ojos verdes resultaran aún más cautivadores.
—A causar problemas, entonces. —Le correspondí la sonrisa.
Phoebe y yo habíamos sido amigas desde que tenía memoria.
Éramos como dos espinas de la misma rosa; había una conexión natural entre nosotras.
Nuestros padres habían trabajado juntos en varias ocasiones en la industria farmacéutica, aunque el suyo también se dedicaba a muchas otras cosas.
En la industria, mipadre era un caballo de un solo truco: dedicó su vida entera a estudiar medicina a través de la botánica, la química y la fisiología.
Lo admiré por ello. Era una profesión noble y consiguió llegar lejos gracias a la inversión del padre de Phoebe.
En ocasiones, me preguntaba qué más podría haber dado al mundo si no hubiera fallecido un año atrás.
Perderlo rompió una parte de mí que nunca lograría comprender.
Había pasado el último año encerrada en nuestra finca como una ermitaña.
Dada la presión social que implicaba ser amiga de Phoebe, no podía arriesgarme a ser vista en ese estado.
La reputación de mi padre era lo único que me quedaba de él y si la mancillaba al actuar de esa forma, nunca me lo perdonaría.
No esperaba estar de vuelta tan pronto, pero extrañaba la vida en la ciudad.
Nunca acostumbré a perderme las veladas que organizaba Phoebe, aunque tal vez había sobreestimado mi capacidad para soportar tanta interacción social tras algunos días de viaje. Sobreestimulada era decir poco cuando se trataba del caos que Phoebe era capaz de crear.
Todo en su casa era grande y fabuloso. Una extraordinaria escalera decorativa serpenteaba por ambos extremos de la sala, uniéndose en la parte superior.
Había arcos a cada lado y otro justo al frente, bajo el balcón de la escalera.
Decenas de obras de arte cubrían las paredes y los muebles raros estaban esparcidos en cada rincón.
Algunas de estas piezas habrían hecho llorar de asombro a los mejores artesanos.
Todo irradiaba riqueza y estatus; un sitio perfecto para alojar a los cientos de personas que salían dando tumbos al amanecer, solo para repetirlo todo a la semana siguiente.
Ella me tomó del brazo, jalándome hacia una de las muchas salas.
El murmullo de las conversaciones aumentaba a medida que nos acercábamos.
Todo el mundo iba vestido con trajes de seda hechos a la medida.
Las siluetas bastaban para intimidar a cualquiera, incluso a los más familiarizados con las últimas tendencias de la moda.
El vestido que había elegido para la ocasión tenía una silueta sencilla.
Ceñía mi cintura, acentuada por el corsé, y se alisaba delante de mis caderas antes de llegar hasta el suelo.
La espalda del vestido se alzaba ligeramente, para luego caer en una sutil cola que me seguía por detrás.
La seda negra despedía un brillo lustroso, reflejando la suave luz del ambiente en cada fruncido y cascada.
El escote era bajo y ancho; se asentaba casi encima de mis hombros, adornado con rosas de tela que decoraban la parte delantera de mi busto y se esparcían a lo largo del drapeado.
Una gargantilla de encaje grueso con una flor negra a juego adornaba mi cuello.
Me había recogido el pelo a medias y unos rizos negros como la tinta caían sobre mi hombro.
En la mano, sostenía mi abanico de plumas negras entre los dedos enguantados; los guantes de seda de ópera cubrían hasta justo arriba de mis codos.
El vestido de Phoebe era parecido, aunque de un suave rosa ruboroso, con detalles de encaje blanco.
Había escogido una silueta de corsé más dramática, la cual acentuaba sus pechos en una impresionante exhibición.
Sus guantes estaban hechos de un grueso encaje blanco, mientras que su abanico era de seda con elementos decorativos semejantes a los de su vestido.
Además, había escogido joyas menos modestas: pesados diamantes que besaban la piel de su cuello y sus orejas.
Phoebe brillaba como las gotas de rocío sobre las rosas de su jardín.
Yo siempre había creído que era la mujer más hermosa sobre la Tierra y hasta entonces, ella nunca me había dado razones para pensar lo contrario.
—Y después escuché que Benjamin vino aquí buscando Mary, nuestra conocida, lo cual no podría ser más delicioso, porque también he oído que tal vez ella ya tenga un amante.
—Phoebe volvió a mirarme mientras me agarraba del brazo, dándose cuenta de que me había distraído por completo—.
Alina, ¿qué te preocupa? Desapareciste ahí dentro.
—Frunció el ceño, dándome un golpecito en la sien con el dedo índice.
—Me encuentro bien. Es solo que todavía no he organizado mi rutina —murmuré, siguiéndola entre la muchedumbre con nuestros brazos entrelazados.
Tomamos un par de copas de champaña de la bandeja más cercana y nos mezclamos con el resto de los invitados.
Phoebe irradiaba elegancia y hospitalidad.
Mi propia aura, en cambio, siempre había sido un tanto inaccesible, quizá hasta un poco macabra.
En lo personal, no me resultaba un problema; prefería mantener cierta distancia con los extraños.
La mayor parte del tiempo, llamaba suficientemente la atención por el mero hecho de existir.
Aunque, pensándolo bien, averiguar qué clase de personajes se atrevían a acercarse a mí era divertido.
Phoebe estaba charlando con unas personas ampulosas que yo no había visto nunca. Al cabo de un tiempo, todas las caras empezaban a parecerse entre sí, de modo que no podría recordar si los había tratado alguna vez.
—Esta es mi querida amiga, Alina Lis. Es la dueña de la botica junto a la florería del West End. Es una especie de científica.
Me crispé tan pronto me percaté de que se refería a mí.
Valoraba su entusiasmo por mi profesión, pero no todos los hombres veían con buenos ojos que una mujer fuera dueña o heredera de una propiedad; menos aún que trabajara en un ámbito científico.
La tienda había pertenecido mi padre y cuando murió, pasó a mis manos.
—Últimamente, escribo artículos para revistas científicas acerca de la toxicidad de los productos de belleza y ofrezco alternativas más seguras.
Si leen los tabloides, es posible que se hayan encontrado con mi trabajo.
—Esbocé una sonrisa educada, esperando no recibir comentarios sobre las mujeres que trabajan fuera de su «área de especialidad».
Con frecuencia, tranquilizaba a los hombres el saber que mis habilidades estaban relacionadas con algo más femenino.
Explicarme resultaba agotador; en lugar de eso, prefería quedarme muda para mantener la paz.