Capítulo 24
La cena entre las Taylor y sus respectivas parejas acaba más tarde de lo esperado.
Las hermanas han disfrutado de una velada llena de recuerdos y momentos graciosos a pesar del sopapo que se llevó Caroline por chinchar a Katherine con Jodie una vez más.
Rachel tuvo que explicarle a Dakota la reacción de la dueña del hotel Mallois y la bajista soltó tal carcajada que Rachel no pudo evitar contagiarse.
Han dormido del tirón; después de hacer el amor, las dos cayeron agotadas y no abrieron los ojos hasta que el amanecer neoyorquino se coló por las rendijas de las ventanas de la habitación.
—Ayer te vi muy feliz —dice Dakota cuando ambas se han estirado como unas gatas sobre la cama.
—Mis hermanas lo son todo para mí —contesta Rachel con una sonrisa—. Ashley es lo primero, pero tras ella están Caroline y Katherine. Aunque son menores que yo, siempre han estado ahí para todo, nunca me han dado la espalda y he podido contar con ellas en todo momento.
—Había escuchado alguna vez de boca de Ashley que discutías mucho con Caroline y pensé que os llevabais mal —dice Dakota, pensativa.
—Ya la has conocido y muchas veces es un grano en el culo —ríe Rachel—.
Nuestra madre murió muy pronto para criar a Caroline y yo intenté estar todo lo presente que pude.
Ashley y ella eran inseparables; parecían hermanas.
De hecho, aún están muy unidas; estoy muy segura de que sabe con quién se está viendo mi hija.
Pero jamás podría llevarme mal con ella; es una mujer muy sensible, inteligente y que, ante todo, adora a su familia.
Dakota sonríe y le deja una caricia lenta en las mejillas. Se acerca, la besa y a Rachel se le acelera el corazón.
—¿Por qué no nos quedamos unos días? —suelta Dakota y Rachel se queda muy quieta—.
Creo que te hace falta estar aquí en tu ciudad y con ellas al menos un poco más.
Podemos volver el viernes y prepararlo todo para los conciertos del fin de semana.
He estado hablando con Ashley y lo tiene todo bajo control.
Rachel duda, no porque no quiera estar en Nueva York, sino porque jamás se ha ausentado tantos días del bar. En el pasado, cerraba cuando volaba por vacaciones; nunca le ha confiado a nadie las llaves del The heaven.
—Tienes que confiar en ella —le repite Dakota lo mismo que le dijo cuando estaban en Ítaca—. Ashley decidió volver a casa, en parte, para ayudarte con el negocio que seguramente ella heredará. La sala de conciertos y las nuevas ideas son parte de esa nueva vida que ha elegido.
La mayor de las Taylor piensa que su chica tiene razón.
No será sencillo ir cediéndole ese espacio a Ashley, pero Rachel lleva demasiados años al frente del bar y poco a poco tendrá que hacerse a un lado.
Mira a Dakota y sonríe porque se da cuenta de que la bajista ya casi se ha abierto del todo con ella después de lo que han vivido juntas.
Sus conversaciones son más fluidas y se atreve a decirle lo que piensa sin tapujos.
Sigue siendo una mujer introvertida, no cree que eso vaya a cambiar, pero con ella se comporta de una manera que le gusta mucho a Rachel.
—Vale —asiente con la cabeza—. Voy a llamarla .
Dakota la detiene cuando Rachel intenta girarse para coger el móvil que descansa sobre la mesilla de noche.
—Es muy temprano, estará dormida —dice en un susurro mientras se coloca sobre el cuerpo de Rachel y la besa con pasión, haciendo que su lengua recorra cada rincón de su boca.
Rachel gime y se ajusta al ritmo de la bajista.
En las últimas semanas ha tenido más sexo que en los últimos diez años.
Dakota y la fiereza de su juventud, parece no cansarse de recorrer el cuerpo de Rachel.
Hasta ahora han sido muy discretas; Ashley duerme en la habitación contigua y su madre —ni la misma Dakota— no quiere que las escuche.
Pero ahora están solas, en una habitación de hotel, y no quiere morderse los labios para evitar que los sonidos ardientes salgan de su boca.
La mayor de las Taylor acaba desmadejada boca abajo en la cama. Está algo mareada; el último orgasmo vino con tanta fuerza que tuvo que sujetarse al colchón porque sentía que bajaba a toda velocidad por la pendiente más alta de una montaña rusa.
—Vas a matarme —logra articular Rachel y escucha la risa melódica de Dakota, que se tumba a su lado.
Un rato más tarde, Rachel habla con Ashley y su hija la calma asegurándole que no tiene nada de lo que preocuparse.
—Descansa y disfruta de esos días. Te lo mereces —le dijo Ashley cuando Rachel no paraba de preguntarle si estaba segura de llevar sola el bar—.
No estoy sola, no te preocupes —y Rachel quiso preguntar más, pero recordó que su hija no era una niña y que, además, ese bar era tan suyo como de la propia Rachel.
La mayor de las Taylor decide llevar a Dakota a una de sus calles favoritas en la ciudad.
Tras llamar a Katherine y anunciarle que salían, además de pedirle un favor para cuando regresaran al hotel, Dakota y ella se encaminan hacia el West Village.
En ese barrio, que parece estar exactamente igual que cuando Rachel era una adolescente, todo el ruido de la ciudad se queda encapsulado en otro rincón.
Sus calles son más silenciosas, la gente más cercana y su clima más cálido.
Los edificios de diferentes tamaños, de ladrillo rojo y con las acostumbradas escaleras de incendio de hierro forjado, le dan al barrio un toque distintivo.
Dakota lo observa todo con especial agrado; va cogida de la mano de Rachel mientras le va contando historias sobre esas calles.
Se detienen frente a los escaparates de las tiendas de antigüedades y librerías de segunda mano mientras la gente pasa detrás de ellas con el trajín de la vida cotidiana.
—Este es el Jefferson Market Garden —explica Rachel cuando se adentran en un parque colorido rodeado por una verja de hierro.
Un oasis en medio de la bulliciosa ciudad de Nueva York—.
Solía visitarlo mucho; todo el mundo ama el Central Park, pero este sitio es más acogedor, un remanso de paz.
En cada estación las flores son preciosas y, cuando el tiempo te lo permite, sentarte bajo los árboles es todo lo que se necesita para tener un buen día.
La bajista la escucha embelesada. Siempre le han gustado las mujeres más mayores que ella porque aportan una sabiduría y experiencias completamente diferentes a las que puede ofrecer alguien más joven, pero Rachel Taylor tiene más que eso; además de belleza, tiene bondad, paciencia y un corazón tan grande que Dakota sabe que podría darle vida a quien lo necesitara.
—Volvamos al hotel —dice Rachel después de salir del parque—, hay algo que quiero enseñarte.
Las dos mujeres optan por un taxi y, mientras Dakota mantiene la mirada fija en la ventanilla observando los grandes rascacielos, Rachel está pegada al móvil contestando algunos mensajes.
Cuando llegan al Mallois, ya casi atardece, así que Rachel apura el paso y se adentra en el ascensor para llegar a la última planta del hotel.
Se acercan a la puerta blanca del fondo y, tras teclear un código de varios dígitos, logran entrar a la mejor zona del edificio: la terraza privada de las Taylor, el lugar favorito de su hermana pequeña.
Dakota no ha dicho nada en todo el rato, se deja llevar por Rachel, pero casi se le cae la mandíbula al suelo cuando observa la vista.
El atardecer dibuja en el cielo colores de tonos dorados, rosa y púrpura.
Las luces de los rascacielos y de la ciudad entera, y el sol descendiendo lentamente crean una imagen digna de la postal más bonita que jamás haya visto.
—Un día me dijiste que tocarías el bajo para mí si yo tocaba para ti —escucha Dakota detrás de ella y se gira para encontrarse a Rachel apoyada en un taburete alto con una guitarra cruzada en el pecho, la que Katherine ha ordenado llevar a petición de su hermana—.
Y quiero escucharte hacerlo muchas veces.
El sonido de las cuerdas rasgándose rompe el silencio de la terraza.
Dakota siente un cosquilleo en el pecho que bulle en una explosión cuando escucha unas notas suaves salir de los labios de Rachel.
El momento es perfecto y a Dakota se le encharcan los ojos porque, a pesar de la mierda que le ha caído durante su vida, también ha vivido momentos espectaculares, pero jamás como este.
Rachel termina la canción, se quita la guitarra y la deja en el suelo. Se acerca a Dakota que, sin darse cuenta, ha estado llorando y sus mejillas brillan a causa de las lágrimas.
—Espero que sean de felicidad —dice Rachel limpiándole el agua de la cara .
Dakota sonríe y la coge por la cintura.
—Lo son —contesta y besa a la cantante.
—Quiero intentarlo en serio contigo —suelta Rachel una vez han roto el beso—.
Sé que has pasado por mucho, pero también que has superado todo lo que te has propuesto, y yo quiero estar a tu lado porque me he enamorado tanto de ti que me costaría seguir mi vida tal y como la tengo ahora sin que estés tú.
Dakota la mira por largos segundos, valorando que lo que va a decir no se malinterprete.
—No soy una mujer fácil —le dice—. Quiero hacer las cosas bien para que no te hartes de mí, de mis manías y de la inseguridad que a veces siento, pero no tengo claro cómo hacerlo.
—Cariño, nadie es perfecto —contesta Rachel cogiéndola de las mejillas—. Podemos hacerlo juntas. Incluso he pensado que ahora que ya eres más adulta, puedes volver a ir a terapia. Yo te acompañaré si decides hacerlo. Creo que te ayudará a trabajar en esas cosas con las que no estás a gusto.
Dakota toma mucho aire por la boca. Está sobrepasada, pero para bien.
Siempre ha pensado en eso, en volver a tumbarse en un diván y que una profesional la ayude en el camino, pero siempre ha sido una cosa u otra y las pocas veces que se atrevió a mencionarlo en voz alta, las personas a su alrededor nunca la apoyaron. Hasta que llegó ella, Rachel Taylor.
—Te prometo que haré todo lo necesario para estar bien, mejor de lo que estoy ahora.
—No lo hagas por mí, hazlo por ti —interviene Rachel—. Si tú estás bien, yo también lo estaré.
No hacen falta más palabras. Las dos mujeres se limitan a entrelazar sus dedos y otear la ciudad de Nueva York que ahora brilla con las luces fluorescentes de sus calles. Esa terraza ha sido la más fiel testigo de los antes y los después de las hermanas Taylor.